Covid-19 y migración, una fórmula mortal

El letal coronavirus, cuyo acelerado ritmo de transmisión ha generado alarma entre epidemiólogos, virólogos e inmunólogos del mundo entero, viajó de la provincia china de Wuhan a la Lombardía italiana y de ahí al País Vasco, al Magreb y al Ecuador. Aterrizó en Osaka y después en Seúl, Bangkok y el sur de Vietnam. Llegó a Teherán y desde ahí a Bahréin y a Dubái. Luego a la India, a Sudáfrica, a Nigeria y a Brasil. Irrumpió en los Estados Unidos y desde ahí pisó México.

El Covid-19 ha echado mano de la conectividad y la movilidad que caracterizan al siglo XXI para migrar de este a oeste y de sur a norte, sin encontrar obstáculos en su camino. La epidemia se ha convertido en una macabra metáfora de los peligros inherentes de la migración pues entre sus víctimas se encuentran ya cientos de migrantes. Trabajadores rurales en China, refugiados afganos en Alemania, inmigrantes paquistaníes en Inglaterra, desplazados venezolanos en Ecuador y, por supuesto, mexicanos indocumentados en los Estados Unidos. La lista ha de engrosarse, si el avance de la enfermedad continúa, haciendo aún más trágica la realidad de muchos.

Más de 1 300 000 contagios, cerca de 74 000 muertes, casi la totalidad de países y territorios del planeta afectados. La pandemia iniciada a finales del año pasado ha devorado, a paso constante y al parecer imparable, el primer trimestre del 2020 y amenaza con hacer lo mismo durante los meses subsiguientes sin que hasta el momento exista de por medio cura ni medida efectiva de contención.

De ese total, de acuerdo con estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, con base en las cifras reportadas por la Universidad Johns Hopkins de Baltimore y el Centro para el Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) de Atlanta, referentes en cuanto al seguimiento y mapeo del Covid-19 en los Estados Unidos; más de 366 000 contagios y cerca de 11 000 muertes, se han registrado a la fecha en territorio estadunidense. Estimados que de continuar la tendencia se duplicarán, triplicarán o cuadriplicarán en los días y semanas siguientes.

Números, estadísticas, cifras, gráficas, estimaciones, modelos, medidas. Cadáveres, féretros, muertos, cenizas, tumbas y nichos. Ni un solo nombre. En esas listas y proyecciones numéricas y algorítmicas no se registran apellidos ni edades, razas o condiciones migratorias. ¿Qué sabemos de esas docenas de miles de muertos en Estados Unidos? ¿quiénes son? ¿cómo son? Y, sobre todo ¿por qué, como mexicanos, debería importarnos?

Ilustración: Víctor Solís

“Desconsolada por la muerte de Lorena Borjas, prolífica activista, víctima de Covid-19”, tuiteó el pasado 30 de marzo la Congresista Alexandria Ocasio-Cortez, representante del Bronx y de parte de Queens en Washington DC, en homenaje a la mexicana fallecida a consecuencia de la epidemia, ícono de la comunidad transgénero indocumentada de la ciudad de Nueva York, una de las comunidades migrantes tradicionalmente más vulnerables; hoy, en muchos sentidos, aún más frágil ante el salvaje asalto del coronavirus. Al mensaje de Ocasio-Cortez siguieron otros del alcalde neoyorquino Bill De Blasio, del gobernador Andrew Cuomo, de la asambleísta local Catalina Cruz y de la organización Make The Road, una de las más importantes en la lucha de los derechos de la población migrante en Norteamérica, con la cual colaboraba Borjas desde hacía décadas.

Jovial y dicharachera, como buena jarocha, Lorena emigró a Nueva York en 1981, donde se convirtió en pionera de la lucha por los derechos de su colectivo y en voz de cientos de migrantes transgénero, como ella, a quienes se castiga con la indiferencia y el silencio. Falleció a los pocos días de ser diagnosticada y con un grave cuadro de insuficiencia respiratoria. Murió a los sesenta años luchando, como vivió toda su vida. A su muerte han seguido las de seis activistas transgénero más, todas inmigrantes, una de ellas mexicana también, Jamilet Valente, con treinta y pocos años, apenas. Las suyas, como las de otros cientos, quizá ya miles, de migrantes hispanos en Nueva York, el epicentro de la pandemia en nuestro continente, fueron muertes sin la misma repercusión mediática, pero sí emocional y económica para la debilitada comunidad migrante. 

En la ciudad de Nueva York, los distritos de Queens y de Brooklyn son los que registran mayor número de contagios y muertes como consecuencia del Covid-19. También, los distritos con mayor índice de población migrante. Aunque no existen aún estudios al respecto, basta echar un vistazo a los mapas de evolución de la epidemia elaborados por el CDC o por el Centro de Ingeniería y Sistemas de Ciencia de la Universidad Johns Hopkins, para denotar una clara distribución de casos y muertes en las grandes áreas metropolitanas del país. Sea Chicago, San Francisco o Nueva Orleans, la incidencia del coronavirus golpea doblemente en los distritos socioeconómicos más pobres de dichas urbes; usualmente, donde vive la gran mayoría de la población mexicana indocumentada.

De acuerdo con el artículo “Inmigrantes indocumentados en los Estados Unidos y el Covid-19” publicado el 27 de marzo por New England Journal of Medicine, el elevado índice de diabetes entre la población migrante de origen latino es un factor de alto riesgo ante el avance de la pandemia. Factor al cual habría que sumar la desconfianza tradicional de dicha población en el sistema de salud, tanto público como privado; la dificultad histórica para acceder a servicios sanitarios y las difíciles condiciones económicas que atraviesa actualmente la comunidad migrante ante la súbita pérdida de sus fuentes de ingreso. La fórmula es mortal. 

Se estima que en los Estados Unidos viven aproximadamente 34 millones de personas de origen mexicano, de las cuales 23 millones son ciudadanos americanos de ascendencia mexicana y 11 millones, mexicanos afincados en el vecino país. De este último número, groso modo, la mitad tiene algún estatus migratorio que solvente su estancia ahí, la otra mitad se encuentra indocumentada y, hoy más que nunca, desprotegida. Vis-à-vis el gobierno federal americano y sus esfuerzos por amainar la pandemia, pero también, quizás con agravada razón, vis-à-vis el gobierno mexicano.

Durante las últimas semanas y conforme avanzaba acuciosamente la epidemia de Covid-19 por todo el mundo, cancelando eventos, posponiendo los Juegos Olímpicos, poniendo en cuarentena a países enteros, cerrando fronteras, estrangulando al turismo, colapsando economías y postergando los planes de miles de millones de personas; observamos con orgullo patriótico la loable labor de repatriación que encabezó la Secretaría de Relaciones Exteriores para regresar a México a miles de compatriotas varados desde China hasta Argentina pasando por Madagascar y Holanda. Un esfuerzo sin parangón y aplaudido por Cancillerías de todos los continentes, pero sobre todo agradecido por los repatriados mismos y sus familiares y amigos que les esperaban angustiados de vuelta en casa.

Presenciamos incluso la operación que implicó el traslado desde China de muy necesario equipo médico de urgencias en un avión de bandera mexicana a fin de dar un respiro a los profesionales médicos de nuestro país ante la lucha contra el enemigo invisible que nos acecha. Con la misma convicción quisiéramos ver que desde el gobierno de México se piensa y actúa teniendo en mente a esos millones de mexicanos indocumentados en los Estados Unidos que hoy enfrentan a ese mismo enemigo invisible; más allá de la provisión de servicios consulares tradicionales y considerando que son ellos, los migrantes, quienes están, quizá más que cualquier otro grupo en el país vecino, en el ojo de la pandemia.

 

Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático. Fue Cónsul General de México en Nueva York entre 2016 y 2018.

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Publicado en: Internacional