
Bajar del Ajusco para llegar al Zócalo se dice fácil, sin embargo, requiere de las estratagemas más sofisticadas para evitar contratiempos y ser exactos. Lo anterior se vuelve más complicado cuando la ciudad se transforma en una bestia difícil de domar, impulsada por movilizaciones políticas, eventos deportivos o cierres aleatorios de diversas avenidas. Eventos de esta naturaleza son el pan de cada día en esta ciudad. El domingo pasado no fue la excepción. Aunque los tiempos de la “unidad nacional” parecen haber quedado en la época del “avilacamachismo”, los conflictos arancelarios con Estados Unidos reavivaron este ánimo patriótico, al menos en el discurso. Fue así que la presidenta Sheinbaum convocó la semana pasada a un mitin para anunciar medidas en respuesta a los aranceles impuestos por Trump. Sin embargo, lo que comenzó como un acto cuya naturaleza era contestataria, terminó convirtiéndose en un evento festivo y partidista, pues las decisiones respecto a estas imposiciones se aplazaron para el mes de abril.
La jornada del domingo comenzó desde muy temprano, eran las siete de la mañana y ya en X se publicaban los primeros reportes de personas, provenientes de otras zonas del país, para cubrir lo que aún era una plaza desnuda. Pese al clima festivo que se observaba en el centro de la ciudad, el ánimo en otras partes era el de la tregua contra la rutina. Uno lo notaba desde que ponía un pie en la calle. En el metro, desde la estación Universidad la gente parecía taciturna y desanimada. Entre las barras de metal, había niños adormilados en las piernas de sus madres y jóvenes con ropa deportiva, quizás rumbo a un parque para hacer ejercicio o a ver un partido. Paradójicamente, a diferencia de los días entre semana, nadie parecía tener intención de empolvarse el rostro ni de aplicar labial frente al espejo de bolsillo. La tradición de arreglarse más de lo habitual los domingos parece haberse desvanecido, al menos a las ocho de la mañana en el metro de la ciudad.
Conforme el metro se acercaba al Zócalo comenzaron a subir personas ya entradas en años, con el pelo relamido y entrecano. “Hoy es día de plaza” se cuchicheaban unas señoras. Y sí, el domingo se convertiría en un “día de plaza” en todos los sentidos: algunos irían a darse su vuelta por los tianguis, mientras que otros se reunirían en el “ombligo del mundo”. Si bien hoy el Zócalo es una superficie plana y pavimentada con un asta bandera al centro, en el siglo XIX tenía más el aspecto de un tianguis. Durante años, el mercado del Parián ocupó un tercio de la plaza, hasta que los comerciantes españoles fueron expulsados al grito de “¡Mueran los gachupines!”.[1] No fue hasta los años de Ruiz Cortines cuando la plaza se convirtió en el símbolo de la centralidad política del régimen posrevolucionario. Por años la plaza central fue testigo de concentraciones político partidistas, conmemoraciones obreras y desfiles militares. El espacio público se privatizó. Al grado, que una manifestación que pusiera en peligro la estabilidad del régimen, era impensable hasta que sucedió el movimiento estudiantil de 1968.
Eran las 9:30 de la mañana cuando llegué a Bellas Artes. No sé qué fue más impactante, si el hecho de salir de las entrañas de la urbe o ver cómo, alrededor de la estatua de Beethoven, un grupo de jóvenes con chalecos guinda hacía tañer tambores con un aire marcial. Por otro lado, los pegasos de Agustín Querol se encontraban resguardados por vallas que un día antes habían sido usadas por el gobierno capitalino para resguardar el Palacio de Bellas Artes. En las vallas las consignas feministas que exigían el cese a la violencia contra las mujeres habían sido desplazadas por banderas de sindicatos y carteles en los que se leía “Váyanse al carajo yanquis de mierda” o carteles en los que se ensalzaban las virtudes de la presidenta.
Mi camino hacia el Zócalo fue torpe y agitado. La calle de Madero era intransitable, por lo que decidí llegar a la plancha por una vía alterna , en la que no se encontraba reunido ningún contingente. A medida que avanzaba, me topaba con más sindicatos y burócratas que estaban orgullosos de portar la camiseta o gorra que los identificaba. Algunos eran del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), del gobierno de Tamaulipas o médicos pertenecientes al sistema de salud pública, cuyos uniformes traían las siglas (SNTISSSTE). Me abrí paso entre organilleros y tamaleros, casi al llegar a Catedral me encontré con pancartas que anunciaban con entusiasmo la participación de diversas alcaldías como la Álvaro Obregón y la de Iztapalapa.
Miles de comerciantes aprovecharon la concentración masiva y desde las 10 de la mañana ya se encontraban vendiendo nieves y tehuacanes. Las tortas y los jugos abundaban entre cada contingente sindical. Con dificultad logré ingresar al corazón de la plaza, donde había niños de apenas trece años que ya vendían a todo el que pasara, como Diana, una niña del Estado de México que cada fin de semana llega al Zócalo para vender tostadas de maíz con frijol y queso. “Voy en secundaria apenas, pero ahorita está buena la venta. Siempre vengo los sábados y domingos. Me traigo a mi primo y, bueno, hay que llevar el gasto”, comentó.
Entre la multitud y las banderas pude acercarme al templete en donde estaría la presidenta con su gabinete. Junto a mí se encontraba, quizá el contingente más amplio: el sindicato de Pemex. En los aires surcaba un globo, que decía “Ricardo Aldana (PEMEX) Los petroleros por la defensa de México y su soberanía. VENCEREMOS”. Pasaban los minutos y las mareas de calor no daban tregua, el sol caía sobre las cabezas con la pesadez del plomo. Entre los petroleros, un jubilado que portaba una camisa almidonada con el logo de Pemex me abordó. Su nombre es Francisco M. , un jubilado que trabajó toda su vida en la distribución de refinados y gas LP en Guadalajara; me contó que vino con cuarenta compañeros, algunos de Pemex y otros de la CFE. “Venimos a la plaza pública y está bien. Muchos sindicatos vienen, se está formando una nueva cultura”, dijo con entusiasmo. Francisco es un hombre que tiene la camiseta bien puesta. Defiende con uñas y dientes a su sindicato. En lo que comienza el evento los petroleros, son los más entusiastas, asocian el nacionalismo con la defensa del petróleo, “soy mexicano, soy petrolero”.
El ánimo patriótico se conjuga con una visión del poder estatal que es ensalzado por la misma arquitectura que rodea el Zócalo. Persiste en el imaginario la creencia de un Estado y un presidente “fuerte y omnipotente”. Esta narrativa ha dado creces, al menos desde el sexenio pasado, para justificar una serie de políticas que legitiman el plan de la autodenominada Cuarta Transformación. Tan es así, que el mismo Francisco decía: “Es importante que el Estado intervenga en todo y más en lo estratégico”. El evento del domingo pasado debe entenderse desde esa lógica, como una demostración del músculo político, y la capacidad de movilización que tiene Morena y el Estado para seguir ganando elecciones.
La concepción ideal —muy a la Max Weber— de un Estado coherente, racional y monopolizador del uso legítimo de la fuerza, posiblemente sea una constante en todo este sexenio. Lo vimos el domingo, hasta caer en el ridículo. Bajo esta idea, la sombra del Estado y la fuerza del Ejército se expande hasta en los ámbitos musicales. La Asamblea Informativa fue una primera demostración. Eran las 11:30 y, mientras la gente se derretía bajo los intensos rayos del sol, desde un templete, un grupo de cadetes de la Marina bailaba al ritmo de La Chona. Algunos maestros del Tecnológico Nacional de México, desencantados y obligados a estar presentes en la concentración, se susurraban “estos cuates deberían estar en otro lado”. Media hora antes de las 12, llegó el grupo de mariachis de la Secretaría de Marina, el “Grupo Armada” amenizó a la multitud con canciones estilo rancheras. Algunos asistentes sorprendidos se decían entre sí: “Tocan, bueno es que todo lo hacen bien, verdad”. La fiesta y el espectáculo sólo inspiran confusión y curiosidad. Pasan los minutos, y las demostraciones carnavalescas llegan al delirio, el caos se intensificó cuando se mezcló Debí tirar más fotos versión banda, tocada por un contingente con el huapango de Moncayo que dirigían los mariachis.
Unos minutos antes de las doce los gobernadores y altos funcionarios comenzaron a llegar al Zócalo. La clase política se viste con sofisticados huipiles, sombreros y guayaberas de puño francés. Algunos, como el gobernador Samuel García, desentonaban en el código de vestimenta. Pero como las formas importan, antes de que la presidenta saliera de Palacio Nacional, el gobernador de Nuevo León ya portaba guayabera. Mientras los gobernadores se daban palmadas de autocomplacencia, la ayudantía de la presidenta comenzó a cambiar de forma radical los lugares de quienes la acompañarían en el templete. No era un juego de sillas: era un juego de poder.
Cuando la presidenta salió al Zócalo, la gente estaba irritada y desanimada. Entre los simpatizantes se gritaban “bajen las banderas, pónganselas como sombrero. No sean egoístas”. La porra estaba desangelada, sólo los que alcanzaron a saludar a la presidenta echaban vivas. El carisma de Sheinbaum no fue suficiente para encender los ánimos. El verdadero elefante en la habitación fue López Obrador; la gente se preguntaba si acudiría al Zócalo. Todos lo esperaban, nunca llegó. Los ánimos se encendieron cuando Sheinbaum dijo “Saludos al presidente López Obrador hasta Palenque”. Al unísono una multitud comenzó a proclamar la famosa porra “Es un honor estar con Obrador”. La sombra del expresidente albergó por unos minutos el Zócalo, luego se esfumó por los aires.
El discurso de Sheinbaum no fue novedoso e incluso contradictorio. Por un lado señalaba los beneficios que había traído consigo el TLCAN, hoy el T-MEC; por otro lado, mencionaba a las estrategias “neoliberales” como las causantes de la migración a Estados Unidos. Su actitud frente a EE. UU. fue amistosa y conciliadora. Astutamente, sacó a relucir que para salir del brete en el que estamos con nuestro vecino es necesario tener más Guardia Nacional; amor a los jóvenes; aumento en la investigación y fortalecer la coordinación. Después siguieron las frases tradicionales, a las que obedientemente la gente contestaba: “Con el pueblo todo, sin …”; “Por el bien de todos primero…”
El evento terminó al ritmo de Luis Miguel. La presidenta se despidió con la famosa canción México en la piel. Algunos querían acercarse a Sheinbaum, otros ya esperaban a la Sonora Dinamita, y una gran multitud salió como pudo del Zócalo. Resulta interesante el respaldo de los gobernadores de oposición a un evento que tenía todo el tinte partidista. Hay algo en lo que se parecen este mitin y lo que resultó después de la expropiación bancaria con López Portillo: vemos una oposición a medio gas, descafeinada y poco convencida de su orientación ideológica. Así como lo ilustra Soledad Loaeza, a partir de la expropiación de la banca, el PAN se desvinculó de sus orígenes católicos y adoptó una faceta empresarial, mientras que la izquierda apoyó la expropiación, lo que evitó la formación de un proyecto socialdemócrata que pudiera atraer a priistas inconformes.[2] Hoy posiblemente nos enfrentamos a una situación similar, ya que la complacencia de los gobernadores con el Ejecutivo podría ser un obstáculo para la construcción de contrapesos que estén a la altura de nuestro incipiente régimen democrático. Sin dudarlo, el mítin tuvo trascendencia para la vida política interna del país y para poder saber qué nos espera los próximos años. Fue un día de plaza.
Albrecht Mohrhardt Doger
Estudiante de Ciencia Política y Administración Pública en El Colegio de México
[1] Gustavo Gómez Peltier, “Historia, uso y abuso del Zócalo”, nexos, noviembre de 2012
[2] Soledad Loeza, “El ascenso del antiestatismo y la redefinición de las identidades políticas” , en Las consecuencias políticas de la expropiación bancaria, México, El Colegio de México, 2008, pp. 73-118.