
El papa Francisco, en su época de “maestrillo” en la Compañía de Jesús, etapa que los jesuitas tienen entre el estudio de la filosofía y la teología, enseñó literatura a estudiantes de bachillerato en Argentina, primero, entre 1964 y 1965, en el Colegio de la Inmaculada, en Santa Fe, y luego en 1966, en el Colegio del Salvador, en Buenos Aires.
En 1965 invita a sus clases en Santa Fe a Jorge Luis Borges, para que diera un curso de tres días sobre “Martín Fierro y la literatura gaucha”. Jorge Mario Bergoglio tenía 28 años, y a partir de ese encuentro se establece una cercana relación entre los dos; de ésta el escritor comenta: “Con el jesuita, que es ingeniero químico y muy buen lector, nos entendemos mejor, él enseña literatura y ha incluido mis textos en sus clases, lo cual me parece un poco exagerado. Yo trato de disuadirlo y le repito que lo mío no tiene ningún valor, que son una sarta de borradores, pero no me hace caso”.
Y añade que “el padre Bergoglio es una persona inteligente y sensata; con él se puede hablar de cualquier tema: de filosofía, de teología, de política. Pero hay algo que me alarma un poco; he observado que tiene tantas dudas como yo. Lo cual no sé si está bien en un religioso. Mi madre se hubiera horrorizado de una cosa así. Pero quizá no es tan raro si tenemos en cuenta que se trata de un jesuita. Claro, esa gente es históricamente transgresora y hasta tiene sentido del humor, además de manejar conceptos que en algunos casos difieren de las otras congregaciones de la Iglesia”.
El argentino Roberto Alifano, amigo de los dos, comenta que fue testigo de encuentros entre ellos que “se daban, por lo general, durante la mañana; el padre Bergoglio lo visitaba seguido y en algunas ocasiones yo los acompañaba a almorzar en la Cantina Norte, un restaurante que estaba a la vuelta del departamento de Borges. Era toda una experiencia escuchar esos diálogos enriquecedores, que podían abarcar cualquier tema que los llevara al entendimiento o la disidencia”.
Del Bergoglio como profesor de literatura, el periodista argentino Jorge Milia, que fue su alumno, recuerda que éste “nunca se contentó con cumplir el programa de la asignatura que impartía, sino que nos dio el coraje para cumplir nuestros sueños” y que la relación profesor – alumno que establecía el jesuita, siempre respetuosa, es la que “debería haber en todas las aulas”. Y añade que “Bergoglio quería convertirnos en verdaderos protagonistas de nuestra propia historia”.
La carta
El 17 de julio de 2024, el papa dio a conocer la Carta sobre el papel de la literatura en la formación, que se dirige a todas las personas y se estructura en 44 párrafos. En el primero, el papa afirma que “al inicio había pensado escribir un título que se refiriera a la formación sacerdotal, pero luego pensé que, de manera similar, estas cosas pueden decirse de la formación de todos los agentes de pastoral, así como de cualquier cristiano. Me refiero a la importancia que tiene la lectura de novelas y poemas en el camino de la maduración personal”.
Para el papa un libro “nos ayuda a ir sobrellevando la tormenta, hasta que consigamos tener un poco más de serenidad. Puede ser que esa lectura consiga abrir en nosotros nuevos espacios de interiorización que eviten que nos encerremos en esas anómalas ideas obsesivas que nos acechan irremediablemente”, y quien lee “en cierta forma él reescribe la obra, la amplía con su imaginación, crea su mundo, utiliza sus habilidades, su memoria, sus sueños, su propia historia llena de dramatismo y simbolismo, y de este modo lo que resulta es una obra muy distinta de la que el autor pretendía escribir”.
“La literatura tiene que ver, de un modo u otro, con lo que cada uno de nosotros busca en la vida, ya que entra en íntima relación con nuestra existencia concreta, con sus tensiones esenciales, su deseos y significados”, dice el papa. Y se pregunta: “¿Cómo podemos penetrar en el corazón de las culturas, las antiguas y las nuevas, si ignoramos, desechamos y/o silenciamos sus símbolos, mensajes, creaciones y narraciones con los que plasmaron y quisieron revelar y evocar sus más bellas hazañas y los ideales más bellos, así como también sus actos violentos, miedos y pasiones más profundos? ¿Cómo hablar al corazón de los hombres si ignoramos, relegamos o no valoramos “esas palabras” con las que quisieron manifestar y, por qué no, revelar el drama de su propio vivir y sentir a través de novelas y poemas?”.
El papa afirma que “muchos científicos sostienen que el hábito de la lectura produce efectos muy positivos en la vida de la persona; la ayuda a adquirir un vocabulario más amplio y, por consiguiente, a desarrollar diversos aspectos de su inteligencia. También estimula la imaginación y la creatividad. Al mismo tiempo, esto permite aprender a expresar los propios relatos de una manera más rica. Además, mejora la capacidad de concentración, reduce los niveles de deterioro cognitivo, calma el estrés y la ansiedad”, pero todavía más “nos prepara para comprender y, por tanto, para afrontar las diferentes situaciones que pueden presentarse en la vida. En la lectura nos zambullimos en los personajes, en las preocupaciones, en los dramas, en los peligros, en los miedos de las personas que finalmente han superado los desafíos de la vida, o quizás durante la lectura damos consejos a los personajes que después nos servirán a nosotros mismos”.
“Cuando pienso en la literatura —plantea el papa— me viene a la mente lo que el gran escritor argentino Jorge Luis Borges decía a sus estudiantes: lo más importante es leer, entrar en contacto directo con la literatura, sumergirse en el texto vivo que tenemos delante, más que fijarse en las ideas y en los comentarios críticos. Y Borges explicaba esta idea a sus estudiantes diciéndoles que quizás al comienzo iban a entender poco de lo que estaban leyendo, pero que en todo caso habrían escuchado ‘la voz de alguien’. Esta es una definición de literatura que me gusta mucho: escuchar la voz de alguien. Y no nos olvidemos qué peligroso es dejar de escuchar la voz de otro que nos interpela. Caemos rápidamente en el aislamiento, entramos en una especie de sordera ‘espiritual’, que incide negativamente también en la relación con nosotros mismos y en la relación con Dios, más allá de cuanta teología o psicología hayamos podido estudiar”.
Para el papa la literatura representa “una forma de ejercicio de discernimiento, que afina las capacidades sapienciales de escrutinio interior y exterior […] El lugar en el que se abre esta vía de acceso a la propia verdad es la interioridad del lector, implicado directamente en el proceso de la lectura. Así, por tanto, se despliega el escenario del discernimiento espiritual personal, donde no faltarán las angustias e incluso las crisis. Son numerosas, en efecto, las páginas literarias que pueden responder a la definición ignaciana de desolación”.
Y añade que “el ejercicio de la lectura es, entonces, como un ejercicio de ‘discernimiento’, gracias al cual el lector está implicado en primera persona como ‘sujeto’ de lectura y, al mismo tiempo, como ‘objeto’ de lo que lee. Leyendo una novela o una obra poética, en realidad el lector vive la experiencia de ‘ser leído’ por las palabras que lee. Así el lector es semejante a un jugador en el campo; juega y al mismo tiempo el juego se hace por medio suyo, en el sentido de que él está totalmente involucrado en lo que realiza”.
“Leyendo —asegura el papa— descubrimos que lo que sentimos no es sólo nuestro, es universal, y de este modo, ni siquiera la persona más abandonada se siente sola. La diversidad maravillosa del ser humano y la pluralidad diacrónica y sincrónica de culturas y saberes se configuran en la literatura con un lenguaje capaz de respetarlas y expresar su variedad, pero, al mismo tiempo, se traducen en una gramática simbólica del sentido que nos las hace, no extrañas, sino inteligibles y compartidas. La originalidad de la palabra literaria está en el hecho de que expresa y transmite la riqueza de la experiencia sin objetivarla en la representación descriptiva del saber analítico o en el examen normativo del juicio crítico, sino como contenido del esfuerzo de la expresión e interpretación que buscan dar sentido a la experiencia en cuestión”.
De acuerdo al papa “la mirada de la literatura forma al lector en la descentralización, en el sentido del límite, en la renuncia al dominio, cognitivo y crítico, en la experiencia, enseñándole una pobreza que es fuente de extraordinaria riqueza. Al reconocer la inutilidad y quizá también la imposibilidad de reducir el misterio del mundo y el ser humano a una antinómica polaridad de verdadero/falso o justo/injusto, el lector acoge el deber del juicio no como un instrumento de dominio sino como un impulso hacia la escucha incesante y como disponibilidad para ponerse en juego en esa extraordinaria riqueza de la historia debida a la presencia del Espíritu, que se da también como gracia; es decir, como acontecimiento imprevisible e incomprensible que no depende de la acción humana, sino que redefine al ser humano como esperanza de salvación”.
“La literatura ayuda al lector a destruir los ídolos de los lenguajes autorreferenciales, falsamente autosuficientes, estáticamente convencionales, que a veces corren el riesgo de contaminar también el discurso eclesial, aprisionando la libertad de la Palabra. La palabra literaria pone en movimiento el lenguaje, lo libera y lo purifica; en definitiva, lo abre a las propias ulteriores posibilidades expresivas y explorativas, lo hace capaz de albergar la Palabra que se instala en la palabra humana, no cuando esa se autocomprende como saber ya completo, definitivo y acabado, sino cuando se convierte en vigilante escucha y espera de Aquel que viene para ‘hacer nuevas todas las cosas’ (Ap 21,5)”, sostiene el papa.
Para terminar su carta plantea que “el poder espiritual de la literatura evoca, por último, la tarea primordial confiada al hombre por Dios, la labor de ‘dar nombre a los seres y a las cosas (Gn 2,19-20)’. La misión de custodiar la creación, asignada por Dios a Adán, pasa en primer lugar por el reconocimiento de la realidad propia y del sentido que tiene la existencia de los otros seres. El sacerdote también está investido de este papel originario de ‘poner nombre’, de dar sentido, de hacerse instrumento de comunión entre la creación y la Palabra hecha carne, y del poder de iluminación de cualquier aspecto de la condición humana”.
Comentario
Con su carta, el papa quiere subrayar la importancia que tiene la literatura en la formación de cualquier persona. La lectura es un espacio único de libertad personal y una vía indispensable para hacerse de cultura, no sólo de información. Sin la literatura es imposible ponerse en contacto con las antiguas y nuevas culturas.
En la carta del papa queda claro que la lectura estimula la imaginación, la creatividad y nos pone en contacto con una diversidad de situaciones que desafían nuestro juicio, convirtiéndose así en una escuela de discernimiento y elección. La literatura enseña a escuchar y también a mantener el corazón vivo, preservando su capacidad de emocionarse. Y es siempre una búsqueda permanente de la verdad.
Para el papa, la literatura genera empatía por la vida de los demás, que es condición indispensable para provocar la solidaridad. Y también es una vía para adentrarnos en la riqueza y la miseria de la condición humana. Leer forma y nos permite conocer y comprender la diversidad y el pluralismo de la realidad en la que vivimos. Eso necesariamente nos abre y nos hace mejores personas.
Rubén Aguilar Valenzuela