Entre el 23 y el 27 de septiembre de 2024 Israel asesinó 569 personas en Líbano. Tel Aviv bombardeó zonas civiles y sembró explosivos en beepers y tecnología analógica que explotaron en mercados, calles, hospitales e incluso durante funerales. El 27 de septiembre en particular, en medio de amenazas israelíes en la Asamblea General de la ONU “contra cocinas y garajes libaneses”, Israel atacó Dahiyeh, una zona superpoblada del sur de Beirut, haciendo que miles de personas huyeran de sus casas hacia otras partes del país o el extranjero.
Para dimensionar la gravedad del asunto, hay que recordar que durante la guerra de julio de 2006 entre Israel y Hezbolá el total de fallecidos fue de 1193 civiles en ambos lados en un periodo de 34 días. Lo anterior es sólo un indicador de los planes que Israel ha formulado para Líbano hoy en día como una extensión de la violencia perpetrada en Gaza. Esto implica el regreso de la Doctrina Dahiyeh: el ataque indiscriminado contra civiles sin importar las normas de la guerra, la moral internacional y las líneas rojas de actores regionales.

La Doctrina Dahiyeh está diseñada para atacar civiles y desmoralizar a la base social de los grupos que Israel representa como amenaza. En otras palabras: para Israel no hay distinción entre civiles y militares cuando justifica sus operaciones estratégicas y mucho menos cuando la doctrina es encabezada por un gobierno de derecha que de manera abierta ha llamado a crear una atmósfera de castigo colectivo, limpieza étnica y temor en la población palestina cuando usa sus canales de comunicación oficial en hebreo.
Que Netanyahu tenga un proceso judicial en su contra no quiere decir que deba arrastrar a que se considere a Israel como un Estado criminal, pero eso es lo que ha hecho. Fue Netanyahu el que llevó a Israel a ser acusado formalmente de genocidio ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) y también es el responsable de la baja reputación a nivel internacional que tiene Tel Aviv ante el mundo. La evidencia radica en la salida de decenas de diplomáticos del pleno de la Asamblea General durante su discurso del pasado 27 de septiembre. Sin embargo, mientras haya una mayoría silenciosa que le apoye, Benjamín Netanyahu expandirá e intensificará los ataques contra Líbano y otros países árabes donde haya grupos contrarios a sus intereses, lo que traerá consecuencias regionales muy graves, sobre todo si hay respuestas militares por parte de Irán.
Israel persigue varios objetivos: recuperar su capacidad de disuasión; debilitar a los grupos aliados de Irán en el mundo árabe; mantener el apoyo de Estados Unidos al decirle que esta guerra es para recobrar su equilibrio de poder en Medio Oriente frente a la influencia de China y Rusia; aprovechar el auge de la industria armamentista global debido al surgimiento de otros escenarios bélicos en Ucrania o Sudán; aumentar la cantidad de tierra y expulsiones de Cisjordania, entre otras cosas. Sin embargo, estas tácticas también tienen la intención de castigar, humillar y aterrorizar a la población civil de Gaza y Beirut en un mensaje claro para el mundo: no hay reglas que aplicar en una guerra contra aquel que desee desafiar a Israel.
En el caso de Hezbolá, el regreso de la Doctrina Dahiyeh significa que las reglas del juego cambiaron y que la coordinación con Irán debe llevar a acciones tácticas más eficientes antes de que la paciencia estratégica iraní se convierta en derrota. Ante los sucesos de Damasco, el asesinato de Ismail Haniyeh en Teherán y el asesinato de cuatro comandantes de Hezbolá en menos de dos semanas, Irán corre el riesgo de perder su credibilidad como potencia disuasiva en el Mediterráneo Oriental. También podría experimentar los primeros grados de desmoralización en sus aliados en Yemen o Iraq que siguen con atención los sucesos en Líbano. Una forma en que el pensamiento estratégico iraní podría redimir su equilibrio de poder en estos momentos sería aumentar de forma dramática su porcentaje de enriquecimiento de uranio y negociar su nuevo poder de disuasión a cambio del cese al fuego en Gaza.
Pero lejos de especulaciones, lo que sí es posible decir es que tras el ataque del 27 de septiembre donde Israel afirma haber alcanzado a “Hassan Nasrallah y otros altos mandos”, Hezbolá atacó los asentamientos israelíes situados a 100 km de la frontera, llegando hasta Acre. Fue una manera de demostrar que su cadena de mando funciona de manera eficaz al ejecutar operaciones ofensivas por medio del lanzamiento de 120 misiles de alta precisión. Esto indica que, con independencia de que Hassan Nasrallah esté o no desaparecido, la estructura de mando y toma de decisiones estratégicas no se alteró de forma significativa, lo que habla de que Hezbolá no es Hamás y tiene amplias vías de respuesta aun en escenarios de administración de crisis como éste.
Finalmente, si Israel resulta victorioso en esta guerra aún quedan muchas interrogantes que tratar: si termina limpiando étnicamente Gaza, bombardeando zonas civiles de Beirut, despoblando el sur de Líbano, ignorando el derecho internacional y arrastrando acusaciones por genocidio ante la CIJ. Si Israel sobrevive a esta guerra, siguiendo a Linda Dayan, la pregunta más importante es ¿qué tipo de Israel será? Y peor aún, ¿qué tipo de sociedad será la que apoye al gobierno que se achaque esa victoria?
De Gaza a Beirut, si Israel insiste en cometer crímenes que superan el principio de proporción y distinción, y la comunidad internacional sigue sin detener estos actos más allá de la denuncia simbólica, es posible que a mediano plazo observemos nuevas formas de resistencia en el mundo árabe que apelen al fin de la violencia, lo que significaría el inicio de un nuevo episodio de inestabilidad regional en todo Medio Oriente. Otro escenario posible es que Israel lance una invasión terrestre a Líbano para provocar una respuesta directa de Irán y Hezbolá, lo que conduciría a una guerra regional que obligaría a Estados Unidos a intervenir con independencia de quién gane las elecciones.
Cualquiera de los dos caminos lleva a un callejón sin salida difícil de superar, por lo que es impostergable abrir una tercera vía por medio de la voluntad política de las potencias regionales, los organismos internacionales y la sociedad civil organizada. En lo que eso sucede, no olvidemos que hay miles de personas buscando un lugar y un refugio para llegar al siguiente día. No olvidemos que mañana puede ser demasiado tarde.
Moisés Garduño García
Profesor de la UNAM, experto en temas de Oriente Próximo