Controversias
“No importa lo que hagamos para enfrentar la infección, el virus (SARS-CoV-2) pondrá a prueba la resiliencia incluso de los sistemas de salud mejor equipados”, dice Nahid Bhadelia, un médico de enfermedades infecciosas de la Escuela de Medicina de la Universidad de Boston. Una serie de controversias han empañado la labor de la Organización Mundial de la Salud (OMS), mostrado la debilidad de la Organización a lo largos meses de pandemia y cuarentena.
Aunque diferente, esta enfermedad viral comparte características con otras. Por ejemplo, hay evidencia de que las personas asintomáticas pueden contagiar. Lo que está en discusión aquí, es la contribución de esas personas asintomáticas en el contagio de la población general. Este punto es muy importante porque las políticas de salud pública en términos de cuarentena, distanciamiento social y uso de mascarillas, dependen mucho de asumir que una persona asintomática también puede contagiar.

Ilustración: Patricio Betteo
Esto toma aún más relevancia cuando sabemos la proporción de contagiados por el nuevo coronavirus. El principal experto en enfermedades infecciosas en Estados Unidos, Anthony Fauci, dijo a “Good Morning America” de ABC que entre el 25 y el 45 % de las personas infectadas probablemente no tengan síntomas.
Es por esta razón que llamó mucho la atención la declaración de la líder técnica de la Organización Mundial de la Salud, María Van Kerkhove, cuando dijo que es posible que la contribución de los asintomáticos al contagio de la enfermedad sea insignificante. Sin embargo, Fauci dijo en la misma entrevista de ABC que esa apreciación estaba equivocada. Van Kerkhove se desdijo después al aclarar lo dicho, indicando que, en realidad, lo que quiso expresar fue lo insignificante que es la contribución de los asintomáticos al contagio general de la población, y que las investigaciones encaminadas a cuantificar esa contribución deben continuar (cualquier parecido con declaraciones de las autoridades mexicanas del tema, no es mera coincidencia).
El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, convocó en esa semana a los ciudadanos a que ya comiencen a salir para reactivar la economía (a este estado de cosas le llaman “la nueva normalidad”), mientras que el Subsecretario de Salud, Hugo López–Gatell, insistió en la importancia de permanecer en casa porque la pandemia de ninguna manera ha terminado. Las contradicciones de (y entre) ambos personajes han marcado el desarrollo de la crisis sanitaria provocada por el covid-19 que hasta ahora registra un saldo de más de 60 000 muertes, lo que convierte a México en el tercer país con mayor número de decesos.1
A pesar de que los números son negativos, López Obrador afirmó que la pandemia va en declive sin que los servicios médicos se hayan desbordado. Uno no entiende a qué se debe el optimismo del presidente, ¿es real, fingido o intenta mantener la moral del pueblo en alto? “Si no se nos saturaron los hospitales fue por la actitud responsable de la gente que, al llamado de quedarse en casa, obedecieron, con muchos sacrificios”, dijo cuando en realidad la disminución total de movilidad fue de 40 %. Pero en un país con 50 % de comercio informal, millones de mexicanos tienen que salir a trabajar para sobrevivir.
Más tarde, López-Gatell insistió en la corresponsabilidad que deben tener los ciudadanos para no salir a las calles y disminuir así los riesgos de propagación del coronavirus.


A partir de los datos del 18 de abril, el Dr. López-Gatell infirió que el final de la pandemia debería darse antes del 25 de junio, lo cuál fue un error más de su equipo. La lámina superior es copia de la mostrada durante la conferencia de ese día. En la lámina inferior mostramos una curva calculada por José Luis Marroquín (CIMAT, Guanajuato) que predice el fin de la pandemia para septiembre de este año.
En la presentación, afirmó que curvas epidémicas hay “tantas como se necesite”, afirmó que se está trabajando con un grupo de 56 investigadores. Trabajar tanta gente junta probablemente los confundió, porque sólo se requería una curva (¡la correcta!).2
La disputa de los cubrebocas y la crisis de las pruebas
Al cubrebocas clásico (ese que el personal médico usa a diario) siempre se le ha tenido como una medida que NO tiene evidencia suficiente que justifique que es un gran protector respiratorio contra las infecciones. Los datos sobre eso son ESCASOS, llevamos muchos años así, y de ahí que la OMS no haya insistido en su utilización.
La respetada revista médica The Lancet le dio una nueva revisada al tema y su conclusión (a 20 de marzo 2020) fue que
si los médicos los usan para evitar contacto con las gotículas de sus enfermos y también para evitar que las gotículas propias no infecten a los pacientes, (caso más claro al estar los cirujanos operando), debería ser razonable que las personas también usaran mascarillas para protegerse de los que tengan covid-19 o cualquier otra infección respiratoria.
Esto porque el aire es el medio principal de contagio y porque ya hay datos que sugieren que, incluso sin que un enfermo desarrolle síntomas, puede contagiar el coronavirus. Si usamos cubrebocas y nos alejamos de las gotículas hay menor probabilidad de enfermarnos para todos. Los consensos de expertos han llegado a esa conclusión.
En abril, Mario Molina, Premio Nobel de Química 1995, publicó un artículo en la revista PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences), en Estados Unidos, en donde se dieron a conocer los resultados de la importancia que tiene el uso adecuado de cubrebocas. Molina explica ahí que no sólo las gotículas de saliva transmiten la enfermedad, sino que las partículas pequeñas (llamadas “aerosoles”), son las que verdaderamente representan un peligro, puesto que son invisibles y pese a ser muy pequeñas, son lo suficientemente grandes como para acarrear el virus.
Detalló que hay una comunidad científica que trabaja con estas partículas invisibles llamadas PM2.5 y que, al aspirarlas, se meten directamente al sistema respiratorio, inclusive algunas llegan al corazón por “ser tan chiquitas que la nariz no las para”.
Se pudo comprobar que estas partículas portan al coronavirus y no se necesita toser o estornudar para esparcirlas, basta con hablar. Mencionó que la OMS, en un principio, estaba equivocada al decir que el coronavirus sólo se encontraba en las gotas de saliva al estornudar o toser.
“Antes creían que el uso de cubrebocas era exclusivo para la gente que estaba enferma, pero no, eso es un grave error. Lo que demostramos es que es muy importante el uso de las máscaras simplemente para no contaminar al hablar”. Es difícil elucidar las razones para el rechazo del presidente López Obrador a usar mascarilla (los asesores médicos se politizaron y poco pesan), pero ¿qué otro mandatario cuenta como asesor a un premio Nobel? Para mucha gente, AMLO es el principal referente para tomarse en serio (o no) la infección y ser precavidos: ¿cuántas vidas habrá costado la negligencia presidencial?
Como si fueran pocos los errores mencionados, falta el mayor. Más transmisible y fatal que la gripe estacional, el nuevo coronavirus también es más sigiloso, extendiéndose de un huésped a otro durante varios días antes de desencadenar síntomas evidentes. Para contener un patógeno de este tipo, las naciones deben desarrollar una prueba (test) y usarla para identificar a las personas infectadas, aislarlas y rastrear a aquellos con los que han tenido contacto. Eso es lo que Corea del Sur, Singapur y Hong Kong hicieron con un efecto tremendo. Es lo que los Estados Unidos no hicieron. Inclusive, laboratorios independientes crearon alternativas, pero se empantanaron en la burocracia de la FDA. En un mes crucial, cuando la carga de casos estadounidense se disparó a las decenas de miles, sólo cientos de personas fueron probadas. Que una potencia biomédica como los EE. UU. no desarrollara una prueba diagnóstica muy simple era, literalmente, inimaginable. El caso mexicano sumó a la ignorancia compartida con EE. UU. la negligencia, al no permitir que se hicieran pruebas, aunque el costo lo absorbieran los pacientes. Si las cosas funcionaran de otra forma en México, Cofepris sería llamado a cuentas.
En México, tenemos un sistema de atención de salud que ya estaba casi desbordado y desafiado, además, por una temporada de gripe severa, se enfrentó repentinamente a un virus que se había dejado propagar, sin seguimiento, a través de comunidades de todo el país. Los hospitales, sobrecargados, se abrumaron. El equipo de protección básico, como máscaras, batas y guantes, comenzó a agotarse. A pesar de que se contó con casi tres meses de aviso previo, la respuesta del sistema médico siempre fue: ¡Estamos listos y preparados! Llegado el momento de la verdad, el sistema quedó exhibido como impreparado y primitivo: las medicinas se agotaron, los ventiladores (respiradores que proporcionan oxígeno a los pacientes cuyos pulmones están asediados por el virus) no se habían fabricado, a pesar que se contaba con la patente caduca del MIT.
La guerra de los mundos (combatiendo la pobreza)
La pandemia clínica de covid-19 es sólo uno de las graves crisis que nos asolan. Las otras, la crisis económica y sus causas (la crisis de empleo y la profunda desigualdad económica) y la crisis de inseguridad y el crimen organizado (con la cauda de asesinados cada día, en competencia con los decesos por causas “naturales”), ya estaban ahí a principios de año, aunque se han agravado y entremezclado con otras formas de crimen (la trata de personas, por ejemplo). Así, sería bueno tener un modelo que estimara, ¿cuántos de entre los 12 millones de nuevos desempleados se sumarán a los ejércitos en las calles que viven del comercio informal? ¿cuántos de entre ellos pasarán a ensanchar las huestes del crimen organizado? ¿cuántos morirán?
Antes de la pandemia, el Fondo Monetario Internacional proyectó solo un 1.6 % de crecimiento económico para la región en 2020, con recesiones en varios países. En abril, proyectó una contracción del 5.2 %, con casi todos los países en recesión.3 La acción es urgente en múltiples áreas relacionadas explica el programa: el frente epidemiológico, sanitario y de saneamiento; el frente económico mercados laborales; y protección social.
En el estado actual de emergencia, los gobiernos deben priorizar campañas transparentes de información pública, planificar estrategias que involucren a grupos marginados en áreas urbanas y comunidades indígenas, garantizar el acceso a agua limpia, jabón, alimentos, ingresos y otros artículos esenciales, garantizar la conectividad a internet, usar espacios diferentes a los hospitales para aislar a los pacientes con covid-19, y diseñar estrategias para mover pacientes de manera segura entre las instalaciones médicas.
Más adelante, los gobiernos deberían proporcionar pruebas gratuitas de covid-19 a los grupos más pobres y vulnerables, seguir abriendo nuevos centros de aislamiento, garantizar el acceso al agua potable, garantizar que los grupos marginados posean dispositivos que les permitan rastrear, ampliar la inclusión financiera digital, proteger los medios de vida y proporcionar transferencias monetarias a los pobres.
También deben diseñar programas de empleo temporal, distribución directa de alimentos seguros, implementar recortes de impuestos o aplazamientos, evitar recortes de servicios básicos como agua, electricidad y wifi, mitigar la violencia doméstica, mantener la educación y garantizar el acceso a la salud y la medicación más allá del covid-19.
En el caso de México, a todas estas problemáticas habrá que añadir la idiosincrasia mexicana (sin duda, compartida con muchos países de la región), tan lejos, en ocasiones, a la bondad y sabiduría que tanto pregona el presidente López Obrador: por un lado, encontramos la mentira y engaños “oficiales” que nos llevan a creer que, en efecto, el sub conteo de muertos es mayúsculo (según New York Times, sólo en la Ciudad de México, la cuenta de actas de defunción por covid-19 triplica las actas registradas), por otro, nuestros noticieros dan cuenta de los médicos y enfermeras golpeados por las turbas que les persiguen por su “peligrosidad de contagiar el virus”. Finalmente, tenemos las peores tonterías cometidas en nombre de ideologías que cruzan todo el espectro de derecha a izquierda: encontramos al médico chino Li Wenliang quien murió después de contraer el virus mientras trataba a pacientes en Wuhan y era investigado por la policía por "difundir rumores falsos" donde advertía a otros médicos de un virus que pensaba que parecía Sars, otro coronavirus mortal; a Donald Trump quien sorprendió al mundo dando consejos estúpidos sobre el virus, como ponerse “una inyección de desinfectante”; en Brasil su homólogo —en más de un sentido— Jair Bolsonaro, simplemente niega la existencia real de la epidemia y convoca manifestaciones masivas (hasta caer enfermo él mismo); en México, López Obrador recomienda combatir la enfermedad con imágenes de Jesús-Cristo (llamadas aquí ¡detentes!) mientras su secretaria de Gobernación, más culta ella, prefiere usar gotas de nanopartículas de cítricos. No nos queda sino preguntarnos: ¿en qué escuela se preparó esta generación de gobernantes?
José Antonio de la Peña
Instituto de Matemáticas, UNAM y Centro de Seguridad, Inteligencia y Gobernanza, ITAM.
1 Esto es, al corte del 15 de julio. Para el 1 de agosto, México es ya el tercer país con más muertos.
2 La curva obtenida por J. L. Marroquín es una aplicación de un modelo de Kermack-McKendrick que fue ideado hace casi 100 años. Obsérvese que el máximo se tiene en el día 176 de iniciada la epidemia.
3 En agosto, para México, esta proyección es ya de -18.9 puntos del PIB.
Excelente artículo, señor de la Peña. Desgraciadamente, no dibujo un futuro halagüeño en absoluto, pero es lo que hay, en este país y en este mundo. En el país, con unas autoridades que actúan al unísono de la idiosincracia nacional y potencian la diseminación de un virus que, aunque no es tan mortal como el ébola, si sumamente contagioso y que ha terminado por abultar las cifras de muertos a un nivel que solo con el tiempo se conocerán o estimarán de forma realista (ahora, sabemos que López-Gatell y sus secuaces simplemente siguen instrucciones del jefe de su jefe para ocultar la mugre debajo de la alfombra y «no asustar a la gente», al más puro estilo del viejo partido, tal como ocurrió en catástrofes como San Juanico o el terremoto de 1985)