Derechas, emociones y pantallas

El pasado diez de diciembre una multitud se apersonó en la Plaza del Congreso, en la capital argentina, para atestiguar el inicio del mandato presidencial de Javier Milei. Se trataba de personas provenientes no sólo de diversos lugares del país, sino de distintas clases sociales, en la mayor parte de los casos sin militancia en organizaciones sociales o partidarias. Eso puede ayudar a entender por qué esa muchedumbre tenía dificultades para encontrar eslóganes y cánticos compartidos, más allá de los previsibles vítores al presidente. Hubo, sin embargo, una consigna muy repetida que llamó la atención: “no hay plata”. Aparecía en playeras que (paradójicamente) sí que se vendían en la calle y muchas personas portaban, también en varios carteles pintados a mano y se repetía en coro como un mantra. “No hay plata”: como indicación de la crisis fiscal del Estado argentino, pero sobre todo como gozosa amenaza sobre el futuro que les espera a aquellos que necesiten ayuda social.

Miles de personas, muchas de ellas hasta entonces ayudadas con diversas formas de subsidio estatal para pagar transporte público y servicios básicos como electricidad, agua o gas, votaron primero y luego marcharon para celebrar el arribo inminente de la motosierra que los iba a arrojar de inmediato a la pobreza, a ajustes penosos en la calidad de vida familiar y quizás al desempleo. ¿Por qué? ¿Cómo pueden quienes se dedican de forma profesional a las ciencias sociales y la historia acercarse a estos fenómenos sin menospreciar la racionalidad política de esos sujetos, sin mofarse ni clasificar como psicopáticos esos comportamientos? Esas preguntas son de una gran complejidad, además de urgentes. Aquí sólo me limitaré a ofrecer tres elementos que, a mi entender, podrían entrar en cualquier tentativa de explicación.

El primero es un proceso que lleva varios años y que la pandemia aceleró a niveles astronómicos: la digitalización de la actividad humana. Tareas de home office; apps para que nos hagan las compras o para conseguir una cita amorosa; reuniones sociales y de trabajo en línea; la vida transmitida 24/7 con fotos y videos de Instagram; políticos que abandonaron la televisión o la radio para usar sólo Tik-Tok, etcétera. ¿Y eso qué?, ¿qué tiene que ver con la pujanza de las extremas derechas? Nuestros vínculos profesionales, educativos, amorosos, familiares y políticos están cada vez más mediados, producidos e interferidos por pantallas, que no tienen un efecto neutral.

El reemplazo del contacto cara a cara por el virtual habilita el despliegue de formas de hostilidad personal y social, reduce la empatía y la escucha del otro. Pero a su vez, también conduce a producir círculos cerrados y autoconfirmatorios en los que sólo recibimos notificaciones, invitaciones y publicidad de aquello por lo que ya habíamos mostrado interés, o por lo que el algoritmo detecta que podríamos llegar a tener interés. De allí que la digitalización de la vida lleve a que sea cada vez más difícil producir un nosotros unificado a nivel nacional. ¿Dónde y cómo forma su intención de voto una persona que no tiene compañeros de trabajo con los que almuerza, conversa y ocasionalmente se organiza?, ¿cómo crea su conciencia política la joven que trabaja un día sí y otro no, que tiene por jefe una notificación en su celular? En ese terreno, la derecha extrema ha sabido manejarse mejor que las fuerzas más acostumbradas a la vieja escuela de los actos callejeros, movilización sindical y la militancia partidista.

Ilsutración: Víctor Solís

El segundo fenómeno que destacaría va de la mano del anterior y es la potencia que adquieren las emociones en política. El tiempo de los argumentos parece haberse agotado frente a la fuerza de la expresión: miedo, angustia, indignación, odio, hartazgo… Las ideologías (estructuradas, con pretensión de racionalizar el mundo y explicar cómo llegar hasta el futuro) compiten con cada vez peores resultados contra el reino de las pasiones efímeras, violentas y poderosas, excitadas desde las redes sociales, los mensajes sencillos y maniqueos. Menos complejidad y más influencia. No se trata de un proceso espontáneo ni natural: hay laboratorios en donde se elaboran los productos para incitar pasiones y promover alineamientos inquebrantables, que no corren el riesgo de exponerse al contacto con la otredad gracias al accionar del afamado algoritmo. Las emociones conducen a un voto cada vez más volátil, a fenómenos políticos inesperados y, en apariencia, muy desconectados del pasado reciente de los países. De nuevo, las estructuras partidarias clásicas han perdido peso frente a una vida política que se juega cada vez más por impulsos breves y emotivos.

El tercer punto es la aceleración de los procesos de individualización, en particular entre los sectores populares. Ello se deja ver tanto en el ámbito más objetivo como en el subjetivo. Por un lado, el derrotero de las personas se hace cada vez más particular, porque queda atado a la suerte particular, a sus capacidades psicológicas y a la lotería genética. Las experiencias de entrar y salir del mercado de trabajo, del pluriempleo, del out-sourcing, del capitalismo de plataformas, de lo que se ha llamado la uberización de la economía, entre otros elementos, han hecho que las vidas de millones queden cada vez más expuestas a fuerzas que no pueden controlar y que las dejan en una posición de mucha vulnerabilidad y fragilidad económica. Por otro lado, esto se tiene como correlato el deseo de afirmación de la propia valía, de las capacidades emprendedoras, productivas, de resiliencia y autoexplotación.

En definitiva, se trata de una narrativa que coloca en el centro la cuestión de la posesión o falta de mérito individual como explicación última del éxito económico o de la pauperización. La exaltación del mérito va asociada a un reclamo de que el Estado deje de ayudar a quien no se esfuerza lo suficiente, a quien recibe injustificadamente una ayuda para llegar a fin de mes, para ingresar a la universidad, para jubilarse, para pagar el transporte público, etcétera. Lo que hasta hace poco se consideraba como un mecanismo de solidaridad destinado a ayudar a los más necesitados se toma ahora por una transferencia ilegítima de recursos de la gente esforzada y trabajadora hacia los holgazanes y carentes de virtudes personales. Bienvenida la incertidumbre, los juegos del hambre, el sálvese quien pueda, un mecanismo darwinista supuestamente cruel, eficiente y justo. No hay mucho futuro, pero el que se deja ver no promete nada bueno: mejor asegurarnos ahora un presente pasable antes que construir un mañana mejor.

“No hay plata” recoge, entonces, parte de estos fenómenos sociales e identitarios que han conducido a que figuras de extrema derecha logren interpelar y movilizar a millones. Éstos no siempre pueden producir o estabilizar un nosotros, pero están muy interesados y comprometidos en la destrucción de algo a lo que por comodidad, más que por precisión terminológica, dábamos en llamar “pueblo”, esto es, una (id)entidad que a la vez reproduce la existencia de clases sociales, pero también atempera las tensiones entre esas clases. El predominio de la vida digital, el peso creciente de la emocionalidad y la hiperindividualización confluyen para estimular una creciente belicosidad social, el predominio de las emociones violentas por sobre la empatía ¿Podrán sobrevivir las democracias a la entronización del egoísmo? ¿Cuánto odio puede tolerar una democracia antes de volverse una cáscara vacía?

 

Ernesto Bohoslavsky
Historiador. Autor de Historia mínima de las derechas latinoamericanas (México, El Colegio de México, 2023).

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Publicado en: Internacional, Política