Una pandemia no sólo es un asunto médico sino también un asunto comunicativo. A mediados del siglo pasado, pocas enfermedades generaban tanto miedo como la poliomelitis. Su aparición irrumpió en la salud pública. Escenas de niños luchando por caminar o con las piernas apuntaladas por varios tubos de metal atormentaban el imaginario de las familias. Cuando a mediados de 1950 se creó la vacuna para el polio, se esperaba que las multitudes acudieran para su aplicación pero esto no sucedió. En Nueva York la gente dudaba de su eficacia, temía por su salud y decidía no aplicársela. Considerando el miedo que despertaba la enfermedad, la resistencia de las personas era inaudita. Esto orilló al entonces comisionado para la salud a hacer uso de herramientas que poco se relacionan con la ciencia médica. Para ese entonces, Elvis Presley, que ya era un fenómeno musical, fue contactado y convencido por el Departamento de Salud Pública para recibir la vacuna y dejarse fotografiar. Se aspiraba que el fervor que generaba el cantante contrarrestara la renuencia hacia la vacuna. Además, convocó a ruedas de prensa para que reporteros de diversos periódicos fotografiaran a varios niños recibiendo la vacuna en las escuelas. El recurso comunicativo funcionó bien. Poco tiempo después, la vacuna fue aceptada con rapidez. Hoy en día, la poliomelitis se considera erradicada en varios países.

Ilustración: Adrián Pérez
La curiosa anécdota contiene una valiosa enseñanza. Todo esfuerzo del Estado para mejorar la salud pública debe acompañarse siempre de una buena comunicación. Los conocimientos científicos no bastan por sí mismos para lograr un impacto. Sin un armatoste comunicativo que los catapulte hasta el centro de la arena pública, los avances médicos se encuentran neutralizados de una incidencia a gran escala. Esto es cierto prácticamente para crisis de toda índole y en una pandemia cobra una particular relevancia. La crisis por el COVID-19 ha demostrado que todo gobierno que busque proteger a su población debe desarrollar la habilidad para comunicarse continuamente de manera fácil, clara y amena.
Para el caso mexicano, esta responsabilidad ha sido realizada por el Dr. Hugo López-Gatell, actual subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud. Aunque su área de especialización y profesionalización no es la comunicación, las conferencias diarias que él encabeza desde finales de febrero han significado un ejercicio importante para emitir mensajes de la mayor importancia. Las declaratorias de las diversas fases de contagio, los modos de prevención, las recomendaciones sanitarias e incluso algunos términos médicos-epidemiológicos como “importación del virus”, “contagio comunitario”, “comorbilidad”, entre otros ahora son conocidos y discutidos. Las conferencias han significado un puente de interacción entre el gobierno y diversos medios de comunicación, distintos a una simple emisión de boletines. Aunque este espacio no ha estado exento de controversias, esta práctica de informar resalta la importancia de hacer manejable una crisis a través de la palabra.
De hecho, toda acción de gobierno y toda política pública que busque una incidencia dentro de la sociedad debe recurrir a la retórica. No basta con tener la ciencia a nuestro favor, ni contar con una base de datos perfecta (asumiendo que eso exista). Tampoco es suficiente con tener una idea sólida sobre la elaboración de las políticas públicas o una correcta guía para su implementación. Es indispensable saber comunicar. No sólo se trata de emitir un mensaje desde el gobierno sino incluso conversar y convencer sobre el beneficio de esta decisión. La persuasión, entonces, se convierte en una herramienta para atender y controlar determinada situación, en este caso, una pandemia. Parte de la operatividad de un gobierno reposa en su capacidad comunicativa. Esto es, un ejercicio honesto de informar las acciones que desde el Estado se han decidido y han de implementarse.
La importancia de la comunicación durante una pandemia es de tal envergadura que incluso el manual de epidemiología emitido por los Centros de Control y Prevención de Enfermedades (CDC en inglés) en Estados Unidos, cuenta con un capítulo titulado “Comunicar durante un brote”. Es decir, existe un reconocimiento explícito sobre la habilidad para contener gran parte de los riesgos en una crisis médica, como una pandemia, se basan primordialmente en la habilidad de las autoridades para comunicar, enmarcar el mensaje correcto y persuadir. Empatía, atención, aptitud y experiencia son parte de los elementos indispensables en la comunicación desde el Estado para hacerle frente a una pandemia.
Este tipo de comunicación pública resulta asertiva porque, sobre todo, procura el hábito democrático de transmitir a la sociedad no sólo las razones de la medida adoptada sino además mostrar sus avances. Comunicación y persuasión se vuelven fundamentales para la acción y decisión gubernamental. Este diálogo se fundamenta principalmente sobre la lógica del interés público. Se renuncia al aislamiento de las discusiones internas y se opta por abrir un canal hacia la comunidad civil para dar explicaciones, matizar información, debatir y persuadir, aprender y corregir. Esto es lo propio de los regímenes democráticos.
El hábito comunicativo se vuelve ahora aliado del progreso científico. El diálogo público se vuelve tan importante como la razón técnica. Todo análisis especializado se desmorona sino cuenta con las palabras correctas que la comuniquen y la defiendan como una respetable ruta de acción. La cooperación de la sociedad sobre determinada ruta o, al menos, evitar su rechazo total requiere de una deliberación pública. Cuando el Estado coloca temas en la agenda pública, explica rutas de acción y conversa sobre las dudas que se generan, provoca que se produzca y genere información lo que nutre el ejercicio democrático. A esto debemos aspirar, a un Estado que sea vocal. No sólo porque el ejercicio de gobierno y las políticas públicas están hechas de palabras sino también porque una pandemia no sólo es una crisis médica también es una crisis de comunicación.
Estoy de acuerdo con lo expuesto por el autor, y agregaría que no solo el mensaje comunicativo si no los medios a través de los cuales se ejerce el poder comunicativo, es decir los filtros por los que pasa el mensaje para llegar al destinatario final. Es diferente en esta endemia como los noticieros de televisión, los medios escritos y las redes sociales han difundido los mensajes.