En tiempos tumultuosos, una cosa es clara: la cólera no se vive, se siente. Un acercamiento exacto a esta premisa se encuentra en la definición que Jean-Charles Laveaux le dio a la cólera, describiéndola como una “emoción del alma”, la llave de la furia. Para Laveaux, quien en ese momento ya había vivido en carne propia el Terror —siendo encarcelado varias veces—, la cólera se expresaba como un sentimiento amoral pero legítimo, y con consecuencias positivas para la justicia social. Para él, la energía que necesita la justicia es incapaz de nacer de la razón y solo se muestra cuando brota del alma.
En la lengua francesa, es rara la ocasión en que el uso de la colère no tenga una dimensión política. Desde la definición que acuña Leveaux en su Nouveau dictionnaire de la langue française de 1820 hasta el moderno y diverso Dictionnaire des francophones, la cólera se presenta siempre como una reacción multidireccional —violenta y brutal— hacia lo que la causa, a la sociedad y a uno mismo. Tal como la canción del quebecois, Félix Leclerc, reproduce melódicamente con su Mon fils est en prisión / et moi je sens en moi. / Dans le tréfonds de moi. / Malgré moi, malgré moi./ Pour la première fois. / Entre la chair et l’os / s’installer la colère.
Mi hijo está en la cárcel
Y yo siento dentro de mí
En lo más hondo
A mi pesar, a mi pesar
por primera vez
entre la piel y los huesos
que nace la rabia.
En español, quizá la aproximación más acertada se encontraría en la palabra “rabia”, pero a diferencia de su contraparte francesa, la idea de la rabia sirve como guía de la acción. No es gratuito que las experiencias políticas de la “rabia” se amparen en el concepto de dignidad como fin último. La idea de la Digna Rabia, promovida por el EZLN durante 2008 y 2009, transformaba la rabia en un refugio. La idea persistió y quedó plasmada en un comunicado de 2014 donde, después de un ataque armado al Caracol de La Realidad, el Subcomandante Marcos sentenció: “A nosotros han sido el dolor y la rabia quienes nos han traído hasta acá. Si los alcanzan a sentir también, ¿A ustedes a dónde los llevan? Porque nosotros aquí estamos, en la realidad. Donde siempre hemos estado”. La rabia guía, la cólera explota.

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Sucedió el martes 27 de junio, a eso de las 08:00 horas. Era el barrio de Vieux-Pont en Nanterre, a las afueras de París. Una zona con grandes desarrollos de vivienda social, hogar de múltiples familias de migrantes que se trasladan día a día a sus trabajos en la ciudad. Ahí, Nahel Merzouk, franco-argelino de diecisiete años, manejaba un Mercedes Benz deportivo de color amarillo hasta que la policía lo detuvo en un control. Ante la negativa a detenerse, uno de los agentes abrió fuego directamente sobre el adolescente quien chocaría el automóvil metros adelante, muriendo mientras recibía primeros auxilios.
El asesinato de Nahel fue captado por un testigo y difundido rápidamente en redes sociales, donde se viralizó. Esa misma noche, cientos de personas salieron a las calles para exigir un alto a la racista, clasista e inútil violencia policial que sufren millones de jóvenes en las banlieues parisinas. Las protestas se multiplicaron por una sencilla razón: las condiciones del asesinato de Nahel eran más que conocidas para los habitantes jóvenes de la periferia, quienes son interpelados por las autoridades constantemente en su día a día, cuando caminan por los parques, usan transporte público, compran en tiendas departamentales.
Como es bien sabido, en Francia la vida urbana no es ajena a la protesta. Tanto en París, como en Marsella, Lille o Lyon, las manifestaciones son un espacio común de socialización para miles de ciudadanos convocados por organizaciones sindicales o grupos estudiantiles en luchas políticas particulares con objetivos claros. Podemos encontrar ejemplos en la resistencia intersindical contra la reforma de retiros o en las marchas de los “chalecos amarillos” contra el alza en los combustibles.
En Francia, las protestas están condicionadas a la autorización de la policía, que rara vez se niega a que sucedan en virtud de la ventaja que les da saber cuándo y dónde sucederán, cuál es su poder de convocatoria, y qué estrategias podrían usar para contenerlas. No obstante, conforme aumenta la cólera, un tipo de protesta se vuelve cada vez más común: la manif sauvage. La manifestación espontánea o salvaje no tiene reglas; ocurre cuando uno quiera, donde quiera, de la manera que se quiera hacer. Claro está, esto sucede hasta que la policía las reprime. Ya durante las protestas por la reforma a la edad de jubilación se vieron ejemplos de ello, con personas quemando y pateando la basura acumulada frente a sus edificios o calles cercanas, como consecuencia de la huelga de recolectores de basura.
La cólera por la muerte de Nahel provocó, en cuestión de horas, un sinnúmero de manifestaciones sauvage, tanto que el Ministerio del Interior consideró controlar el acceso a la señal 4G y 5G en ciertos barrios periféricos. La respuesta de la policía fue la misma de siempre: gas lacrimógeno, toletes, tanques de agua y arrestos a quien se le pusiera enfrente. Nada sirvió para calmar la cólera, sólo la aumentó. Si fueron los policías quienes mataron a Nahel, la respuesta a su violencia represora no iba a ser la sumisión.
No hay nada nuevo en esta relación contenciosa. Han pasado dieciocho años desde 2005 y como bien señaló el periódico l’Humanité, las mismas causas generaron los mismos efectos. En aquel año, un grupo de adolescentes huyó para evitar ser interrogados por un grupo de policías que se encontraba haciendo una investigación en sus edificios. Dos de ellos murieron electrocutados mientras se escondían en una estación eléctrica. La reacción fue la misma cólera brutal. El gobierno de Jacques Chirac, secuestrado por la decisión del entonces ministro de interior Nicolás Sarkozy de imponer mano de hierro en las periferias, implementó el estado de emergencia encarcelando a cientos. Apoyado por la derecha extrema de Jean-Marie Le Pen, las circunstancias ayudaron a la construcción de la base discursiva de “la ley y el orden” promovida exitosamente por Sarkozy en su campaña presidencial.
En ambos casos, sólo desde los lentes de la cólera se entiende lo brutales que han sido las protestas: cientos de coches y negocios incendiados, vitrinas rotas, saqueos. Los matices de ambos casos no son suficientes para construir una narrativa que calme la ira de los manifestantes; en 2005 se argumentó que los policías no estaban persiguiendo a los jóvenes y que fueron ellos quienes huyeron. Hoy se intenta argumentar que los policías cumplieron el protocolo a cabalidad, pues en 2017 se aprobó una ley según la cual la policía puede disparar contra un vehículo que no obedezca la orden de alto y cuyos ocupantes sean considerados una amenaza contra su vida, su integridad física o la de los demás. Pero nada es suficiente para argumentar por qué hoy Nahel Merzouk —así como Zyed Benn y Bouna Traoré— fue asesinado por el Estado francés. La razón de lo anterior la conocen muy bien los manifestantes y reside en el miedo que la policía y la autoridad han esparcido entre la juventud migrante y pobre de la periferia: miedo a la deportación, miedo a ser detenido, miedo a ser asesinado. Y ante el miedo, la cólera. Y ante la cólera, los cristales y los automóviles.
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El Estado francés, como es el caso de muchos otros Estados de Occidente, no encuentra salida ante la cólera, cada vez más recurrente. Se le teme en su expresión más violenta y explícita, aquella que requiere ejércitos de barrenderos para recoger las cenizas de la noche anterior. Pero de igual manera se teme a la expresión electoral de la cólera; amenazas ambas que anuncian el fin o al menos la crisis de la democracia liberal.
Para el gobierno neoliberal de Emmanuel Macron, la solución ha sido imponerse. La receta del tolete y los tanques de agua resultó efectiva contra la masa popular que no estaba a favor de las medidas gubernamentales: primero con los chalecos amarillos, después con las medidas sanitarias, con la construcción de reservas de agua en Sainte-Soline y con la reforma sobre retiros. Hoy, frente a la cólera de las periferias se muestra de frente de la misma manera, primero con las porras policiales y después con la intención de gestionar burocráticamente el retorno a la “normalidad”.
El sistema político francés ofrece desesperanza. Por su parte, Macron, al no poder reelegirse, se vuelve cada vez más audaz. Detrás de él y la base moral de su gobierno, se ha construido una certeza falsa: que el “centro” político francés y europeo es la única opción frente a los radicalismos; una versión moderna y tecnocrática del viejo lema mexicano: “Echeverría o el fascismo”. Así, el presidente ha continuado abusando del poder otorgado por la hiperpresidencialista Constitución de la Quinta República francesa. Abuso puesto en evidencia con el uso del Art. 49.3 para forzar la impopular reforma sobre retiros. Su partido, Renaissance (LREM), no tiene una agenda política concreta y ha sido una plataforma para instrumentar las decisiones de su gobierno en la Asamblea Nacional o en el Senado, con la ayuda de los partidos satélite Horizons y MoDem. En este sentido, la formación de cuadros no ha sido una preocupación; están conscientes de que la posibilidad de ganar las próximas elecciones presidenciales es menor, y la mejor apuesta es negociar una alianza informal con Les Républicains, partido tradicional de derecha que ha apoyado las medidas macronistas en espera del cobro de un futuro botín político. Ese porcentaje ha sido determinante para su última victoria electoral, donde ha quedado —tanto en la primera y segunda vuelta— a poca distancia de Marine Le Pen.
Así, sin nada que temer, Macron ha hecho de Francia un laboratorio político en donde el disenso no es tolerado. Mediante la mano dura de su ministro del Interior, Gérald Darmanin, y cobijado por los sindicatos de policías, se ha dispuesto a aplastar desde manifestaciones de campesinos pidiendo el alto a proyectos que restringirían su acceso al agua, hasta las exigencias intersindicales de trabajadores que piden una mejor solución a la crisis del sistema de retiros.
Del lado de la oposición, la coalición de partidos izquierdistas Nouvelle Union Populaire Écologique et Sociale (NUPES) no ha encontrado salida a las fisuras que existen desde su nacimiento; por un lado se encuentra La France Insumise (LFI) cuyas riendas no las suelta el personalismo de Jean-Luc Mélenchon; y por otro se encuentra la desganada estructura institucional del Partido Socialista. Las grietas dentro del grupo se hacen cada vez más grandes en virtud de que han perdido todas sus batallas políticas, tal como la intentona de bloquear el uso del Art. 49.3 de la reforma sobre retiros o la disolución de uno de los agrupamientos policiales más violentos, la BRAV-M.
Del otro lado, en la derecha, se cuece el futuro político de Francia. Lo anterior no es gratuito; sin tener que hacer nada, la narrativa de corte fascista de Rassemblement National (RN) se confirma ante la disputa violenta entre un gobierno que para ellos es demasiado suave y la cólera de los indeseables, representada siempre por los excluidos de la sociedad francesa, clásicos enemigos de la derecha: los jóvenes, migrantes, y árabes. Las imágenes que se reproducen en los medios no muestran otra cosa: son ellos quienes queman las instituciones y ponen en peligro la tranquilidad de la ciudadanía. Este discurso ha sido exitoso electoralmente y se presiente que lo será, aún más que la última vez, en las próximas elecciones. No obstante, su capacidad de tomar el poder depende totalmente de la habilidad política de la izquierda y de crear una narrativa sólida y creíble para la ciudadanía para, con eso, ser competitivo contra una derecha que ha demostrado, con Eric Zemmour o Marine Le Pen, que sabe cosechar los réditos políticos de la cólera.
Ya en 2008, el Comité Invisible, un colectivo anónimo de anarquistas que publica obras en francés, echó luz sobre este claro impasse a raíz de las experiencias de 2005: “Toda esta serie de golpes nocturnos, de ataques anónimos, de destrucciones sin rodeos ha tenido el mérito de abrir al máximo la grieta entre la política y lo político. Nadie puede negar la carga evidente de este asalto que no formula ninguna reivindicación, ningún otro mensaje más que la amenaza; que no había que hacer la política. Hay que estar ciego para no ver lo puramente político en esta resuelta negación de la política”.
La encrucijada no es única de Francia. Por todo Occidente la misma historia se repite en colores distintos. No obstante, en la interrogación constante de “¿Cómo reconstruir el tejido social? ¿Cómo le hablamos a los jóvenes?” las únicas confundidas son las élites y la clase política, no así las masas o a lo que uno quiera referirse como el pueblo. Hay una clara seguridad en los pasos y golpes que se dan a las vitrinas de las tiendas departamentales, de las bombas molotov reventándose en las patrullas, en las urnas listas para llenarse contra el voto mismo; en la cólera de la masa no hay duda ni preguntas por resolver porque la cólera es lo que cierra esa brecha entre el ellos y nosotros, incapaz de ser satisfecha salvo por la destrucción total del orden actual. Las preguntas son quién y cómo se construirá después de la cólera.
Juan Carlos Serio Covarrubias
Estudiante del Instituto de Estudios Políticos de París
Gracias Juan Carlos, por presentar ese nítido espejo de lo que pasa en Francia. La Francia está muy lejos y es difícil leer entre líneas, entre tantas líneas. Saludos.