Argentina: preocúpense por el fin de la centroderecha

Arrogancia y delirio. Así se resumen en buena medida las semanas que pasé hablando con gente en diferentes partes de Argentina antes de la elección que ganó Javier Milei. Desde hace años he cubierto a Latinoamérica desde la Ciudad de México y una característica parece unirnos a todos. “Somos únicos”, dicen mexicanos, brasileños y argentinos sobre cosas perfectamente comunes en toda la región.

La razón es clara: la diversidad es la piedra de toque del continente y es tal que no se distingue lo normal de lo extraordinario. Al llegar a un país como Argentina, que tanto pintan como de los más homogéneos, sospeché que una binariedad más simple me recibiría durante la segunda vuelta de la elección presidencial. Una como la que se refleja en los medios: Milei contra Massa; oficialismo contra oposición; cambio contra continuidad. Y de cierto modo sí lo fue, pero un brevísimo vistazo más a fondo me reveló una Argentina profundamente dividida pero también subdividida.

Esta fue tanto una elección de alianzas incómodas como de contrastes claros. Desde un inicio se notó cuando el oficialismo argentino propuso a Sergio Massa. Este era un candidato que tendía más bien hacia la centroderecha aunque el peronismo, movimiento político que dominó su alianza, a menudo se asocia con la izquierda. Por eso, cuando exmandatarios e intelectuales de derecha latinoamericanos salieron a apoyar a Milei, lo hicieron citando su oposición al kirchnerismo. Corriente cuya líder actual, Cristina Fernández de Kirchner, hace no tanto también fue adversaria de Massa. El candidato peronista incluso amenazó con encarcelar a la expresidenta peronista antes de que se unieran para enfrentar a su enemigo común.

Los argentinos insisten en que es casi imposible entender al peronismo desde fuera. Al menos en este caso, el disparate no sorprende tanto a quienes estamos acostumbrados a los regímenes priistas capaces de la más profunda diversidad ideológica. No es novedad que el peronismo como lo entiende un cordobés rural o una bonaerense en el suburbio de Temperley se contradiga. Lo frustrante fue ver cómo las facciones que decían apoyar a Massa no actuaron con base en esta premisa de diversidad interna y nacional.

Ilustración: Belén García Monroy

Una causa importante del fracaso de la campaña de Massa yace, sin duda, en el hartazgo de una población ansiosa de castigar a la gente que estuvo al mando durante las últimas décadas de crisis. Negarle la segunda vuelta a Patricia Bullrich de la alianza conservadora Juntos por el Cambio fue también parte de este fenómeno. De hecho, sorprendió que se le concediera el primer lugar a Massa con 36 % del voto en esa primera vuelta. Fue un testamento a la otrora eficiente maquinaria electoral del peronismo, que esta vez no fue capaz de convencer ni movilizar a mucha más gente en el enfrentamiento final con Milei. Tal vez la distancia era insuperable, sin embargo las encuestas previas a la elección predecían una contienda más cerrada, por lo que la complacencia en varios sectores de la sociedad argentina resultan inaceptables.

La complacencia —una suerte de arrogancia holgazana— relució en una de las divisiones más importantes de Argentina, la que divide Buenos Aires del resto de provincias del país. Equivocadas estuvieron aquellas personas cómodamente desde la Capital Autónoma de Buenos Aires (conocido como CABA, y que despliega dinámicas similares a las que tiene la CDMX con el resto del país). Muchas de ellas vieron, una semana antes del llamado a las urnas, cómo Massa se esmeró en humillar y exhibir como un ignorante a Milei. Seguro la gente no podría votar por un tonto así, dijeron en sus burbujas mediáticas. Seguro ahora sí la gente vería la luz y votaría por el candidato correcto, comentaron en cafés y bares en los que sólo se juntaban personas como ellas. Y, al final, exhibieron lo poco que comprendían la diversidad de su país confesando que no entendían cómo Milei podía haber ganado.

La diversidad entre generaciones también se reveló en esta elección. Los jóvenes optaron en su mayoría por Milei. Cerca de 70 % de los votantes menores de 24 años se fueron con el libertario. La tendencia global (donde la derecha se ha vuelto la opción revolucionaria frente a una izquierda cada vez más asociada con el statu quo) seguramente influyó en la decisión que tomó la juventud. Sin embargo, hay amplio espacio para la autocrítica dentro del bando de Massa también. Lo más problemático fue que la campaña oficialista se concentró en defender los logros del peronismo a lo largo de prácticamente todo el siglo XXI. Era una estrategia destinada a fracasar ante una juventud que ha sido excluida de esos logros o que se dará cuenta de forma trágica que daba por sentados esas conquistas que ahora se verán minadas por las políticas anti-Estado de Milei.

La diversidad entre quienes apoyaban a Massa también permitió que se repartan culpas de manera extensa. Militantes de Massa, antes muy críticos de las tendencias antidemocráticas de Milei, ahora desdeñan al pueblo que contundentemente lo eligió. Es un enojo entendible que seguramente evolucionará, volviéndose reflexión y luego movilización. El gobierno de Milei será una oportunidad para que los sectores progresistas, estatistas y moderados de Argentina redescubran las razones por las que luchan en la política.

Para quienes se avizora un futuro poco promisorio es aquel grupo de gente moderada que echó su suerte con Milei. Algunos lo apoyaron por su profundo odio al peronismo. Personajes políticos de la centroderecha como Mario Vargas Llosa o el expresidente argentino, Maurico Macri, prefirieron un salto a lo desconocido que optar por sus viejos enemigos políticos. Otras personas, desde la candidez, simplemente celebraron a Milei para asociarse con su triunfo, así como lo hizo Xóchitl Gálvez.

Aquí de nuevo se expresaron las profundas divisiones dentro de lo que muchos a menudo ven como el monolito político de la centroderecha. Después de la primera vuelta en la que se eliminó a Bullrich, la cúpula de la derecha establecida optó por Milei. No obstante, núcleos importantes de Juntos por el Cambio, la alianza de partidos conservadores, rechazaron la decisión. Líderes como el Jefe de Gobierno de CABA, Horacio Rodríguez Larreta, que apoyó a Bullrich pero que no podía tolerar a una figura como Milei se distanciaron de la excandidata de Juntos por el Cambio y de Macri. A lo largo de Latinoamérica se vieron situaciones similares. Figuras de la derecha mexicana, como Javier Lozano, expresaron preocupación de que sus compañeros ideológicos se vieran tan fácilmente atraídos hacia los extremos tan sólo para ver caer al peronismo.

La centroderecha ahora se ve partida en dos. Al estar más cerca al poder, lo más probable es que la facción macrista se vuelva la cara más reconocible de la centroderecha. Pero Milei no es un conservador. Sus propuestas políticas se conforman de un radicalismo que el tono sobrio de su discurso postelectoral poco pudo disimular. “No hay espacio para el gradualismo”, dijo, en contraposición directa a lo que es el pilar central de la ideología conservadora. El hecho de que los recortes presupuestales que pide el FMI en Argentina le parezcan un despilfarro populista frente a la austeridad que propone él debería dejar en claro el dolor que deliberadamente busca infligir al país el presidente electo. Esta no es una teoría de conspiración, el sufrimiento de la gente es un elemento inevitable de la terapia del shock de Milei. Argentina es un país en el que más del 80 % de la población se beneficia de alguna prestación del Estado o está directamente empleado por él. La austeridad le dolerá a la mayoría. En cuanto a política monetaria, si todo sale bien, la dolarización que propone Milei resultará en mayor inflación en lo que el peso pierde el resto de su valor y una situación de escasez para aquellos que no tengan dólares —o sea, la enorme mayoría de los argentinos.

Ahora bien, sí hay varias afinidades entre la ideología macrista y la mileista. La apuesta de Macri será detener las propuestas más extremas de Milei en el ámbito legislativo. Una cosa será ver si lo logran, otra cosa será ver si su estrategia de volverse la oposición interna del mileismo será bien recibida. De convertirse el macrismo en un estorbo serial, claramente alineado con la oposición peronista, la centroderecha no podrá distanciarse del mote de “casta parásita” que les dio Milei antes de su alianza. De volverse artífice voluntario de la austeridad extrema, la centroderecha se comenzará a asociar cada vez más con el sufrimiento de Argentina. Los triunfos serán de Milei; el sufrimiento de todos los que permitieron que pasara.

Ninguna de las dos opciones augura un futuro prometedor para el conservadurismo argentino. El espectro político del país bien podría volverse uno dividido entre un peronismo ya francamente izquierdista de un lado y del otro lado un ultraderechismo con poco espacio para una derecha moderada, liberal. Al unirse con Milei, esta derecha ilusa piensa que el enemigo de su enemigo es su amigo. Mientras tanto, ese supuesto aliado lo ve exactamente como parte de la misma casta parásita que buscará eliminar el nuevo régimen.

 

Alex González Ormerod
Escritor, editor e historiador especializado en América Latina

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Publicado en: Internacional, Política