¿De quiénes hablamos cuando hablamos de migrantes?

Hay algo de ironía e hipocresía en la conversación pública sobre la migración. Cada tanto y en diversas partes del mundo se habla de “crisis migratorias”, lo cual —como ha apuntado Fernando Escalante Gonzalbo— es tranquilizador, porque supone que la migración es un asunto transitorio que exige soluciones transitorias. Asimismo, pensar a la migración en términos de crisis hace del fenómeno un problema —uno de grandes proporciones, se presume— y de los migrantes una amenaza. Este alarmismo es capitalizado y fomentado por políticos y grupos de ultraderecha, sobre todo en Estados Unidos y en Europa, quienes han convencido a un sector de la población de que los migrantes roban empleos u obtienen más beneficios del gobierno que las personas nativas.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

El miedo a los migrantes no encuentra sustento en los números. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), durante 2021 el número de migrantes internacionales —aquellos que residen en un país distinto a donde nacieron— fue de 281 millones en todo el mundo: apenas el 3.6 % de la población mundial. Aunque las cifras no lo justifiquen, el temor a los migrantes crece día con día. El escritor Suketu Mehta apunta a estudios que muestran que los franceses piensan que uno de cada tres habitantes es musulmán, aunque la cifra real sea de uno por cada trece; o que el promedio de los estadunidenses cree que las personas nacidas en el extranjero representan el 37 % de la población, cuando en realidad equivalen al 13.7 %. Además de que el miedo a los migrantes no esté respaldado por la realidad, sin embargo, lo más interesante es que éste sólo se dirige a una clase de migrantes en particular.

Detrás de las cifras que miden el número de migrantes hay personas diversas que sólo comparten el haber partido de sus lugares de origen. Por ello, cabe preguntarnos si sabemos de quiénes hablamos cuando hablamos de migrantes. El total de los 281 millones de migrantes que registra la OIM incluye, entre otras clasificaciones, a estudiantes internacionales (seis millones) y a migrantes laborales (169 millones), obviando que en estos últimos se cuenta lo mismo a trabajadoras del hogar y jornaleros agrícolas que a empresarios o profesores visitantes en universidades extranjeras. Organismos como la ya referida OIM o el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) han elaborado glosarios sobre los fenómenos migratorios, los cuales incluyen términos como “migrantes económicos” o “migrantes ambientales”, así como las condiciones de asilado o refugiado, pues se consideran distintas a la condición de migrante. Es decir: la etiqueta “migrante” esconde muchos tipos diferentes de desplazamientos humanos.

Aunque estas categorías buscan aportar claridad conceptual al estudio de las movilidades humanas, las diferencias entre algunas de ellas no siempre son muy claras. El asilo político es la protección que los Estados brindan a personas que no son sus nacionales cuando su vida o libertad están en riesgo. En México el asilo está reconocido por el artículo 11 de la Constitución y se regula por la Ley sobre Refugiados, Protección Complementaria y Asilo Político. Vinculado al surgimiento de los Estados nacionales, el asilo político antecede a la protección internacional de refugiados, la cual surgió en el Siglo XX luego de las dos guerras mundiales y se fundamenta en la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 y su Protocolo de 1967. Pese a las diferencias en su regulación jurídica, las condiciones de asilado o refugiado básicamente se refieren a casos en los que las personas se ven forzadas a abandonar sus lugares de origen por motivos de persecución política, raza, religión, nacionalidad o por pertenecer a un determinado grupo social.

Los glosarios de la OIM o del ACNUR también proponen términos como el desplazamiento o la migración forzosa (el cual no es un concepto jurídico internacional) para referirse no sólo a las personas desplazadas por persecución política, sino a aquellas que lo hacen a causa de conflictos armados, desastres naturales, contextos de violencia generalizada u otras situaciones que vulneren sus derechos humanos. El inconveniente de estas categorías no es que puedan confundirse con el asilo o el refugio, sino que determinar quién se considera refugiado o asilado —y con ello merecedor de protección internacional— es una decisión política que depende de cada Estado. Esto es problemático no sólo porque impide referirnos con precisión a los fenómenos migratorios, lo cual sería una cuestión de comunicación. El problema, más bien, es que muchas veces en la opinión pública el uso de un término u otro implica la asignación de un estatus diferenciado a las personas que dejan sus lugares de origen, como si unas importaran más que otras. Se trata, pues, no sólo de un problema terminológico sino de un asunto político. Me explico.

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En agosto de 2021 los Talibanes tomaron el control del gobierno en Afganistán, lo que orilló a un buen número de ciudadanos afganos a solicitar asilo en otros países. México dio acogida a algunas de estas personas, entre las que se encontraban mujeres jóvenes y periodistas acompañados de sus familias. Al tiempo que el gobierno mexicano ofrecía asilo político a estas personas, sin embargo, también llevaba a cabo medidas para contener el flujo de migrantes centroamericanos que buscaban llegar a Estados Unidos.

Estas acciones provocaron cuestionamientos a las autoridades mexicanas, pues parecía una contradicción abrir las puertas a unos migrantes y cerrarlas a otros. A dichos señalamientos el canciller Marcelo Ebrard respondió que había que “dejar en claro la diferencia entre los migrantes económicos y las personas que buscan refugio y asilo”. La categorización del canciller, más que apuntar a las distintas causas de la migración, pareciera jerarquizar a los migrantes de acuerdo a sus motivos para abandonar sus países. Lo que me interesa subrayar es que la declaración del canciller no es aislada; se trata de una distinción entre migrantes de primera y migrantes de segunda que se replica en otras partes del mundo.

De forma similar a lo sucedido en Afganistán, la invasión de Rusia a Ucrania a principios de 2022 desplazó a miles de personas que han tratado de huir de la guerra. No sólo son ucranianos; muchos son originarios de África o de países del mundo árabe que residían en Ucrania por motivos de estudio, trabajo o incluso tras ser desplazados por otras guerras en sus propios países. Cuando las fronteras ucranianas comenzaron a colmarse, aparecieron testimonios de personas que sufrían discriminación por el color de su piel mientras trataban de escapar de las bombas. Asimismo, en redes sociales se viralizaron los discursos racistas de algunos medios de comunicación europeos que se decían sorprendidos de que una guerra ocurriera en Europa, o que pedían abrir las puertas a los ucranianos bajo el argumento de que su cultura, a diferencia de aquella de los migrantes de otras partes del mundo, era muy parecida a la de sus países. Ya no sólo se distinguía entre migrantes de primera y migrantes de segunda, sino también entre guerras de primera y guerras de segunda, como si unas vidas tuvieran más valor que otras.

La jerarquización de las movilidades humanas es muy común y casi siempre tiene implicaciones de racismo y clasismo. Habría que reparar, como ha apuntado Enrique Díaz Álvarez,1 en que a quienes llevan años viviendo en sus países adoptivos —e incluso también a sus hijos y nietos ya nacidos en esos países— se les siga llamando recién llegados, como si quisiera hacérseles notar que nunca pertenecerán a la tierra que un día llegaron. Otro ejemplo es el uso del término expat para referirse a personas blancas de origen europeo que han salido de sus países, como si llamarlas migrantes fuese un insulto. Según explica Mawuna Remarque Koutonin, la palabra expat, que deriva de expatriado, debería aplicarse a cualquier persona que viva fuera de su país, pero sólo se aplica a personas blancas, pues busca asignarles un mejor estatus que el que se concede a las personas de piel negra y morena, a las cuales sí se les llama migrantes.

Por otro lado, alguien podría argumentar, con razón, que el uso del término expat es pertinente, dado que su función no es dar mayor estatus a una clase de personas que dejan sus lugares de origen, sino mostrar las desigualdades entre dichas personas y a las que llamamos migrantes. No obstante, lo que quiero apuntar es que, en el fondo, las desigualdades entre expats y migrantes son de expectativas. Cuando hacía trabajo de campo para mi tesis de licenciatura sobre la migración entre México y Estados Unidos, varios migrantes de mi pueblo consideraron que la mayoría de los mexicanos que se van a Estados Unidos —así tengan dinero, estudios universitarios o sepan hablar inglés— son percibidos en principio como migrantes indocumentados. Muy diferentes son las expectativas de, por poner un ejemplo, un expat estadunidense que viene a México con la idea de que será bien recibido en el pueblo más remoto o de que no tendrá complicaciones por no saber hablar español, algo que no le ocurriría en Francia si sólo chapurrea el francés.

Más allá de la pregunta sobre si el uso de un léxico jerarquizado para hablar sobre los desplazamientos humanos responde a un genuino interés en señalar las desigualdades entre las personas migrantes, sin embargo, lo interesante es que esta jerarquización no sólo se relaciona con las características (color de piel, país de origen o religión) de quienes migran, sino también con los motivos (políticos o económicos) que les llevan a abandonar su tierra. Veamos.

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Cuando hablamos de migrantes solemos pensar exclusivamente en aquellas personas que abandonan sus países de origen en busca de mejores oportunidades económicas. Sin embargo, a lo largo de la historia la migración se ha relacionado más con cuestiones políticas que económicas. Los vocablos emigración y emigrado, explica Joan Corominas,2 comenzaron a usarse popularmente a la par de las voces francesas émigration y émigrer; esto luego de que España se convirtiera en uno de los principales destinos de los nobles franceses que abandonaron su país tras la Revolución de 1789.

Es decir: la palabra “migrante” originalmente designaba a personas que dejaban sus lugares de origen por motivos distintos a la búsqueda de oportunidades económicas. Así, la edición de 1843 del Diccionario de la Real Academia Española acotaba que el término emigración “hoy se aplica más bien al que toma este partido obligado por circunstancias políticas”.3 Para decirlo en una frase: las personas a las que en ese entonces se les llamaba “migrantes” se parecían más a quienes hoy día solemos llamar exiliados.

Veamos un ejemplo tomado de la literatura. En un pasaje de Los Buddenbrook, la novela de 1901 en la que Thomas Mann relata la decadencia de una familia de la gran burguesía alemana, Christian Buddenbrook le cuenta a su padre, el cónsul Johann Buddenbrook, sobre sus intenciones de emigrar a Chile. El cónsul responde que eso sólo es “sed de aventuras” y recomienda a su hijo que, antes de mudarse a sudamérica, concluya su formación mercantil y siga trabajando en Inglaterra. Este pasaje muestra los cambios en las concepciones sobre la migración hacia la segunda mitad del siglo XIX. En este momento ya no sólo se llamaba migrantes a quienes salían de sus países por motivaciones políticas, sino también a aquellos que, con cierto espíritu viajero, buscaban mejores oportunidades económicas —en este caso no por hambre o necesidad, sino para expandir la propia riqueza— en otro continente. De allí la insistencia del cónsul en que Christian continúe sus estudios de negocios en Inglaterra: los personajes de Mann entienden a la emigración como un proyecto antes que nada económico.

Este cambio en la concepción occidental de la migración —su transformación de un fenómeno político a uno económico— vino de la mano de los proyectos de colonización emprendidos en la segunda mitad del siglo XIX en América Latina. Tomando como ejemplo a seguir el acelerado crecimiento económico y el fomento a la inmigración europea de Estados Unidos, y partiendo de la idea de civilizar a sus poblaciones, varios gobiernos del continente buscaron atraer migrantes procedentes de Europa. En Argentina, Juan Bautista Alberdi condensó la fe que las élites latinoamericanas habían depositado en los inmigrantes europeos con una famosa frase: “En América gobernar es poblar”. Los migrantes que tenían en mente Alberdi y las élites políticas del continente eran, además de europeos, personas que quisieran establecer colonias agrícolas, realizar negocios o emprender proyectos industriales: un perfil de migrante parecido al de Christian Buddenbrook.

Huelga decir que en esta concepción del “migrante ideal” no cabían los trabajadores chinos, indios o africanos, ni tampoco aquellos procedentes de partes de Europa consideradas como atrasadas o ignorantes. De este modo, al tiempo que en el discurso público las causas económicas de la migración ganaban terreno a las causas políticas, también apareció una nueva jerarquización de los desplazamientos humanos. Lo nuevo de esta jerarquización no era el rechazo a los migrantes por motivos de raza o de clase, sino que se privilegiara un tipo particular de migración económica: aquella que se consideraba industriosa y que en estos tiempos llamaríamos emprendedora. Con el tiempo, sin embargo, este nuevo perfíl de migrante dejó de llamarse así: hoy día resultaría extraño decir que una ejecutiva de una empresa internacional que constantemente hace viajes de negocios es una “migrante”.

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De forma similar, en el siglo XX las personas que dejaban sus países por razones políticas también dejaron de ser llamadas “migrantes” en la conversación pública. A los desplazados republicanos de la Guerra Civil Española, por ejemplo, ya no se les denominó migrantes sino exiliados, a diferencia de los nobles monárquicos que abandonaron Francia luego de la Revolución de 1789. Joan Corominas4 apunta que, hasta antes de 1939, los vocablos exilio y exiliado (derivado del francés exilié) eran usados muy raramente en castellano. Desde luego, estos cambios en el uso de la lengua fueron graduales. José de la Colina decía que entre los migrantes españoles en México “las palabras exilio y exilado eran infrecuentes” y que más bien hablaban de “destierro o emigración, o bien de desterrado, emigrado o refugiado”. Sea como sea, hoy día nadie se refiere al conjunto de los desplazados españoles de la Guerra Civil como la migración española. No, preferimos un término mucho más exaltado: el exilio español.

Llegados a este punto es claro que la distinción del canciller Ebrard entre migrantes económicos y migrantes políticos —es decir: asilados y refugiados— no es solamente un intento de reconocer la diferencia entre conceptos jurídicos, sino que responde a una jerarquización de las causas de la migración que estima más los motivos políticos que los económicos. Así, la palabra “migrante” queda reservada para personas que parten de sus países por motivos económicos, y más específicamente por necesidades económicas: sólo se le llama migrante al jardinero o al mesero, pero no al “nómada digital” que se muda a otro país porque costear su estilo de vida le resulta más barato allí que en su lugar de origen. Del mismo modo, al migrante se le otorga menor estatus que al exiliado político, un desplazamiento que se asocia más con las clases políticas o las clases medias ilustradas (intelectuales, artistas, escritores, periodistas) que con las clases plebeyas.

Detrás de todo esto hay un supuesto o prejuicio que no tiene base en la realidad: la idea de que quienes migran por razones políticas, a diferencia de quienes lo hacen por necesidades económicas, ejercen una cierta agencia que envuelve a su decisión de abandonar sus países con un aura de honor y dignidad. Con esto no quiero decir que todas las personas que migran por razones políticas pertenezcan a las clases favorecidas. Al ver imágenes de los campos de refugiados en Turquía o en Grecia uno no piensa en gente con solvencia económica. Más aún: ni siquiera podríamos asegurar que muchas de estas personas, como en su momento reflexionó Hannah Arendt, hayan soñado “con tener una opinión política radical”.5 Lo que sí quiero decir, sin embargo, es que en el discurso público actual vemos una vaga asociación entre el contexto político en que se da el exilio —disidencia, persecución política, censura— y el espíritu del quehacer intelectual. Se asume que los intelectuales exiliados, a diferencia de otros tipos de migrantes, se convirtieron en tales debido a una vocación crítica.

Tal vez por la respetabilidad que conllevan, o simplemente porque ya se han vuelto lugares comunes, estas ideas sobre el exilio son muy socorridas entre algunos escritores. Jorge Edwards, novelista y diplomático chileno, decía que “la persona que se convierte en escritor es, por su naturaleza de disidente, un exiliado voluntario de la sociedad en que habita”. Otro ejemplo es el dictum del Nobel de Literatura francés Albert Camus, quien explicaba que el exilio es “la única condición posible para rechazar al mismo tiempo la esclavitud y el dominio”.6

El problema con estas representaciones del exilio es que, dada la imagen de dignidad y libertad que evocan, se olvida que detrás de cada exiliado hay una historia de represión y violación de derechos. En palabras de Edward Said: la dignidad que poetas y escritores exiliados le han conferido al exilio nos impide ver que se trata de “una condición orientada por la ley a negar la dignidad: a negar la identidad a las personas”.7 Por eso espero que la lectura de este ensayo sirva para recordarnos la dignidad de todas las personas que toman las riendas de su destino al partir de la tierra en que nacieron, así sus motivaciones hayan sido políticas o económicas, así les llamemos exiliados o migrantes.

 

Emmanuel Rosas Chávez
Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM. Ha publicado en la Revista Presente y en la Revista de la Universidad de México.


1 Díaz Álvarez, E. El traslado: Narrativas contra la idiotez y la barbarie, Debate, México, 2015, pp. 116-117. (Versión digital).

2 Corominas, J. Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Editorial Gredos, Madrid, 1984, t. 2, p. 568.

3 Diccionario de la lengua castellana, Real Academia Española, 9.ª ed., Imprenta de Francisco María Fernández, Madrid, 1843, p. 281.

4 Corominas, ob. cit., p. 262.

5 Arendt, H. “Nosotros, los refugiados” en: Escritos judíos,Paidós, Barcelona, 2009, p. 353.

6 Kertész, I. Un instante de silencio en el paredón: El holocausto como cultura, Herder, Barcelona, 2002, p. 24.

7 Said, EW. Reflexiones sobre el exilio: Ensayos literarios y culturales, Debate, Barcelona, 2013. (Versión electrónica sin paginación).

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Publicado en: Justicia, Política