En septiembre se cumplen dos décadas desde que falleció Carlos Castillo Peraza, uno de los intelectuales mexicanos más destacados de fines del siglo pasado y actor clave de la transición a la democracia. Antes de morir, logró ser testigo del momento más emblemático de dicha transición: la victoria de un presidente proveniente del partido que dirigió y la cual marcó el punto culminante del fin de la hegemonía priista.
El futuro legislador y presidente del Partido Acción Nacional (PAN) nació en 1947 en Mérida, Yucatán, donde se inició como periodista y participó en organizaciones juveniles católicas. A lo largo de su trayectoria, y en línea con la enseñanza del fundador del PAN, Manuel Gómez Morín, Castillo luchó por la limpieza electoral y debilitar al régimen de partido único, para “pasar del tiempo de los caudillos al de las instituciones”.1 Así, impulsó la creación de organismos autónomos como el Instituto Federal Electoral. Al interior del PAN, la principal huella que dejó fue en el ámbito de las ideas, al reforzar las bases doctrinales y la contribución del partido al debate público. Buscó estructurar una doctrina de centro, alejada tanto del liberalismo individualista como del colectivismo, que consideraba filosofías materialistas al obviar el ámbito espiritual de la persona.

Ilustración: Belén García Monroy
Tal esfuerzo se fundamentó en su formación filosófica que abrevó en grandes pensadores, muchos de ellos de inspiración cristiana. Destacan en este sentido, además de los clásicos de la filosofía medieval y de la línea escolástica aristotélico-tomista, los filósofos franceses del humanismo y personalismo católicos como Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, así como el filósofo judío Emmanuel Levinas, bajo el cual estudio en la Universidad de Friburgo temas como el “momento ético” del ser humano en el encuentro “del Yo con lo Otro”.2
Entre sus principales intereses estuvieron la coexistencia entre modernidad y tradición. Castillo criticó las posiciones que exigen respeto para el pensamiento propio al tiempo que lo niegan a quienes se oponen. Al respecto, veía con preocupación el surgimiento de una tendencia mundial hacia la solidificación de un pensamiento único, que descalifica visiones alternativas bajo un manto de “corrección política”. Esta tendencia que frecuentemente surge de la matriz liberal contradice la tolerancia que debería estar en el centro mismo del liberalismo.
Asimismo, ahondó en el tema del desarrollo integral de la sociedad y la estructuración de enfoques como el “solidarismo”. Un asunto que siempre lo ocupó fue el poder y especialmente el papel que desempeñan los valores y la ética en la política. Para tal efecto, investigó el pensamiento de Maquiavelo, concluyendo que el realismo del florentino corre el riesgo de desestimar la realidad del hombre como “animal moral” que busca justificaciones últimas para sus actos. Ello, porque la acción política, además de ser búsqueda de poder, “es acción cultural y en esencia valorativa”.3 A su vez, criticó a los “maquiavelos sin grandeza”, es decir, a los políticos “grillos” y astutos que sólo están interesados en el poder y son incapaces de participar en grandes proyectos.
Cabe subrayar que Castillo siempre estuvo abierto al diálogo (de hecho, para él, siguiendo a Mounier, la definición de democracia era “la institucionalización del diálogo”). A lo largo de su trayectoria debatió con representantes de diversas corrientes de pensamiento —notablemente del liberalismo, pero también del marxismo—, aun cuando en el ámbito partidista su voluntad para negociar le generó críticas. Además, no fue un intelectual insular: opinó sobre los grandes temas globales, como la caída del comunismo y el resurgimiento del nacionalismo (recordemos su participación en el Encuentro Vuelta de 1990).
En un ejercicio de imaginación, Castillo vería con gran preocupación la situación actual del país. Pocos personajes tan disímiles como él y López Obrador, salvo por el hecho de ser cristianos (aunque el segundo es más cercano a la visión utópica y revolucionaria de la Teología de la Liberación). Nada más alejado a las creencias democráticas de Castillo que las acciones de concentración de poder en el Ejecutivo y destrucción institucional que ha llevado a cabo el presidente. Sin duda, le causaría especial rechazo las amenazas a la independencia del INE que, de concretarse, conllevarían un autoritarismo incluso más peligroso que el existente bajo el ancien régime priista que él ayudó a sepultar.
Seguramente también estaría escandalizado por el retorno de una visión corporativista y clientelar de política pública, que orienta la acción gubernamental hacia una “masa” dependiente de dádivas. Ello es claramente contrario al objetivo de construcción de ciudadanía al que orientó sus esfuerzos.
De manera relacionada, Castillo lamentaría el retroceso en materia educativa al devolver a sindicatos el poder sobre la enseñanza. Para él, la educación era un valor clave para que la persona adquiera conciencia progresiva de su ser personal y “de su dignidad, libertad y socialidad esenciales, lo que le permite avanzar en capacidad de diálogo, espíritu solidario, responsabilidad y compromiso”.4 Reconoció que “la deficiencia educativa muchas veces es resultado de una deliberada manera de proceder del poder público, temeroso de que un pueblo educado exija participación y diálogo, y asuma sus responsabilidades solidarias en el ámbito de la actividad política”.5
Así, con base en este recuento, es posible afirmar que el pensamiento de Castillo tiene vigencia para enfrentar retos actuales, incluyendo notablemente las amenazas a la democracia. No sólo eso, también es válido para combatir la posverdad y defender la racionalidad en la toma de decisiones que se ha visto vulnerada bajo el actual gobierno.
¿Qué elementos de su reflexión son más pertinentes para enfrentar tales retos? Conviene recuperar sus consideraciones sobre la naturaleza de la democracia y las instituciones como contrapeso al poder, así como la necesidad de impulsar la educación y la democracia participativa para formar auténticos ciudadanos y una implementación más efectiva de política pública. Asimismo, su defensa del diálogo como elemento clave de la lucha política y para combatir el dogmatismo tiene relevancia para el momento actual en que el presidente impulsa una polarización sin precedentes desde una postura mesiánica.
En cuanto al PAN, su recomendación de que la acción política vaya acompañada de reflexión y solidez doctrinal sigue siendo fundamental pues “una organización sin alma se muere de sí misma, se carcome a sí misma: es una serpiente que se muerde la cola”.6 La valoración que hace sobre la importancia de las ideas en la acción política es especialmente relevante en el contexto actual en que predomina el pragmatismo político, el cual se ha visto inoperante frente a la visión fuertemente ideológica del presidente.
Viendo hacia el futuro, y especialmente a las elecciones de 2021, Castillo seguramente no se opondría a concretar alianzas para enfrentar la hegemonía de López Obrador. Sin embargo, apelaría a frenar el debilitamiento de la identidad del partido que frecuentemente ha resultado de una visión tecnocrática y una actitud timorata. En este sentido, llamaría a rejuvenecer al partido a través de las ideas.
Para ello, sería necesario desarrollar una sólida base de reflexión al interior del PAN que cristalice en una opción programática coherente y capaz de implementarse de forma acelerada. Además, Castillo plantearía que el partido no debe definirse solamente en oposición a López Obrador y que la revaloración doctrinal debe atender la desilusión ante las promesas incumplidas de los gobiernos anteriores, que facilitó la victoria de Morena. En este sentido, una opción a considerar es ahondar la reflexión sobre el “solidarismo” y su instrumentación en la práctica, para debilitar el dominio de López Obrador sobre el discurso social.
De forma estrechamente relacionada, Castillo plantearía dar liderazgo a quienes se sienten insatisfechos con López Obrador pero no encuentran punto de referencia para iniciar el combate. Hasta ahora, las acciones más visibles de protesta han consistido en esfuerzos de la sociedad civil, los cuales, empero, siguen estando desarticulados y sin un mensaje unificador.
Al respecto, el gran orador que fue Castillo nos da ejemplo sobre la necesidad de que los líderes construyan un mensaje efectivo que guíe la acción política. Como buen lector de los clásicos defendió la capacidad de la alta retórica para “mover las almas” y, en este sentido, mostró que el discurso político debe tener un bello estilo a la par de sustentarse en ideas y apelar a la razón.
En una entrevista cuando era presidente del partido, sostuvo que “en política quien quiere ser cabeza debe actuar de un modo muy decidido”. Hizo la analogía con un trineo de esquimales, notando que el único perro que ve un horizonte distinto es el perro guía por lo que “un partido que quiere encabezar un país debe ser perro de adelante; tiene que ver el horizonte y no preocuparse por los otros”.7
Esta analogía es rescatable no sólo si se concretan coaliciones, sino en general para posicionar al partido frente a la actual crisis económica y sanitaria, y al autoritarismo que asoma apoyado por propaganda omnipresente y el clientelismo que coopta voluntades. En suma, el pensamiento de Castillo —abierto al diálogo y de centro, fundamentado en valores y conectado con la historia— es tan útil como cuando vivía para impulsar un mejor gobierno y defender la transición democrática a la que tanto contribuyó.
Alejandro Aurrecoechea Villela
Analista de riesgo político.
1 Para la interpretación de Castillo sobre el pensamiento de Gómez Morín, cfr. Carlos Castillo Peraza (Comp.), Manuel Gómez Morín, constructor de instituciones, México, FCE, 1997.
2 Cfr. Carlos Castillo Peraza, El porvenir posible, México, FCE, 2006, p. 41.
3 Ibid., p. 55.
4 Ibid., p. 190.
5 Ibid., p. 195.
6 Ibid., p. 87.
Efectivamente,las ideas y acciones políticas f oposición al gobierno de AMLO, deben sustentarse en restituir la legalidad constitucional en beneficio de los ciudadanos que vivimos en las diferentes entidades de población de México, país soberano que permita restituir por la vía pacífica las garantías de los diferentes constitucionales que han sido violados impunemente, para volver a la ruta d l progreso economico, moral, educativo que merecemos y que progresivamente se.han ido perdiendo;.aún así debemos cortar nuestros esfuerzos en forma multidisciplinaria, de tal manera de atender y resolver cada uno de los rubros involucrados .