El 6 de diciembre de 2024 cayó la dinastía Al Assad, en Siria, uno de los países más estratégicos de todo Medio Oriente. Este hecho marca un nuevo ciclo en la historia de este país árabe, pues pone fin a cinco décadas de autoritarismo y tortura contra las disidencias islamistas, drusas y kurdas, así como a una política regional cercana al eje Teherán-Hezbolá. A pesar de tratarse de una república secular, desde 1971 Siria fue gobernada por una sola familia que usó el nacionalismo y el antisionismo como principal justificación para controlar cada centro de poder y monopolizar los recursos más importantes del Estado al que convirtió en un elemento de poder en sí mismo.

Una primera clave para comprender la caída del régimen de Bashar Al Assad se encuentra en la lectura del contexto global. Ante el desgaste ruso en la guerra con Ucrania, Moscú se encontraba muy limitado para ofrecer a Siria cualquier apoyo militar tal como hizo en 2015 cuando la fuerza aérea a su cargo bombardeó de manera brutal a la oposición siria para evitar la caída de ciudades importantes como Alepo, Damasco o Latakia, esta última, donde se encontraba la base militar más importante de Rusia en el Mediterráneo Oriental: Tartus. Hoy, ante el desgaste en Ucrania, además de las manifestaciones antirrusas en Moldavia y Georgia, Moscú optó por fortalecer su estrategia en Ucrania y negociar una salida decorosa de Al Assad (quien tendrá asilo político en Rusia) a cambio de reclamar el control total del Dombás en algo que Macron y Trump pueden haber negociado con Zelensky justo al momento en que se desarrolla la crisis negociada en Siria. El otro lado de la moneda habría sido estirar las fuerzas terrestres rusas y empantanarse en Ucrania y Siria, dos escenarios donde Rusia no puede desplegar su poder balístico y aéreo al mismo tiempo, sobre todo en un momento en el que Occidente escaló la situación al permitir el envío de misiles ATACMS, lo que obligó a Rusia a responder con dos artefactos intercontinentales contra Ucrania.
Otra clave está en el ámbito regional pues, en resonancia con el caso ruso, Irán y Hezbolá han experimentado bajas sensibles en sus enfrentamientos contra Israel en el último año. Esta situación se expresa con claridad en la estructura militar, donde no sólo la muerte de Al Arouri o Hassan Nasrallah son evidencia de los golpes recibidos por Hezbolá, sino también de altos mandos de la propia Guardia Revolucionaria iraní que no ha logrado garantizar la seguridad de comandantes clave, como Mohammed Zahedi (asesinado en Siria en abril de 2024), o de figuras importantes como Ismael Haniyeh, líder de Hamás asesinado en plena capital iraní el 31 de julio pasado. De hecho, a pesar de que Israel planteó un cese al fuego temporal de sesenta días con Líbano el pasado 27 de noviembre, y de que Irán amenazó con atacar a Israel por la violación a su soberanía el pasado 26 de octubre, es sabido que el intercambio de artillería entre Israel y Hezbolá ha lastimado a Irán y a su aliado libanés a tal grado de que ninguno de los dos actores se atrevió a enviar fuerzas terrestres tan numerosas como para evitar la caída de Al Assad cuando la oposición siria había entrado en Hama y a otras ciudades prácticamente sin resistencia alguna.
Una tercera clave está al interior del propio Ejército sirio: un ejército mal pagado, dependiente del apoyo ruso y compuesto en su mayoría por integrantes obligados a ser reclutados para salvar la vida y obtener un ingreso mínimo en un contexto marcado por la crisis económica nacional. Según reportes internacionales, el número de efectivos sirios se redujo de manera dramática desde la guerra civil, pasando de 325 000 efectivos en 2014 a unos 170 000 en el año 2023. Así, un intento desesperado de Bashar Al Assad fue ofrecer el doble de sueldo a aquellos militares que eligieron quedarse a defender al régimen, lo que no sólo no tuvo el efecto esperado, sino que provocó una nueva deserción dada la baja moral y la falta de una estrategia defensiva real. Esto explica, a grandes rasgos, la facilidad con la que los islamistas de la oposición se hicieron de ciudades estratégicas como Hama, Alepo, Homs y, por último, Damasco, en sólo seis días.
Si bien hay otras claves para explicar lo sucedido, es un hecho que la caída de la “República Hereditaria de Siria” es un duro golpe contra el llamado “Eje de la Resistencia” encabezado por Irán, pues Siria era la única zona segura para pasar armas a Hezbolá. Con la llegada de Joulani y de otros grupos, es probable que la caída de Al Assad cambie esta ecuación por algún tiempo. Esto, junto a los golpes contra Hamás, Hezbolá y los Hutíes, implicará que Irán se sienta vulnerable, lo que le obligue a acercarse aún más a Rusia y China, con quienes firmó un pacto de integridad territorial. La nueva realidad en el terreno no debe hacernos olvidar que la crisis en Gaza persiste y que la cuestión palestina, que detonó todo este reacomodo regional, sigue sin resolverse. Mientras no se resuelva, más cambios de este tipo pueden producirse a pesar de que Donald Trump haya prometido alcanzar la paz.
Una reflexión final se le debe a la misma oposición siria del Ejército Libre Sirio, que ha sido apoyado por Turquía y, de cierta manera, bienvenido por Israel, dos actores regionales que no dudaron en reposicionar a sus tropas apenas Al Assad salía del país. Por un lado Erdogan siempre buscó derrocar a Al Assad para fortalecer a un gobierno islamista con el cual expandir la hegemonía de Ankara hacia el mundo árabe. Por otro lado, Tel Aviv reposicionó a sus tropas en el Golán entrando a la zona de Quneitra para “fortalecer su posición en la frontera” y anexar más territorio sirio que, al conectarse con lo que sigue haciendo en el norte de Gaza, producirá una nueva ampliación de sus fronteras a expensas de Siria y Palestina, dos actores fragmentados y en crisis militar.
El antiimperialismo de Al Assad, apoyado por Irán, siempre fue insuficiente para justificar a su gobierno autoritario. A pesar de que Siria criticó las prácticas de horror expandidas por Estados Unidos en la invasión contra Iraq de 2003, Bashar Al Assad también cometió los crímenes más atroces contra sus opositores utilizando un lenguaje antisionista y nacionalista con el que parecía explicarlo todo. Sin embargo, también es cierto que la libertad que muchos presumen ha llegado a Siria debe ponerse entre comillas pues, a pesar del júbilo mediático occidental y de que el dictador sirio ha sido expulsado de manera humillante a Moscú, es necesario recordar que los aliados turcos de la oposición siria también han torturado kurdos en la zona de Rojava y que las tropas israelíes, que se benefician de la situación en Damasco, aún preservan la impunidad de hacer contra los civiles palestinos de Gaza lo que Amnistía Internacional ya reconoció como Genocidio. Así, ante este panorama, no hay ángeles ni demonios en el ajedrez político del Medio Oriente, sólo hechos donde cada quien es libre de posicionarse frente a la salida de un temible dictador que deja no sólo un vacío de poder, sino un país fracturado social y económicamente, dividido entre grupos que lucharán para imponerse ya sea por medios electorales o armados, e invadido por tropas israelíes, turcas y estadunidenses que velarán por sus intereses en “la nueva Siria”.
Moisés Garduño García
Profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y experto en temas de Oriente Medio
En la primera guerra del golfo, Bush Senior no derrocó a Hussein por temor a sumergir Irak en el caos.
Para que la Franja y la Ruta funcionen, China necesita paz en la región.
También es el fin de panarabismo del partido Baath, vencido por el yihaidismo. Espero la violencia no se extienda a las regiones musulmanas de Rusia, India, China y Pakistán.