Mañana será viernes y la ciudad despertará otra vez re-signada.
—Ronaldo González Valdés
Recuerdo haber leído hace algunos años Sinaloa: una sociedad demediada (Juan Pablos Editores, México, 2007), uno de los libros más originales de la sociología sinaloense del siglo XXI. La tesis expuesta por su autor, Ronaldo González, era redonda, cautivante y, a la vez, deseperanzadora: a lo largo del tiempo, Sinaloa no ha podido cerrar sus ciclos civilizatorios, interrumpidos por circunstancias externas o, en buena medida, por la propia condición histórica de esta tierra y su gente. Después del 17 de octubre de 2019, cuando todavía no se disipaban los humos del primer culiacanazo, parecía como si uno más de esos ciclos civilizatorios se cerrara de un rotundo golpe. Quienes, literalmente, padecimos el llamado Jueves Negro entendimos que, como menciona el propio autor en su nuevo libro, Culiacán, culiacanes, culiacanazos (México, ediciones del Lirio, 2023),algo se había roto. Fue lo inusitado, algo nunca visto hasta entonces. Lamentablemente, no sería lo irrepetible, pues un nuevo Jueves Negro, otro culiacanazo, nos sumergió en la re-signación el 5 de enero de 2023.
No es gratuito que Ronaldo inicie el libro diciendo que ha vivido en Culiacán durante más de sesenta años. Hoy la urbe es orbe, mundo contenedor de otros mundos fraguados en un siglo XX que llevó a Culiacán de ser un villorrio a una ciudad de un millón de habitantes. La generación de Ronaldo atestiguó y formó parte de ese cambio: pasar de dormir en catres en el patio de casa para soportar el húmedo calor del semitrópico a interactuar en una ciudad con centros comerciales y torres que rompen el cielo, transitar de las sosegadas identidades barriales a la estridencia de mil ruidos difuminadores de cualquier sentido de adscripción tradicional. Y con ello han sido testigos y actores, en una u otra medida, de la transformación de la violencia y su combate; de una violencia de pistoleros a una de ejércitos criminales; de colonias tomadas por bandas urbanas, a ciudades tomadas por armas de gruesos calibres y fuegos cruzados.

Ronaldo da cuenta de una ciudad resignada y re-signada. El primer culiacanazo fue un parteaguas, un acontecimiento que marcó a la ciudad en un sentido físico y metafórico. La ciudad palimpsesto de la que habla el autor quedó marcada por las nuevas muescas dejadas por una violencia que tiene historia, algo en lo que el autor ha insistido desde hace buen tiempo. ¿Cómo llegamos aquí?, se pregunta González Valdés mientras puntualiza —en el recorrido de los ensayos, crónicas, semblanzas y hojas de diario que componen el libro— que la violencia tiene una historia que se retrotrae, en la mediana duración, hasta la Operación Cóndor y el cambio de paradigma del narcotráfico, en buena medida impuesto por los Estados Unidos, que convirtieron a la guerra contra las drogas en un tema de seguridad nacional e incluso de geopolítica al más alto nivel.1 Según sus propias palabras:
Los sucesos violentos del llamado Jueves Negro en Culiacán, en los cuales participaron, según apreciaciones no oficiales, entre 700 y 800 civiles armados (la mayoría de ellos jóvenes) contra 350 efectivos de las fuerzas del orden público […] tienen que ubicarse en una marcha histórica signada en buena medida, desde hace varias décadas, por la violencia militar en que se desdobla la narrativa oficial sobre el narcotráfico, la economía informal a que ha dado lugar esa actividad y la forja de modos de vida, identidades, prácticas de normalización de la criminalidad y una subcultura de la violencia que ha ganado cada vez mayor legitimidad en estos lares.
Dar cuenta en caliente de los acontecimientos es bueno para los clics y la inmediatez de las noticias —y es, desde el punto de vista periodístico, necesario—, pero no permite dimensionar eso en lo que Ronaldo ha puesto el acento, a saber, que, sin dimensión histórica, el tratamiento de la violencia ha dado lugar a medidas solamente reactivas y superficiales, sean de carácter punitivo o se inscriban en la tan convocada “resiliencia” ciudadana. Con meridiana claridad, esto se echó de ver el 19 de octubre de 2019, cuando los aparatos de seguridad del Estado mexicano actuaron con evidente desconocimiento de las dinámicas locales de lo social, y en ellas de lo delincuencial, en Culiacán.
Este problema se extiende, además, a la academia. Hace unas semanas asistí a una charla ofrecida por un estudioso del narcotráfico en México, quien, a comentario mío sobre lo inaudito que fue vivir el Jueves Negro en carne propia, respondió que él había visitado Culiacán unos días después de los hechos, sin preocuparse por entender el trauma sufrido por la población que experimentó ese terror, transmutado en una psicosis que se prolonga hasta la actualidad. Esta respuesta se sumó a las buscadas por la larga lista de turistas académicos y reporteros de los que habla Ronaldo González, provenientes del centro del país o del extranjero: “medios nacionales, estadounidenses y europeos, insistiendo en la confirmación del estereotipo de la violencia en los cenotafios, el santuario de Malverde y los panteones con tumbas de estridente arquitectura en el sur de la ciudad (ahora también, desde luego, en las huellas físicas del culiacanazo)”.
Si la re-signación (con guión) que marca de otro modo a la ciudad es inevitable, la resignación (sin guión) profundizada en el ánimo de la gente lo es aún más. Como lo dice Ronaldo, la banalización de la violencia, la mal entendida “resiliencia” tan celebrada por los tomadores de decisiones, no sólo puede llevar a la impasibilidad, sino a la naturalización del miedo —si es que puede haber tal cosa— como parte de una mentalidad cada vez más consolidada. La resiliencia, el vivir el Jueves Negro y salir al viernes como si nada hubiera pasado, es claudicar. Por eso, propone el autor, hay que luchar por implantar el problema en la memoria colectiva, pero no en la forma de un narcocorrido en el que descaradamente se piden disculpas por el culiacanazo, sino rescatando las experiencias personales y colectivas de la violencia, algo que se ha empezado a hacer desde el mejor periodismo y desde la acción de las asociaciones de buscadoras de desaparecidos.
En esto último, Ronaldo sigue la estela dejada por Javier Valdez Cárdenas, periodista y cronista reconocido internacionalmente, asesinado en 2017. Ronaldo, como Javier, rescata las vidas desechables del narco. Su amigo El Güero o El Pirata de Culiacán, que mueren, como tantos miles cada año, y de los cuales, como apunta Oswaldo Zavala en el epílogo, lo único que queda —aunque eso es ya un comienzo— son páginas como las de este libro. Pero lo hace también con aquellos crímenes que, como el del propio Javier Valdez, lastiman por su previsibilidad en un país en el que, desde el 2000 hasta la fecha, han sido asesinados 162 periodistas.2
La lucha es contra un mastodonte, la narcocultura, que ha trascendido a la región para expanderse hemisféricamente como parte de una economía y una cultura, y esto último a través de las series de Netflix, o del contemporáneo corrido —el tumbado—, convirtiendo a “lo sinaloense” en sinónimo de narcotráfico a nivel mundial. Las listas de canciones más escuchadas en México y el mundo, están encabezadas por artistas que tienen como tema principal el corrido que hace alusión al tráfico, a Sinaloa y a la violencia, donde predomina el tema de la vida del narcojunior y la muerte. No es igual al clásico narcocorrido que inició con los Tigres del Norte en el siglo pasado; este es de una generación distinta, en sus letras predomina la idea enaltecida del joven narcotraficante, que normalmente nació ya en ese contexto, a diferencia de aquellos que, en su visión épica, forjaron su camino desde los estratos más bajos de la sociedad. El fenómeno de esta subcultura sonora dilató sus fronteras notablemente este año; ¿en qué va a parar?, ¿en una mayor normalización de la violencia?, ¿en una estigmatización profundizada, ya no nada más de Sinaloa, sino de México entero? Ahí están, como consigna González Valdés, los Trump y los senadores republicanos porfiando en definir como terroristas a las organizaciones delincuenciales mexicanas.
Ronaldo señala la impregnación de la narcocultura en nuestra cotidianidad, y al hacerlo la denuncia por peligrosa: “la narcocultura, en buena medida inducida, ha sido internalizada como dimensión simbólica de un considerable número de nuestras rutinas sociales”. Y ahora este bombardeo masivo ya no es vivido exclusivamente desde México, pues, como ya sucedió con el caso colombiano, la banalización del narco y su violencia ha alcanzado cotos tan altos como para convertirse en mainstream, con el beneplácito de los grandes medios de comunicación masiva.
El autor subraya un tránsito: el bucólico Culiacán de mediados del siglo pasado que se convierte en la ciudad del miedo, en la de los grises colores del poema “Sueño en Culiacán” de Jean Turpy. De los ríos que delimitaron el avance de la “civilización” traída por Beltrán de Guzmán, y que en nuestros días demarcan el camino hacia el centro comercial, el antro de moda o la ciudad pagana de la exclusión y la de los fraccionamientos privados que señalan mojoneras simbólicas y físicas de estatus y distinción.
Esa misma ciudad es la que el autor vivió y pensó desde el confinamiento obligado por la pandemia reciente, una suerte de intrahistoria de la que da cuenta en las hojas sueltas de sus covidiarios culichis. Pero es su ciudad, y eso se entiende desde que en el título del libro se habla de los culiacanes que forman un único Culiacán. La ciudad es aprehendida y recreada por el poeta, el ensayista, el novelista; y esa ciudad signada con marcas violentas constantemente renovadas casi en un rojo garrapateo, es la que nos narra Ronaldo González.
¿Cómo habitar los culiacanes? El Culiacán ruralizado, el Culiacán bunkerizado, el Culiacán modernizado. Un primer paso para quienes sólo conocen al Culiacán del culiacanazo, es acercarse al libro de Ronaldo González Valdés. Las trece estampas que ofrece, que van desde reflexiones sobre la violencia, el sentido de los espacios —y los ciberespacios—, la poesía, la contingencia sanitaria y la vida propia, sirven de catalizadores al autor para darle sentido a su estar en la ciudad, a la vez que brindan al lector la posibilidad de acceder a ella. Es, también, un acto de insurgencia contra el estigma de Sinaloa, guiados, usando las palabras de Oswaldo Zavala, por un “Virgilio contemporáneo” de Culiacán.
Ricardo Arredondo Yucupicio
Historiador especializado en historia intelectual y promotor cultural. Ha publicado en diferentes revistas y suplementos regionales y nacionales.
1 De esto ha escrito Oswaldo Zavala en Los cárteles no existen y La guerra en las palabras:Una historia intelectual del “narco” en México (1975-2020), quien también escribe el epílogo al libro de Ronaldo González.
2 El registro de los asesinatos de periodistas en México lo hace el organismo Artículo 19 en su portal https://articulo19.org/periodistasasesinados/.