A mediados de septiembre de 2020, un tramo de la Avenida Juárez de la Ciudad de México se vió invadido por tiendas de campaña: un plantón de detractores del presidente Andrés Manuel López Obrador. Hartos de la presencia de los inconformes y de los inconvenientes para la movilidad que causaban, un grupo simpatizantes del presidente acudió al plantón para confrontar a los opositores. Hubo golpes, insultos y expresiones de rechazo ante las cámaras de televisión. “¡Son un cáncer para México!” afirmaba enérgico un hombre. “¡El verdadero Pueblo está con López Obrador!” “¡Muera el mal gobierno!” pregonaba un joven con una playera membretada “FRENA”.
Este tipo de enfrentamientos entre opositores y simpatizantes del presidente López Obrador se ha repetido en distintos estados del país, algunas veces con mucha más violencia. Basta con mencionar el nombre de la agrupación detrás del plantón en Avenida Juárez para hacerse una idea del grado de polarización ante el que nos encontramos: Frente Nacional Anti-AMLO. El nombre es explícito en su antagonismo, pero lo que merece más atención es que define al clivaje —es decir: la línea divisoria o el punto de escisión entre dos grupos— en términos de un solo individuo: el presidente.
Hoy en día, sin embargo, no hace falta que los grupos políticos se confronten físicamente para que su hostilidad se vuelva patente. Las redes sociales, sobre todo Twitter, son un campo de batalla política permanente. Incluso alejándonos de las redes sociales, probablemente no sea exagerado decir que hoy casi todos conocemos a alguien con posturas políticas firmes e incluso confrontativas: familiares con opiniones contrapuestas que discuten fervorosamente en reuniones, amigos que se han retirado la palabra porque sus preferencias políticas divergen.
La polarización política en México, en fin, parece ser un fenómeno muy vivo. Ante esto, cabe detenerse y preguntarse qué es exactamente la polarización y cómo se mide. En este ensayo ofrecemos una nueva respuesta a la segunda pregunta: la mejor manera de cuantificar las inclinaciones políticas de la ciudadanía —y, por lo tanto, el grado de polarización de la sociedad— es registrar estas inclinaciones en el ámbito de lo emotivo, más inmediato y accesible que las dimensiones reflexivas de las que suele valerse la ciencia política. Al preguntarle a la gente qué siente por López Obrador, en lugar de qué piensa de él, descubrimos que las mediciones empíricas tradicionales subestiman el grado de polarización política de la sociedad mexicana contemporánea.

Mediciones de la polarización política en México
Para estudiar la polarización, los académicos comienzan por identificar alguna dimensión política relevante. Típicamente, esta dimensión es el espectro izquierda-derecha, aunque la polarización también puede analizarse en términos de religión o de raza, así como en torno a temas específicos de política pública. Así, la polarización puede entenderse como una forma particular de distribución de puntos a lo largo de un eje: aquella en la que una porción importante de los individuos sostiene opiniones que los ubican en uno u otro extremo del espectro. Pero la polarización también se entiende, con mayor frecuencia, como el movimiento —es decir: la redistribución— de los individuos desde posiciones centristas hacia posiciones polares o extremistas, sin que esto necesariamente implique que los extremos concentren a la mayoría de la población.
Así, muchos análisis de la polarización proceden comparando a la sociedad bajo estudio con sociedades del pasado y de otras partes del mundo. En términos temporales, una sociedad está más polarizada que en el pasado cuando muestra tendencias centrífugas —es decir: una redistribución de los ciudadanos en direcciones opuestas— en la dimensión política en cuestión. En términos geográficos, una sociedad está más polarizada que otra cuando las opiniones de una mayor proporción de ciudadanos caen en los polos o extremos de dicha dimensión, incluso cuando la mayoría de los ciudadanos de ambas sociedades se ubican en el centro del espectro.
En épocas recientes, sin embargo, algunos investigadores han señalado que estas medidas, muy útiles a la hora de medir los antagonismos de las élites políticas, no capturan la polarización que se percibe en el día a día entre la ciudadanía.1 Surge entonces un debate sobre si la ciudadanía está realmente polarizada o sólo las élites lo están.2 En el caso mexicano, este cuestionamiento parece razonable ante la constante y generalizada percepción de que las preferencias políticas de buena parte de la ciudadanía apuntan hacia uno de dos grandes grupos rivales. Por ello, vale la pena echar un ojo a las distribuciones nacionales que surgen de mediciones como éstas.
La información más reciente para México sobre la escala izquierda-derecha, recabada por Latinobarómetro, muestra patrones interesantes. En primer lugar —como muestra la Gráfica 1— la mayoría de los entrevistados no se aglomera en los polos de la distribución. En la medición de 2020 las categorías extremas (0 y 10) reúnen en conjunto al 18.9 % de los mexicanos, mientras que la categoría central (5) concentra al 36.2 %. Si entendemos los polos de la distribución con mayor laxitud y los ampliamos para incluir a las categorías 0 y 1 por un lado y 9 y 10 por el otro, seguimos observando una distribución en la que la mayoría de los individuos no se ubica en los extremos, con solo el 25.4 % de los entrevistados en ambos polos. Si ensanchamos aún más los polos (0, 1 y 2; y 8, 9 y 10), estos siguen reuniendo a una proporción minoritaria de individuos: el 34.5 %.

Elaboración propia a partir de información de las olas 2017, 2018 y 2020 de Latinobarómetro
Como muestra la misma gráfica, esta medición tampoco sugiere que la sociedad mexicana esté hoy en día más polarizada que en el pasado, pues no presenta una redistribución importante hacia los polos con respecto a la medición de 2018. En primer lugar, el porcentaje de individuos que se ubican a sí mismos en el centro del espectro (la categoría 5) aumentó del 32 % al 36 % entre 2018 y 2020. Es decir: hubo personas que se movieron de posiciones no-centristas hacia el centro, lo que sugeriría que la ciudadanía no se polarizó. En cuanto a los extremos, la proporción de personas que se ubican en la izquierda aumentó de 6.7 % a 12.7 %, pero la cifra equivalente para el extremo derecho disminuyó de 8.6 % a 6.2 %. En conjunto, estas cifras sugieren que no hay indicios de que la ciudadanía se haya polarizado de 2018 a 2020.
La comparación entre 2017 y 2018, sin embargo, resulta reveladora de la poca utilidad de la escala izquierda-derecha para dar cuenta de la polarización política. Algunos investigadores han argumentado que existe un patrón cíclico de moderación-polarización-moderación, donde la polarización responde a periodos de intensa actividad política, como en tiempos electorales.3 Esto sugiere que la actividad política de las élites podría estar polarizando a la ciudadanía. Las gráficas, sin embargo, muestran claramente que en el periodo de 2017 a 2018 —un importante año electoral— el porcentaje de ciudadanos en el centro de la distribución aumentó de 27.9 a 32.1, mientras que el porcentaje en el polo izquierdo cayó de de 11.7 a 6.7 y aquel en el extremo derecho de 11.1 a 8.6 Estos movimientos resultan extraños, pues era de esperarse que el electorado se polarizara en 2018 por la gran actividad política alrededor de las elecciones presidenciales. Cabe señalar que la encuesta de Latinobarómetro de 2018 se levantó en junio, sólo unos días antes de los comicios, de manera que una “despolarización” de la ciudadanía de 2017 a junio de 2018 resulta contraintuitiva, cuando no inverosímil.
Estas distribuciones presentan una inconsistencia adicional con respecto a la naturaleza del electorado mexicano: el balance o ausencia de sesgo en la distribución. El electorado mexicano se distribuye de forma notablemente desbalanceada en términos de indicadores políticos como el partidismo, la aprobación presidencial o la preferencia por uno u otro candidato, con un sesgo hacia el lado asociado con el presidente —donde se reúne una proporción mayor de individuos— en comparación con el lado asociado con la oposición. Por el contrario, la gráfica anterior refleja a una sociedad que se distribuye de forma balanceada o simétrica alrededor de la media. Es decir: una sociedad muy distinta a la que existe en realidad.
La escala de odio-adoración por el presidente López Obrador
¿Cómo explicar estos resultados que parecen chocar con la intuición? ¿Por qué uno se queda con la impresión de que la sociedad podría estar más polarizada de lo que muestran estas gráficas? Nuestra respuesta es que, en un contexto político como el mexicano de los últimos años, las dimensiones con las que los investigadores suelen medir la polarización (típicamente la escala izquierda-derecha) resultan inadecuadas. Proponemos que, en un contexto en el que un líder ha adoptado un discurso y una serie de políticas que explícitamente favorecen a algunos sectores de la población en detrimento de otros, la polarización se registra mejor si se mide en términos de los estados de ánimo —los afectos o emociones— que dicho líder genera en los ciudadanos.
Desde mucho antes de llegar a la presidencia, López Obrador adoptó un discurso en favor de los sectores con menos recursos que relativiza la atención que requieren los estratos económicos más altos. Ya como presidente, López Obrado no sólo le dio mayor propagación a ese discurso, sino que diseñó e implementó políticas que —en la percepción de buena parte de la ciudadanía, si bien no siempre en los hechos— favorecen a grupos focalizados de los sectores desfavorecidos, y que algunos sectores de los niveles socioeconómicos más altos entienden como perjudiciales para sus intereses o para el crecimiento económico.
Un líder que en apariencia prioriza a ciertos sectores al tiempo que antagoniza a otros despierta simpatías y antipatías rotundas, provocando la experiencia de emociones positivas y negativas hacia su persona. Por ello proponemos que la ciudadanía identifica con mayor claridad sus inclinaciones políticas en una dimensión afectiva. A diferencia de las dimensiones reflexivas (como la escala ideológica izquierda-derecha) o evaluativas (como la aprobación presidencial), esta dimensión afectiva apela al estado de ánimo o emoción que el líder político genera en el ciudadano y refleja un continuo entre cuyos extremos puede ubicarse con facilidad.
En el terreno afectivo, el odio es una de las emociones negativas más inducidas o activadas en la ciudadanía por los actores políticos y sus actividades. La aversión hacia un líder político tan inclinado a favor de algunos grupos de la sociedad, desestimando a otros, puede ser tanta que se experimenta como odio. Por el contrario, la aceptación y simpatía hacia él se vuelve adoración en su forma más extrema. Por ello, proponemos estas dos emociones —el odio y la adoración— como las puntas o polos de un espectro en el que se mueve la ciudadanía frente a líderes políticos con estas características. Para conocer la ubicación de los ciudadanos en esta dimensión, proponemos el siguiente reactivo —es decir: una pregunta que se le formula a la ciudadanía— para México, al que llamamos Escala de Odio-Adoración (O-A) a AMLO:
El presidente despierta distintas emociones; algunos lo adoran, otros lo odian. Si usted tuviera que ubicarse en una escala que va del odio a López Obrador en el 0 a la adoración a López Obrador en el 10, ¿en dónde se ubicaría?
Escala O-A: una medición explícita de la experiencia emotiva
Esta propuesta no se inscribe en lo que la academia ha llamado “polarización afectiva”, concepto que, igual que la Escala O-A, pretende dar cuenta de la polarización política desde el ámbito afectivo del ciudadano. La “polarización afectiva” se define ambiguamente como el fenómeno de hostilidad o aversión que ocurre entre los seguidores de distintos partidos políticos, o como la tendencia de las personas que se identifican con un partido a ver a los seguidores del partido rival de forma negativa y a los seguidores de su partido de forma positiva.4
Esta ambigüedad permite que las mediciones de la polarización afectiva a través de encuestas recurran a reactivos tan disímiles como la clasificación que hace el encuestado de los partidos o personajes políticos en una escala que avanza desde el “frío” hasta el “calor”; la descripción que hace el encuestado de los seguidores del partido opuesto como inteligentes, abiertos y generosos o como hipócritas, egoístas y malos; o incluso el grado en que el encuestado se siente cómodo interactuando con los seguidores del partido opuesto en distintos escenarios.
Estas medidas, sin embargo, no abordan una dimensión explícitamente afectiva, pues no dan cuenta de los afectos o emociones del ciudadano, sino que asumen que el ciudadano se mueve en un plano afectivo al responder las preguntas. Por el contrario, la dimensión que proponemos apela explícitamente a la experiencia emotiva del encuestado (generada o activada por un “objeto” político). Así, la autoubicación de los ciudadanos en algún nivel de odio o adoración por el líder político dibuja distribuciones que reflejan qué tan polarizados están en términos emotivos. Llamamos a esta polarización del reporte explícito de la experiencia emotiva del ciudadano “polarización emotiva”para diferenciarla de la “polarización afectiva” que asume (sin corroborar) que el ciudadano opera en un plano afectivo al responder determinadas preguntas sobre temas políticos.
Escala O-A: una imagen más clara de la polarización en México
La Escala de Odio-Adoración (O-A) a AMLO se incluyó en una encuesta con representatividad nacional, levantada cara a cara en noviembre de 2021 por la casa encuestadora Data OPM. La Gráfica 2 muestra la distribución de los mexicanos en esta dimensión:

Elaboración propia a partir de la batería “Procesamiento de Acusaciones de Autoritarismo” incluida en la encuesta levantada por Data OPM en 2021
Cabe destacar la comparabilidad de la Escala O-A con la escala izquierda-derecha de Latinobarómetro. Si bien preguntan por temas distintos (una por ideología, la otra por emociones que el presidente despierta), las dos mediciones dan cuenta de la polarización política de la ciudadanía y, técnicamente, comparten características que nos permiten compararlas: ambas cuentan con el mismo número de niveles y con la misma numeración en dichos niveles, así como con categorías en las anclas o niveles extremos. Además, al tener un número impar de niveles, ambas mediciones cuentan con un nivel central. A continuación presentamos una serie de comparaciones entre los resultados de ambas medidas para iluminar las ventajas de la que proponemos.
Grado de concentración en los polos: I-D vs. O-A
Al comparar la distribución de la escala odio-adoración (O-A) con aquella de la escala izquierda-derecha (I-D) que Latinobarómetro uso en su encuesta de 20205 —y que ilustra la Gráfica 1— descubrimos que la primera medición muestra a una ciudadanía más polarizada:
- Si pensamos la polarización de forma estricta, como el grado de concentración de los individuos en los extremos del espectro, la polarización en la O-A es mayor que en la I-D, pues el 24.5 % de los mexicanos se ubica en los niveles 0 y 10 de la O-A mientras sólo el 18.9 % de los mismos se ubica en los niveles 0 y 10 de la I-D.
- Si ampliamos los polos a los niveles 0 y 1 por un lado y 9 y 10 por el otro, la polarización sigue siendo mayor en la distribución de la O-A: mientras que la escala I-D ubica al 25.4 % de los mexicanos en los extremos, la medición afectiva sugiere que el 30.3 % se ubica en los polos.
- Si dilatamos aún más los polos (0,1 y 2; y 8, 9 y 10), tenemos que la polarización capturada por la O-A es incluso mayor, pues en estos niveles se aglomera el 44.3 % de los mexicanos: casi diez puntos porcentuales más que el 34.5 % que la escala I-D ubica en los extremos de la gama.
En síntesis, la polarización política que captura la escala de Odio-Adoración a AMLO es consistentemente mayor que la que captura la escala Izquierda-Derecha.
Polarización asimétrica
La O-A no sólo describe una población más polarizada que la I-D, sino que también muestra un aspecto aún más revelador de la polarización mexicana: el desbalance entre los polos, ausente en la I-D. Cabe recordar que una sociedad polarizada no está necesariamente balanceada: puede haber una cantidad importante de individuos alejándose del centro, pero esto no significa que los dos polos opuestos atraigan a la misma cantidad de individuos. En la Gráfica 2, la proporción de individuos de un lado de la distribución (el lado de la adoración a AMLO) es notablemente mayor que la del lado contrario (el odio a AMLO). Es decir, la distribución es asimétrica.
Los números son claros: en los niveles 0 a 4 se ubica el 20 % de las mexicanas y los mexicanos, mientras los niveles 6 a 10 concentran al 49 %. Mientras que sólo una quinta parte de las personas encuestadas reporta sentir algún grado de odio hacia López Obrador, prácticamente la mitad de la población declara sentir algún grado de adoración por el presidente. En el centro de esta distribución (donde podría pensarse que ni odian ni adoran al presidente, sino que son neutrales con respecto a esta dimensión), está el 31 % restante. La escala I-D, en contraste, no logra capturar este desbalance en las inclinaciones políticas de la ciudadanía: en esa dimensión (véase la Gráfica 1) los individuos se distribuyen en un patrón más simétrico que el de la O-A.
Ahora, considerando que ambas escalas cuentan con el mismo número de niveles y la misma numeración en dichos niveles, una comparación de las medias revela la existencia de un desbalance a favor del lado de quienes simpatizan con el presidente, más notable en el caso de la O-A. El Cuadro 1 muestra que la media de la distribución de la O-A (6) se encuentra un nivel a la derecha del valor central (5) —es decir: cargada hacia la adoración al presidente— mientras que la media de la I-D en 2020 se encuentra alrededor de medio nivel a la izquierda del valor central —es decir: ligeramente cargada hacia la ideología de izquierda—.
Cabe señalar que este sesgo en la distribución de la O-A coincide con otros tipos de información, tales como la aprobación presidencial, partidismo y preferencias por candidatos: el lado que se asocia al presidente (Morena, pensando en partidos; aprobación, pensando en la evaluación de su gestión; y “que siga en el cargo”, considerando el proceso de revocación de mandato) reúne a más individuos que el lado que se asocia a la oposición.6 De manera que, frente a la I-D, la O-A describe una polarización más apegada a la realidad actual: con un sesgo en las preferencias de la ciudadanía a favor del presidente.
Escala O-A: una dimensión accesible para el individuo
Otro atributo de la O-A frente a la I-D es su mayor accesibilidad para el ciudadano. Al no involucrar procesos cognitivos (a diferencia de las dimensiones reflexivas, como la escala ideológica I-D), la O-A apela a una dimensión más inmediata y asequible para el individuo: el estado de ánimo o emoción que el líder político le inspira. Así, esta dimensión ofrece un continuo entre cuyos extremos los encuestados pueden ubicarse con facilidad. Una forma de ver esto es a través de las tasas de no respuesta. En los tres años registrados por Latinobarómetro, la proporción de personas que se niega a ubicarse en algún nivel de la I-D (porque no sabe hacerlo, porque considera que la escala no es útil o porque simplemente se niega a responder) es mayor que en la O-A.
Esto sugiere que, en efecto, la dimensión emotiva a la que alude la O-A es más accesible para los ciudadanos que la dimensión reflexiva-cognitiva a la que alude la I-D. Estas tasas de no respuesta se presentan en el Cuadro 1. Sólo el 6.6 % de los encuestados no respondieron a la pregunta sobre la escala de odio-adoración al presidente, mientras que en el caso de la escala izquierda-derecha la cifra fue de 23.7 % en 2020, 8.9 % en 2018 y 10.6 % en 2017. Es decir, la proporción de encuestados que saben y pueden (o incluso quieren) ubicarse en algún punto de la escala O-A es consistentemente mayor que la proporción de los que lo hacen en algún punto de la gama I-D.
Cuadro 1. Medidas de polarización política en México. Tasas de no respuesta y medias
|
Medida de polarización |
Tasa de no respuesta* |
Media |
|
O–A (2021) |
6.6 % |
6 |
|
I–D (2020) |
23.7 % |
4.43 |
|
I–D (2018) |
8.9 % |
4.84 |
|
I–D (2017) |
10.6 % |
4.96 |
* Porcentaje de encuestados que no saben, no pueden o se rehúsan a ubicarse en la escala.
Elaboración propia a partir de la batería “Procesamiento de Acusaciones de Autoritarismo” incluida en encuesta levantada por Data OPM en 2021 y en información del Latinobarómetro 2017, 2018 y 2020.
Una propuesta razonable para medir la polarización política
En mayor o menor grado, los líderes políticos que se inclinan de forma explícita a favor de algunos grupos de la sociedad en detrimento de otros despiertan en buena parte de la ciudadanía emociones tanto negativas (el odio) como positivas (la adoración). En este terreno emotivo, los ciudadanos ubican su lugar con facilidad, conformando distribuciones que revelan patrones que las medidas tradicionalmente utilizadas para medir la polarización no logran capturar. La escala que aquí se propone no sólo captura a una sociedad consistentemente más polarizada que la escala Izquierda-Derecha, sino que también describe una polarización más apegada a la realidad actual: una con un sesgo en las preferencias de la ciudadanía a favor del presidente.
Iván Martínez-Bravo
Estudiante del Doctorado en Ciencias Políticas del CIDE
Gerardo Maldonado
Profesor investigador de la División de Estudios Internacionales del CIDE
Pablo Parás
Director General de DATA OPM.
1 Al analizar la polarización, la academia ha estudiado mucho a las élites, sobre todo a los congresos en sistemas bipartidistas como el estadounidense. Ahí resulta más claro un patrón polarizado, con una gran mayoría de congresistas ubicados en los extremos. Por ejemplo, en temas específicos, como la legalización del aborto o las drogas, se ha visto que los políticos y partidos suelen dibujar con mayor claridad distribuciones con tendencias centrífugas. Véase: Bond, J. R. y Fleisher, R. Polarized Politics: Congress and the President in a Partisan Era. Washington, CQ Press, 2000. Véase también: Fleisher, R. y Bond, J. R. “The shrinking middle in the U.S. Congress”. En: British Journal of Political Science, núm. 34, Reino Unido, 2004, pp. 429-451.
2 Véase: Abramowitz, A. I., y Saunders, K. L. “Is polarization a myth?” En: The Journal of Politics, núm. 70(2), 2008, pp. 542–555. Véase también: Fiorina, M. P. y Abrams, S. J. “Political Polarization in the American Public”. En: Annual Review of Political Science, núm. 11, pp. 563–588.
3 Véase: Moreno, A. “Ideología y voto: dimensiones de competencia política en México en los noventa”. En: Política y Gobierno, núm. 6 (1), 2004, pp. 45-81.
4 Véase: Iyengar, S. et al. “The Origins and Consequences of Affective Polarization in the United States”. En. Annual Review of Political Science, núm. 22, 2019, pp. 129-146. Véase también: Iyengar, S. y Westwood, SJ. “Fear and loathing across party lines: new evidence on group polarization”. En: American Journal of Political Science, núm. 59 (3), 2015, pp. 690–707.
5 Normalmente, al hacer comparaciones con información poblacional, lo ideal suele ser utilizar bases de datos del mismo año, a menos que los rezagos temporales tengan algún sentido (como en el análisis de series de tiempo y en otros casos). Desafortunadamente, no hay información sobre la escala izquierda-derecha para México en 2021, año en que se levantó la encuesta de Data OPM. Sin embargo, sí tenemos información para 2020 (la ola más reciente del Latinobarómetro), como se vio arriba. De manera que hay sólo un año de diferencia aproximadamente en el tiempo de recolección de ambas bases de datos.
6 La aprobación presidencial se ha utilizado como medida de polarización. De hecho, distintas encuestas sobre aprobación presidencial muestran que la polarización ha aumentado a lo largo de la gestión lopezobradorista, con cada vez más ciudadanos en los polos de esa dimensión, “desapruebo totalmente” y “apruebo totalmente” (o variantes lingüísticas de ésta), aumento en la polarización que la I-D no ha logrado capturar, como muestran las gráficas anteriores. Sin embargo, la aprobación presidencial resulta poco útil para los fines de esta propuesta. La razón principal es conceptual: es un indicador evaluativo (se evalúa el desempeño del presidente) en lugar de afectivo. Es decir: no aborda la ubicación de los entrevistados en un plano que mida variaciones en el estado de ánimo que el presidente les genera. Además, habría que observar dos inconvenientes que resultan de que la escala sea reducida y par (sólo cuatro categorías de respuesta): captura poca gradualidad en esa dimensión (aprobación-desaprobación) y, al no contar con una categoría intermedia, obliga a quienes tienen una postura neutral o indiferente ante el desempeño del presidente a ubicarse falsamente en uno de los dos bloques. Lo mismo ocurre con la revocación de mandato, al tener sólo dos opciones de respuesta, no ofrece gradualidad ni una categoría central. Sin embargo, el desbalance a favor del presidente sí es claro en estas distribuciones. En la encuesta levantada por Data OPM, se incluyeron ambas preguntas: 20 % de los entrevistados dijo desaprobar el trabajo de AMLO como presidente, 80 % lo aprobó; y 17 % opina que al presidente se le debería revocar el mandato, mientras que 83 % piensa que debería seguir.