Djokovic: ¿héroe o villano?

Parte de mi hambre viene de mi tiempo en las montañas.
He pasado muchas horas en la sierra con los lobos.
Es su energía la que me inspira.
―Novak Djokovic

Roger Federer y Rafael Nadal revolucionaron el tenis. Su rivalidad puso de cabeza a este deporte. Los medios los endiosaron, la ATP se volvió una asociación multimillonaria gracias a ellos y los fanáticos se rindieron a sus pies. Esta saga la interrumpió Novak Djokovic. En 2011 empezó a ganarle a los dos grandes con una frecuencia inusitada. El establishment del tenis nunca se lo perdonó. Los seguidores de Nole, en cambio, celebraron su intromisión, que califican de heroica.

A finales del siglo XX un joven nacido en Suiza, a orillas del Rin, hizo su aparición en el máximo circuito del tenis y lo cambió para siempre. Roger Federer elevó los estándares de ese deporte a niveles impensados. Tenía un juego de una elegancia y una efectividad fuera de serie. Desde muy temprano se le comparó con Michael Jordan y Tiger Woods. Parecía que nadie podría detenerlo. No sólo vencía a todos sus contemporáneos, lo hacía con una facilidad pasmosa.

Con su carrera en franco ascenso, surgió de pronto otro jugador deslumbrante, Rafael Nadal, nacido en Mallorca, la mayor de las Baleares. Desde el inicio de su carrera le complicó la vida al helvético. En su primer enfrentamiento y a sus escasos 17 años, con un tenis de un poder arrollador, derrotó por un doble 6-3 al número uno del mundo en el Abierto de Miami de 2004. Nació así una rivalidad de ensueño que tomó los encabezados de todos los diarios deportivos.

El universo del tenis festejaba el surgimiento de una atmósfera competitiva todavía más seductora que la que se había vivido en la época de Borg, Connors, Vilas, Lendl y McEnroe. El tenis, además, se había vuelto mucho más vigoroso gracias a los avances tecnológicos que dieron origen a raquetas más sólidas (hechas de grafito reforzado), ligeras y grandes que se convirtieron en verdaderos obuses. La velocidad de los golpes se incrementó de manera insospechada y, con ella, la espectacularidad del juego: ¡parecía otro deporte! Ahora además lo encabezaban un par de gladiadores que nos recordaban, ni más ni menos, a Héctor y Aquiles. Cada final que protagonizaban ―¡y protagonizaron veinticuatro!― parecía una puesta en escena de la Guerra de Troya: ¿quién era la Helena por la que se hacían pedazos?

A la final de Wimbledon de 2008 llegaron cuando su disputa ya había alcanzado el aura de mito. Venían de ganar, entre los dos, catorce de los últimos dieciséis grand slams. Ese día Roger vistió de manera clásica, mientras que Rafa usó unas largas bermudas, una camiseta sin mangas y tela adhesiva bajo las rodillas. Los dos jugaron con un cintillo en la cabeza. Fue un partido intenso que se interrumpió en dos ocasiones por lluvia. Duró cuatro horas y cuarenta y ocho minutos. Lo ganó Nadal en cinco apretadísimos sets, el quinto por 9-7. Para muchos es el mejor partido de la historia.

Parecía que nada podría alterar esa pugna, que era, además, amistosa. Los patrocinadores se los peleaban. Los medios los seguían paso a paso. La ATP ingresaba ganancias fabulosas. Los aficionados no sabían por quién inclinarse. La verdad es que no había necesidad de elegir: “Roger es el más admirado, pero Rafa es el más querido”, sentenció un comentarista.

Ese mismo año Novak Djokovic hizo su debut en las magnas finales del tenis. A los veinte años ganó el Abierto de Australia y en la semifinal derrotó en sets seguidos a Roger Federer, el favorito y número uno del mundo. En la final le ganó al francés Jo-Wilfried Tsonga. Después de aquella histórica semifinal, la madre de Nole, Dijana Djokovic, declaró: “El Rey ha muerto, viva el Rey”. A los fanáticos del deporte blanco les disgustó enormemente ese comentario, como les había molestado que dos años atrás Nole dijera que Nadal no era invencible en Roland Garros. El mismo Rafa se mofó de ese dicho en una conferencia de prensa. El cuento de los caballeros inexpugnables empezaba a ponerse en duda y el mundo del tenis no lo toleraba: era ya casi un dogma. Los más encandilados ni siquiera estaban dispuestos a escuchar lo que consideraban un embaucador canto de sirenas.

El triunfo de Djokovic en Melbourne muy pronto pasó al olvido y fue considerado un simple tropiezo de los dos titanes, quienes ganaron diez de los siguientes once slams. Roger llegó así a dieciséis grandes y Rafa a nueve. A finales de 2010 Nole tenía sólo uno. La historia parecía tener un único fin posible y era el triunfal arribo de dos y sólo dos semidioses al Olimpo del tenis.

En 2011 el rumbo de esa leyenda dio un giro inesperado. Ese año Djokovic ganó tres grand slams, derrotando a Andy Murray en el Abierto de Australia y a Rafael Nadal en Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos. Nole tuvo un récord de 70-6 ese año y ganó diez títulos de ATP. Además, derrotó seis veces consecutivas a Nadal y cinco veces a Federer, quien sólo pudo derrotarlo en Roland Garros.

Un año antes, Djokovic había hecho un cambio radical en su estilo de vida después de presentar colapsos a la mitad de varios partidos ―fingidos, según sus detractores. Su médico, Igor Cetojevic, descubrió que el serbio sufría de intolerancia al gluten y los lácteos. Le diseñó una dieta que excluía el pan y el queso. Fue una decisión difícil porque los padres de Nole habían tenido una pizzería en Kopaonik, una estación de esquí en Serbia, y él creció disfrutando de los aromas de la masa recién horneada, la salsa de tomate con orégano, el queso mozzarella derretido y los embutidos.

Pero la dieta no fue lo único que modificó. Empezó también a rezar antes de comer, meditar, hacer yoga y ejercicios de mindfulness, y someterse a sesiones de terapia hiperbárica después de cada partido, intensivas en caso de lesiones, que aumentan la oxigenación y tienen un efecto de reparación tisular extraordinario. De hecho, Djokovic compró una cámara hiperbárica portátil con la que viaja a todos los torneos.

Los cambios en el cuidado de su cuerpo tuvieron unos resultados asombrosos, que le han permitido seguir jugando, con pocas lesiones, al mismo nivel que sus oponentes de las nuevas generaciones, diez y hasta quince años menores que él.

El despegue de la carrera de Djokovic a partir de 2011 fue milagroso. En un lapso de seis años (2011 a 2016) y teniendo como rivales a los dos mejores jugadores de la historia, ganó once slams y acumuló 223 semanas como número uno del ranking de la ATP. En ese mismo período Nadal ganó cinco grandes y Federer sólo uno.

Cuando Djokovic se convirtió en una creciente amenaza para el legado de Federer y Nadal, los embates del mundo del tenis arreciaron. Su carácter, voluble y explosivo ―que se manifestaba sobre todo en la destrucción de raquetas contra la superficie de las canchas―, empezó a verse como una afrenta a la templanza que exigía el deporte blanco. Sus esporádicas lesiones eran calificadas de simulaciones que buscaban distraer a sus contrincantes o justificar sus derrotas. Sus graciosas imitaciones de otros conocidos jugadores, por las que se había hecho famoso en el circuito, dejaron de entretener a muchos para convertirse, a los ojos de sus enemigos, en una falta de respeto a sus colegas. Las declaraciones de su padre empezaron a exagerarse en los medios. Nole se convirtió así en el enfant terrible de su generación, el McEnroe del siglo XXI, y el establishment no le daba tregua. Cualquier transgresión era penalizada con creces en la prensa y las redes sociales, y se contrastaba con el impecable comportamiento de Federer y Nadal dentro y fuera de la cancha. Todo esto, además, se manifestaba en falta de apoyo en los torneos. Nole jugó toda esa década contra las gradas, que siempre manifestaron su abierto y ruidoso apoyo a Roger y Rafa. Las excepciones fueron contadísimas: el Abierto de Roma y los torneos en Asia.

La intensa actividad en el circuito, la presión de encabezar el ranking de la ATP por tanto tiempo y la mala prensa empezaron hacer estragos en el físico y el ánimo de Djokovic. En el Abierto de Australia de 2017 perdió en la segunda ronda con Denis Istomin. En Roland Garros cayó en tres sets en cuartos de final con Dominique Thiem. En Wimbledon se retiró también en cuartos en su partido contra Thomas Berdych por molestias en un codo. Después de este torneo anunció que la lesión lo obligaba a suspender toda actividad hasta el año siguiente. Más tarde se supo que en esos meses pasó por una intensa crisis de motivación. En la ceremonia de recepción del Premio Laureus 2018, en un memorable discurso, declaró: “Pensé en dejar el tenis. No me encontraba a mí mismo […] No me sentía bien y me llevó varios meses hallar el propósito y el significado de nuevo”.

Roger y Rafa aprovecharon ese desliz para tomar distancia de Nole. En 2017 el suizo ganó Australia y Wimbledon, y el español se llevó Roland Garros y el Abierto de Estados Unidos. En 2018 Federer volvió a ganar Australia, y Nadal, Roland Garros. Roger sumaba así veinte grandes y Rafa diecisiete. Nole se quedaba atrás con sólo doce, lastimado y en crisis.

Todo indicaba que la balanza se inclinaría de nueva cuenta en favor de los consentidos de la ATP, los medios y la afición. Las aguas, confiaban todos ellos, volverían a su antiguo cauce. Pero no fue así. Australia 2018 sería el último grand slam que Roger Federer ganaría, y Nole, para disgusto de muchos, saldría fortalecido de su lesión y su crisis. “Mientras mayores son los obstáculos que enfrentas —declaró unos años después— más fuerte te vuelves”. En su mente estaba, no cabe duda, el recuerdo de aquella crisis, pero también el de su infancia, que transcurrió en medio de una guerra, como casi todas, lamentable.

La de Djokovic es una historia de esfuerzo, resistencia y ambición que involucra a sus padres y hermanos; una verdadera odisea familiar. Creció y se formó como tenista en medio de los bombardeos y la escasez de la guerra de los Balcanes, que enfrentó a varios pueblos de Europa del Este a finales del siglo XX.

En su libro Serb to Win cuenta como, en 1999, a los once años lo despertó una explosión que estalló cerca de su departamento en Belgrado, a la que siguió un ruido ensordecedor de vidrios reventando y sirenas advirtiendo del peligro. Mientras su padre, Srdian, ayudaba a su madre, que cayó inconsciente al pegarse en la cabeza contra un radiador, Nole salió en busca de sus hermanos, Marko de ocho años y Djordje de cuatro. Ya recuperada su madre, salieron todos a las oscuras calles de la ciudad y se dirigieron al departamento de una tía en cuyo edificio había un refugio contra bombas. De pronto Nole se encontró solo, después de caer de bruces. Al levantarse vio sobre el techo de su edificio el triángulo gris de un F-117, el famoso Nighthawk. El bombardero de las fuerzas de la OTAN dejó caer dos misiles teledirigidos sobre un hospital que estaba dos calles adelante. El estruendo era insoportable y lo marcó de por vida. Por fortuna, en medio de aquel desorden aterrador, pudo encontrar a su familia unos metros más adelante y llegar ileso al refugio.

Aunque no toda su infancia transcurrió en guerra ―de hecho, él afirma que vivió una infancia casi idílica―, no puede decirse que gozó de muchos privilegios, salvo los que podía generar un modesto negocio de pizzas en una estación de esquí en el centro de Serbia. Los ingresos de ese negocio, sin embargo, fueron suficientes para que Nole y sus hermanos pudieran tomar clases de tenis.

“Era mi destino”, contó en 2014 en una entrevista para CNN. “A los cuatro años de edad, de la nada, me topé con una cancha de tenis y después vi unos partidos en televisión. Mi padre me compró una raqueta y todos nos enamoramos de ese deporte”.

A los seis años, jugando en Kopaonik, Nole llamó la atención de Jelena Gencic, quien había sido coach de Mónica Seles, ganadora de nueve grand slams en los años noventa. Gencic se convirtió en su entrenadora y a los pocos meses le comentó a sus padres: “Tienen ustedes un niño de oro. Nole es el talento más grande que he visto desde Mónica Seles”. Jamás imaginó que se trataba de un talento todavía mayor que el de la gran campeona serbia.

Gencic y Djokovic estuvieron juntos cinco años, incluidos los meses de guerra. En aquella dramática etapa sus sesiones de entrenamiento se incrementaron: jugaba cinco horas diarias, cada día en canchas diferentes. “Cuando jugaba al tenis se le olvidaban los bombardeos y ese era uno de los principales propósitos del entrenamiento”, comenta Gencic. Por lo general escogía canchas situadas en zonas de ataques recientes porque suponía que las fuerzas de la OTAN no bombardearían un sitio más de una vez. Años después, Nole recordaría:

Al principio, el temor nos corroía, pero después se fue aligerando. Y de pronto decidimos ya no tener miedo. Tras tanta muerte y destrucción, dejamos de escondernos. Cuando eres consciente de que no puedes hacer nada para remediar lo que está sucediendo, se apropia de ti una sensación de libertad.

Fue Gencic quien lo llevó a soñar con ganar los grandes torneos, en especial Wimbledon, y con frecuencia practicaban la ceremonia de entrega del trofeo ―hecho con un pedazo de cartón― y su discurso: “Soy Novak Djokovic y gané Wimbledon”, repetía el niño enfrente de su conmovida entrenadora.

También le inculcó el amor por la música clásica, que escuchaban después de las extenuantes sesiones de tenis. La Obertura 1812 de Tchaikovski, que narra la victoria del ejército ruso sobre la Gran Armada napoleónica, era una de las piezas preferidas de la entrenadora. “Cuando estés en medio de un partido y sientas que no lo estás haciendo del todo bien, acuérdate de esta obertura”, le decía. “Recuerda cuánta adrenalina hay en tu estómago y tu cuerpo. Deja que esta música te empuje a jugar cada vez con más fuerza”. El niño la escuchaba con reverencial atención. “Y Nole entendía”, concluye Gencic. “Sólo tenía once años, pero entendía”.

En septiembre de aquel año aciago, Djokovic dejó Serbia con apenas doce años de edad para irse a vivir a Munich a entrenar en la academia de un extenista yugoslavo, Nikola Pilic. Como tantas familias de jóvenes tenistas, la de Djokovic tuvo que pedir dinero prestado y comprometer todo su patrimonio para financiar aquella aventura. Los intentos del padre de Nole por convencer a varios empresarios serbios de invertir en la carrera de su hijo habían naufragado. Novak se fue a Alemania con una enorme responsabilidad sobre sus hombros. Sabía que el fracaso no era una opción. Cuatro años más tarde se hizo profesional.

Wimbledon 2018 marcó el regreso triunfal de Novak Djokovic después de quince largos meses de obstáculos y dudas. En la semifinal enfrentó a Nadal en un encuentro que Nole ganó en cinco durísimos sets y que se prolongó por cinco horas y media. La final, mucho más tranquila, la ganó en tres sets al sudafricano Kevin Anderson. La final del US Open se la ganó también en tres sets a Juan Martín del Potro. En 2019 ganó por séptima vez el Abierto de Australia: derrotó en Melbourne a Rafael Nadal por 6-3, 6-2 y 6-3, y mostró una superioridad inusual sobre el manacorí. “Djokovic pintó en esa final una obra maestra”, escribió un reportero del New York Times. Llegaba así a quince grand slams y se abría la posibilidad de que ganara los cuatro de manera consecutiva, aunque no en el mismo año calendario, algo que ya había hecho entre 2015 y 2016. Nadie en la historia del tenis, sin embargo, lo había hecho dos veces. Los grandes récords empezaban a estar al alcance de la mano del serbio.

Una buena parte del mundo del tenis veía su continuo progreso con temor y desconfianza, y buscaba excusas para cuestionar nuevamente su carrera: un gesto de triunfo excesivo, una mueca fuera de lugar, un comentario puntilloso. Pero si algo había aprendido a hacer Nole en los últimos años era actuar con cuidado, y a hablar con prudencia, gracia y tino: en inglés, italiano, francés, alemán o serbio. Se había convertido en un articulado políglota y un mago de las relaciones públicas. Sus entrevistas en cancha eran cada vez más ingeniosas, y sus comentarios en las conferencias de prensa posteriores a los partidos, justos y frecuentemente profundos. Algunas de sus bromas con los periodistas terminaron siendo legendarias. Nadie en el circuito tenía esa facilidad de palabra y esa capacidad para resumir en dos brillantes frases los instantes cruciales de un partido o el momento por el que atravesaba su carrera. Boris Becker, su exentrenador, afirmó en alguna ocasión que Nole tenía la inteligencia y los conocimientos de un intelectual, la gracia de una comediante y la astucia de un diplomático.

Roland Garros fue, sin embargo, un descalabro mayúsculo. Todo marchó sobre ruedas hasta los cuartos de final. Hasta esa ronda, Nole ganó sus partidos en sets seguidos. En la semifinal, sin embargo, se topó con un joven jugador en ascenso vertiginoso, Dominique Thiem, especialista en arcilla y dueño de un revés a una mano fulminante. Nole se enredó con el viento, el juez y el público, pero sobre todo con el agresivo juego del austriaco, y terminó perdiendo en cinco sets. “No voy a buscar falsas excusas”, declaró Djokovic. “Simplemente Dominique ha pegado los golpes correctos y no me ha dejado estar cómodo en la cancha”. En la final, Thiem perdió con Rafael Nadal, que alcanzó los dieciocho grandes. Los franceses lo celebraron y el establishment del tenis, ¡no se diga! En un artículo de aquellos días de un diario deportivo español se lee: “El tenis se divide en dos bandos, el de Federer y el de Nadal. Nole llegó tarde a la fiesta y quiere que lo dejen entrar”. La conclusión de dicho artículo estaba implícita: todos, los medios españoles en primerísimo lugar, harán hasta lo imposible para que eso no suceda.

El siguiente slam, Wimbledon 2019, fue emblemático en más de un sentido. Marcó, de manera por demás dramática, el declive de la carrera de Federer, subrayó la animosidad del mundo del tenis hacia Djokovic y dejó en claro que la fortaleza mental de Nole lo llevaría a la cúspide del tenis y a la gloria deportiva.

Roger, a los 37 años, llegó al torneo británico como ligero favorito. Enfrentó en la semifinal a Rafa y lo venció en cuatro sets. La gente se ilusionaba con la posibilidad de que Su Majestad, que estaba jugando a un nivel extraordinario, pudiera levantar esa corona por novena vez y alcanzar así su vigésimo primer grand slam. Wimbledon y Roger eran una imagen imbatible, que resaltaban los glamorosos comerciales de Rolex y Moёt & Chandon que aparecían a todo lo largo del torneo en la televisión, las redes sociales y los espectaculares de Londres. A pesar de la decepción que representó Roland Garros, Djokovic también llegó a la última instancia del torneo habiendo vencido en el partido previo al español Roberto Bautista-Agut en cuatro sets. La tensión en la víspera de la final podía cortarse con tijeras.

Djokovic sabía que el estadio entero iba a estar con Federer. Estaba acostumbrado a eso. “El 90 % de las veces juego con el público en mi contra”, declaró alguna vez. Nunca imaginó, sin embargo, que en esta ocasión se generaría en el mítico recinto inglés un ambiente de Copa Davis. Los flemáticos aficionados británicos iban a apostar su resto por el suizo. Pero Nole nunca ha vivido como víctima. A él, como a Michael Jordan, lo alimentan ―lo hacen crecer― los menosprecios, los desaires y las descortesías.

El domingo de la final había un ambiente de enorme expectación. Había un sol radiante y el palco principal estaba lleno de celebridades: Rod Laver, Stan Smith, Chris Evert, el príncipe Guillermo y la duquesa de Cambridge, Manolo Santana, Benedicte Cumberbacht y Jeff Bezos.

El encuentro no decepcionó. Los gritos de apoyo al suizo eran ensordecedores. En el cambio de cancha sus seguidores, que eran casi todos los asistentes, coreaban a una sola voz: “¡Roger, Roger, Roger!”. El partido se prolongó a cinco sets; en el 8-7 Federer se puso adelante 40-15 y, con su saque, tuvo dos match points. El estadio temblaba de emoción. La imagen de una mujer rubia sonriendo, enfundada en una impecable blusa de lino blanco y levantando el índice de su mano derecha ―indicando que a Roger sólo le faltaba un punto para salir airoso―, le dio la vuelta al mundo. Pero ese punto nunca llegó. Djokovic ganó los cuatro siguientes tantos y le rompió el servicio al helvético. Después le ganó el quinto set por 13-12 en un dramático tie break que terminó 7-4. Roger había jugado mejor y había ganado más juegos y más puntos, pero el serbio había estado impecable en los famosos clutch points. Fue el partido de singles más largo de la historia de Wimbledon.

En una de las mejores crónicas de un partido de tenis que se hayan escrito jamás, Kurt Streeter, del New York Times, señaló:

Frecuentemente, cuando gana un gran partido, Djokovic se dirige a cada uno de los flancos del estadio y le lanza al público besos y gestos que muestran su agradecimiento. El domingo, cuando llegó el final, no hizo nada de esto. Se paró en el centro de la cancha viendo a las gradas, estoico y satisfecho. Era obvio que había vencido a dos oponentes.

Era el vigésimo triunfo de Nole frente a Federer en sus últimos veintinueve enfrentamientos, incluidas tres finales de ese mismo torneo. El golpe a sus partidarios fue descomunal y el suizo nunca pudo recuperarse de esa derrota. No llegaría ya a ninguna otra final de grand slam y se retiraría, a los 41 años y con lesiones en ambas rodillas, en septiembre de 2022.

El US Open de ese año reavivó el encono del mundo del tenis hacia Djokovic. Lesionado de un hombro, abandonó el torneo cuando iba perdiendo 6-4, 7-5 y 2-1 contra Stan Wawrinka en octavos de final. Era la sexta vez que Djokovic se retiraba a mitad de un partido de grand slam. Un amplio sector del público le silbó mientras recogía sus pertenencias para salir del estadio. Los periodistas ibéricos de inmediato anticiparon la capitulación de Djokovic en la lucha por el mayor número de slams: “Su adiós —afirmó Alejandro Ciriza en El País— lo descabalga […] de la gran carrera por la historia y despeja el camino de los otros dos gigantes, Rafael Nadal y Roger Federer”. ¿Cuántas veces habrán presagiado, entusiasta y erróneamente, los diarios deportivos españoles la caída del serbio y el triunfo definitivo del manacorí? La final se la llevó Nadal, quien, en un durísimo partido que se fue a cinco sets, le ganó a Daniil Medvedev. Se llevó también su décimo noveno grande. Quedaba así a un paso de Roger Federer.

Pero qué equivocada estaba la prensa española. En la final de Melbourne de 2020 Djokovic pudo vengar su reciente derrota contra Thiem en el abierto parisino. Le ganó en cinco sets, después de ir abajo dos sets a uno. Llegó así a diecisiete grandes. Roland Garros se pospuso hasta el otoño y Wimbledon se suspendió debido a la pandemia.

El US Open de ese año lo ganó Dominique Thiem, quien derrotó en una extenuante final a Alexander Zverev. Nadal y Federar estuvieron ausentes, y Djokovic fue descalificado en la cuarta ronda por golpear accidentalmente con una pelota a una juez de silla después de perder su servicio al final del primer set del partido contra el español Carreño Busta. Sus críticos aprovecharon este incidente para denunciar su “incontrolable” carácter. Aunque fue un golpe claramente involuntario y desafortunado, un comentarista señaló: “No puedes convertir tu frustración en enojo”. La verdad es que esto pudo haberle pasado a cualquiera, pero los medios respingaron de inmediato y se ensañaron de nueva cuenta con el serbio. Los periodistas de El País sentenciaron: “La secuencia del pelotazo quedará ligada para siempre a su figura”.

Ese año Nadal ganó de nuevo Roland Garros, derrotando a Djokovic en tres sets en una verdadera exhibición de juego sobre tierra batida. Por razones de seguridad, el estadio estuvo semivacío y todos los asistentes usaron mascarillas. Nadal empataba así el récord de veinte grand slams que poseía Federer y que hacía unos años parecía inalcanzable.

La descalificación del Abierto de Estados Unidos y la humillante derrota frente a Nadal en el abierto francés no presagiaban nada bueno para la carrera de Djokovic. ¿Podría, una vez más, levantarse de esta mala racha y poner en aprietos a sus eternos rivales? El establishment del tenis volvía apostar por Federer y Nadal, y confiaba en que tarde o temprano la “mala sangre” del serbio volvería hacer de las suyas y lo rezagaría en la carrera por la gloria.

La pandemia le generó a Djokovic enormes problemas de imagen, muchos motivados por posturas francamente inaceptables para una figura pública de su talla, quien daba un mal ejemplo alrededor de un asunto por demás delicado. El fondo de todo era su resistencia a vacunarse en medio de una contingencia que estaba generando millones de muertes en todo el mundo. “No estoy contra la vacunación —declaró— pero siempre he apoyado la libertad de elegir lo que uno mete en su cuerpo”. Se dijo, además, dispuesto a asumir las consecuencias de sus decisiones, que incluirían posiblemente la prohibición de jugar ciertos torneos si no se vacunaba contra el covid.

Los problemas empezaron en el Abierto de Australia de 2021. Las vacunas apenas empezaban a circular, así que la vacunación no fue un requisito para el ingreso a Australia. Sin embargo, Djokovic se quejó de los protocolos de seguridad en el torneo que mantuvieron a muchos jugadores aislados en sus cuartos de hotel. Nole hizo llegar algunas sugerencias a los organizadores para aligerar el encierro, pero, como era ya costumbre, sus “quejas” fueron malinterpretadas. El propio Nadal criticó la postura del serbio cuando declaró a ESPN:

Todos tratamos de ayudarnos. Algunos necesitan hacer público todo lo que hacen por ayudar a los otros. Otros lo hacen de manera más privada, sin tener que anunciar públicamente lo que están haciendo.

Estos debates tenían que ver también con las encontradas posturas que habían asumido Nadal y Federer, por un lado, y Djokovic, por el otro, en relación con la Asociación de Jugadores Profesionales de Tenis (Professional Tennis Players Association o PTPA), que encabeza el serbio. Esta nueva asociación ha buscado tener una posición independiente frente a la ATP para negociar mejores condiciones económicas y organizativas, sobre todo para los jugadores del circuito con menos ranking. La PTPA ha sido apoyada por el grueso de los jugadores del circuito. Federer y Nadal, sin embargo, se han mantenido al margen en una posición que muchos interpretan como de apoyo a quienes controlan la ATP, la patronal.

Ese grande lo ganó Nole. Venció de manera contundente en tres sets a Daniil Medvedev y sumó su noveno título en ese torneo y su grand slam número dieciocho. Se acercaba a sólo dos de Federer y Nadal.

Ya en plena pandemia se llevó a cabo Roland Garros. Los partidos se volvieron a jugar con canchas semivacías y con el público utilizando mascarillas. En semifinales, Djokovic enfrentó a Nadal, quien empezó de manera contundente y llegó a estar cinco a cero arriba en el primer set. Parecía que la historia del año previo se repetiría, pero Nole se recuperó y terminó ganando en cuatro sets en uno de los mejores partidos de la historia. Nadal perdía por tercera vez en 115 partidos acumulados en ese histórico torneo. La final la ganó Nole en cinco durísimos sets a Stephanos Tsitsipas, después de ir dos sets abajo. Se ponía así a sólo un grande de Federer y Nadal, y se convertía en el primer tenista en la Era Abierta en ganar por lo menos dos veces los cuatro grand slams.

Wimbledon 2021 generó una enorme expectación porque Djokovic ya había ganado los dos grandes previos del año. Él era, sin duda, el favorito y cumplió con los pronósticos. Llegó a la final habiendo perdido un solo set en todo el torneo. Su contrincante, Mateo Berretini, le ganó el primer set en tie break, pero Nole ganó sin grandes dificultades los siguientes tres. Empataba así en número de slams a Federer y Nadal, y si ganaba el Abierto de Estados Unidos, se convertiría en el primer tenista en ganar en la Era Abierta los cuatro grandes en un mismo año calendario.

En el abierto estadunidense Djokovic tuvo un draw complicado, que sorteó bastante bien, pero en la semifinal enfrentó a un durísimo Zverev. Jugaron cinco sets y Nole pudo descifrar el enigma y salir airoso. Le esperaba en la final un Medvedev que estaba jugando un tenis de altísimo nivel.

El día de la final, el estadio de Flawshing Meadows estaba repleto y lleno de figuras de la farándula, famosos deportistas y celebridades de las redes sociales. Nadie quería perderse un evento que podría ser histórico. Abajo dos sets, y para sorpresa de muchos, el estadio empezó a apoyar a Nole, cosa que nunca había sucedido en su carrera en ese torneo. Pero de nada sirvió. Medvedev hizo un partido perfecto y venció a Nole por un triple 6-4. La decepción fue mayúscula. Había perdido también la oportunidad, por primera vez, de ponerse delante de Federer y Nadal.

No pudo jugar el Abierto de Australia por no haberse vacunado. La final la jugaron Nadal y Medvedev, que seguía en plan grande. El ruso se fue adelante dos sets a cero y todo parecía indicar que saldría vencedor, pero en uno de los regresos más espectaculares de la historia del tenis, Nadal ganó en cinco sets. Se ponía al frente en la carrera por alcanzar el mayor número de slams.

Las cosas no mejoraron para Nole en Roland Garros. Jugó la final contra Nadal, pero el español le dio un repaso y encima se adelantó todavía más en la lucha por la gloria. Los periodistas españoles volvían a presagiar un triunfo definitivo del manacorí en la búsqueda por ser el mejor de la historia. Nadal negaba que ese era su objetivo y afirmaba que su intención profunda era simplemente jugar lo mejor posible en cada torneo. Por supuesto, nadie le creía. La competitividad es tan alta en esos niveles que el triunfo se convierte en una obsesión. Ya lo había dicho Vince Lombardi, entrenador de futbol americano: “Ganar no es lo más importante, es lo único que importa”.

Pero venía Wimbledon, una de las superficies en donde Djokovic mejor se desempeña. Y Federer, otro gran especialista en pasto, seguía lesionado y no iba a jugar. Nadal se retiró del torneo después de ganar en cuartos. En el partido con Taylor Fritz sufrió una lesión abdominal que le impidió continuar. En la final Djokovic se impuso a Nick Kyrgios en cuatro sets. Era su séptimo título en el césped sagrado y se ponía a sólo un grande de Rafael Nadal.

Djokovic no pudo jugar el Abierto de Estados Unidos por no estar vacunado. Nadal perdió en octavos de final contra Francis Tiafoe. Ese torneo lo ganó, con tan sólo 19 años, una estrella en ascenso, el español Carlos Alcaraz.

Antes del siguiente grand slam, que era el Abierto de Australia 2022, se jugó la final de maestros en Turín, un torneo que reúne a las ocho mejores raquetas del año. Había una enorme curiosidad por saber si Djokovic sería capaz de vencer a los potentes tenistas de la nueva generación. Su desempeño fue asombroso. En la primera ronda le ganó a Stephanos Tsitsipas, Daniil Medvedev y Andrey Rublev. En la semifinal pasó por encima de Taylor Fritz. La final se la ganó a Casper Ruud. Además del premio principal, Nole recibió un premio especial por no haber perdido ningún partido en el torneo. Esa semana ganó 4.7 millones de dólares, el mayor premio en la historia del tenis. Un periodista le preguntó lo que pensaba de esa cantidad extraordinaria y Djokovic respondió:

Creo que cada euro que he ganado ha sido con mucho sudor y lágrimas. No doy nada por sentado porque sé lo que se siente no tener nada en la mesa. No olvidemos de dónde vengo y de la época en la que crecí.

El Abierto Australiano 2023 tenía un claro favorito, Nole, que lo había ganado ya en nueve ocasiones. Sin embargo, había dudas sobre si las autoridades lo dejarían jugar sin estar vacunado. Finalmente le permitieron competir, pero en la tercera ronda sufrió un desgarro en el muslo en su partido contra Taylor Fritz. Su nivel de competitividad e incluso su continuidad en el torneo se puso en duda. A pesar de eso siguió avanzando y llegó a la final. Nadal había perdido en la segunda ronda en tres sets contra Mackenzie McDonald y salió con una fuerte lesión en la cadera. Nole ganó en la final en tres sets a Stephanos Tsitsipas, pero muchos dudaron de nueva cuenta de su comportamiento.

Lo acusaron de haber fingido la lesión del muslo. Molesto, Djokovic comentó, en clara referencia a la lesión del manacorí: “Cuando otros caen lesionados son las víctimas, pero si se trata de mí, entonces estoy fingiendo. Me parece interesante. No necesito probar nada a nadie”. La polémica continuó, al grado de que el propio Tony Nadal, tío y exentrenador de Rafa, escribió en El País: “Es sorprendente que tan repetidamente le sobrevengan molestias, hasta el punto de sembrar dudas sobre su permanencia en el torneo, y que luego le desaparezcan de la noche a la mañana”. Pero fue el director del torneo, Craig Tiley, quien, ya finalizada la justa, puso las cosas en su lugar: “Muchos de los retos alrededor de Djokovic se deben a que tiene mala reputación, pero al final no creo que nadie pueda cuestionar su deportividad. Este tipo tenía un desgarro de tres centímetros en sus isquiotibiales”.

Con el trofeo de Australia, Djokovic igualaba la marca de Nadal de veintidós grand slams. Se anticipaba así una lucha feroz en el abierto francés. Lamentablemente, la lesión de Rafa evolucionó muy mal y no pudo jugar la temporada de arcilla. El 18 de mayo de 2023 anunció también su retiro del torneo galo cuando declaró: “Jugar Roland Garros es imposible. No es una decisión que tomé yo, la tomó mi cuerpo” .

El camino de Nole hacia la gloria de pronto se despejó. Le esperaba Roland Garros, en donde podría ganar su grand slam veintitrés y ponerse por delante de Roger y Rafa, uno retirado, y el otro lesionado y cerca del final de su carrera. Pero la tarea no iba a ser fácil. Una nueva generación de poderosos tenistas, en particular el español Carlos Alcaraz y el danés Holger Rune, podrían complicarle la vida en el mayor de los torneos en tierra batida.

En la semifinal del torneo parisino Nole se enfrentó a Carlos Alcaraz, el número uno del mundo, en el partido más esperado de la temporada. El español había jugado un tenis sin fisuras las dos semanas y salió a ese encuentro como favorito.

Los dos primeros sets del partido fueron de un tenis excepcional. Al final del segundo, todo mundo anticipaba un partido largo y de pronóstico reservado. El primero lo ganó Djokovic y el segundo Alcaraz, que empezó a subir su juego a un nivel sorprendente. A principios del tercero, el español empezó a sufrir calambres, primero en las manos, después en las piernas y finalmente en todo el cuerpo. Terminó perdiendo en cuatro sets. En la entrevista después del encuentro Alcaraz declaró que la presión de jugar en un gran escenario contra una leyenda lo había consumido. Y concluyó: “Si alguien dice que entró a la cancha sin nervios jugando contra Novak, miente”.

Para muchos, la final contra Casper Ruud parecía un trámite. Sin embargo, el noruego se fue adelante en el primer set que terminó en un tie break que el serbio ganó con facilidad. De allí en adelante, todo se inclinó a favor de un Djokovic jugando a un gran nivel, con un altísimo porcentaje de primeros servicios. Ganó en tres sets seguidos y consiguió así su vigésimo tercer grande. Se convirtió no sólo en el tenista con más títulos de grand slam de la historia, sino también en un deportista de la talla de Pelé, Brady y Jordan.

La vida y el comportamiento de muchas de las grandes estrellas del deporte siempre han generado polémica. Sin embargo, son muy pocos los atletas que han dado lugar al nivel de animadversión que ha levantado Nole, en muy buena medida debido al hecho de haber destronado, de manera por demás dramática, a dos figuras míticas y muy queridas que parecían invencibles: Roger y Rafa. Su principal “pecado” ha sido ese, y muchos aficionados y los medios han encubierto su enojo y su frustración acusándolo de ser un engreído, un irrespetuoso y un simulador, y de tener un carácter que no es propio del deporte blanco. El exdirector de Nike, Mike Nakajima, recientemente declaró: “Siempre hay una nube negra siguiendo a Djokovic”. Además, tiene el estigma de tener una nacionalidad que no genera muchas simpatías, sobre todo en Europa.

Pero la verdad es que la carrera de Djokovic no puede calificarse sino de épica. Saliendo de una guerra, con escasos recursos familiares y sin contar con el apoyo de una poderosa federación nacional de tenis, alcanzó la cima no sólo de este deporte sino del deporte mundial. Lo hizo, además, jugando casi toda su carrera con el público en contra y con una prensa internacional dispuesta a castigar de inmediato cualquier mal paso suyo.

Muchas figuras del tenis lo han defendido. John McEnroe lo considera un jugador excepcional, un atleta formidable y una gran persona. “Nadie como él —dice el estadunidense— ha encontrado la manera de motivarse a sí mismo”. El exentrenador de Serena Williams, el francés Patrick Mouratoglou, también ha salido en su defensa:

Podemos estar de acuerdo o no con él. Novak puede o no gustarnos. Personalmente prefiero un ser humano real, con sus cualidades, creencias y defectos, que una falsa imagen de la perfección. Santificar la perfección es negar nuestra condición de seres humanos.

Para algunos, esta historia fabulosa todavía no termina, aunque Nole supera en prácticamente todos los rubros a sus dos fieros rivales: es el jugador que tiene más grand slams en su haber; es el único que ha ganado todos los Masters 1000; es el que cuenta con el mayor número de semanas como número uno del ranking de la ATP; sólo él ha ganado todos los grand slams por lo menos tres veces, y es el que tiene la mejor relación de títulos por torneos jugados. Su lugar en el majestuoso Olimpo ya no se lo quita nadie. Algunos medios, sin embargo, se resisten a nombrar un vencedor: tal vez piensan que Nadal todavía puede hacer un regreso milagroso.

Pero al margen de los números, hay una lección indiscutible que resalta el carácter, la voluntad y la excepcional fortaleza mental de Nole, y es su disposición a pasar por encima de cualquier obstáculo que pudiera presentársele en camino a sus metas. Con su continuo batallar ha hecho suya aquella famosa frase de tono budista, al parecer acuñada por Michael Jordan, que dice así: “Los límites, como los temores, son sólo ilusiones”.

 

Octavio Gómez Dantés
Investigador del Instituto Nacional de Salud Pública de México

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Publicado en: Deportes, Internacional, Salud

Un comentario en “Djokovic: ¿héroe o villano?

  1. gracias, gracias por este gran artículo, me gustó mucho, amó a Novak desde que lo ví en el USOpen allá en el 2009, comencé a ver el tenis nuevamente por él, pensé, pronto será #1, y desde entonces no me ha decepcionado, me ha regalado tantos domingos de finales. Y no, no es malo, los haters hablan como si lo conocieran o convivieran con él en Mónaco, Mallorca o Belgrado, que gente! como bien se menciona, Djoko alimenta sus frustraciones, y que culpa tiene él de pasar por encima de sus predilectos? Ojala que nos dure mucho tiempo este crack, esta persona que se dan pocas en el mundo del tenis. Novak el Intratable.

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