Mi primera reflexión cuando me propusieron que escribiera este artículo para nexos fue comentar el desconcierto creciente que advierten los especialistas en los asuntos internacionales de América Latina ante la superposición de dos ciclos próximos de “cambios epocales”, en el trasfondo de los asuntos que los autores analizan.
Todos fuimos formados con una noción histórica que maduró al fin de la época moderna, que sostenía que los cambios de ciclos que nos llevaban de un tiempo a otro eran pocos y se debían distinguir de otros diversos ajustes históricos que se presentaban en forma más frecuente. Esto nos llevó a aceptar en los años de nuestra formación que la época histórica en que crecimos se había iniciado con el afianzamiento de las grandes revoluciones liberales que consolidaron la democracia representativa y el capitalismo como los componentes centrales del establecimiento de la hegemonía internacional de Occidente, con el consiguiente proceso más acelerado en estos países del progreso, la ciencia y la tecnología. Este esquema, entre otras cosas, determinó que los grandes cambios producidos al final de la Segunda Guerra Mundial y la consolidación de la Guerra Fría fueran considerados como una etapa histórica importante, pero sólo complementaria del mundo contemporáneo que se había afianzado al concluir el siglo XVIII.
Ha sido en este último tiempo que los principales establecimientos académicos de América Latina han visto madurar el estudio del sistema internacional y de sus diversas regiones. Hoy contamos con numerosos centros e institutos que se ocupan de las tendencias regionales y globales, al punto que estos temas interesan a muchas personas con oficios distintos que encuentran en ellos la posibilidad de comprender mejor los asuntos que les son más propios.
Cuando se agolparon los acontecimientos tras la caída del muro de Berlín, el proceso que llevó a la desaparición de la Unión Soviética en 1991, ello fue de la mano con el fin del comunismo, y con transiciones del régimen soviético al capitalismo en países como Polonia, Hungría, Bulgaria y Rumania. Entonces fue unánime la percepción de que, al concluir la contraposición y lucha de regímenes políticos que siguió a la derrota del Eje en 1945, se había dado lugar a un mundo completamente diferente y con otras perspectivas, algo que resumió Eric Hobsbawm con la expresión de “un cambio epocal”. Sorpresivamente, sin embargo, los ajustes que debían acompañar a una situación de esta magnitud no fueron emprendidos por la potencia que afianzó una primacía global, Estados Unidos, que no abordó los contenidos de un ajuste en los ámbitos de la economía, la política y la cultura mundial. Como señaló en esos años Richard Haass: “Tras el fin de un orden mundial no viene inmediatamente otro, sino un tiempo de transición y ajuste en que se van acumulando los elementos característicos de la nueva época”. Los académicos estadunidenses y los conductores de su política exterior caracterizaron la nueva situación sólo como “Posguerra Fría”. Parecía tan evidente la primacía del capitalismo y la democracia liberal —tal como la describiera Fukuyama— que estábamos ante un mundo unipolar, cuyos detalles y circunstancias se seguirían afianzando desde Washington sin mayores problemas, o al menos esa era la visión dominante.
Sin embargo, a poco andar, el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos sufrió el mayor ataque de su historia, con el atentado a las Torres Gemelas y al Pentágono. Fue emprendido no por otro Estado poderoso, sino por una organización fundamentalista islámica —Al Qaeda— que le causó a EE. UU. el mayor número de muertos en su historia por un ataque bélico, 3000 en un solo día, superando las pérdidas del ataque japonés en Pearl Harbor. A partir de ahí todo cambió, desde la sensación de seguridad de sus habitantes, hasta el contenido de los programas mediante los cuales ejercía su hasta entonces indiscutida supremacía.
Se planteó así un nuevo desafío a los actores internacionales: ¿qué papel cumplirían las diferentes regiones del mundo en la redefinición del escenario y de las reglas del juego en esta nueva coyuntura? Ello fue especialmente válido para América Latina. Pese a la conciencia de que esta exigencia es clave, poco se ha avanzado en las dos décadas iniciales del siglo XXI en una caracterización común del orden internacional, y en una respuesta de los países latinoamericanos y sus gobiernos que lleve a una estrategia compartida. Es cierto que hemos contado con buenos diagnósticos y orientaciones, que se han reflejado en la política exterior de varios de nuestros países. Lo que ha faltado es la propuesta de un diseño que ordene las tareas comunes de coordinación e integración del quehacer latinoamericano, cuyas expresiones, incluidos los esfuerzos iniciales en los años de la Posguerra Fría, resultan hoy obsoletas.
Es en ese contexto que es importante un libro producido por tres expertos chilenos, Carlos Fortin, Jorge Heine y Carlos Ominami, El No Alineamiento Activo y América Latina: Una doctrina para el nuevo siglo (Catalonia, 2021). El mismo cuenta con casi una veintena de contribuciones de especialistas latinoamericanos que complementan el diseño central inicial, llenando los compartimentos de los espacios geográficos, las estrategias nacionales de desarrollo y las prioridades internacionales de nuestros países, hasta darle a sus reflexiones una dimensión continental.
Cabe subrayar el amplio quehacer y prestigio de los autores. Estos, como muchos de los científicos sociales chilenos de esa generación, vivieron un largo exilio que les permitió realizar posgrados y luego desplegar su conocimiento y experiencia en universidades u organismos internacionales. Carlos Fortin se destacó desde la época de su formación en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, y en sus estudios de doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Yale, desempeñándose luego entre 1990 y 2005 en la Conferencia de Naciones Unidas de Comercio y Desarrollo —UNCTAD— en Ginebra. En la actualidad es fellow emérito e investigador asociado del Instituto de Estudios del Desarrollo de la Universidad de Sussex, Reino Unido. Jorge Heine realizó sus estudios de Derecho en la Universidad de Chile y de Ciencia Política en la Universidad de York, Inglaterra, obteniendo luego un doctorado en la Universidad de Stanford, California. Tras el retorno a la democracia fue embajador de su país en Sudáfrica, India y China. Después del golpe de Estado, Carlos Ominami partió al exilio a Francia, donde realizó sus estudios de doctorado en Economía en la Universidad de París, desempeñándose luego como asesor del Gabinete Económico del gobierno francés y siendo el primer ministro de Economía de Chile tras el retorno a la democracia en 1990.
En esas condiciones, los editores del libro El No Alineamiento Activo y América Latina: una doctrina para el nuevo siglo realizaron un trabajo de excelencia al organizar las secciones del libro dedicadas a “El emergente orden mundial”, “Los desafíos de la gobernanza en el nuevo contexto global”, “América Latina y el No Alineamiento Activo en la nueva economía política internacional”; para concluir con una dedicada a “Perspectivas Nacionales”.
Aunque al comienzo resulta algo desconcertante, los trabajos apuntan a recuperar para nuestra región la estrategia de No Alineamiento que acabó teniendo considerable influencia en la Asamblea General de Naciones Unidas en la etapa final de la Guerra Fría. Luego de un disciplinado alineamiento en torno a Estados Unidos o a la URSS, la rigidez del orden bipolar llevó a muchos países recién constituidos como Estados independientes a una posición más autónoma y diferenciada de las dos superpotencias, favoreciendo el multilateralismo y la cooperación entre los países de Asia, África y América Latina.
El Movimiento de los Países No Alineados (NOAL) tuvo sus orígenes en Bandung, Indonesia, en abril de 1955, en una conferencia a la que concurrieron 29 países, liderados por el primer ministro de India, Jawaharlal Nehru; el presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, y el anfitrión, el presidente de Indonesia Kusno Sukarno. Luego se sumaría a ellos el mariscal Josep Brosz Tito, presidente de Yugoslavia y disidente temprano del proyecto soviético de Stalin.
Los No Alineados se organizaron como un grupo formal en una conferencia en Belgrado en 1961, y en sus reuniones creció la adhesión de los nuevos Estados africanos, asiáticos y caribeños, así como de diversos países latinoamericanos. El NOAL llegó a constituir una plataforma internacional diferenciada de las de Estados Unidos y la URSS. En la Asamblea General de la ONU se expresó en el llamado G-77, promoviendo el multilateralismo y el fortalecimiento de las regiones emergentes, la vigencia de los derechos humanos y estatutos jurídicos que favorecieran la autonomía y avance de sus estrategias de desarrollo.
Los editores del libro y los coautores de los diferentes capítulos manifiestan que se necesita “una visión del mundo contemporáneo como un sistema internacional en transformación, con un poder hegemónico en declinación, nuevos actores y nuevas configuraciones de alianzas y rivalidades, así como nuevas agendas y desafíos”. Añaden: “En un escenario marcado por la incertidumbre, el No Alineamiento Activo resulta una doctrina de política exterior sustentada en principios fundamentales y no simplemente en intereses contingentes”. Ellos consideran que “el NAA puede generar una respetabilidad y un posicionamiento internacional que no asegura ningún tipo de alineamiento, por lo que se constituiría en una doctrina latinoamericana que podría sacar a la región de la marginalidad e irrelevancia de hoy”.
La propuesta de Fortin, Heine, Ominami es desarrollada y ampliada por los coautores, muchos de ellos figuras de amplio prestigio y trayectoria internacional en la región como es el caso de los excancilleres Celso Amorim de Brasil, Rafael Roncagliolo de Perú, Jorge Castañeda de México, Jorge Taiana de Argentina y José Miguel Insulza de Chile, de la Secretaria General de la CEPAL, Alicia Bárcena, del comunicador social italiano y fundador de Inter Press Roberto Savio, y de analistas internacionales tan destacados como Juan Gabriel Tokatlián, Barbara Stallings, Andrés Serbín, Diana Tussie y Leslie Elliot Armijo.
El No Alineamiento Activo y América Latina: una doctrina para el nuevo siglo excede por su contenido y proyección la nacionalidad de sus autores y las propuestas específicas que se realizan en sus trabajos. Es una primera, amplia y sustancial revisión de temas que deben ser considerados en la nueva agenda internacional de América Latina. Ello es así tanto por el agotamiento de la Posguerra Fría, como por el ajuste necesario de los organismos que hacen parte de la comunidad internacional, enmarcados en el cambio de época que provocó la pandemia y sus efectos, tanto sanitarios como económicos. Lo mismo vale para la restauración de la exigencia de un orden nuevo que responda a los rasgos de la época que se abrió tras la desaparición del mundo comunista, que llegó a gobernar en su momento de auge a la tercera parte de los habitantes del planeta. Todo esto refuerza la necesidad de que América Latina sea una región unida y organizada en un mundo de grandes regiones.
Para esa ineludible tarea de futuro el libro de Fortín, Heine y Ominami representa una contribución muy significativa que debiera originar una activa discusión en todo el continente.
• El No Alineamiento Activo y América Latina: Una doctrina para el nuevo siglo, Carlos Fortin, Jorge Heine, Carlos Ominami, Editorial Catalonia, Santiago de Chile, 2021.
Luis Maira
Abogado y diplomático chileno. Ministro de Planificación y Cooperación durante el gobierno de Eduardo Frei. Embajador de Chile en México entre 1997 y 2003.
