Empezó, como muchas cosas terribles, con alguien que no entendió un chiste. Uno de muchos diseños de las Camisetas Pendejas mostraba una calavera pidiendo silencio con una mano encarnada. Se lee: “Un verdadero hombre nunca habla mal de López Obrador”. El diseño tropezado de la camiseta negra, la tipografía, la frase obvia, ridículamente macha que alude al presidente, todo elabora una broma. Es parte de un género bastante simple e inofensivo que busca la risa en el absurdo. En la colección Calacas Chidas, hay una camiseta del villano de Star Wars diciendo “No entren al baño, lo tapé”, otro esqueleto rodeado de mujeres reales dice “Caen las becas, caen las viejas”, una última tiene una calavera musculosa controlando a tres pitbulls con la leyenda “Orgullosamente deudor de Coppel”. Nada nuevo: son parte de una larga tradición de humor sexista con un componente de reconfiguración o reapropiación de clase. El humor crea una situación de juego que pide descifrar la ironía, intención y contexto de la broma para entenderla —y, dependiendo del caso, reírse o no.
Tal vez era mucho pedir para la clase política mexicana: entender cómo se comunican los jóvenes en el país, lo que significa un meme, saber algo de las expresiones religiosas en México durante las últimas tres décadas, detenerse un segundo y reflexionar sobre las consecuencias de sus actos y palabras. Jenaro Villamil, titular del Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano, compartió un video con la playera puesta sin mucha gracia. Parecía orgulloso de incomodar a alguien, pero no queda claro qué es. Para figuras públicas como López Dóriga, Gómez Leyva o Lilly Téllez no había duda. Más que el machismo o la lealtad ciega, el problema es que se trataba de una imagen de la Santa Muerte. Se puede brincar más fácil de ahí a la narrativa electoral que quieren: demonios, asesinatos, criminales, narcos, inseguridad.
También era un blanco fácil para sacar la columna de la semana. Julio Patán prefirió dedicar su texto a los pectorales de Villamil que preguntarse, primero, si se trata de la Santa Muerte y, segundo, qué significa ser devoto o quiénes son. Escribe con confianza: “Dirán que al Doctor le pareció mal que, en el país del récord de asesinatos, los cadáveres colgados de los puentes y las cabezas cortadas, esa epidemia heredada del oscuro neoliberalismo, es de mal gusto rendir tributo a una religiosidad tan extendidamente abrazada por los criminales. Pero tampoco es el caso”. Era un blanco fácil, pensaron, tan fácil que López Dóriga no podría creer la falta de pericia política de Villamil: “¿Relacionar a López Obrador con la Santa Muerte? Dígame usted si no es de pendejos eso”. Curioso: antes de estas reacciones, no se había mencionado a la Santa Muerte.

Y, claro, para qué preguntar a una antropóloga o algún sociólogo algo sobre la devoción a la Santa Muerte si se tiene a la mano a Diego Fernández de Ceballos: “A mí me parece perfectamente lógico y explicable que el vocero del Gobierno Federal, Jenaro Villamil, vincule a López Obrador con el fetiche satánico llamado la Santa Muerte, que es muy venerado en el mundo criminal, porque este gobierno ha sido el gobierno de la muerte”.1 Lo que buscaban: el soundbite. Sin chistar, el día siguiente la senadora Lilly Tellez dijo frente a la Cámara de Senadores: “A todos los mexicanos, es muy importante que sepan que López Obrador defendió a la Santa Muerte en su mañanera. Dijo que ‘la Santa Muerte es santa’ y no es santa, la Santa Muerte es diabólica. Yo le exijo al presidente López Obrador que respete el Estado laico, que deje de enaltecer a los símbolos diabólicos. Porque es una falta de respeto y una ofensa para todos los cristianos de México […] Pido al presidente que deje de presentar y justificar a un símbolo de asesinos, a la Santa Muerte que es del demonio y que la adoran los asesinos”. Se invoca el respeto al Estado laico para discriminar a todo un movimiento religioso, para acusar de asesinos, satánicos y criminales a un grupo que desconoce por completo, para poner en riesgo a personas por sus creencias.
No debería sorprender mucho que, en temporada electoral, se use con cinismo una imagen religiosa para un ataque político no muy efectivo. (López Obrador evadió la pregunta con facilidad, como todos los días, y a lo que sigue.) Pero el daño está hecho: el estigma de llevar la imagen de la Santa Muerte en la piel o en collares se multiplica. El trabajo de años de las líderes de este movimiento por combatir la discriminación religiosa, los muchos esfuerzos de investigadores por superar la “folclorización” de la Santa Muerte y superar los mitos que distorsionan su imagen, todo quedó derruido en pocos días por pleitos sobre una camiseta. Pero apunta a un problema más grande: se ha perdido por completo la capacidad de preguntar. Cuando se trata de inseguridad, crimen organizado, narcotráfico y violencia, las respuestas están dadas de antemano. Aunque entendamos muy poco, no hay necesidad de averiguar.2
En algo coinciden las investigaciones serias que se han hecho en los últimos años sobre la devoción de la Santa Muerte: se trata de un movimiento religioso diverso, dinámico, en proceso de cambio e institucionalización lenta. No es un culto de criminales, sicarios, asesinos, policías o prófugos. Habrá algo de eso —como en cualquier grupo religioso— pero no se trata de eso. Hay de todo: niños, familias, abuelitas, miembros de la comunidad LGBT+, expresidiarios, obreros, jóvenes, dueños de negocios, comerciantes. Después de la aparición en Tepito del altar público de Enriqueta Romero en 2001, dejó de ser una devoción elusiva que se practicaba en el ámbito privado para aparecer en las calles, esquinas, recámaras y templos de muchas ciudades de México y Estados Unidos. La Santa Muerte puede lidiar con asuntos cotidianos. Interviene en asuntos terrenales y alivia algo de la incertidumbre que se sufre en cualquier lugar. Hay, pues, miles de respuestas a la pregunta de por qué alguien cree en la Santa Muerte: para embarazarse, casarse con alguien de su mismo sexo, arreglar su situación migratoria en Nueva York, vencer el cáncer de pulmón, ver a su papá librar una cirugía de corazón, evadir un asalto por la mañana, cruzar la frontera a salvo, sacar a su hermano de la cárcel, conseguir trabajo, ver una vez más a mamá. Muchos se declaran también guadalupanos, devotos de otros santos, o simplemente católicos insatisfechos que no ven su fe reflejada en las instituciones eclesiásticas.
Hay mucho trabajo etnográfico e histórico interesante, serio e indispensable sobre la devoción a la Santa Muerte. Poco después de que aparecieran los primeros apuntes de Claudio Lomnitz sobre la Santa Muerte en su libro Death and the Idea of Mexico (Zone Books, 2005), investigadoras pioneras como Blanca Estela Bravo Lara, Katia Perdigón, Perla Fragoso, Laura Roush y Pilar Castells abrieron aristas definitivas con trabajo antropológico e histórico en lo que es hoy un programa amplio de investigación. Etnógrafos como Adrián Yllescas, Regnar Kristensen y Juan Antonio Flores Martos llevan años siguiendo de cerca el desarrollo, cambio y crecimiento del culto. Se han estudiado sus expresiones urbanas en la Ciudad de México, Veracruz, Tuxtla Gutiérrez, Ciudad Juárez, Texas, Los Ángeles y Nueva York. Se ha escrito sobre la distribución de sus altares en la Ciudad de México, su historia y su mitología, la devoción en prisiones, las similitudes entre la Santa Muerte y San La Muerte en Argentina. En mi libro, El pasado que me espera (Bonilla Artigas, 2023), rompo con algunas convenciones de representación etnográfica para mostrar algo de esa enorme diversidad de historias y creencias entre México y Nueva York. ¿Por qué en una ciudad estadunidense donde no se observa la violencia incontenible de muchas localidades mexicanas, donde no se ven “cadáveres colgados de los puentes y las cabezas cortadas”, hay una comunidad dinámica de devotos de la Santa Muerte? Porque como muestran estas y muchas otras investigaciones, el culto no se trata de eso. Hay que buscar sus significados entre ideas de protección, deseo, salud, incertidumbre, vulnerabilidad, nacionalismo, estigma, sacrificio y solidaridad. Más allá de la violencia.
La fantasía de que hay un mundo alterno, separado, en el que viven los profesionales de la violencia con valores, acuerdos, y hasta una religión propia tiene atracción más allá del oportunismo de la clase política. También da para el “changarro” académico o periodístico. Aparecen con impunidad intelectual libros, reportajes, videos y artículos que explotan esta cultura imaginaria, en la que una “narcosanta” avala y promueve la muerte. En 2021, Will Pansters y Regnar Kristensen denunciaron el caso más evidente del mundo académico en una carta al editor del International Journal of Latin American Religions.3 Con base en sus investigaciones, trabajo de campo, y la revisión de otros trabajos, deshicieron un artículo publicado un año antes publicado en la revista. En “Not Just a Narcosaint”, Andrew Chesnut y Kate Kingsbury argumentaban que la Santa Muerte no era sólo la santa de los “narcos”, sino de toda la Mexican Drug War. En su carta, Pansters y Kristensen desmenuzaron las falacias, exageraciones, omisiones y distorsiones que se necesitaron para hacer la asociación y aprovecharon para denunciar el changarro que durante años no hizo más que exotizar el movimiento para beneficio de los autores.
Para terminar su carta, Pansters y Kristensen escriben: “La calidad de la investigación sobre este movimiento no debería depender de quién grita más fuerte, quién malinterpreta el trabajo de otros y se pone más plumas en su sombrero”. Ojalá que la seguridad física, representación y protección de los devotos frente a la discriminación tampoco dependa de quién grita más fuerte. Ellos tienen los micrófonos.
Para una introducción:
- Blanca Estela Bravo Lara, “Bajo tu manto nos acogemos: Devotos a la Santa Muerte en la Zona Metropolitana de Guadalajara”, Nueva Antropología 26 (2013), pp. 11–28.
- Perla Fragoso Lugo, La muerte santificada. La fe desde la vulnerabilidad: devoción y culto a la Santa Muerte en la ciudad de México, tesis de maestría, México, CIESAS, 2007.
- Alberto Hernández Hernández (coord.), La Santa Muerte: espacios, cultos y devociones, Tijuana, El Colegio de la Frontera Norte, 2017.
- Regnar Kristensen, “La Santa Muerte in Mexico City: The cult and its ambiguities”, Journal of Latin American Studies 47(2015), pp. 543–66.
- Wil G. Pansters (ed.), La Santa Muerte in Mexico: History, Devotion, and Society, Albuquerque, University of New Mexico Press, 2019.
- Katia Perdigón Castañeda, La Santa Muerte: Protectora de los hombres, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2008.
- Laura Roush, “Santa Muerte, protection and desamparo: A view from a Mexico City altar”, Latin American Research Review 49 (2014), pp. 129–48.
- Jorge Adrián Yllescas, Ver, oír y callar. Creer en la Santa Muerte durante el encierro, México, UNAM, 2018.
- Jorge Adrián Yllescas, Religiosidad cotidiana en contextos urbanos: Estudio comparativo entre el culto a la Santa Muerte de México y San La Muerte de Argentina, tesis doctoral, UNAM, 2023.
Rodrigo Salido Moulinié
Leonard A. Lauder Fellow en el Museo Metropolitano de Arte y estudiante de doctorado en la Universidad de Texas en Austin. Es autor de El pasado que me espera: bosquejo de etnografía cinemática.
1 José Cárdenas, entrevista con Diego Fernández de Ceballos, 24 de abril de 2024, disponible en https://josecardenas.com/2024/04/este-gobierno-ha-sido-el-de-la-muerte-diego-fernandez-de-cevallos/.
2 Fernando Escalante Gonzalbo, El crimen como realidad y representación, México, El Colegio de México, 2012.
3 Will Pansters y Regnar Kristensen, “Letter to the Editor”, International Journal of Latin American Religions, publicación en línea, 12 de abril de 2021.