El futuro con ICE

Ilustración: José María Martínez

I.

Convocada por un grupo de partidos, como Socialist Alternative y Party for Socialism and Liberation, me dirijo a una protesta en el centro de Filadelfia que busca demostrar solidaridad con Mineápolis. Ahí, el viernes 23 de enero cientos de trabajadores detuvieron sus labores y se manifestaron por la salida de ICE de la ciudad. Quisiera llegar caminando o en bicicleta al punto de reunión, la entrada norte del City Hall, pero estamos a -8° y la temperatura seguirá bajando. Es la hora de la salida de muchos trabajos. Hay tráfico en el centro de la ciudad.

Desde que llegué a Estados Unidos a estudiar mi posgrado en la Universidad de Filadelfia hace casi tres años, las cosas han cambiado. Viví de cerca las protestas universitarias pro-Palestina, así como las detenciones con uso excesivo de la fuerza en las mismas. Luego, antes de mudarme de estado, los reportes de avistamientos de camionetas de ICE aumentaron de manera gradual. El pueblo de Massachusetts donde vivía era blanco y acomodado, pero el miedo ya circulaba con el secuestro, por parte de ICE, de Rümeysa Öztürk, estudiante de doctorado en la universidad de Tufts, sólo por escribir una columna de opinión. Las cosas han cambiado: en mi último regreso de México, después de pasar la aduana en el aeropuerto de Boston, a unos pasos de la salida, me detuvieron para una revisión “aleatoria” de mis maletas. En el enorme salón donde estábamos el oficial y yo, éste me preguntó varias veces qué estudiaba y a qué venía, como queriendo que yo cambiara mi historia.

Las cosas han cambiado, mi estatus como inmigrante mexicano ahora está en una posición más vulnerable. Sin embargo, no creo ser uno de los principales blancos de la agencia de mercenarios que secuestran personas que incluso han nacido en este país sólo por su color de piel. Entonces, hasta ahora mi situación ha sido como la de miles de ciudadanos estadunidenses: la del testigo a la lejanía, la parálisis, la indignación que sólo se puede compartir en redes sociales. El tema es que yo no soy un ciudadano gringo: el gobierno sabe el número de departamento donde vivo, cuánto tiempo voy a estar en el país, cuándo salgo, hacia dónde me muevo. No puedo hacer mucho.

II.

El autobús que me lleva de ciudad universitaria al centro va lleno, pero la mayoría de las personas bajan antes. Sólo un par me acompañan: una muchacha con un keffiyeh y una anciana que usa bastones de senderismo para moverse: sabe que hoy va a caminar. ¿Dónde está la gente? Rodean el Hall, parece que nada está sucediendo: en el ala oeste hay una pista de hielo con un par de personas, junto a un jardín navideño donde una madre y su hijo juegan.

Hasta que por fin se escuchan cantos y consignas, una voz distorsionada por un micrófono. En una tienda hechiza, miembros del partido Socialist Alternative reparten pósters con mensajes. Más adelante me encuentro con miembros del partido Revolutionary Communists of America. Desde hace tiempo he querido contactarlos para unirme a una célula, así que les compro un periódico e intercambiamos números. Un hombre de edad avanzada se acerca al grupo del partido y comienza un debate con ellos sobre por qué el anarquismo podría ser una mejor alternativa al comunismo. Antes de que pase el siguiente orador, leo las pancartas de la gente a mi alrededor: “Marines against ICE”, “Workers of the world, unite”, “Fuck ICE”, “ICE melts with pressure”. Hasta ahora tengo miedo a la decepción: si esto se convierte en una manifestación parecida a la de No King’s Day, donde más que una protesta fue un desfile catártico sin voluntad de organización y peticiones al gobierno, me iré.

La oradora toma la palabra. Es una maestra de primaria, miembro de Socialist Alternative. Cuenta cómo en una preparatoria de la ciudad, los maestros y padres de familia se organizaron para que el grupo de ICE que merodeaba el lugar no secuestrara a nadie. “Si queremos un cambio, no podemos usar los medios legales de la clase dominante”, dice. Por eso llama a replicar lo que está sucediendo en Mineápolis: huelgas de un día si es que no hay respuesta del gobierno. Su discurso es alrededor crear conciencia de clase entre la clase trabajadora para así aumentar la capacidad de organización a nivel nacional porque de otra forma las cosas no van a cambiar. “Lo que estamos viviendo es una guerra de Trump contra la clase trabajadora; él es el síntoma, pero el capitalismo es la enfermedad”, agrega. No es una revelación, pero sí un nombramiento: la guerra, ese negocio tan gringo, es para mantener a los migrantes, la clase trabajadora, en condiciones de explotación frágiles y extremas o peores.

Esto también es un síntoma de una oposición a lo que sucede: se está viendo más allá de la guerra cultural, de las identidades individuales en el país más individualista del mundo, de las personalidades y villanos. Hay un impulso a revelar de manera masiva y comunitaria el sistema de opresión interna bajo el que ICE está operando. El país funciona cada vez más como una corporación que como un Estado. La agencia de migración es casi ya una agencia de contratación de mercenarios privados que, según este artículo de NPR ofrece, por unirse, un bono de cincuenta mil dólares desembolsados durante un periodo de cinco años, así como un reembolso de sesenta mil dólares a quienes tengan deudas estudiantiles. Su modo de operación, además, simula al de una franquicia, donde renta espacios como bodegas no sólo a millonarios, sino incluso a corporaciones indígenas como Nana Regional Corp, con quienes se tiene un contrato de mil millones de dólares para construir un centro de detención masivo en sus tierras.

III.

El frío aumenta. Me duelen las manos. Los cantos siguen. A pesar de la información valiosa, el grupo de gente no alcanza a llenar el espacio ni a salirse de la acera. Habla, entonces, una oradora de Revolutionary Communists of America. Su discurso es más directo: los trabajadores necesitan organizarse en células que trabajan por la comunidad, crear lazos intergeneracionales e intercomunitarios, como con las Panteras Negras que están resurgiendo. “Una huelga de un día no va a resolver nada, ni tampoco una protesta como la de hoy cuando ya hay rumores de que Filadelfia es la siguiente en la lista para el despliegue masivo de ICE. Lo más importante es lo que pasa entre las manifestaciones, en el trabajo del día a día”, dice. Hay menos aplausos para ella. Las cosas cambian cuando menciona al Partido Demócrata. “Ya no son una opción ante el problema: también sirven a los mismos intereses que los republicanos”. Muchos aplausos, pero también confusión y hasta burlas detrás de mí.

Las risas son justificadas: ¿cómo es que podría compararse el mandato de Biden con el segundo de Trump (que, además, sólo lleva un año cuando se siente como si fuera mucho más)? Ya se sabe, pero hay que repetirlo: Biden aumentó el presupuesto para ICE incluso más que Trump. Unos preparan el suelo y otros arman el espectáculo del miedo.

Al terminar el discurso vuelven más cantos y la gente se prepara para marchar alrededor del Hall. La inspiración me gana, o mi cinismo (contra el que hay que luchar en estas épocas de derrota) pierde. Me uno a la marcha que termina frente a las oficinas de ICE, a unas cuadras de donde estamos. La gente está organizada y quiere organizarse.

IV.

Por lo pronto no hay nada que hacer más que eso: alzar la voz, plantarse frente al enemigo. Llevé mi pasaporte a la protesta por si algo sucedía, por si la protesta de veras protestaba contra el gobierno y la policía, pero por supuesto nada sucedió. Es curioso que un país que defiende tanto su segunda enmienda, esa que les permite portar armas, esté desarmado ante una situación así. Entro a Facebook al otro día y me entero que asesinaron a tiros a Alex Pretti, un manifestante en Minneápolis. El video es devastador: cinco patéticos gorilas amagan al hombre y, en el piso y por la espalda, le disparan. A principios de mes también balearon a Renée Good, una madre en su camioneta. Ambos son blancos.

Mientras tanto, el frío sigue como nunca: el clima está trastornado. La clase trabajadora está desarmada. Sin embargo, Estados Unidos ha tenido una larga historia de sindicatos y luchas contra el poder con éxito, pero vienen de la derrota. Parte de la victoria de los que los aplastaron es la pérdida de la memoria histórica y la continuidad de esos movimientos.

V.

El problema es tan claro que se vuelve urgente. Quiero hacer algo, pero no puedo, así como muchos en esa protesta. Vivo entonces con un miedo a medias, y una ansiedad que parece tinnitus: no me tumba, pero no se va. En esta misma universidad también se graduaron Elon Musk, el mismo Trump, Marc Rowan, secretario de Tesorería y miembro del Board of Peace, ese organismo alterno a la ONU que este gobierno quiere impulsar; pero de aquí también salió Luigi Mangione, el asesino del CEO de UnitedHealthcare en Nueva York. Si pareciera que no puedo hacer mucho, tampoco corro mucho peligro. De todos modos, hace unas semanas el algoritmo de YouTube consideró que yo era audiencia objetivo para este anuncio de Kristi Noem, la secretaria de Seguridad Nacional.

VI.

En un par de semanas, es casi un hecho que los estudiantes de posgrado, convocados por el sindicato formado el año pasado, vayamos a huelga para exigir un mejor contrato y seguridades para estudiantes internacionales. Los trabajadores de Starbucks siguen en la suya. Las enfermeras de Nueva York iniciaron una huelga el 12 de enero. La gente se está organizando en un país que construyó un sistema para que eso no sucediera, para que pareciera que no hay nada que hacer más que la protesta pacífica, ordenada, la que pide permiso.

La apariencia, pienso, también es un elemento fundamental del corporativismo americano. Es directa, superficial, individualizante, simplificadora. Sobre todo, es presentista: es lo que hay. Y sí, las cosas definitivamente están mal y lo seguirán por un tiempo. Pero ante todo esto veo algo: ante la urgencia, la gente ya se está dando cuenta que actuar tampoco resuelve mucho. La organización, lo comunal, las dinámicas de autonomía fuera del mercado corporativista así lo necesitan: son lentas, a veces no visibles, pero que crean futuros. Como la escritura.

Enrique Urbina

Escritor

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Publicado en: Internacional, Vida pública