En un breve ensayo titulado “Cien años de arrogancia: por qué el liberalismo ‘occidental’ no salvará a América Latina”, que apareció la semana pasada en el proyecto electrónico de intercambio público de ideas titulado Revista Común, Catherine Andrews y Ariadna Acevedo ponen sobre la mesa el tema del liberalismo y de lo que el liberalismo puede aportar, o no, al México de hoy y, más concretamente, a la sociedad mexicana actual. Una de las preguntas centrales que está detrás del texto y, hasta donde alcanzo a ver, del interesante proyecto dentro del cual apareció, es ¿qué tan útil puede ser el ideario liberal (o, mejor quizá, cierto ideario liberal) para la sociedad mexicana? o, dicho de manera más radical, ¿sigue siendo útil ese ideario? ¿para qué? ¿para alcanzar qué objetivos? Todas estas preguntas están detrás del texto de Andrews y Acevedo y de su búsqueda por construir una sociedad con basamentos doctrinales e ideológicos y con diseños institucionales que no sean liberales (o exclusivamente liberales). Estas preguntas y otras que se podrían inferir del texto me parecen importantes, pertinentes y dignas de discutirse. Eso haré en las líneas que siguen.
Son muchos y muy diversos los temas a debatir con miras a la construcción de una sociedad distinta a la que tenemos. Bastaría la enorme desigualdad social y lo raquítico de nuestro Estado de derecho para darnos cuenta de la necesidad imperiosa de pensar y de participar en dicha construcción. En cuanto a la participación, cada quien sabrá, como ciudadano o ciudadana, de qué modo concreto participa. En cuanto al pensamiento, a nosotros los académicos nos corresponde aportar ideas y contenidos que contribuyan a enriquecer el debate público. Si estas ideas incidirán en un futuro cercano sobre las decisiones políticas y sobre las políticas públicas es imposible saberlo. Lo más probable es que no. Eso no debiera disminuir los esfuerzos por de vez en vez salir del estrecho mundo académico y aportar elementos a la discusión pública. En este caso, a un debate sobre el liberalismo occidental, latinoamericano y mexicano que Andrews y Acevedo han avivado y enriquecido con su texto. Cualquier aportación de este tipo empieza, a mi parecer, por la claridad en la exposición. Ellas son claras en su ensayo; trataré que esta réplica también lo sea.

Ilustración: Patricio Betteo
Disiento con varios de los planteamientos contenidos en “Cien años de arrogancia: por qué el liberalismo ‘occidental’ no salvará a América Latina” y creo que su frase final es francamente desafortunada, por efectista y vacua en última instancia, pero lo más importante desde mi punto de vista es que el texto de Andrews y Acevedo pone otra vez sobre la mesa un debate que es necesario e importante. Me parece ambas cosas por una razón relativamente simple: si partimos de la premisa de que el liberalismo es una tradición amplia, heterogénea y plural, cuyas preocupaciones no se limitan a la libertad individual y a una visión del ser humano como un ser eminentemente económico o economicista, me parece claro que el futuro de México y del resto de América Latina pasa necesariamente por el liberalismo. Basta echar una ojeada a las democracias liberales contemporáneas para saber que dentro del paraguas liberal caben sociedades que están muy lejos de desentenderse de las cuestiones sociales. Desde la perspectiva del liberalismo mexicano prevaleciente durante las últimas décadas, estas cuestiones no son prioritarias o, en todo caso, han estado subordinadas a esa libertad individual y crematística que algunos liberales mexicanos y latinoamericanos han convertido, burda o sutilmente, en la seña de identidad del liberalismo.
El liberalismo, plantean las autoras, parece incapaz de errar en sus principios y en sus aplicaciones… hasta que lo queremos trasplantar a América Latina, cuya cultura política, nos dicen aquellos liberales, es congénitamente refractaria a esas instituciones liberales y a ese orden liberal, que tan bien ha funcionado en Inglaterra y los Estados Unidos (por poner los dos ejemplos a los que casi siempre recurren nuestros sedicentes liberales mexicanos y latinoamericanos). Si tan solo pudiéramos aplicar cabalmente los principios de Locke, Madison, Adams, Stuart Mill y Berlin… Si a esto añadimos una supuesta tradición, de raigambre tomista y suareciana, que, supuestamente también, está en el ADN de América Latina desde tiempos inmemoriales, estamos perfectamente encarrilados para encerrarnos en una visión parcial e ingenua del liberalismo, para ignorar la historia y las particularidades de dos liberalismos históricos (el español y el hispanoamericano) y para establecer una larga lista de fatalidades que definen supuestamente a “nuestra” cultura política (tan latinoamericana). Según esta interpretación, estas fatalidades nos han tenido, nos tienen y nos tendrán atenazados por siempre jamás. Por fortuna, lo mejor de la historiografía occidental sobre la historia del liberalismo y sobre la historia intelectual de América Latina de las últimas tres décadas está en otra parte.
Andrews y Acevedo tienen razón cuando critican la visión parcial, ingenua y ahistórica sobre el liberalismo que asume Bello (un seudónimo), así como su escaso nivel autocrítico con respecto a los resultados del liberalismo en América Latina, en un texto que apareció el mes pasado en la columna sobre la región que tiene este articulista en The Economist. Una visión que, como ellas refieren, en el contexto mexicano Enrique Krauze ha exhibido en muchas ocasiones. Como la historiografía, desde por lo menos 1990, ha puesto de manifiesto, junto a los liberalismos inglés, francés y estadunidense, han existido otros liberalismos, con características propias cada uno de ellos, pero con los suficientes elementos comunes con la tradición política liberal como para que se les denomine “liberalismos” sin mayor problema. Por sugerir una sola muestra, en este caso referida al liberalismo hispánico: ¿saben los lectores de estas líneas que el término “liberal” con una connotación política no surgió en Filadelfia, Londres o París, sino en las Cortes de Cádiz, es decir, en una asamblea representativa de diputados peninsulares e hispanoamericanos que se reunió en esa ciudad española entre 1810 y 1814? Pero dejemos las referencias históricas. Lo que las autoras señalan al final de su texto es otro avatar de la supuesta incapacidad congénita para que el liberalismo arraigue en México y en la región; el representado en la actualidad por ese nuevo archienemigo del liberalismo que es el populismo.
Como refieren las autoras, para Krauze es tan potente la tradición populista latinoamericana que desde 2016 ha sido capaz de instalarse nada menos que en la mismísima Casa Blanca. Para dicho analista, el arribo de Trump a la presidencia de los Estados Unidos es la muestra viviente de que “ahora nuestro vecino del norte ha contraído un mal específicamente nuestro”. Y remata con contundencia: “Así de poderoso es el paradigma”. Difícil de creer, pero es con planteamientos de este tipo y con las palabras citadas que el director de la revista Letras Libres cerró una colaboración que hizo al New York Times en español en mayo de 2018 y cuyo título, para quienes duden sobre en quién estaba pensando realmente Krauze al escribir esas líneas, es “La vuelta del caudillo” (para más señas, las cuatro fotos que acompañan el análisis histórico-político aludido son las de Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Andrés Manuel López Obrador). Por lo demás, como cualquier libro serio sobre la historia del populismo lo consigna, el populismo surgió en Rusia y en Estados Unidos en el siglo XIX, y desde hace más de medio siglo es considerado un fenómeno político global, no específicamente latinoamericano. Fue entonces cuando se organizaron las primeras conferencias académicas sobre el tema y aparecieron los primeros libros sobre su carácter mundial (un libro muy reciente sobre el populismo, cuya introducción refleja bien el carácter global mencionado, es Me the People de la teórica política Nadia Urbinati).
El desconocimiento de la historiografía de las últimas décadas sobre la tradición liberal occidental y sobre la historia del liberalismo por parte de Krauze, al que aluden las autoras más de una vez y que apoyan con un par de vínculos, es tan evidente que no requiere mayores comentarios. Lo importante está en ese liberalismo parcial, principista, aséptico y homogéneo que liberales como Krauze propugnan como la solución par excellence para los problemas que enfrentan los países de la región. Andrews y Acevedo sugieren que esos liberales llevan varias décadas diciendo exactamente lo mismo y sugieren también que desde hace décadas los problemas de las sociedades latinoamericanas no solo no disminuyen, sino que aumentan. Si esto es así, añado yo, quizás la receta liberal que se ha estado privilegiando todo este tiempo necesita ser repensada. Y no porque desde la debacle económica del 2008 el liberalismo esté en crisis “en todas partes”, como afirman las autoras, sino porque desde mucho antes el liberalismo, o cierto liberalismo más bien, ha mostrado sus limitaciones para lidiar con las que, me parece, son las tres principales lacras de las sociedades latinoamericanas contemporáneas: la desigualdad, la inexistencia de Estados de derecho y la inseguridad.
El repensamiento mencionado empieza, desde mi punto de vista, en algo que expresé por primera vez en 1995, en un artículo que escribí sobre el debate entre el liberalismo y el comunitarismo, y que he repetido en casi todo lo que he publicado sobre el liberalismo desde entonces: es fundamental reconocer la diversidad de la tradición liberal, de los liberalismos históricos, de los diversos arreglos liberales y de las variadas sociedades liberales contemporáneas. Este reconocimiento es una condición sine qua non para dejar de ver al liberalismo como esa ideología interesada, estrecha y mercantilista que muchos habitantes de América Latina tienen en su cabeza. Andrews y Acevedo están hartas de lo que llaman el “inmaculado liberalismo”; no puedo estar más de acuerdo con ellas en este punto. Sin embargo, hasta donde alcanzo a ver, ellas no pretenden deshacerse del niño junto con el agua sucia. Lo que el liberalismo entendido en sentido amplio, o, mejor quizás, los principios de corte liberal, han contribuido al desarrollo histórico de Occidente desde el Renacimiento hasta la caída del Muro de Berlín, pasando por la Reforma, el iusnaturalismo moderno, la Ilustración, las revoluciones atlánticas y la lucha contra los totalitarismos, está ahí para cualquiera que no se coloque previamente anteojeras ideológicas. El punto que a ellas les interesa, sin embargo, no está en ese panorama histórico, que sin duda puede colorearse con tonos excesivamente optimistas o incluso ingenuos. El quid para Andrews y Acevedo está en otro lado: en el agotamiento del “liberalismo genuino” para resolver los problemas y los desafíos que enfrenta hoy la sociedad mexicana y las sociedades del resto de América Latina.
Sin duda hay otras ideologías a las que se puede apelar para enfrentar esos problemas y esos desafíos, pero tengo para mí que la mejor equipada para hacerlo es la tradición liberal; una vez más, entendida en sentido amplio. Si me apuran, esta es una de las dos principales conclusiones que se derivan del agrio intercambio que tuvieron a fines de 2018 José Antonio Aguilar Rivera, por un lado, y Carlos Bravo Regidor y Juan Espíndola, por otro. Hasta donde tengo registrado, ese fue el último debate académico sobre el liberalismo que tuvo cierta resonancia (todo lo limitada que se quiera, pues no es necesario decir que en la actualidad prácticamente ningún debate de ideas tiene resonancia; a menos que se considere que un determinado número de tuits, retuits y likes equivalen a ella). La otra conclusión significativa, desde mi punto de vista, fue que la antítesis liberalismo vs. populismo deja mucho que desear si lo que queremos es pensar seriamente los problemas y desafíos de la sociedad mexicana actual. Más allá de que dicho debate estuvo trufado de descalificaciones, de “ingenio académico” y de, para mi gusto, demasiados nombres propios, lo que más llamó mi atención es que el ataque que hicieron al liberalismo Bravo Regidor y Espíndola por ser una ideología limitada en términos doctrinales, ideológicos e históricos la hicieron desde una de las trincheras que más ha contribuido a una visión parcial del liberalismo en nuestro país (me refiero a Letras Libres). Dicho lo anterior, debo añadir que el intercambio mencionado trató aspectos muy interesantes sobre los alcances y límites del liberalismo occidental, del latinoamericano y del mexicano. En cualquier caso, desde hace algún tiempo no pocos de los defensores del liberalismo en América Latina parecen haber trocado al comunismo por el populismo como el enemigo a arrasar. La autocomplacencia liberal que Andrews y Acevedo fustigan con razón y esa autopercepción de muchos liberales como si la suya fuera la única ideología capaz de solucionar los problemas del presente (y del futuro) campearon a sus anchas durante los años noventa del siglo pasado en todo Occidente y desde hace varios lustros están de regreso, esta vez de la mano del antipopulismo (una vez más, la introducción de Urbinati, referida líneas arriba, resulta aleccionadora en este sentido).
No se trata, por cierto, de hacer una apología del populismo, pero el maniqueísmo de muchos liberales al “analizar” este tema es tan evidente, que me resulta entendible la molestia a este respecto de Bravo Regidor y de Espíndola en 2018 y me resulta igualmente entendible la molestia de Andrews y Acevedo en el 2020. Otra cosa, sin embargo, es concluir como lo hacen las autoras, con esa desafortunada frase a la que ya aludí, como contrapunto de lo que ellas definen como “liberalismo inmaculado”. La frase en cuestión, que pretende ser crítica respecto al liberalismo prevaleciente en la actualidad en América Latina, es “el populismo de nosotros los nacos”. Es cierto que desde hace tiempo buena parte de los liberales mexicanos y latinoamericanos han perdido el espíritu crítico (y autocrítico) que debiera caracterizar a todo liberal, pero dudo mucho que autoflagelaciones y golpes de efecto para la galería, como el que cierra el texto que nos ocupa, contribuyan al debate que necesitamos.
Antes de concluir, una cuestión en apariencia puramente académica, pero que creo refleja cambios que están por venir en nuestra manera de entender el liberalismo. Me refiero a un libro que apareció en español el año pasado: su título es Liberalismo (Una introducción) y su autor es Michael Freeden, un reconocido profesor emérito de la Universidad de Oxford. Lo traigo a colación porque es un magnífico ejemplo de que incluso en el corazón del viejo imperio existen autores de primer nivel cuya manera de entender el liberalismo está a años luz de la manera en que muchos liberales latinoamericanos entienden esta tradición. Para Freeden, el liberalismo no solamente es una ideología diversa, variada y heterogénea, es también una tradición que, además de preocuparse por el individuo y sus derechos (incluyendo la libertad para interactuar económicamente en mercados libres), presta atención al bienestar de todos los miembros de la sociedad y en varias de sus vertientes requiere y promueve la actividad gubernamental para que este bienestar se concrete. Para Freeden, el liberalismo es una teoría que se preocupa también porque el mayor número posible de personas desarrolle su potencial y sus capacidades. Todo lo anterior lo sustenta el autor mediante un análisis eminentemente histórico-morfológico del liberalismo, pero acompañado de exposiciones sobre autores cuyas credenciales liberales pocos discutirían (entre ellos, Stuart Mill, Green, Hobhouse, Croce, Dewey y Rawls). El panorama resultante muestra la riqueza y heterogeneidad de la tradición liberal. Por cierto, en cuanto al traído y llevado neoliberalismo (que para no pocos habitantes de América Latina es prácticamente un sinónimo del liberalismo), Freeden lo considera “una de las más prominentes tergiversaciones del liberalismo” (p. 212) y lo excluye de lo que denomina el “núcleo” del liberalismo del siglo XXI, pues desde su perspectiva la compleja morfología de esta ideología “se ve destrozada” por el neoliberalismo (pp. 215-216).
Concluyo con una cuestión que, si bien me parece fundamental, solo ha planeado sobre estas líneas. Cuando en la actualidad hablamos de liberalismo en sentido amplio, estamos hablando de democracia liberal. Después de muchas décadas de antagonismo entre el liberalismo y la democracia, el cual se podría decir que comenzó con las revoluciones atlánticas (incluyendo a las revoluciones hispánicas), no es sino hasta la última parte del siglo XIX que ambas tradiciones o ideologías empezaron a fusionarse. La prueba más palpable de esta fusión fue el Estado de bienestar que surgió en Europa al terminar la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué concluyo con este tema? Porque a estas alturas de la historia es imposible disociar al liberalismo de la democracia y a la democracia del liberalismo. Esta imposibilidad es un factor esencial para explicar no solo la manera limitada en que no pocos liberales se han acercado al desafío populista (lo que no niega que el populismo, sea de izquierda o de derecha, amenaza varios aspectos de la democracia constitucional y representativa), sino también un elemento imprescindible en el diseño y construcción de sociedades diferentes, tanto en México como en América Latina. En este sentido planteo que dicho diseño y dicha construcción tienen que pasar por el liberalismo. En este punto específico, concuerdo con Bello; ahora bien, de aquí a que actualmente estemos ante “Latin American liberalism’s hour”, como él concluye, media un abismo.
Desde mi punto de vista, una tradición liberal entendida de un modo amplio y diverso, un liberalismo imbricado con la democracia e inseparable de ella y una discusión sobre el populismo bajo parámetros distintos de los que han imperado hasta ahora pueden contribuir a desazolvar, por decirlo así, el debate actual sobre el liberalismo occidental, más concretamente, sobre el liberalismo en México. Respecto al debate nacional, en un ensayo sobre el liberalismo, la democracia y el populismo que redacté hace poco y que aparecerá publicado en unos meses, escribí lo siguiente (la cita es un poco larga):
Me parece sano trasladar nuestra preocupación y nuestros afanes sobre si tal gobernante o tal medida es más o menos “populista”, a valorar si tal gobernante o tal medida contribuye, o no, a construir o a consolidar un Estado de derecho y a ampliar, o no, nuestra manera de entender la ciudadanía y las bases sociales de la misma, sin las cuales ese mismo Estado de derecho puede convertirse en un entramado puramente formal detrás del cual se escondan inequidades de diverso tipo. Creo que nuestro debate político sería más matizado, más rico y más fructífero. También sería, hasta donde alcanzo a ver, menos simplista, menos maniqueo y menos descalificatorio. Mediante un debate de esta naturaleza, no estaríamos colocándonos a cada paso en contra o en favor de alguien en términos políticos, ni descalificando a quienes no comparten una visión de la democracia liberal que de un tiempo a esta parte con frecuencia ha caído en una auto-complacencia que es tiempo de dejar atrás.
En cuanto al título del texto de Andrews y Acevedo, cierro estas líneas precisando que la arrogancia no abarca a toda la tradición liberal. De hecho, creo que la variedad de liberalismos es uno de los aspectos que ellas mismas destacan en su artículo. Si entiendo bien, lo que rechazan es el liberalismo “genuino”, el liberalismo “inmaculado”. Ese liberalismo no es todo el liberalismo. Por último, ni ese liberalismo, ni ningún otro, va a “salvar” a América Latina. Como tampoco lo hará el conservadurismo, el socialismo, el populismo, el nacionalismo o cualquier otro “ismo” que ande por ahí. Plantear las cosas así es ponerle la mesa al desencanto y a la frustración. Como académicos, nuestro cometido y nuestra contribución, me parece, se ubican en otro lugar. Lo modesto de esa contribución, algo que conviene no perder de vista (aunque solo sea porque los intelectuales tienden a magnificar el poder transformador de las ideas), nos aleja de cualquiera de las connotaciones comunes del vocablo “salvar”. Lo que sea que se parezca a una salvación solo podrá surgir del esfuerzo persistente de la ciudadanía de cada país latinoamericano por labrar una vida en común y unas instituciones que dejen de ser las sempiternas variaciones de un futuro que nunca llega. En el caso de México, no está de más recordar que estamos a apenas quince meses de cumplir 200 años de ser un país “soberano, independiente y libre”, como se suele decir; dicho de otro modo, de un país que, en principio, es capaz de tomar sus propias decisiones.
Roberto Breña
Académico de El Colegio de México.
Al día siguiente de que se empezó a utilizar el teléfono de Graham Bell, se empezó a escuchar y espiar a los usuarios. Ahora, gracias a las supercomputadoras, algoritmos siguen y analizan a todo aquel que use medios electrónicos. Personalizada y en tiempo real, se estudia a cada ser humano. Y se gobierna con base en estadísticas y análisis hechos por máquinas. Los políticos, más que nunca antes, solo ponen la cara. Más que nunca, son dispensables. Más que nunca los zánganos están a la vista de todos.
Estas supercomputadoras y algoritmos nos estan diciendo también que las personas, los humanos de esta época, son más tontos de lo que cualquier liberal pudo anticipar. Y más manipulables de lo que cualquier dictador pudo soñar. En las formas y motivaciones esta la clave. Clave que ahora tienen los que desarrollaron estas tecnologías (ciertamente no el tercer mundo).
Por que seguir hablando de términos anacrónicos como liberalismo, derecha o izquierda?
Latinoamérica, con excepción de Chile, no pudo lograr su desarrollo y modernización por méritos propios. Sus atrasadas y conservadoras élites, escolásticas y feudales, nunca entendieron el devenir del conocimiento y la ciencia.
Fukuyama tiene más razón que nunca y el tiempo de los países del tercer mundo ha terminado.
Asi que, flojitos y cooperando, que es por el bien de la humanidad toda.
Estimada Malena, no comparto tu visión de la política contemporánea, ni la magnitud del control mundial que le adjudicas a Google, Twitter y Facebook, ni tu pesimista visión sobre América Latina y sobre todos los países del «tercer mundo», ni tu valoración sobre Fukuyama. Te contesto, sin embargo, porque tu «flojitos y cooperando» con el que cierras tu comentario me parece una muy buena muestra de la abdicación al intercambio de ideas y a la construcción de una sociedad mejor que tanto Andrews como Acevedo, así como yo, consideramos muy importantes.