Una primera certeza que se desprende del fenómeno de los papeles de Jeffrey Epstein es que consolida las afinidades y coincidencias de la alianza atlántica secular entre Londres y Washington. En este caso para mal y, sobre todo, de manera asimétrica. No hay ninguna duda que la publicación de millones de documentos por el Departamento de Justicia golpeará el corazón del proyecto trumpista. A mi juicio, aún no está claro cuándo y sobre todo cómo. Pero las retaguardias y reservas mediáticas e ideológicas del presidente de Estados Unidos no son para menos. Sus recursos no son inagotables, pero aún tiene –intuyo– capacidad y margen de maniobra para una contraofensiva. Esto lo hace un individuo peligroso para el mundo (o sea, para nosotros).
Otra cosa muy distinta es la tragicomedia británica. Si se observan algunos medios, la BBC incluida, parece haber una coincidencia: el escándalo del embajador Peter Mandelson y del expríncipe (no sé qué significa eso) Andrés –hijo predilecto de la reina Isabel II– no golpea sólo al gobierno del primer ministro Keir Starmer sino a la Corona como institución. De Andrés se sabe que tuvo contactos con mujeres (y quizá con adolescentes). Todos facilitados por Epstein. Además, él y su exesposa habrían tenido tratos de orden pecuniario con Epstein. Sumado a esto, Andrés y el embajador Mandelson habrían entregado secretos de Estado a Epstein en momentos críticos, justo cuando el gobierno británico estaba urgido de efectuar operaciones financieras durante la crisis de 2008-2009. Dicho de otro modo, ambos dieron a Epstein un pitazo para especular con el destino de activos del gobierno británico en el curso de la crisis financiera global más intensa y profunda desde 1929. Depredación sexual y financiera, todo en uno.
Ni en Gran Bretaña ni en Estados Unidos estamos frente a menudencias de la nota roja. Observamos una filtración megalítica sobre usos y costumbres sexuales de una parte de las élites financieras, tecnológicas y culturales. El tema desembocó en la opinión pública. Acá, como es costumbre, la información estará sometida al efecto mariposa, aunque ya podemos entender algunos asuntos: las errancias, omisiones y aciertos policiacos; los encubrimientos sectarios; los negocios con información privilegiada; las elecciones rodeadas de silencios; el cinismo; la soberbia.
Nada nuevo en los terrenos de la dominación política e ideológica de ciertas élites salvo, quizá, la magnitud del fenómeno depredador y la pestilencia del lodo denso y pegajoso del encubrimiento –sobre todo en Estados Unidos. Sin embargo, y en virtud de un arte combinatorio extraño (aterrador para las víctimas, milagroso para el espectador), los resultados parciales están a la vista en sus escalas casi infinitas. Es poco común que la historia nos permita mirar en directo el vaciamiento del discurso moral. La igualdad ante la ley, tan cara al imaginario democrático moderno, y en especial anglosajón, es un estribillo sin su música.

En los papeles de Epstein hay tal acumulación de temas, en acto y en potencia, que me atrevo a postular que se estaría formando una subdisciplina académica, a medio camino entre la antropología, la ciencia política, la criminología, los estudios constitucionales y legales, la psicología y la sociología. Pero esto es apenas un síntoma de algo en serio trascendente: una crisis de legitimidad en el seno de las élites estadunidenses y británicas. No es asunto escolar –esta podría ser la crisis política de nuestro tiempo. Hemos abusado de la palabra crisis, al punto de convertirla, como escribió Iván Ilich hace más de tres décadas, en “palabra clave”, un artilugio que, supuestamente, nos sintoniza a todos en la misma frecuencia. Esto suele ser no más que una ficción, una salida estéril del pensamiento: creemos hablar de lo mismo, pero cada uno habla, si bien nos va, con su sombra.
No obstante, con los papeles de Epstein el riesgo vale la pena. Una crisis de legitimidad de las élites implica que no nos reconocemos en adelante, ni vital ni ética ni políticamente, en ellas. También algo más: sus valores e intereses ya no se difuminarán con la mitología de sus vidas “ejemplares”, que exhiben, aquí y allá, sus éxitos tecnológicos, científicos, culturales o financieros. (Esté fundada o no la presunción, ya no se percibe a Bill Gates de la misma manera; el expríncipe Andrés dejó de ser un junior bueno para nada y se convirtió en un depredador sexual y vendedor de secretos financieros del gobierno de Su Majestad).
Si se cumple mi hipótesis una parte representativa de las élites globales habría perdido autoridad. Su agenda, para prevalecer, requerirá de otra cosa. La autoridad en las sociedades modernas se ejerce suave, imperceptiblemente (Hannah Arendt dixit), y tal es su encanto y ventaja operativa. Lo demás son gritos, obligaciones, gobiernos de clase descarados, coerción.
II
Es un hecho notable que la crisis política en marcha en Estados Unidos (donde podría alcanzar el rango de crisis constitucional) y Gran Bretaña, producto de los expedientes Epstein, sea un asunto menor entre nosotros. Toca a los estudiosos de la comunicación medir y desentrañar semejante irresponsabilidad o patología de los medios. Sospecho que estos son algunos de los dominios más primitivos del universo político mexicano, en especial si se ostentan como voceros de lo que ellos mismos llaman sociedad civil. Pero ese silencio, esa ligereza con una de las notas políticas más importantes en lo que va del siglo XXI, es un síntoma de un mal mayor.
Hace más de un lustro me pregunté por qué un personaje como Keith Raniere, el de Nxivm, adoptó con tal devoción a las élites mexicanas. Por algún motivo nuestra sociedad era “un espacio propicio para las sectas que aman a los ricos”. Especulaba entonces sobre la existencia de “un dispositivo” sociocultural que abría “las puertas a la depredación humana y financiera de organizaciones” como Nxivm y –quién puede olvidarlos– los Legionarios de Cristo. Y seguía: “lo más obvio es que los dirigentes de esas sectas (Keith Raniere y Marcial Maciel) identificaron algo en el mercado local —un mercado que no estaba ahí, sino que fue creado a partir [de su] fino olfato carroñero”.
Epstein representa un cambio de escala mayúsculo respecto a Maciel y Raniere, por ejemplo. No subestimo el dineral que podrían movilizar estos dos, pero Epstein está en otra liga; no me refiero al flujo de caja sino a los capitales detrás de algunos de sus habitués. Pero hay otro aspecto, fascinante y trágico a un tiempo: Epstein construyó no una secta (término siempre problemático e injusto) sino una suerte de agencia de relaciones públicas de alcance global. La usó para comerciar con información política y financiera, y el sexo ilegal era cohesionador, lubricante y divisa. Obsérvese que Epstein no recurrió a las estupideces new age de Raniere para organizar a nadie, por más que encontremos expresiones de un supremacismo blanco. (Maciel, digno representante del analfabetismo filosófico y teológico del catolicismo promedio de nuestro tiempo, no entra siquiera en esta comparación).
Epstein secularizó el mal y lo mimetizó con el capitalismo contemporáneo. Es una versión mejorada y aumentada del viejo capitalismo de amigos (sexuales, ahora). Por eso su llamado era ecuménico y el develamiento de sus secretos potencialmente catastrófico para la hegemonía tecnofinanciera. El privilegio y el estatus significaba, para Epstein y sus amigos, el derecho de pernada. Y en muy buena medida privilegio, estatus, prestigio (y raza) están entrelazados, en el centro quizá, de cualquier hegemonía política moderna. De ahí el azoro: el silencio mediático mexicano.
Ariel Rodríguez Kuri
Historiador e investigador en El Colegio de México