Es triste: muchos de los libros indispensables sobre México que se escriben en universidades de Estados Unidos jamás son traducidos al español. Esto es particularmente grave para los estudiantes y los investigadores de historia en México, pues la falta de traducciones de calidad agrava las desigualdades en la academia: sólo pueden acceder a estos materiales aquellos que saben inglés (es decir: que han recibido una educación privilegiada) y cuentan con recursos económicos para comprar libros importados. Por eso, hace falta fortalecer los vínculos entre la producción historiográfica mexicana y la estadunidense, para que así las novedades editoriales escritas en un idioma se traduzcan y lleguen a los públicos del otro país.
Una buena noticia en este contexto es la traducción del libro más reciente de la historiadora Vanessa Freije, De escándalo en escándalo: Cómo las revelaciones periodísticas construyeron la opinión pública en México, que recientemente apareció bajo el sello de Siglo XXI. Desde que se publicó en inglés, bajo el título Citizens of Scandal: Journalism, Secrecy, and the Politics of Reckoning in Mexico (Duke University Press, 2020), comenté con mis colegas que sería fabuloso que se tradujera al español, pues es un libro crucial para comprender las dinámicas de la esfera pública, las prácticas del periodismo y la relación entre prensa y poder en México durante la segunda mitad del siglo XX.

El libro presenta un argumento tan sencillo como innovador: los escándalos políticos contribuyeron sustantivamente a forjar la esfera pública mexicana de la segunda mitad del siglo XX en todas sus dimensiones, desde las prácticas periodísticas y la manera de cubrir las noticias, hasta la forma en que los ciudadanos consumían, discutían y creaban sus propios relatos y explicaciones sobre el acontecer político, pasando por las expectativas y las demandas en torno a la rendición de cuentas. En última instancia, Freije estudia la contribución de los escándalos a la apertura política y la transición a la democracia, así como la construcción de una ciudadanía más participativa. También muestra cómo los escándalos contribuyeron a ampliar y delinear la esfera pública, y sirvieron a las clases populares para disputar un lugar en ella.
Para la autora, los escándalos que estudia no son simples hechos noticiosos que, por azares del destino, causaron particular indignación popular y tuvieron especial resonancia en los medios. Son, más bien, “procesos sociales que involucran una serie de momentos amplificados que contienen recirculación de información, habladurías, nuevas revelaciones, respuestas públicas, negaciones, castigo, remembranzas y silenciamiento”. En México, durante la segunda mitad del siglo pasado, los escándalos producían “ecos” políticos y sociales después de la revelación inicial, y en el proceso “diluían” las fronteras entre lo público y lo privado. Al hacerlo, conseguían “avivar la acción colectiva y suscitar respuestas oficiales”.
Los escándalos que Freije estudia en el libro son de muy diversa naturaleza: una investigación periodística sobre la industria del henequén en Yucatán que ocasionó un férreo debate sobre las deudas de la Revolución con el campesinado mexicano; la censura en 1965 a Los hijos de Sánchez, un libro del célebre antropólogo Oscar Lewis que analizaba la pobreza en México y ocasionó gran indignación ciudadana; los rumores de una supuesta campaña de esterilización de menores en Nezahualcóyotl, en 1974; los escándalos de corrupción de Jorge Díaz Serrano, director de Pemex durante el sexenio de López Portillo, y de Arturo “El Negro” Durazo, el jefe de policía del Distrito Federal durante el mismo período; la destrucción del terremoto de 1985 y la mala gestión de sus consecuencias por parte de las autoridades, y el fraude electoral cometido por el PRI contra el PAN en Chihuahua en 1986.
En medio de la diversidad de estos escándalos, uno de los hilos conductores del texto es la relación entre los periodistas y el gobierno. He ahí una de las principales aportaciones del libro: echa por tierra las interpretaciones caricaturizadas —de total sumisión y censura— o épicas —de rebeldía y valentía sin cortapisas— de las relaciones prensa-poder en el México priista. Freije consigue desmontar estos mitos porque se aleja de “la dicotomía cooptación-independencia”. Los periodistas mexicanos de la época, nos dice, no eran totalmente leales o completamente independientes del gobierno. Por el contrario, sus vínculos con la clase política eran fundamentales para obtener información y tener ciertas garantías de seguridad.
Por ejemplo, gracias a sus conexiones con la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y la Secretaría de Gobernación, el legendario periodista Manuel Buendía fue capaz de arrojar luz sobre diversos escándalos de corrupción en su célebre columna “Red Privada”, publicada en varios diarios nacionales (primero en El Sol de México, luego en El Universal y finalmente en Excélsior) y amplificada por decenas de periódicos locales en todo el país. Sin los documentos que le filtraban estas dependencias, sin los datos que le acercaban sus informantes y sin la protección que le brindaba su relación con las altas esferas del poder, Buendía no habría podido gozar de tal libertad de expresión ni tampoco hubiese accedido a información tan privilegiada.
Eso sí: a cambio de la información y la protección que le otorgaban la DFS y Gobernación, Buendía evitaba publicar textos críticos contra estas dependencias, sus titulares o sus aliados en el gobierno federal. Era un acuerdo tácito y transaccional. Freije muestra que había una “tensión entre la revelación y el secretismo”, entre lo que se decía y lo que se callaba, entre las palabras y los silencios. Los periodistas debían guardarse algunas cosas a cambio de publicar otras. Además, la información no llegaba casualmente a los periodistas. Por el contrario, las filtraciones de documentos sensibles del gobierno eran manifestaciones de las divisiones internas del PRI y el gobierno. Los miembros de una facción usaban las filtraciones para debilitar a grupos rivales, y viceversa. Así, los periodistas se beneficiaban de las divisiones internas de la coalición gobernante. El clima de mayor libertad de expresión de los años setenta y ochenta no provino solamente de las reformas de apertura política, sino que también se construyó gracias a las fracturas dentro del PRI.
Otro tema central del libro de Freije es el periodismo de denuncia, una práctica muy particular de la prensa mexicana. Tomando como objeto de estudio a los periodistas de medios tales como Proceso y La Jornada, la historiadora sostiene que el periodismo de denuncia de los años setenta y ochenta —al igual que el actual— no buscaba ser objetivo y balanceado, sino arrojar luz sobre la corrupción del PRI y ser un aliado de la ciudadanía en búsqueda de la democratización.
En su cobertura de la corrupción en Pemex, de las atrocidades de la policía capitalina o del fraude en Chihuahua, la prensa mexicana mostraba cierto tono sensacionalista y centraba su atención en personas particulares, para así señalar individuos hacia los cuales dirigir la indignación ciudadana. Además, los periodistas recibían cartas de sus lectores que denunciaban hechos de corrupción o abusos gubernamentales. Los reporteros amplificaban estas denuncias, buscando que las autoridades respondieran a la presión mediática, con lo que se erigían como “defensores de la sociedad civil” y como “mediadores” entre los ciudadanos comunes y el gobierno para obtener justicia. Paradójicamente, los periodistas de denuncia podían ejercer la libertad de expresión debido a que la mayoría de ellos contaba con seguridad financiera gracias a su posición familiar privilegiada o sus ingresos ajenos al periodismo. Sus colegas menos afortunados debían recurrir al “chayote” para complementar sus escasos salarios, y eso restringía su libertad de expresión.
Finalmente, el libro de Freije trata otros dos temas fundamentales para entender el periodismo mexicano de ayer y de hoy. Primero, muchos periodistas locales gozaban de mayor libertad de expresión debido a que estaban sujetos a menos controles del gobierno federal, pero contaban con menor seguridad y sus ingresos eran más precarios que aquellos de sus colegas capitalinos o que trabajaban para medios nacionales. Por si fuera poco, los medios de la capital rara vez prestaban atención a los hechos locales y tenían una débil vinculación con los medios regionales. Eso daba lugar a una paradoja: la cobertura de la política local era más incisiva, pero rara vez adquiría resonancia nacional.
Segundo, Freije sostiene que los alcances y límites de la libertad de expresión se negociaban constantemente entre la prensa y el gobierno federal. Por consiguiente, la autora se introduce en los recovecos de la censura y la autocensura en los años finales del régimen posrevolucionario. Hoy, en tiempos de renuncias repentinas y despidos misteriosos de diversos periodistas y analistas críticos del gobierno federal, vale la pena leer De escándalo en escándalo para entender cómo la “censura suave” no es sinónimo de represión generalizada, sino del silenciamiento quirúrgico y selectivo de voces críticas que resultan particularmente incómodas para el régimen.
Freije cierra su discusión con una paradoja: a la par que la democracia ha avanzado en México, el ejercicio del periodismo se ha vuelto más peligroso. Por tanto, cabría preguntarnos si realmente hay mayor libertad de expresión hoy que durante los años del PRI. Vivimos en la época de los homicidios a periodistas por parte del crimen organizado y las amenazas y ataques retóricos desde los gobiernos locales y federal. Quizá éste es el único punto en donde el libro nos queda a deber: en el epílogo o las conclusiones, hubiese sido refrescante leer reflexiones más profundas de la autora comparando la situación del periodismo en el presente con la del pasado, y atando los lazos de continuidad de las prácticas periodísticas del siglo XX y las de hoy, pues vaya que hay muchas continuidades. Con todo, es un libro fundamental para entender al periodismo en México. Enhorabuena por su traducción.
Jacques Coste
Historiador y autor de Derechos humanos y política en México (Tirant lo Blanch e Instituto Mora, 2022). Cursa un doctorado en historia en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, en donde estudia la transición mexicana a la democracia.