
I
El famoso y multicitado subtítulo del libro de Hannah Arendt (Un estudio sobre la banalidad del mal) ha llevado a equívocos, malas interpretaciones y salidas tramposas en los últimos 60 años. Por tratarse de uno de los esfuerzos más importantes para elaborar un juicio moral sobre el Holocausto, nos enfrentamos a un asunto mayor –y quizá al asunto por excelencia– del pensamiento filosófico moderno. Para Susan Neiman, Eichmann en Jerusalén (1963, en inglés) es la única reflexión sobre el mal en la filosofía del siglo XX.[1]
La banalidad del mal radicaría en la relación entre intenciones y consecuencias. No sólo fueron intenciones perversas, deseos subjetivos gestados en y proyectados desde el alma de los actores los que hicieron del Holocausto el mal por antonomasia; hubo también una suerte de zona de confort para realizar el mal sin llamarlo por su nombre. Tal fue el lugar de Eichmann, una suerte de tonto útil que encarnó a su manera otro rostro del mal.
Eichmann no anidaba pensamientos genocidas (en términos de ideas, justificaciones y programas con algún grado de elaboración) o un odio personalísimo que se objetivaba en la masa de judíos sujeta a la humillación, despojo, deportación y exterminio. Arendt creyó, y Neiman lo recuerda a cada paso, en la sinceridad de Eichmann: él sólo obedecía órdenes en el marco de lineamientos preexistentes y en aras de su ascenso personal en la pirámide de poder del nazismo.
Adolf Eichmann no tenía malas intenciones, si las entendemos como pulsiones y racionalizaciones gestadas en la soledad de su alma y dirigidas, en este caso, al genocidio. No odiaba a los judíos (así lo cree Arendt); este personaje intelectualmente mediocre era un engranaje en una maquinaria, un funcionario de medio pelo responsable de una de las maniobras en la cadena de montaje del genocidio. Durante su juicio en Jerusalén (fue sentenciado a muerte en septiembre de 1961) Eichmann devino en un reflejo imperfecto y anticlimático de la demanda genocida de los altos dirigentes del Estado, del gobierno, del partido, de las fuerzas armadas y de una parte indeterminada pero importante de la sociedad.
Como sabemos, en el derecho penal ordinario una condena será siempre más suave cuando no pueda imputarse premeditación y alevosía del acusado. No obstante, Arendt no dudó que la pena de muerte era una sanción justa para Eichmann, con todo que no pudo probarse su intención homicida, imputable. Esto debe entenderse como sigue: Eichmann trabajó en el gobierno nazi en la expatriación y deportación (incluyendo un meticuloso traslado, casi siempre por ferrocarril) de millones de judíos de Alemania y países ocupados a los campos de exterminio; sin embargo, no se probó su participación directa, significativa, en pergeñar la Solución Final ni en los instantes homicidas y demenciales en los que se seleccionaba a los prisioneros en los campos para ser gaseados o asesinados a tiros.
Eichmann mostró dos habilidades notables, según recuerda Arendt: por un lado, fue el exitoso operador político con las organizaciones judías alemanas, austriacas y de territorios ocupados para que las deportaciones simularan un daño de los judíos a los judíos; del otro, el acusado fue el cerebro logístico de la deportación masiva, sin precedentes en la historia europea.
Eichmann era culpable de un crimen horrendo, indecible, y sujeto a la pena capital, con independencia de si disparó un solo tiro o introdujo el gas mortífero en las cámaras. El juicio de Eichmann fue el de un desalmado, no de un psicópata; se aplicó la justicia –infiero de Arendt– a un disciplinado burócrata que ejecutó la logística para deportar a cientos de miles, quizá millones, de personas y no a un lunático con sierra eléctrica en las manos buscando, sudoroso y anhelante, cuerpos que destripar.
El mal, como constructo humano, no exige para su caracterización filosófica y política, ni para su sanción, el reconocimiento pleno y la valoración de las intenciones más profundas, quizá insondables de hombres y mujeres. En el plano civilizatorio (eso pienso yo), el mal no está (o no sólo) en las intenciones verbalizadas. Las consecuencias trágicas, cataclísmicas, disruptivas de órdenes culturales completos, y previamente advertidas (por algunos, por muchos), vislumbradas, intuidas bien pueden devenir en prueba de cargo.
II
¿Bromean Trump y Netanyahu o de verdad piensan deportar a millón y medio de palestinos, con la carga de humillación, violencia y dolor imbricados en la operación? En su decir ¿hay un ápice de sensibilidad, de solidaridad humana? ¿qué significa imaginar y enunciar públicamente una intervención urbana y paisajística que se propone hacer de un cementerio un lugar “bonito”, como si se estuviese rehabilitando un antiguo basurero? En la hipótesis más benigna de esta pesadilla ¿acaso esos dos recuerdan a Eichmann y sus argumentos?, ¿saben que el mal puede ser abismal y ontológicamente estúpido y que de las intenciones divorciadas de sus medios no suele quedar nada, salvo el crimen?
Como si de un artefacto que absorbiera palabras y pensamientos, las declaraciones de Trump y Netanyahu sobre el destino de los palestinos han silenciado el mundo. Las grandes familias ideológicas de origen europeo, la de los liberales y los socialistas (con las excepciones de Irlanda, Noruega y España), guardan un silencio no se sabe si producto de la sorpresa o de la cobardía. Pero esto no importa tanto como lo que viene.
El efecto telúrico de la propuesta de Trump y Netanyahu amenaza el pasado, y ya no sólo el futuro. De no aparecer pronto una respuesta firme, honorable y articulada desde la política y el mundo intelectual de Israel y la diáspora, el legado histórico, político, científico y filosófico del Holocausto será socavado: se relativizara la catástrofe, modelada a la manera de una sociología espuria, de tal forma que dejará de ser un hecho singular, ejemplar, fundante e histórico y devendrá en modelo y método con actores intercambiables. Ayer judíos embarcados para su deportación; hoy palestinos; ayer víctimas, hoy ejecutantes, mañana quién sabe. El excepcionalísimo judío, del que depende la existencia de Israel en su peculiar ecosistema geopolítico, será nada o muy poco. Esta, otra tragedia sin nombre.
Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Investigador en El Colegio de México
[1] Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, Barcelona, Lumen, 2013; Susan Neiman, El mal en el pensamiento moderno, México, Fondo de Cultura Económica, 2012.