
La guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán ha distorsionado el mercado energético global, causando incertidumbre para unos e inusitadas oportunidades económicas para otros. El gobierno estadounidense y la compañía Anthropic han entrado en una disputa política, legal y mediática por los usos de la inteligencia artificial en labores de defensa, seguridad, guerra y, en última instancia, para definir los contornos de las relaciones entre las empresas tecnológicas y el Estado.
El gobierno chino anunció su nuevo Plan Quinquenal, que se centrará en impulsar el consumo interno, fomentar la autosuficiencia tecnológica y acelerar la transición verde, al tiempo que los proyectos de infraestructura, transporte y energías limpias impulsados por Beijing avanzan en todo el Sur Global. Mientras tanto, México y Canadá se preparan, con estrategias distintas, para negociar la renovación de su tratado comercial con un Estados Unidos cada vez más enfocado en reindustrializar su economía, impulsar el uso de combustibles fósiles y reordenar las cadenas de suministro del hemisferio occidental.
Todas éstas son noticias de las últimas dos semanas. En apariencia, se trata de desarrollos independientes, cada uno siguiendo su propio curso. Si se observan en conjunto, sin embargo, hay un hilo conductor claro: el momento de reajuste que atraviesa el sistema capitalista global. Caminamos lenta e inciertamente hacia un orden económico mundial distinto al neoliberal. Las guerras, las disrupciones en las cadenas de suministro, las disputas comerciales, las batallas por minerales críticos y los abruptos virajes políticos en diversos países durante los últimos cinco años dan cuenta de este cambio de época.
¿Hacia dónde nos dirigimos? No hay una respuesta clara, pero un libro reciente aporta algunas claves para interpretar la actual transformación del capitalismo global. Me refiero a Capitalism: A Global History (Penguin Press, 2025) del historiador alemán de la Universidad de Harvard, Sven Beckert.
El objetivo del libro es ambicioso: narrar y analizar toda la historia del capitalismo global. Para Beckert, esto significa el último milenio de la historia humana: desde las “islas de capital” impulsadas por los mercaderes que eran el motor del comercio mundial en el siglo XII hasta la actualidad, cuando el núcleo del sistema capitalista se desplaza lenta y decididamente hacia Asia.
El arco histórico del libro es como sigue. Estas islas de capital —parcelas metafóricas en donde la lógica del capitalismo (la acumulación incesante de capital y la producción de bienes para su compraventa en el mercado)— se fueron expandiendo poco a poco hasta que, en los siglos XV y XVI, con la colonización europea, se extendieron a más puntos del globo. A partir de ese momento, se crearon conexiones más robustas y complejas entre esos puntos —convirtiéndose en archipiélagos de capital— hasta que, por medio de este proceso de conexión de distintos nodos (lo que el autor denomina “la gran conexión”), el capitalismo se convirtió en el sistema económico dominante a nivel mundial en los siglos XVIII y XIX, proceso que se aceleró con la Segunda Revolución Industrial y la segunda oleada de imperialismo europeo (y estadunidense). Así, en este proceso de incesante expansión llegamos al siglo XXI, cuando cada vez más dominios de la vida humana están sometidos a la lógica del mercado. Para Beckert es incorrecto estudiar el momento y el lugar de génesis del capitalismo; “no hubo una transición hacia el capitalismo, sino muchas [y en diversos lugares]”.
Para lograr narrar este imponente arco histórico, el autor parte de tres premisas importantes. La primera: el capitalismo no es una fuerza natural ni está inscrito en la esencia del ser humano; es un proceso histórico, que responde a acciones, omisiones y decisiones de personas e instituciones, no a leyes fuera del control humano. Por tanto, debemos historizar al capitalismo; debemos ser capaces de verlo como un proceso histórico con características específicas, tal como los historiadores miran al feudalismo en el pasado. La segunda: el capitalismo es global. Sus variaciones e implicaciones a nivel local sólo se pueden entender plenamente desde esta perspectiva global. Sin embargo, el capitalismo es “una totalidad”: que sea global no quiere decir que hay muchos capitalismos, sino un sólo sistema interconectado (aunque no homogéneo). La tercera: debemos analizar “el capitalismo en acción […], el capitalismo no como lo que debería o podría haber sido, sino como lo que fue y lo que es”. Se trata de un libro que, deliberada y explícitamente, carece de un armazón teórico sólido y de densidad conceptual.
Ésa es, quizá, a un tiempo su principal fortaleza y su debilidad central. Fortaleza porque es un libro accesible para todo público y un estudio histórico empírico en el mejor sentido del término: el autor describe el desarrollo del capitalismo global de manera muy precisa, granular, desapasionada y con sesgos ideológicos muy moderados y controlados. Debilidad porque Beckert ve al capitalismo más como un “proceso” que como un sistema, por lo que no quedan del todo claros los mecanismos mediante los cuales opera esa expansión constante del capitalismo que el propio autor narra. Además, Beckert describe distintas transformaciones del capitalismo global (por ejemplo, el tránsito del capitalismo mercantil al industrial), pero no las explica. Tampoco queda claro, por ejemplo, si los países del Sur Global pueden escapar a la integración desigual en la economía mundial y cómo, ni qué fue el bloque socialista frente al capitalismo y qué nos dice eso sobre si hay posibilidades alternativas de modernidad para la humanidad.
Ahora bien, que su libro carezca de densidad teórico-conceptual, no quiere decir que Beckert se resista a formular una definición de capitalismo. Al contrario, el autor sostiene que el capitalismo tiene varias características esenciales que lo distinguen de otros “sistemas socioeconómicos”. La primera de ellas es la organización de la vida económica basada en la “acumulación incesante” de capital controlado por actores privados. En el capitalismo, “el capital es invertido productivamente; la riqueza se despliega para obtener más riqueza”. El motor del capitalismo es una pulsión por reproducir las condiciones que permiten y amplían las posibilidades de esa “acumulación incesante”.
La segunda característica esencial del capitalismo es la mercantilización de todos los productos e incluso de múltiples terrenos de la vida humana. “Todo lo necesario para que el capital funcione —la tierra, el trabajo, las materias primas, el conocimiento técnico— debe estar disponible para comprarse con dinero, y todo lo que se produce debe ser vendible en los mercados”. La tercera es que el capitalismo es una “revolución permanente”. Es inestable y dinámico por naturaleza: la innovación tecnológica, el afán de acumulación, la mercantilización de nuevos productos y la resistencia de diferentes sectores sociales obligan al sistema a reorganizarse constantemente. Por eso, la flexibilidad y la maleabilidad caracterizan, también, al capitalismo.
La cuarta característica del capitalismo es su naturaleza global. El capitalismo es global o no es: “Sus orígenes y dinámicas en marcha están enraizadas en la integración del comercio, la producción y el consumo a escala mundial”. Este carácter global se despliega mediante una “diversidad conectada”, que articula distintos regímenes de trabajo (por ejemplo, esclavitud en una región con trabajo asalariado en otra), sistemas políticos (por ejemplo, imperios, repúblicas, monarquías y colonias que intercambian productos), núcleos de actividad productiva (por ejemplo, agricultura extractiva en una región e industria pesada en otra) y regulaciones económico-comerciales (por ejemplo, propiedad privada en una región y expropiación de tierras para convertirlas en latifundio en otra). Dicho de forma simple: el libre mercado, la violencia, la desposesión y la coerción han convivido sin problema alguno durante toda la historia del capitalismo.
La última característica esencial del capitalismo que ubica Beckert —y esto levantará más de una ceja entre los lectores liberales— es que este sistema siempre ha sido dependiente del Estado. Para que la acumulación incesante de capital sea posible, la presencia de un Estado fuerte es crucial. Para que la propiedad privada sea una realidad, el Estado debe destruir los esquemas de propiedad comunal y crear instituciones y leyes para proteger la posesión privada de tierras, mercancías, inmuebles y todo tipo de bienes tangibles e intangibles. Para que las revoluciones tecnológicas fructifiquen, el Estado debe crear un marco institucional y un sistema de incentivos que favorezcan la innovación.
Por poner ejemplos más concretos: el capitalismo mercantil hubiese sido imposible sin los Estados imperiales europeos que aseguraran la posesión de colonias y la explotación de los recursos de esas colonias (incluyendo la mano de obra esclava); el capitalismo industrial no se hubiese gestado sin un Estado fuerte que convirtiera, de manera forzosa, a cientos de miles de campesinos de subsistencia en trabajadores industriales asalariados; el capitalismo de la Guerra Fría hubiera sido imposible sin el Estado de bienestar en Europa y sin los Estados desarrollistas latinoamericanos, asiáticos y africanos; el capitalismo neoliberal hubiese sido inviable sin Estados concentrados en proteger y ampliar los mercados, desarticular los sindicatos, privatizar empresas públicas y permitir la financiarización de la economía; y el viraje de la economía mundial hacia Asia en el siglo XXI hubiera sido imposible sin el “capitalismo de Estado” o “socialismo de mercado” que impulsa China, el arquetipo del Estado fuerte.
Aquí es donde el libro otorga claves para leer el presente y, con suerte, un poco del futuro del capitalismo global. Beckert advierte que el capitalismo no es cíclico: sus transformaciones son episódicas y contingentes, no periódicas. Sin embargo, un patrón común en todas las transformaciones históricas del capitalismo es que cada una de ellas ha estado acompañada por un cambio profundo en el Estado: innovaciones institucionales y legales, cambios políticos para reordenar las relaciones sociales y regular el uso de la tecnología, así como el surgimiento de capacidades gubernamentales novedosas han caracterizado a cada momento de reajuste global del sistema capitalista. La relación del Estado con el capital y el trabajo —o más precisamente, con distintos grupos de capitalistas y diferentes sectores de trabajadores— también ha cambiado significativamente con cada transformación del capitalismo global.
Hoy, en este momento de cambio profundo del sistema capitalista global, el Estado desempeñará un papel fundamental para reorganizar las relaciones sociales, darle viabilidad a las condiciones de reproducción de la “acumulación incesante” de capital y regular —incluso orientar— el uso de las nuevas tecnologías (inteligencia artificial, energías limpias, robótica, etc.). Además, las jerarquías globales —es decir, la integración desigual de los distintos Estados en la economía mundial— también se están redefiniendo.
Del desenlace de estas tramas dependerá el futuro del capitalismo global y, por consiguiente, en buena medida, el porvenir del sistema internacional y los órdenes socioeconómicos nacionales, incluyendo el de México. Respecto al reacomodo de las relaciones sociales, ¿quién saldrá ganando: los capitalistas —que de por sí salieron favorecidos del giro neoliberal— o los trabajadores, de por sí menguados y desarticulados por las políticas neoliberales? ¿Qué sectores productivos gozarán de una relación privilegiada con el Estado y cuáles pasarán a posiciones secundarias? ¿Y quién llevará la sartén por el mango en estas relaciones privilegiadas: el Estado o el capital?
En cuanto al papel del Estado en el aseguramiento de las condiciones de reproducción de la “acumulación incesante de capital”, ¿los Estados y los capitalistas asegurarán la viabilidad de este sistema en un mundo con recursos finitos y equilibrios ecológicos delicados o llevarán al sistema —y al mundo— a su propio colapso al explotar las riquezas de la Tierra hasta la catástrofe ambiental? La urgencia de esta pregunta no se puede exagerar. Lamentablemente, la respuesta es incierta. El panorama es desalentador si uno ve el negacionismo climático de Trump y sus secuaces de la ultraderecha global o si uno observa el creciente desprestigio e inoperatividad de las instituciones multilaterales.
Respecto a la actitud de los Estados frente a las nuevas tecnologías, ¿qué enfoque sobre la inteligencia artificial y las energías renovables triunfará: el de Washington (alianzas oligárquicas entre empresas libres y el Estado, con intereses a veces contrapuestos y a veces complementarios, y una fuerte apuesta por los combustibles fósiles) o el de Beijing (planificación vertical de la innovación y dirigismo económico con base en metas nacionales, junto a un decidido impulso a la electrificación de la economía)? ¿La inteligencia artificial devaluará el trabajo humano, alienará (aún más) a los trabajadores y los convertirá en componentes desechables, o terminará por mejorar nuestra calidad de vida, incrementar nuestra creatividad y extender nuestro tiempo libre?
Finalmente, queda el reajuste de la relación entre los distintos Estados que funcionan como nodos en la “diversidad conectada” del capitalismo global. El capitalismo se sustenta en la integración desigual de las economías del mundo. Eso no cambiará. Sin embargo, habrá que ver si el estatus subordinado de los países del Sur Global se acentúa o se mitiga, cuáles Estados logran posicionarse como potencias medias en el nuevo orden internacional y en qué termina la pugna Estados Unidos-China, tomando en cuenta una peculiaridad: pese a su rivalidad, sus economías son interdependientes y complementarias.
En este punto, vale subrayar que la política exterior y la política económica de México no sólo deberían estar orientadas a sobrevivir a Trump, renovar el T-MEC y convencer a los empresarios de invertir. El objetivo debería ser leer los cambios del capitalismo global y adaptar al país para que ocupe un lugar relevante en el nuevo orden económico mundial, para que ello se refleje en un orden social interno menos desigual y más próspero para más personas.
En este momento de cambio global, el panorama luce descorazonador. La incertidumbre es grande y angustiante. Sin embargo, el libro de Beckert también nos aporta una nota de esperanza. El capitalismo, nos recuerda el historiador alemán, es un proceso que depende de decisiones y omisiones humanas, no de leyes naturales. El desenlace de las transformaciones del capitalismo global jamás ha estado definido por la “mano invisible” del mercado, sino por acciones colectivas de distintos grupos sociales y decisiones de los Estados (otra institución humana). Las fuerzas del capital han penetrado en todos los rincones de nuestra vida: escapar a la fría lógica del capitalismo es difícil y tirarse a la resignación es fácil, pero el porvenir sigue en nuestras manos. Un mundo mejor sigue siendo posible.
Jacques Coste
Analista político, historiador y autor de Derechos humanos y política en México (Tirant lo Blanch e Instituto Mora, 2022). Cursa un doctorado en historia en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, donde estudia la transición democrática de México.