Cómo hacer que la política triunfe

Cortesía de Grupo Planeta, ofrecemos un fragmento de Por qué fracasa la política
Las cinco fallas de nuestro sistema político y cómo evitarlas (Ariel, 2024), de Ben Ansell.


Hablemos del título de este libro. ¿Por qué fracasa la política? La política fracasa cuando creemos que podemos arreglárnoslas sin ella. Fracasa cuando no nos la tomamos en serio. Cuando intentamos reprimirla, sofocarla o proscribirla. Por mucho que lo deseemos, nuestras diferencias no van a desaparecer solas. Cualquier intento de reemplazarlas por la pureza y la claridad de una solución única o un líder carismático está condenado al fracaso, porque continuaremos discrepando pero habremos abolido la posibilidad de expresarnos o de actuar en función de esa discrepancia.

Existen innumerables libros donde se afirma que nuestros problemas globales pueden solucionarse al margen de la política: viviendo mejor gracias a la tecnología o los mercados, depositando nuestra confianza en un liderazgo fuerte o una reforma moral. Este libro no va por ahí. Lo que a mí me interesa es defender la importancia fundamental de la política con vistas a alcanzar nuestras metas colectivas. Eso sí, debemos tener la lucidez de admitir que una política equivocada, por exceso o por defecto, puede alejarnos todavía más de nuestros sueños de futuro.

Las alternativas a la política sólo pueden generar desilusión. Existe una rama del tecnolibertarismo que opina que los políticos, los burócratas e incluso los votantes son un impedimento para el progreso. Si los políticos no se empeñaran en regular las empresas tecnológicas, estas podrían innovar para solucionar nuestros problemas. La violencia en el mundo po­dría reprimirse mediante la vigilancia omnisciente desde un satélite. El cambio climático podría impedirse recurriendo a la geoingeniería. Lo que hay que hacer es dejar que la gente inteligente encuentre soluciones.

Pero las soluciones tecnológicas funcionan sobre todo cuando el objeto sobre el que actúan no puede responder. Seguimos viviendo en un mundo —por ahora— en el que las personas son más inteligentes que los ordenadores. Los algo­ritmos no siempre consiguen su propósito. La gente encuen­tra maneras de manipularlos o esquivarlos. Y muchos algorit­mos no comprenden la sociedad, con lo que realimentan la discriminación racial o de género existente.

Además, las soluciones tecnológicas suelen ser antidemo­cráticas: pueden tratar de diseñar deseos y decisiones huma­nas independientes. En última instancia, si los seres humanos siguen teniendo el control, no podemos ignorar su voluntad. La política incluso puede volver a imponer limitaciones es­trictas a la tecnología, si eso es lo que quieren votantes y po­líticos. No es posible acabar con la política a golpe de inno­vación.

Otra solución popular consiste en acusar a los políticos de interponerse en el camino del mercado. ¿Que nos preocupa el cambio climático? Pongamos precio al carbono y comer­ciemos con él. ¿Que la democracia no da respuesta a deter­minados agravios sociales? Permitamos que la gente inter­cambie y acumule múltiples votos. El problema es que los mercados perfectos casi nunca existen, y no sólo por culpa de la “intromisión” de los Gobiernos. Muchos de nuestros con­flictos se dan en ámbitos en los que existen derechos de pro­piedad mal definidos, una supervisión imperfecta, perjuicios a terceros, etcétera. Hay ambigüedades que los contratos no pueden resolver y que, en última instancia, dependen de las promesas políticas.

En la última década se ha reavivado otra tendencia: el de­seo de un líder fuerte que esté por encima del rifirrafe políti­co.1 Quienes critican la política tradicional la acusan de ser un complot elitista pensado para obstaculizar y perjudicar al ciu­dadano de a pie. Las promesas políticas están para ser incum­plidas por un líder que no tenga por qué acatar las reglas del juego.

Esta pretensión malinterpreta los fundamentos más bási­cos de la política democrática, niega la realidad de que existen distintas preferencias entre la población, y propugna el des­mantelamiento y la repulsa de las propias instituciones y nor­mas políticas que mantienen unidas a las democracias estables. En Reino Unido, esto llevó a calificar a los jueces como “enemigos del pueblo” y a una suspensión ilegal del periodo de sesiones en el Parlamento durante el debate del Brexit. En Estados Unidos, la presidencia de Trump pasó de los llama­mientos a encerrar a sus oponentes políticos a la denuncia de un falso fraude en las elecciones presidenciales y una insurrec­ción en el Capitolio. Las instituciones son frágiles, pues están respaldadas por un Estado que en cualquier momento puede volverse contra ellas. Y las normas son todavía más frágiles. Y aun así, la combinación entre ambas es quizá lo único que impide que la política fracase.

Entre la izquierda también existe la inveterada tradición de querer desterrar de la política todo aquello que se percibe como una influencia maligna: fuera los negocios de la políti­ca; fuera las contribuciones a las campañas; fuera el egoísmo. En su lugar, pongamos un Gobierno benevolente que se plie­gue a las necesidades y los deseos de la gente. Lo que ocurre es que el interés personal es inseparable de la política. Tam­poco existe una “voluntad popular” indiscutible. Aunque compartamos objetivos comunes, con frecuencia discrepamos abiertamente sobre cómo deben concretarse o cuáles debe­rían ser sus resultados. Este tipo de desacuerdos no pueden evitarse y no son tan sólo el producto de la influencia maligna de oscuros intereses. Son inherentes a la existencia colectiva.

Las falsas certezas de los tecnólogos, los fundamentalistas del mercado y los profetas de izquierda o de derecha no pue­den poner fin a nuestra necesidad de intercambiar promesas con respecto a un futuro incierto. Y para eso necesitamos la política.

La inevitabilidad de la política

¿Puede triunfar la política? No siempre. Las cosas como son. Las trampas a las que nos enfrentamos son inevitables y habrá que tener los ojos bien abiertos para no caer en ellas. Vivimos en un mundo incierto, en el que las personas discrepamos y actuamos en nuestro propio interés. Pero seguimos teniendo objetivos colectivos. Y para alcanzarlos necesitamos hacernos promesas. Promesas que no podemos cumplir a la perfección. Promesas que son intrínsecamente políticas.

¿Cómo podemos trasladar esas promesas a la práctica? Tenemos que consolidarlas de algún modo, hacer que duren más que el aliento con el que se pronuncian. Tenemos que estructurar la incertidumbre. La manera de lograrlo consiste en desarrollar instituciones y normas políticas que confieran credibilidad a nuestras promesas.

Las instituciones son los acuerdos formales a los que nos adherimos. No son de titanio: podemos romperlos o fingir que no existen. Lo que ocurre es que eso tiene un coste para la confianza que podemos acabar lamentando cuando necesi­temos la estabilidad que proporcionan esas mismas institucio­nes. Debemos salvaguardarlas de los dardos del populismo iconoclasta. Ellas son las que nos ayudan a coordinar nuestra conducta, a castigar a quienes desertan y a recompensar a quienes cooperan.

Las asambleas ciudadanas, ya sean presenciales o virtua­les, nos ayudan a entender en qué estamos de acuerdo y nos obligan a buscar consensos. Las políticas de inversión social y los programas de prácticas pueden reducir las desigualdades garantizando una carrera laboral a quienes no dispongan de un título universitario. Los programas de Seguridad Social universal pueden contribuir a que la clase media esté a favor del Estado de bienestar. Los acuerdos de seguridad colectiva pueden proteger a los países vulnerables mucho mejor que las “ambiciones” y las “hojas de ruta”. Los fondos soberanos independientes pueden evitar que los Gobiernos exploten la tentación de la riqueza mineral. Y los tratados climáticos flexibles pueden tender puentes que salven la incómoda bre­cha entre la anarquía medioambiental y los acuerdos inaplica­bles.

Las instituciones funcionan mejor cuando existen normas sobre cómo mantener nuestras promesas y cómo promover la confianza a largo plazo. Para que la democracia funcione, te­nemos que aprender a debatir y dialogar entre nosotros con el fin de encontrar puntos en común y garantizar que los perde­dores no pierdan siempre. Para que haya igualdad, tenemos que estar dispuestos a aceptar soluciones de compromiso que busquen un equilibrio entre la igualdad de derechos y la igualdad de resultados. En cuanto a la solidaridad, debemos forjar una concepción más amplia del “nosotros”, una con­cepción que incluya a las futuras generaciones y al prójimo, con independencia de su etnia o religión. Por lo que se refiere a la seguridad, debemos estar dispuestos a castigar a quienes, en lugar de protegernos, se aprovechan de nosotros. Y en cuanto a la prosperidad, debemos marcarnos horizontes tem­porales más amplios con el fin de crear un clima de confianza y evitar las tentaciones cortoplacistas.

A menudo, las trampas a las que nos enfrentamos se re­fuerzan entre sí: una democracia polarizada puede agravar la desigualdad; una red de Seguridad Social raída puede alimen­tar la delincuencia; un cambio climático desbocado podría amenazar la paz mundial. Pero también hay grandes solucio­nes que pueden liberarnos de múltiples trampas a la vez.

Pensemos en la representación proporcional (RP). Como sistema electoral, puede ayudarnos a escapar de la trampa de la democracia, no sólo porque representa mejor la diversidad existente en la sociedad, sino también porque fomenta la coo­peración entre partidos. Pero los efectos de la RP no sólo son electorales. Los países que la aplican, como Suecia y Norue­ga, también parecen más capaces de escapar de otras trampas. Comparemos, por ejemplo, los niveles de desigualdad en países con RP —como los escandinavos o Países Bajos— y los de países con sistemas electorales mayoritarios, como Austra­lia, Estados Unidos y el Reino Unido. Los primeros no sólo registran una desigualdad salarial algo menor —herencia, probablemente, de sus altos niveles de afiliación sindical—, sino que la desigualdad de ingresos disponibles también suele ser muchísimo más baja. Eso se debe a que los países con RP tienen niveles mucho más altos de redistribución, en parte porque hay más partidos de izquierdas en el Gobierno. Puede que subir los impuestos y tener sindicatos fuertes sea un pre­cio que no todos estemos dispuestos a pagar para escapar de la trampa de la igualdad, pero sin duda parece que la RP va en esa dirección.

Los países con RP también parecen más capaces de esca­par de las trampas de la solidaridad y la prosperidad. Suelen tener Estados de bienestar más generosos y visibles con los que se ganan a las clases medias y son menos propensos a los re­cortes drásticos en momentos de austeridad, contrariamente a lo que ocurre, por ejemplo, en Gran Bretaña. La RP también refuerza la estabilidad de las medidas adoptadas, ya que son más los partidos que tienen que ponerse de acuerdo para in­troducir un cambio importante; de ahí, además, que los Go­biernos de coalición mitiguen la volatilidad del crecimiento económico. El consenso político también explica el éxito de Noruega al invertir en un fondo soberano las ganancias im­previstas provenientes del petróleo del mar del Norte, a dife­rencia del Reino Unido, donde se utilizaron en buena medida para financiar recortes fiscales a corto plazo, lo cual supuso una pérdida estimada de unos 354 000 millones de libras por el hecho de no invertirlas.

Como es evidente, los sistemas electorales no pueden re­solver todos los problemas, muchos de los cuales son de ám­bito global. Para escapar de las trampas de la seguridad y la prosperidad hace falta cooperación internacional.

Tropezamos aquí con una misteriosa contradicción. Re­sulta que lo que sirve para escapar de la trampa de la seguri­dad puede no ser adecuado para escapar de la trampa de la prosperidad. La trampa de la seguridad internacional suele girar en torno al ellos: consiste en impedir que algún actor con intenciones aviesas, sea o no estatal, nos haga daño. La re­ciente invasión rusa de Ucrania sugiere que, para que la coo­peración internacional en materia de seguridad sea creíble, tiene que ser formal e inequívoca. Es posible que Ucrania tuviera acuerdos informales de cooperación con la OTAN, e incluso que estuviera en trámites para ingresar en la organiza­ción. Pero no era un Estado miembro. Los países occidenta­les no estaban obligados a intervenir de forma activa, como habrían hecho en el caso de que Rusia hubiera atacado a los países bálticos. Y si bien es cierto que el envío de armas y ayuda contribuyó sin duda al esfuerzo bélico ucraniano, tam­bién lo es que ni disuadió a Rusia ni la obligó a enzarzarse en una guerra multiestatal. Para escapar de la trampa de la segu­ridad necesitamos ceñirnos firmemente a los acuerdos.

La trampa de la prosperidad, en cambio, gira en torno al nosotros. Todos sentimos el impulso de refugiarnos en la ten­tación a corto plazo y evitar los sacrificios necesarios para la prosperidad a largo plazo. En este sentido, ningún ejemplo es más claro ni significativo que el cambio climático. Sin embar­go, las normas severas y formales del Protocolo de Kioto re­sultaron un fiasco. Nadie quiso o pudo cumplirlas. En este caso no estamos hablando de una alianza militar, sino de un acuerdo contra la contaminación. Tenemos que ser realistas acerca de lo que harán los Estados en ausencia de una obliga­ción real: hace falta flexibilidad e informalidad. Puede que los acuerdos de París parezcan modestos y permisivos. Puede que no funcionen. Sin embargo, son realistas y han logrado la adhesión de las principales potencias. Para escapar de la trampa de la prosperidad, habrá que desarrollar normas de reci­procidad y perdonar a quienes las infrinjan de forma puntual. Se trata de grandes soluciones a escala nacional o interna­cional. Nadie por sí solo es capaz de hacerlas realidad, aunque podemos promoverlas, por supuesto: no hay que confundir las limitaciones individuales con la apatía. ¿Qué podemos ha­cer para aportar nuestro granito de arena?

Empecé este libro hablando de la omnipresencia del inte­rés personal. Lo primero que hay que reconocer es que el interés personal es inevitable y no algo inmoral, ni el nuestro ni el de los demás. Lo que nos impide alcanzar objetivos co­lectivos es que nuestros intereses individuales colisionan en­tre sí. Por consiguiente, en lugar de deplorar el interés perso­nal, debemos diseñar instituciones y seguir normas que nos permitan canalizarlo. Esto quiere decir que todos nos lo de­beríamos pensar dos veces antes de tachar las instituciones políticas que nos rodean de ineficaces o corruptas (¡aunque a veces lo sean!). Las instituciones nos permiten tener expecta­tivas con respecto a la conducta ajena y pensar en cómo debe­ríamos comportarnos también nosotros. Deberíamos tener cuidado antes de desmantelarlas, pues de lo contrario podría­mos encontrarnos en un mundo de intereses enfrentados, solo que mucho más inmanejable, volátil y acaso violento.

Así pues, este libro es un llamamiento a la comprensión. No deberíamos juzgar a la ligera a los demás por comportarse de forma interesada cuando también nosotros hacemos lo mismo sin el menor empacho. Debemos esforzarnos por re­sistir los cantos de sirena de los demagogos que exigen derri­bar nuestras instituciones y limpiar las cloacas, que piden ha­cer borrón y cuenta nueva pero no reconocen que la política los estará esperando al final de cada revolución. Vivimos en un mundo imperfecto, pero esas imperfecciones suelen ser la fuerza que lo mantiene unido.

Las soluciones que he desgranado a lo largo de este libro no son infalibles. A menudo nos decepcionarán. Tendremos que dedicar muchas horas a adaptarlas a los nuevos retos que nos salgan al paso. Max Weber dijo que la política “consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces re­sistencias”. Los cambios no son fáciles. Las instituciones y normas que tantos trabajos nos ha costado levantar no siem­pre se adecuarán bien al presente. Y tendremos que renovar nuestras promesas políticas una y otra vez.

Sin embargo, cuando se trata de solucionar los más pro­fundos y endemoniados problemas a los que nos enfrentamos como seres humanos, las promesas contingentes de la política son preferibles a las falsas promesas de los tecnólogos y los populistas. Siempre habrá disputas. Lo que hace falta es en­contrar soluciones que lo tengan en cuenta, no que lo nie­guen. La política no se va a acabar. Pero tampoco tiene por qué fracasar.

 

Ben Ansell
Profesor de democracia institucional comparada en el Nuffield College de la Universidad de Oxford. Es el investigador principal en el proyecto del Consejo Europeo de Investigación “The Politics of Wealth Inequality” y coeditor de la revista Comparative Political Studies.

  • Por qué fracasa la política (Ariel, 2024). Traducción: David Paradela López. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

1 Rifirrafe: contienda, pelea o discusión de poca o nula importancia. Un españolismo (N. del E.)

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Publicado en: Política

2 comentarios en “Cómo hacer que la política triunfe

  1. Formar la cartera de activos de un fondo soberano tampoco es inocente. Hay que decidir entre financiar al propio gobierno, a gobiernos estranjeros, empresas locales o empresas foráneas. Si no se hace «correctamente» se les puede acusar de no tomsar decisiones «técnicas».

  2. Que el interés individual sea la realidad primordial es falso. En África tienen el concepto de Ubusnto, en los pueblos originarios de américa del sur tienen el concepto de vida buena.

    La unión Europea se fundamenta en la unificacióin económica, pero es antidemocrática- Nadie eligió ala troika y la troika no le rinde cuentas a nadie. los idéologos de la escuela neoclásica presumen de que el mercado hace que cooperen entre sí diferentes personas aunque se odien; a partir de esta idea se creó la globalización y la eurozona.

    George Keenan predijo en los años noventa del siglo veinte lo que hoy está ocurriendo entre ucrania y Rusia; Keenan lo vió claro después de que Clinton comenzara a extender la OTAN hacia países excomunistas. La primera violación al orden internacional fue la invasión ilegal a Irak en en 2003 y la definición de un eje del mal. En Afganistán, la OTAN sólo podía permanecer en el país si el gobierno elegido democráticamente se los permitía; la OTAN organizaba las elecciones.

    Hay que elegir entre gastar las ganancias de las materias primas en educación ahora, o diferir el gasto en un fondo soberano. Pero si se quiere sacar dinero de un fondo soberano, debe hacerse poco a poco pues si se venden una gran cantidad de acciones y bonos, su precio en el mercado diminuye y el fondo pierde valor.

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