El pasado 18 de febrero, durante una marcha a la que asistieron muchos opositores al gobierno de Andrés Manuel López Obrador, Lorenzo Cordova Vianello lanzó una apasionada defensa de la idea de democracia que surgió durante el periodo que hemos dado por llamar la Transición (1977-2000). A pesar de que intentó conectar su discurso con las luchas sociales y políticas del siglo XX, su concepto de la democracia es en buena medida un conjunto de ideas e instituciones elaboradas por las élites de los partidos que forman la coalición Fuerza y Corazón por México. Acérrimos competidores por treinta años, su rechazo a López Obrador fue suficiente para que estos antiguos enemigos se convirtieran en correligionarios. Y sin embargo, el mensaje prodemocracia de Cordova, desprovisto de etiquetas partidistas pero plenamente respaldado por las estructuras de los partidos de oposición, parece ser lo único que ha logrado sacar a la calle a un número importante de quienes apoyan a esta extraña alianza de panistas, priistas y perredistas.
Ese domingo el exconsejero presidente del Instituto Nacional Electoral (INE) comparó los avances políticos de la Transición con un pasado autoritario ubicado en un período nebuloso que abarca, al parecer, los años entre 1968 y 1988: las dos décadas que podríamos llamar “los largos años setenta”. A decir de Cordova, cuatro décadas atrás, los mexicanos hacían política con miedo y vivían bajo la tiranía del pensamiento único. Si al lector eso le suena a una paráfrasis del rechazo liberal del “socialismo realmente existente” aplicada a la historia de México, no se equivoca.
El problema es que muchos en la oposición mexicana actual han tomado de forma literal la analogía implícita en el discurso de Cordova, que busca explicar el autoritarismo del PRI en los términos que antiguamente se usaban para criticar a la Unión Soviética. A veces, incluso, uno se lleva la impresión de que esta nueva “santa alianza”, tan parecida a aquella que Marx y Engels invocan en el Manifiesto, vive aterrada por el fantasma de un comunismo inexistente. Por eso me interesa plantear las siguientes preguntas: ¿Cómo se ha construido esa idea de los años setenta como un pasado terrible? ¿Cuál es el pasado-presente contra el que se moviliza la “ciudadanía” que quiere y no quiere ser pueblo?
Cordova no está solo en su ataque a los años 70 mexicanos. Ya antes, José Woldenberg ubicaba el culmen del autoritarismo del PRI en esa época. En su último libro, el exconsejero presidente del Instituto Federal Electoral (IFE) empieza su condena de los setenta con una referencia al pasado que cree que vuelve: “Existe un presidente todopoderoso, a quien, entre veras y bromas, se le considera Guía de la Nación, Árbitro Supremo, Sol que ilumina el Futuro”.1 Este diagnóstico del presente es en realidad un regreso al pasado: reproduce los argumentos que Daniel Cosío Villegas desarrolló hace décadas en El estilo personal de gobernar.2 La ironía es que el discurso de Woldenberg, en el que el PRI anterior a la Transición aparece como la institución opresiva, autoritaria y reaccionaria que se interponía entre México y la democracia, ha sido adoptado por una coalición de partidos que incluye al PRI. Como una pesadilla recurrente, el arquetipo del presidente priista de los setenta ha regresado en la forma de una de las más importantes fuerzas movilizadoras de la alianza opositora Fuerza y Corazón por México.
Este intento de valerse del pasado para interpretar al presente —y para buscar fines políticos en el futuro inmediato— me parece sospechoso. Como todos los que crecimos en familias de la oposición de los ochenta, cuando era niño en mi casa la condena al priismo era simple sentido común. ¿Quién no cantó en algún momento “Caseta de cobro” del Tri o “Gimme the Power” de Molotov? Pero en los años que siguieron me convertí en historiador de la movilización social y el activismo estudiantil posterior al 68. Abordar la historia de los “subversivos” años setenta mexicanos me condujo a cuestionar una de las más persistentes memorias-mitos de la historia política mexicana: el demiurgo del priismo profundo del echeverrismo y su epílogo, el sexenio de López Portillo.

La leyenda negra del PRI setentero también puede leerse de izquierda a derecha, pero las afrentas que surgen de esta interpretación no son las mismas que aquellas que emergen del rescate opositor de los argumentos de Cosío Villegas. Dependiendo del interlocutor, la queja puede ser el 2 de Octubre y la Guerra Sucia o el asesinato de Eugenio Garza Sada y la nacionalización bancaria de 1982. El intento de Luis Echeverría de cooptar a intelectuales y estudiantes para impulsar una suerte de Cardenismo tardío —y, más que otra cosa, retórico— sigue despertando rechazo en muchos sectores de las izquierdas mexicanas. El hecho, sin embargo, es que cuarenta años después, varios de los veteranos de izquierda que se opusieron en su momento al echeverrismo tienen en su haber su paso por el salinato o una deriva liberal que los ha llevado muy lejos de su antiguo espíritu contestatario y radical.3
Para las derechas mexicanas contemporáneas, por otro lado, las preocupaciones de la antigua izquierda antiecheverrista son irrelevantes, como lo demuestra su postura ante las consultas populares sobre el juicio al pasado, o su encono ante cualquier intento de rehabilitar a la guerrilla. El intento de Fox de atender el ala izquierda de su coalición con la Comisión de la Verdad terminó empantanado y, a la distancia, no modificó sustancialmente el sentido común de la derecha mexicana. Prueba de ello es que la movilización empresarial contra Echeverría —y en particular contra su incipiente apoyo al sindicalismo y cierto activismo de izquierda en los estados— persiste en la memoria de la derecha liberal mexicana: es muy similar a la que ahora impulsa Claudio X. González o Ricardo Salinas Pliego.
Si bien es cierto que Carlos Slim y otros empresarios importantes se han acercado a López Obrador, muchos sectores de las cúpulas empresariales de ahora, como las de entonces, condenan al “estatismo” al mismo tiempo que defienden un patrimonio construido a espaldas de lo avanzado por el Estado posrevolucionario y a costa de la paz social obtenida a expensas de trabajadores y campesinos. Convencidos de que todo lo han construido ellos, muchos empresarios medianos y pequeños se hacen los olvidadizos de un Estado que por años los protegió de la competencia exterior y nunca los sometió a una reforma fiscal porque siempre tuvimos a Pemex para salvarnos. Por eso los setenta se les antoja como un pasado repulsivo: fue la última vez que el Estado cedió a la presión popular, expropiando tierras y bancos y aumentando salarios de trabajadores.4
A diferencia de la derecha, la izquierda mexicana ha tratado en repetidas ocasiones de ajustar cuentas con Echeverría y López Portillo. En los años setenta, sus militantes armados y no armados combatieron el autoritarismo del sistema priista, buscando primero la Revolución y luego la democracia.5 A ratos, también, trabajaron en sus instituciones educativas, culturales y de desarrollo económico: la Conasupo, la SEP y las universidades recibieron un fuerte contingente de jóvenes de izquierda que luchaban dentro y fuera del sistema. El chiste común era, y sigue siendo, que México era el candil de la calle y la oscuridad de la casa. Difícil negarlo, pero también es difícil negar que los años de la Transición democrática neoliberal (1977-2000) no trajeron consigo las mejoras por la que estos militantes lucharon. El propio Cordova lo reconoció en el discurso del domingo 18 de febrero en el zócalo: la pobreza y la desigualdad siguen ahí.
En cambio, ¿cómo juzgamos el apoyo del Partido Socialista Unificado de México (PSUM) a la nacionalización de la banca en el 82?6 ¿Qué hacemos con la postura favorable de México a la Nicaragua sandinista o al FMLN frente al servilismo ante los Estados Unidos de los gobiernos de la Transición?7 Cincuenta años después, la crítica de la izquierda, con su insistencia de juzgar los crímenes de la Guerra Sucia, no ha perdido nada de su relevancia. Pero para los críticos de centro y derecha, el costo del combate al comunismo se pagó dentro del precio de reserva. El consenso sobre qué condenar de los años setenta mexicanos se sustenta en un malentendido: para las izquierdas había que combatir al PRI por su traición a la Revolución mexicana, mientras que las derechas combatían al PRI por lo que le quedaba de “revolucionario”.
La lucha por la democracia en los ochenta y los noventa ocultó las diferencias entre las posturas antipriistas de la derecha y la izquierda y, al unificar la condena contra el PRI, hundió en el desprestigio a la herencia progresista del régimen de la Revolución. En la mente de muchos intelectuales del post-68, el Estado y la colectividad se convirtieron en lo opuesto a lo moderno. Con el paso de los años, las críticas al “Nuevo PRI” de Salinas y Peña Nieto se perdieron en el vacío generado por un nuevo sentido común dominado por la “victoria cultural” del panismo. Para quienes nos educamos con los libros de la versión mexicana del Fin de la Historia y los documentales de Clío, la epopeya democrática mexicana contenía un par de pies de páginas que hablaban de los perdedores de la historia y un pasado sangriento. El papel fundamental que estos perdedores y aquellos que militaban por sus intereses jugaron en el fin del autoritarismo quedó borrada, lo mismo que el hecho que muchos de estos militantes veían con buenos ojos ciertos aspectos del viejo régimen. Según el relato de la Transición, el PRI era absolutamente malo. Sin ese supuesto simplista y reductivo, ¿cómo explicar que, a decir de este relato, todos los adversarios del régimen, desde los guerrilleros hasta los empresarios panistas, se oponían a él absolutamente y sin ningún matiz, motivados no por intereses de clase incompatibles entre sí, sino por la sed universal de una “democracia sin adjetivos”?
Pero toda historia es historia de nuestro tiempo. Las oportunidades y espacios que surgieron con la apertura comercial y la democratización de los noventa se antojan menos espectaculares cuando los comparamos con el nivel de salarios de los trabajadores en los setenta. Hoy en día podemos comprar, en línea o en el tianguis, calzado de marca norteamericana hecho en China o una figura de acción para el niño que antes era imposible de encontrar. El coche híbrido, el teléfono inteligente o las vacaciones a Europa son posibilidades de consumo de las “clases medias”, que en realidad serían mejor descritas como el 10 % de la población con mayores ingresos. No obstante, si miramos un poco más de cerca veremos que las oportunidades de desarrollo y ascenso social de los hijos de esta diminuta clase media son hoy en día menores que antes del giro neoliberal, ya no se diga los prospectos de mejora económica de la masa de asalariados y microempresarios que viven día a día, pagando bienes de consumo a plazo en Elektra, Fábricas de Francia o El Palacio de Hierro y batallando para pagar deudas entre 10 000 y 40 000 pesos.8
Examinar a los setenta con los ojos de quienes crecimos luego de la crisis del 95 y la guerra que Felipe Calderón declaró en 2006 hace que el fantasma que ronda en las pesadillas de la oposición luzca bastante menos aterrador. El relato de la Transición presupone que lo que ganamos al igualar democracia y reformas neoliberales sobrepasa lo que perdimos en soberanía, bienestar de la clase trabajadora y una elite comprometida con el país. No se trata de exculpar los delitos de Echeverría o López Portillo, ni tampoco de abjurar la competencia electoral libre. Se trata, más bien, de cuestionar los mitos con los que la derecha y los liberales actuales pretenden frenar cualquier intento de recobrar el Estado para el beneficio de la mayoría. Resulta deshonesto intelectualmente comenzar un discurso, como hizo Cordova a principios de este año, admitiendo los límites del cambio social en México sin considerar en ningún momento la estrecha relación entre el glasnot mexicano (la Transición) y su perestroika neoliberal. La democracia en México y nuestra interpretación del pasado siguen en disputa.
Jorge Ivan Puma Crespo
Profesor Asistente de Historia en Hope College, Michigan
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1 Woldenberg, J. La democracia en tinieblas. Ciudad de México, Cal y Arena, 2022, p.17.
2 Véase: Cosío Villegas, D. El estilo personal de gobernar, Ciudad de México, Joaquín Mortiz, 1974.
3 Para un ejemplo de cómo, incluso manteniendo un nostálgico apego por el socialismo, se puede ahora tener simpatía por el “liberalismo ilustrado” del PAN, véase Bartra, R. “¿Puede la derecha ser moderna?”. En: Letras Libres, 31 de octubre, 2007
4 Para una historia de la evolución del salario en México véase: Garabito, R. “Recuperar el salario real: un objetivo impostergable ¿Cómo lograrlo?”. En: Análisis, no. 9, 2013, pp. 12-13
5 Para una historia de las guerrillas véase: Castellanos, L. y Jiménez Martín del Campo, A. México Armado 1943-1981, Ciudad de México, Ediciones Era, 2007.
6 Véase Cordera R. “Intervención del diputado Rolando Cordera”, LII Legislatura, 1982-1985, 1er Periodo Ordinario, sesión del 7 de septiembre de 1982. citado en Soledad Loaeza. “II. El ascenso del antiestatismo y la redefinición de las identidades políticas” en Las consecuencias políticas de la expropiación bancaria, El Colegio de México, 2008, pp. 73-118
7 Véase Herrera León, F. “El apoyo de México al triunfo de la Revolución Sandinista: Su interés y uso políticos”, En: Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 38, 2011, pp. 219-40.
8Sobre el nivel de endeudamiento no hipotecario véase Inegi, Encuesta Nacional sobre las Finanzas de los Hogares (ENFIH) 2019, Comunicado de Prensa, no. 634/21, 2,