
Algunos recuerdos devuelven el pasado al presente y de formas complejas; pueden tornarse difusos como un sueño, pero ser coherentes. Así recuerdo la noche del 23 de marzo de 1994, cuando vivía solo con mis padres en el Barrio de Xochimilco de la ciudad de Oaxaca. Rentábamos un pequeño departamento, rodeado de otros, por lo que conversar con los vecinos era parte de la rutina diaria. Ahí, en el corredor que unía cuartos, mi madre, junto con otras señoras, gritaron en algún momento, mientras se iba la tarde y llegaba la noche, ¡ya se murió Colosio! La noticia del atentado al candidato presidencial se había dado a conocer poco antes, en transmisión especial con el eterno Jacobo Zabludovsky en el Canal 2 de Televisa. Como recuerda mi madre, Zabludovsky tenía un tono hecho especialmente para dar malas noticias.
Es interesante que este sea, en mi memoria, el recuerdo más remoto de mi socialización política. Nunca antes había tenido un acercamiento a esas palabras: “candidato”, “atentado”, “presidencia”, pero sabía que algo muy grave acababa de suceder en el país, que quizá el himno nacional no se cantaría igual el próximo lunes en el homenaje, o que comenzaría un periodo de violencia en las calles. Ni el himno modificó su letra ni se desencadenó ningún conflicto armado, pero era la percepción de un niño de cuatro años, apenas cuatro años menor que el hijo de Luis Donaldo Colosio, a quien en los siguientes días y semanas miré a través de la televisión de mi casa conmovido por él, por su pequeña hermana, y por su madre, la delgada figura estoica que dejaría también, muy poco tiempo después, este plano terrenal. La tragedia de la familia Colosio Riojas era la tragedia de un país que se encontraba nuevamente con sus formas más indómitas.
Han pasado 32 años del magnicidio del entonces candidato presidencial del PRI y las dudas, antes que las certezas, reviven. Ahí está la hipótesis del segundo tirador, vuelta asunto público en el sexenio de López Obrador, y que tiene en prisión a un exagente del CISEN que vivió libre 30 años sin que nadie lo molestara, antes de que la FGR reviviera su expediente, marcado por su parecido con Mario Aburto, la chaqueta ensangrentada, la cercanía física con el candidato. Ahí está el tono exculpatorio del nuevo documental de HBO, Los asesinos de Colosio (2026), donde se pide en varias ocasiones, en voz de su hermano, una nueva oportunidad para Aburto, por considerarse el “chivo expiatorio” perfecto de Lomas Taurinas, con el misterio de sus ritos iniciáticos para convertirse en caballero águila, un pasaje al México de signos ocultos. Ahí están las declaraciones, ahora y antes, en el fabuloso 1994 (2019) de Diego Enrique Osorno, del expresidente Salinas de Gortari, quien insiste en que la pérdida de Colosio fue una tragedia personal y política, y en voz de otros testigos mató las aspiraciones de varias personas que se quedaron en los márgenes, luego de ser parte del centro decisor del sistema político mexicano.
A 32 años de distancia es digna la postura del senador Luis Donaldo Colosio Riojas de cerrar el ominoso expediente del asesinato de su padre, e iniciar un nuevo momento de reconciliación entre los actores del pasado, de los que quedan cada vez menos, y quienes aún se dedican a lucrar con la muerte de quien hubiera sido el último presidente del PRI, antes de ceder mando y oficina al PAN, aunque probablemente la historia y el 2000 hubieran sido distintos. Nadie sabe en realidad qué hubiera pasado si Colosio hubiera sido presidente, porque los contrafactuales solo sirven para dibujar quimeras.
En cualquier caso, la política nacional se ha vuelto compleja y los partidos de aquella época tienden, hoy en día, a ser minoritarios. Pero el 23 de marzo de cada año nos sitúa muy cerca de nuestra violencia política, y sus más oscuros desenlaces. En un país con nuevos pendientes, marcadamente la presencia del crimen organizado y las redes trasnacionales que contribuyen a expandirlo, la seguridad de candidatos y autoridades públicas en sus diferentes niveles sigue siendo un expediente abierto, que preocupa en cada proceso electoral, y que se desvanece de la discusión pública hasta que volvemos a ver las escenas de una multitud arropando al candidato con “La Culebra” de Banda Machos de fondo, y de pronto… los balazos. Nadie debería escatimar la posibilidad real de los magnicidios, y sin ir más lejos, voltear a ver el atentado que sufrió Omar García Harfuch, actual secretario de Seguridad Pública federal, en 2020, cuando desempeñaba el mismo cargo pero en el gobierno de la ciudad de México. Sin exagerar, el riesgo creciente de quitarle la vida a alguien que aspira a gobernar el país.
El ejercicio logrado por Ramón González Férriz en La trampa del optimismo (Debate, 2020), ensayo que analiza las altas expectativas que trajo consigo la década de los noventa a nivel internacional, que inicia con la caída del Muro de Berlín, y las consiguientes crisis económicas, políticas e incluso culturales que vinieron con el cambio de siglo, podría replicarse en la escala mexicana. Pensar el inicio como esa promesa de modernización a gran escala, la prosperidad derivada del TLCAN, la conformación de una dinámica región: América del Norte, antes inexistente en el imaginario político. Ese despunte que en realidad era ya una trampa, y devino crisis total, con el fatídico 94, incluida la rebelión Zapatista en Chiapas, la crítica al proyecto neoliberal que negaba el universo indígena, el asesinato de Colosio, después el de Ruiz Massieu, la devaluación de diciembre…
El 94 resuena, y fuerte, cada 23 de marzo, y no podemos pasar por alto su carga simbólica como espejo de nuestra barbarie contenida, y acaso detenida en el tiempo, entre altares renovados, en Magdalena de Kino, Paseo de la Reforma y otros rincones de la patria.
Bruno Torres Carbajal
Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México.