Debajo de Palacio Nacional hay un gigantesco sótano secreto. Más bien es un búnker reforzado. En él hay un ejército de operadores que nos monitorean a todos. No, en realidad se trata de un sofisticado sistema de inteligencia artificial, y no está debajo de Palacio Nacional, sino en una zona militar protegida tipo Área 51. De hecho, es probable que esto esté sucediendo en la propia Área 51. Un sistema cibernético de inteligencia artificial monitorea todos nuestros movimientos y a nosotros mismos de forma instantánea y permanente. Cada palabra que escribimos en un dispositivo con acceso a internet, aunque al final no publiquemos nada. Cada frase que pronunciamos cuando hacemos una llamada o grabamos un mensaje, pero también las que decimos cerca de estos dispositivos, aunque no hayamos abierto ninguna aplicación con acceso al micrófono. Incluso nuestras expresiones faciales, cuando nos tomamos una selfie, hacemos una videollamada, o siquiera nos postramos frente a la cámara descubierta de nuestro dispositivo preferido. Cada rasgo de nuestra personalidad es destinado a alimentar la base de datos poblacional. También, desde hace relativamente poco tiempo, han comenzado a ser capaces de monitorear nuestro estado de salud, pueden saber si caminamos mucho o poco, si acaso corremos y, principalmente, qué tipo de establecimientos comerciales frecuentamos, qué tan seguido vamos a un gimnasio o a un sitio de comida rápida. Con los dispositivos adecuados pueden, además de todo, tener acceso a nuestros datos biométricos.
Toda esta información es enviada a la central informática donde una serie de algoritmos elaboran un diagnóstico de cómo estamos, lo que nos pasa, nuestro estado de ánimo y de salud. A partir de este diagnóstico se ponen en ejecución una serie de mecanismos muy sutiles encaminados a que sigamos trabajando y produciendo. Hay una prescripción especial para cada caso: si el sistema informático detecta que nos ejercitamos con frecuencia, nos enviará publicidad de equipamiento deportivo o de gimnasios; si escucha que hablamos con nuestros allegados sobre un tema en particular, probablemente acerque a nuestro entorno publicaciones o personas en internet que también traten ese tema en particular para estimularnos haciéndonos sentir en contacto con el mundo; si acaso el sistema detecta que estamos pasando por un mal momento anímico, es posible que nos programe publicidad sobre algún destino turístico o sobre alguna película que nos haga sentir bien; si eso no funciona nos recomendará alguna app de citas, un nuevo contacto en Facebook o alguien a quien seguir en Twitter, o implementará cualquier otra estrategia que haya confirmado su efectividad luego de haberla aplicado a millones de otros casos similares con anterioridad. Todo esto con el fin de mantenernos, como bien lo percibió Foucault hace más de cuarenta años: activos y pasivos a la vez. Activos en las labores de producción y consumo, pero pasivos en cuanto a la resistencia al disciplinamiento se refiere.

Ilustración: Víctor Solís
La reciente pandemia del Covid-19 es la oportunidad perfecta para que los ostentadores del poder político y económico aprieten aún más los grilletes invisibles e incrementen las capacidades del sistema. Esto no necesariamente quiere decir que el esparcimiento del virus haya sido algo orquestado. Es simplemente que el confinamiento voluntario y el teletrabajo es algo que, como habría dicho el propio presidente, les viene como anillo al dedo. No solo estamos todos en nuestras casas conectados a todos nuestros dispositivos y generando todo tipo de datos personales de manera constante, además estamos consumiendo todo tipo de productos a través de internet al grado que los principales beneficiados de esta crisis se ven saturados en su propio flujo de ganancias: el sistema de reparto de Amazon no se da abasto y las compañías de streaming como Netflix han tenido tal incremento en su audiencia, que pueden llegar a hacer colapsar las redes de internet. Lo peor es que no hay mucho que podamos hacer al respecto, a no ser que estemos dispuestos a decidir sobre la vida de aquellos que son más vulnerables a la enfermedad (necropolítica), debemos obedecer el confinamiento, condenados a colaborar. Por si fuera poco, al estar todos en un aislamiento individualizado, queda coartada toda posibilidad de una resistencia perfomativa: quien se rebele a las dinámicas de este estado de excepción y se niegue a seguir alimentando el algoritmo y a seguir comprando mercancía, queda, por ese mismo acto, invisibilizado, su esfuerzo no tiene eco y se mantiene en lo intrascendente. En esta cuarentena las ciudades son el nuevo panóptico, los celadores físicos vigilan que se cumpla el confinamiento y los celadores virtuales vigilan todo lo que hacemos dentro de la falsa privacidad de nuestras casas.
Lo anterior es, más o menos, el escenario distópico que nos han retratado diferentes teóricos y opinadores. Son muchos de los mismos que llevan años alertándonos de la “economía de la vigilancia” y que ponen el grito en el cielo cada vez que se viraliza una nueva y tonta app lúdica, porque según nos advierten, resulta que en realidad se trata de la estrategia de unos rusos o chinos, que quieren robar nuestros datos o nuestros rostros para llevar a cabo oscuros y malvados fines que estos opinadores nunca aclaran en qué consisten y cómo nos afectan, son secretos. Por otro lado, aunque todo esto es bastante atractivo y fácilmente logra cautivar nuestra imaginación, no se trata de una teoría muy original. Parapetándose en algunos conceptos de Michel Foucault y Giorgio Agamben como los de biopoder y estado de excepción, nos relatan una distopía que luce como la amalgama de tres clásicos culturales: 1984 de George Orwell con el tema de la vigilancia tecnológica, Un mundo feliz en relación a que los métodos de control no están basados en la coerción física sino en la manipulación psicológica y Matrix, que es en sí misma una mezcla de las otras dos, pero añade el rasgo de que todo el esquema serviría para obtener recursos de los cuerpos de los seres humanos (biopolítica).
Pero el problema con este escenario no es su falta de originalidad, sino que falla en aquello que es su objetivo principal: hacer una descripción acertada de la realidad. Rebelarse ante las maquinaciones de manipulación de los poderosos y perseguir nuestra propia individualidad es una narrativa tan heroica como romántica, pero remite a un tiempo pasado ya. A ese intermezzo entre la posguerra y el boom de la globalización y el neoliberalismo en el que los gobiernos nacionales eran unos verdaderos cuerpos absolutos cuyos tentáculos parecían estar presentes en todos sitios, escucharlo y saberlo todo de todos quienes se encontraban bajo su dominio y controlar absolutamente todo lo que pasaba, desde qué podíamos ingerir hasta a quiénes debíamos desear o cuántos hijos tener. Pero como el propio Foucault había comenzado a percibir en sus últimos años, el estrepitoso aumento de complejidad que nos ha llevado a experimentar la vida que tenemos ahora solo habría sido posible rompiendo la acartonada estructura del poder monumental en favor de formas mucho más flexibles de poder. Por eso, con el advenimiento de la revolución neoliberal, a partir de los años 80 la modernidad líquida de Zygmunt Bauman se iría sobreponiendo a la grandiosidad del pensamiento foucaultiano a la hora de describir lo que estaba ocurriendo. Las grandes empresas con sus enormes fábricas de producción darían paso a esquivas empresas trasnacionales de servicios que requieren de apenas unos cuantos empleados y que, en muchos casos, no poseen ni los edificios donde se ubican estos ni las máquinas que utilizan para hacer su trabajo. El gran panóptico, donde unos pocos —los poderosos— vigilaban al resto, ha dado paso a un sinóptico en el que son ahora los muchos los que vigilan constantemente a los pocos y poderosos (aunque el beneficio seguiría recayendo en estos últimos). Incluso los grandiosos gobiernos omnipresentes fueron sometidos a un fuerte proceso de desmantelamiento fruto de las recetas del neoliberalismo de la época, a partir del que se privatizaron incluso sus funciones más elementales. Hoy se nos presentan como tótems huecos, apenas una caricatura de lo que llegaron a ser.
Esto no quiere decir que no exista la vigilancia, o que los gobiernos —incluso los democráticos— no espíen a sus ciudadanos. Tampoco quiere decir que no haya intentos constantes y permanentes por manipularnos mediante artilugios psicológicos para determinar y potenciar nuestras prácticas de consumo, así como para hacernos aceptar dócilmente el estrato y rol que ocupamos dentro de nuestra sociedad. La parte que no se corresponde con la realidad es la suposición implícita o explícita que hay por allí, oculto, un superpoder o un consorcio de poderosos maquinando en la clandestinidad absoluta, su próxima gran estrategia de manipulación. No hay fundamentos para pensar que, si el presidente Macron recomendó a sus connacionales el teletrabajo, fue únicamente para aprovecharse de la situación y apuntalar la creación de un nuevo paradigma del trabajo que maximice las ventajas del biopoder. En la modernidad líquida las unidades de poder son nodos interdependientes y forman parte de una red que opera a partir de dinámicas que no son susceptibles de seguir un libreto preestablecido. La principal característica de esta red sería su capacidad de mutar de manera constante conforme cambian las condiciones de su entorno. Amazon depende en gran medida de que el buscador de Google siga conduciendo a los usuarios a los servicios que ofrece, al mismo tiempo Google depende de los servidores que posee Amazon, que acapara casi la mitad del mercado de almacenaje virtual en el mundo. Pero esto no significa que si alguna de estas dos desapareciera de pronto la otra no pudiera sobrevivir a la ruptura con ese nodo. Eso sí, siempre y cuando la red pudiera adaptarse lo suficientemente rápido.
En el caso de la crisis actual no está claro que la red sea capaz de restituir los nodos a la velocidad suficiente como para que todo el sistema siga funcionando. Por eso es difícil ahora mismo visualizar a un grupo de poderosos frotándose las manos felizmente mientras observan cómo las gráficas estadísticas siguen mostrando un alza en las muertes diarias. Hasta que haya una disminución en la mortandad, la producción económica a nivel mundial seguirá parada, y no porque el sistema neoliberal en el que estamos enfrascados haya sufrido un despertar humanista, sino porque en los cálculos de rentabilidad de los gobiernos las muertes representan más pérdida de capital económico y político que el cese de la actividad mercantil y el cierre de empresas. Pero estas ponderaciones tienen su propia curva, sin una vacuna o siquiera la certeza de que tenemos la capacidad de inmunizarnos al virus después de haber estado contagiados, la situación puede llevarnos a tener que decidir entre morir a causa de la peste o del hambre. Al mismo tiempo, como ha comenzado a observarse en diferentes sitios, la paciencia de las personas tiene un límite y la presión social por forzar un retorno al business as usual cada vez será mayor. Está claro que el mundo es el que es, que siempre habrá alguien que pese a todo obtendrá algún beneficio y que cualquiera que tenga a su alcance sacar provecho de la situación actual lo hará, pero como lo harían bajo cualquier otra circunstancia. Es cierto que hay personajes como Viktor Orbán y Jeff Bezos, que al ver la oportunidad se han lanzado sin dudarlo a capturar el botín a expensas de los cuerpos de sus subordinados, pero no es como que les falten excusas para hacerlo o que la situación de excepción los haya desenmascarado como los villanos que son.
Ese mundo donde hay un poder o un grupo de poderosos que son capaces de orquestar planes grandiosos de control poblacional y a los que una calamidad como la pandemia del Covid-19 lejos de afectarlos los habrá de fortalecer, es —en comparación con lo que estamos viviendo— una verdadera utopía. Una utopía en la que es bastante sencillo explicar por qué las cosas están tan mal y bastante sencillo encontrar respuestas, basta con señalar a los líderes políticos y económicos, a los que mueven los hilos. La triste realidad es que estamos desnudos y a la intemperie. No hay un alguien, ni un padre supremo ni un big brother que nos controle, solo un sistema que nadie es capaz de dirigir. En las naciones ricas donde el virus ha hincado el diente, las personas mueren a centenares. Si el conjunto de gobiernos actuales no ha sido capaz de estar preparado para afrontar una catástrofe tan anticipada como la actual, ¿qué podemos esperar de ellos cuando la bomba de tiempo que es el cambio climático estalle o surja una crisis de gran envergadura de verdad imprevisible? Como ha quedado (aún) más claro en las últimas semanas en los ejemplos de Trump, Bolsonaro o Boris Johnson, los ostentadores del poder político no poseen la capacidad ni de protegernos, ni de siquiera protegerse ellos mismos. Por su parte, los magnates tecnológicos no están menos indefensos frente a esta falta de control generalizado, lejos de ser las mentes maestras del biocontrol o los arquitectos del mundo moderno, disfrutan de su ridícula riqueza mientras viven preocupados por construirse un búnker o hacerse con grandes espacios de tierra en Nueva Zelanda con la esperanza de que, cuando finalmente llegue ese apocalipsis que se ha convertido en una obsesión para ellos, podrán huir de todo, dejándonos a sus súbditos atrás, a nuestra suerte, tal y como estamos ahora.
Es muy difícil pronosticar cómo serán las cosas después del virus, o siquiera si acaso serán diferentes. Lo que es un hecho es que más que el establecimiento de una serie de regímenes gubernamentales vigilantes y autoritarios, lo verdaderamente preocupante es que se nos venga encima una liquidez insoportable, un colapso de lo público que solo haría felices a quienes, en lugar de construirse un búnker, se han preparado para el Apocalipsis comprando chalecos antibalas y rifles de asalto. Habrá a los que les reconforte pensar que todo esto forma parte de un orden finamente elucubrado por algún poder misterioso, pero esto no es más que una manifestación de lo que Susan Strange llama “el problema de Pinocho”: que al verse por fin libres, lo que quieren es volver a atarse los hilos para no cargar con la responsabilidad de dirigir su destino. Lamentable o afortunadamente, para quienes vivimos en democracia (aunque se trate de democracias defectuosas), el futuro sigue estando en el aire y la forma que este adopte habrá de depender de nuestro trabajo, del tipo de convicciones políticas que impulsemos y del empeño con el que defendamos el futuro que deseamos.