En las librerías, incluso en las más reconocidas, el espacio político es escaso y cada vez más arrinconado. Los que tenemos la fascinación por el estudio del poder nos abalanzamos hacia esa sección, sin advertir, que quizá en la literatura podría existir más sustancia del tema, aunque la ficción a veces se queda corta frente al realismo. Los imprescindibles están dispersos, quizá más de dos ediciones de El Príncipe de Maquiavelo, una edición revisada del Leviatán de Hobbes o los apuntes de Mazarino aparecen bajo la penosa escolta de libros de ocasión, de momentum sin gloria, fruto de un intento de revisión de una coyuntura con el respectivo desfile de novelescos títulos como el desgastado Pasillo del poder o la idea de glorificar una fusión entre hombre y tiempo, qué mejor que Mis tiempos de José López Portillo. Los manuales de campaña con el anglicismo de marketing político, que tanto ha derruido el debate republicano, abundan con mayor pena que gloria. Pueden ser peor los libros oportunistas de políticos en activo en cuya portada aparece su fotografía, fruto de horas de estudio para captar el mejor ángulo del personaje.
Es difícil creer que un político en funciones pueda escribir un libro. Por ello, y en su mayoría, o son libros para decir aquí estoy o son libros que guardan testimonio de una contribución personalísima en un momento y circunstancia histórica bien definida. Pocos títulos se salvan porque en los momentos que crujen las estructuras democráticas en México y el mundo, la falta de oficio político combinado con la serenidad de pensar la cosa pública constituye el gran déficit tanto en el debate democrático como en las librerías.
Viaje a la memoria, un recuento personal, de Otto Granados Roldán, es un libro que bajo el sello de la casa editorial Cal y Arena en conjunto con el gobierno de Aguascalientes, representa más que un recuento de alguien que fue funcionario público en circunstancias y momentos propios de otro México en otro régimen y con liturgias del poder que hoy parecen historia.

Granados Roldán es de esos políticos rara avis que uno extraña en el ágora pública. Si la veleidosa fortuna lo alumbró con los hombres indicados en los momentos indicados, bien merece hacer la distinción de que un intelectual en el poder (o un político intelectual, tal fue la contradicción para muchos que así lo clasificaban) tuvo con él al nombrarlo su secretario particular en su última función política. Don Jesús Reyes Heroles, impedido para ser presidente de México por el candado constitucional de ser hijo de padres no nacidos en territorio nacional, supo ver cualidades de pensamiento en el joven Granados. Ese mérito nadie se lo puede regatear porque, además, tanto el ideólogo tuxpeño como el autor del libro son ejemplos de la política como fusión de acción y principios, como la definió el expresidente de la Comisión Europea, el francés Jacques Delors.
El libro tiene una prosa limpia que desliza las letras en diversas historias que guiaron a un hombre leal hacia la estructura política a la que perteneció, pero más en dirección de los valores que lo definen, un constructor de senderos alejados del populismo ramplón, del corte del listón inaugural del elefante blanco, del acartonado y desahuciado clientelismo que, más que conjuntar a muchos, era la definición del modus vivendi de unos cuantos. Apartado del sofisma de un tribuno que sabe ganar lo inmediato para después extraviarse en la demagogia de sus propias palabras, es un hombre que entendió que el “fuego del poder” se juega con carácter, amén de que “como en la política no sólo importan la voluntad y el objetivo, sino también el azar y la oportunidad”, supo aquello en lo cual Ortega y Gasset insistió: salvar la circunstancia para salvarse uno mismo.
Ocupar la vocería presidencial después de la controvertida elección de 1988 no era tarea fácil, pero de nueva cuenta, el oficio construye una barcaza para saber navegar y conquistar al interlocutor y para dar cohesión al mensaje del jefe del Estado mexicano. Debatir, informar, convencer era el camino, lejos de las viejas prácticas que tanto daño hicieron al oficio de informar desde el poder, porque si como citó el autor a Michel Rocard, “gobernar es presupuestar”, también es saber comunicar. No hacerlo bien obliga a andar en el precipicio frente a vientos traicioneros que eliminan la red que sólo se teje con legitimidad y acción en el mundo real, y no en las buenas intenciones o los actos de un voluntarismo quijotesco e inocente.
Con un mandatario que sin miedo se reunía con intelectuales y columnistas para debatir y sostener ricas conversaciones, incluyendo premios Nobel como García Márquez y Octavio Paz, o premios Cervantes como Carlos Fuentes, la tarea de comunicación social debe ser más fácil que la de un presidente que no lee, que desprecia a la prensa a la que no se cansa de acusarla como tinta que conspira. Si bien todo mandatario quiere que se le adore como santo, sabe que no puede jugar a ser el pontífice de la unanimidad que en política huele a totalitarismo. A pesar de eso, la faena no fue fácil porque a Granados Roldán le tocó la etapa de una bisagra histórica que tuvo dos momentos refundacionales; uno desde su posición en la Secretaría de Programación y Presupuesto: el ingreso en 1986 de México al Acuerdo General de Comercio y Aranceles, el GATT, antecedente de la Organización Mundial de Comercio (OMC); y otro desde la competida elección de 1988 que, como citó el propio Carlos Salinas de Gortari, fue el fin del partido hegemónico que había conocido el siglo XX mexicano. A ello, le tocó desde Los Pinos la decisión que marcó una transformación en la economía con el TLCAN, una decisión que décadas más tarde se reinscribió en el T-MEC y en el espacio, sin enjuagues ideológicos o de nostalgia soberanía, de América del Norte.
Granados Roldán tiene una nostalgia propia de los que emigramos a la metrópoli y es la patria chica. Le tocó jugar en un sistema donde si se quería ser ejecutivo estatal habría que estar en el centro político; y no, en la provincia que era una camisa de fuerza, en la mayoría de las ocasiones, para buscar ser electo por el entonces primer priista de la nación, el poder real, tal como fue. Jugó las fichas, y pese a tener la venia del gran elector, hizo política local en una realidad que sigue perdurando en la intensidad por el poder: los contrincantes son de otros partidos políticos, pero los enemigos están en casa.
Más que una lucha fue el cúmulo de una “artesanía política” para integrar un gabinete lo más preparado, que era visto con recelo por muchos de los que habían lucrado en la política local por décadas. Nada diferente en otros estados de la República. Si bien Gabriel Zaid escribió De las aulas al poder, en algunas entidades no se avanzó tan rápido.
Muchos podrán rebatir el tamaño de Aguascalientes, su geografía política sin lejanías, la de una “Ciudad-Estado” sin contrariedades y con un cúmulo de desafíos frente a estados como Veracruz, Puebla, Guerrero o Oaxaca, con más de 200 municipios además de las asimetrías que exhibe una lacerante pobreza y desigualdad social. El propio exgobernador no se tiñe en presunción y demuestra con datos duros las asignaturas ganadas, pero también los pendientes o los desafíos que ameritan responsabilidades transexenales como el servicio de agua, la educación y la agroindustria. De ser una entidad con el emblema de la feria de San Marcos a la que no arrebata puntos medios como “pan y circo”, y que la supo canalizar a empresarios audaces y brillantes del mundo taurino hasta afianzar el territorio de Aguascalientes como una de las sedes del corredor de la industria automotriz de México, su corta edad como gobernador no fue un problema, contrario al dramático experimentó fallido de una aparente renovación generacional del siglo XXI con jóvenes gobernadores que terminaron en prisión.
A estos logros merece atención la educación que profundizó en las bases para estar mejor preparado frente a la economía del conocimiento y la innovación. Un estado que recibe casi un tercio de su PIB de las armadoras automotrices y su amplia red de proveeduría en autopartes, no podría estar desprevenido frente a la transición energética y el cambio de paradigma en la vida productiva. Así, Aguascalientes tiene un paso adelante en cadenas de producción global y regional envidiables, y hasta ahora protegidas de la violencia de los estados vecinos.
Como lector uno está obligado a tratar de hacer un corte de caja entre los gobernadores del partido hegemónico y muchos que emanaron de una alternancia que, desde 1989 en Baja California, inició un camino para avanzar en una democracia electoral afianzando la prueba del voto. La “disgregación de lo nacional” ha sido un juego perverso que confronta alternancias sanas y necesarias en una democracia con gobiernos estatales donde la improvisación y, muchas veces, la ineptitud hacen naufragar la misión más elevada de la política que es el desarrollo de las sociedades.
Encharcando las aspiraciones y demandas ciudadanas en el fango de la kakistocracia —el gobierno de los peores— es imposible sostener políticas públicas serias, realistas, medibles, con amplia densidad social y madurez institucional. Si el centro político tuvo en Bucareli su fuerza, después del 2000 el epicentro fue la SHCP con las partidas presupuestales para controlar a los gobernadores como nuevos virreyes con su islote como propiedad política. Pese a que el coco de los últimos cuarenta años es la pobreza fiscal, hubo circulante para los poderosos gobernadores en momentos con el precio del petróleo más alto en su historia. ¿De la rendición de cuentas? Mejor ni hablemos… No es motivo discutir sobre ello en estas líneas, pero el autor del libro que ahora nos compete es claro al hablar de ese tiempo mexicano en el cual le tocó ser gobernador con un presidente que cesó a más de una docena de ejecutivos estatales, cuestión que no se veía desde el cardenismo y el final del Maximato. Un punto que goza de una densidad política que pocos analistas aprueban lo pone el exgobernador Granados Roldán cuando reconoce que no había formado a un sucesor natural por la sencilla y realista razón de que él no tendría vela en el entierro en designar al candidato oficial. Antes de la primera derrota del PRI en el 2000, el secreto de tan larga permanencia en el poder era lo que los clásicos llaman “circulación de élites” que drenaba espacio para la gobernabilidad. Esa regla la suprimieron los gobernadores priistas, en la mayor parte de los casos, y sin un mandatario tricolor en Los Pinos señalaron al sucesor en desprecio de otros grupos políticos. Así, el dominio de lo que había sido la reserva del viejo partido que eran las gubernaturas empezó a caer, a tal grado de que hoy Durango y Coahuila son los únicos gobiernos estatales encabezados por priistas.
Es invariable que Viaje a la memoria invite a revisar lo que acaba de suceder. Advierte los enormes riesgos del vacío de poder en una regresión autoritaria y exhibe las diferencias entre una transición democrática y una transición de hegemonías —del PRI como sistema a Morena detrás del neocaudillo.
A Granados Roldán no le falta la razón cuando dice que el hubiera en política no existe, pero cuadros como él se extrañan en la vida de todas las entidades de la República. Si algo le falta a la densidad democrática de México, es la solvencia profesional con cuadros políticos profesionales, no improvisados o santurrones que no advirtieron la lectura de Weber que cita el hidrocálido: quien quiera salvar su alma, que no opte por la política.
Un punto fascinante del libro es el repaso de la experiencia del autor en el intrincado campo de la educación de México. Sin exagerar, debe señalarse que muchos de los grandes hombres del México posrevolucionario pasaron por el despacho de José Vasconcelos frente a la podredumbre de un sistema sindical que secuestró lo más valioso del quehacer del futuro: los educandos de una nación. Si hay alguien con autoridad moral y profesional para entender y defender la reforma educativa del sexenio que terminó en el 2018 es el propio autor del libro que ahora reseñamos.
Las 511 páginas del libro se van entre el goce de los episodios, pero también en reavivar el pensamiento de un pasado histórico reciente; esa marea en que sube y baja y que a veces es traicionera o gratificante, pero en la cual se sostienen hombres y mujeres de carne y hueso que lograron su impronta desde diversas posiciones públicas. En ese recorrer, y privilegiando un acto de sinceridad, los agradecimientos a los hombres y las mujeres que lo han acompañado en la travesía constituyen un gesto de gran significado que se debe valorar como acto de humildad.
Libros como el citado en estas líneas llegan en un momento en el que la defensa de la democracia y los vectores republicanos están en juego. Por ello, la pertinencia de leerlo: aprender de un actor político y valorar lo andado es un ejemplo de que toda lucha política, como remarcó Weber, es un incesante volver a empezar; la sustancia del político como vocación, no de ocasión.
Un político de tiempo completo y de todo terreno lo es en la política local, en la nacional, en la “esgrima legislativa”, como le llama a una de las cualidades de las democracias más acabadas. Él aún no ha sido legislador, pero advirtió el reto mayúsculo de la gobernabilidad en la Legislatura de su estado cuando el PAN ganó la primera minoría. A los pocos años en 1997 y hasta 2018 el país tuvo la figura de gobiernos divididos. Su ahínco por la responsabilidad de preservar los contrapesos lo define como un republicano de cepa.
Lo único que se queda corto es su experiencia de dos veces embajador en Chile, que podría tener un “viaje a la memoria austral” para compartir su vibrante paso diplomático, del que recelan muchos diplomáticos de carrera, pero que, en el fondo, saben que ciertos nombramientos políticos, como el suyo, saben distinguir a la diplomacia mexicana cuando hay virtud, oficio y compromiso; no cuando es destierro, premio sin responsabilidad o exilio dorado.
En la madurez de las oportunidades de la vida cuando ya no se tiene el aura del poder, Granados Roldán se reinventó con el oficio de escribir y de pensar, de ser un gran conversador y de insistir en el debate que construye. Ortega y Gasset dijo que: “Algunas personas enfocan su vida de modo que viven con entremeses y guarniciones. El plato principal nunca lo conocen”. Pues bien, el autor de Viaje a la memoria ya pasó por el plato principal en el poder, y es un hombre que sabe ir por el postre, un buen digestivo y una gran conversación con el aroma de un espresso de grano veracruzano.
Juan Pablo Calderón Patiño
Estudió Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana, y cursó estudios de posgrado en El Colegio de Veracruz y la Universidad de Buenos Aires. Es colaborador invitado en el periódico Reforma y en El Financiero.