El día de hoy sale un editorial en el periódico Reforma del ex-presidente del PRI, Humberto Roque Villanueva, «Los intelectuales y el PRI» en el cual argumenta que ante el llamado de las alianzas electorales en varios estados en contra del PRI vale la pena recordar que no se puede «ignorar la relación entre el PRI y los intelectuales», para ello usa como ejemplo a varios intelectuales que apoyaron en 1952 la candidatura de Adolfo Ruíz Cortínes, y concluye:
Sirvan éstos ejemplos, que seguramente no son todos, para evidenciar algunas luces en el largo periodo de la hegemonía priista que, por supuesto, no está exento de sus respectivas sombras. Lo que ahora nos interesa destacar es que no resulta fácil descalificar a un partido político por los años que se mantiene en el poder.
No queda muy claro el objetivo de este «recordatorio» pero parece expresar un anhelo a una época en la que el único poder frente al cual «intelectuales» podían tener una relación era el de quien estaba en el gobierno.
En un texto publicado hace unos meses, en la revista Política y Gobierno, de Mauricio Tenorio «Académicos Públicos en el México del Bicentenario» da cuenta del cambio que ha habido en la relación entre intelectuales y el poder:
Creo que en las últimas tres décadas se ha consolidado y está a la alta un nuevo tipo de intelectual que frente al poder tiene una relación diferente a la del tradicional “gran intelectual mexicano”, no porque “el amor acabe” sino porque el poder –qué se la va a hacer– ya no es el mismo de antes. Me refiero, por un lado, al académico público y, por el otro, a un poder ya no monopolizado en un partido de Estado y sus recovecos, sino repartido en tres grandes campos a ratos interconectados y a ratos no: el Estado propiamente dicho,los medios de comunicación y los patrocinadores culturales internacionales.
Esto se puede entender tanto a una nueva autonomía frente al poder estatal, como una nueva cercanía a otros intereses. Sin embargo, lo que queda claro es que la existencia de por lo menos tres distintas fuentes de poder, han puesto «el amor que no acaba» frente a unos y otros, lo cual puede causar molestia a quienes añoran el pasado.
Casualmente en el número más reciente de la revista The New Yorker, el premio Nobel de economía y columnista del New York Times, Paul Krugman se preocupa por la autonomía intelectual en el reportaje «The deflationist: How Paul Krugman found politics.«, pero su preocupación central no es ni el Estado ni el los medios de comunicación. Su preocupación central es el efecto que tienen las relaciones personales en las ideas:
Aunque Krugman no siempre logra apreciar los efectos de sus burlas, sí se da cuenta que no es un tipo de habla dulce, un tipo de persona diplomática, y ha incorporado este hecho a la imagen que tiene de sí mismo. «Paul es realmente averso a involucrarse en redes socailes, a ser «elegante» dice Wells [su esposa]. «No va Washington, porque no quiere caer en eso».