Este ensayo es una adaptación del epílogo del primer libro de autor, Vida y muerte del populismo: teoría e historia conceptual (1890-2016), que aparece bajo el sello de la Universidad Autónoma de Sinaloa y la casa editora El Regreso del Bisonte, y que será presentado en Mazatlán el día de hoy en la Feria del Libro de la UAS. Se publica en nexos con el permiso del autor y sus editores.

Hoy en día, discurrir sobre el populismo lo deja a uno con la sensación de estar tratando con un objeto de anticuario: un fenómeno que ya se terminó y que, por esa misma razón, parece cada vez más inasible y, al mismo tiempo, omnipresente. La palabra ha derivado en un concepto maleable que se usa para intentar explicar —casi siempre sin lograrlo— mucho de lo que no se entiende del cambio de época que vivimos. Así, el concepto se ha vuelto cada vez menos útil: ilumina menos de lo que oculta.
Con cierta ansia o angustia, se han publicado cientos de artículos y ensayos que exploran el ascenso del populismo en nuestros días, y que han estirado el concepto hasta difuminarlo. Estos trabajos intentan explicar la transformación de la política actual mediante conceptos como populismo de élites, populismo civilizacional, populismo internacional, populismo libertario, antipopulismo, etcétera. Salvo en algunos espacios de conversación que datan de antes del triunfo de Donald Trump, las definiciones de populismo varían tanto —y se polarizan tanto— que resulta ya imposible construir una base común para la discusión.
Al mismo tiempo, ciertos acontecimientos cambiaron los términos de la lectura política del mundo. Entre estos, el que ha tenido el más poderoso efecto centrípeto sobre el pasado y el futuro es la victoria electoral de Trump; que, si bien influyó en la interpretación de los triunfos de Nayib Bukele, Jair Bolsonaro e incluso Andrés Manuel López Obrador, también propició una nueva lectura de Narendra Modi, Recep Tayyip Erdogan y Viktor Orbán, quienes resultaron electos por primera vez antes que el expresidente de Estados Unidos. Subrayo, entre todas éstas, la figura de Bukele, autodenominado “el dictador más cool del mundo mundial”, pues su liderazgo se ha interpretado como un eco tardío del chavismo y, al mismo tiempo, como un epígono latinoamericano de Trump. Quizá Bukele sea las dos cosas y, por ello, una clave para entender los nuevos liderazgos autoritarios y sus múltiples formas. Pero eso es tema para otro ensayo.
Todos los fenómenos que mencioné arriba han sido etiquetados como populistas, pero cada vez hay menos parecidos de familia entre éstos y sus supuestos antepasados. Hace falta un esfuerzo teórico mayúsculo (y retorcido), además de una selectividad histórica poco rigurosa, para establecer semejanzas nítidas entre, por un lado, Erdogan, Modi, Bukele, Orbán, Trump, López Obrador, Bolsonaro y Maduro, y, por otro lado, Pierre Poujade, Benito Mussolini, Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas, Jorge Eliécer Gaitán, Gamal Abdel Nasser o el arquetípico Juan Domingo Perón. Sin embargo, los nuevos autoritarismos, como elijo llamarlos de forma provisional, también están lejos del “giro a la izquierda” del primer Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, así como de otros que en un momento jugaron el papel de opositores de izquierda, tales como López Obrador.
Es obvio que los liderazgos y movimientos del siglo XX que podríamos llamar “populismos clásicos” no se parecen a los actuales. Primero que nada, estos últimos actúan en otra época, ante otra sociedad y otra correlación de fuerzas globales y locales, incluso si, como los primeros, se valen de retóricas nacionalistas con referentes populares. Hablar de ellos desde un tiempo al que no pertenecen permite considerarlos como movimientos de rebeldía ante la situación actual, pero eso mismo los revela impotentes como alternativas para el futuro y los condena a la inutilidad en tanto que modelos de gobierno a imitar.
Un grave error que hemos cometido muchos estudiosos de la política al interrogar estos nuevos fenómenos como movimientos populistas consiste en que hemos tomado por buena la interpretación de estos líderes autoritarios sobre su propia forma de hacer política. Vistos desde fuera de sus discursos y narrativas (en lo que hacen y no en lo que dicen), los nuevos autoritarios tienen muy poco que ver con lo que hemos conocido como populismo por más de un siglo. Quizá, entonces, hemos cometido también el error de pensar que Bukele, López Obrador y compañía han entendido el espíritu del tiempo, que saben con precisión lo que hacen; el error de creerles que están formulando un movimiento que puede hablar en nombre de un pueblo. Y no es así.
Erdogan, por ejemplo, ha querido dar una batalla histórica contra la figura de Mustafá Kemal Atatürk para regresar a un pasado de oro islámico que sólo existe en su cabeza. Si ha querido convertirse en el gran anti-Atatürk, emprendiendo grandes proyectos arquitectónicos con el fin de establecer un enorme legado de cemento, la devastación causada por el terremoto de 2023 demostró su verdadera dimensión, que es mucho menor que aquella del fundador de Turquía. Esto se debe no sólo a la incapacidad de Erdogan de asegurar que su gobierno hiciera respetar las normas de construcción, sino también a que su intento de destronar a Atatürk tuvo lugar en una circunstancia de impotencia del Estado y en medio del intrincado tejido de relaciones políticas del neoliberalismo. Erdogan, sin embargo, logró convencer a muchos de que, tras el terremoto, sólo él podía reconstruir a Turquía, lo que le permitió volver a ganar las elecciones. Sus desplantes de poder son, entonces, parte de este nuevo tipo de política, autoritaria a la vez que impotente, pero también creíble para una mayoría de la población.
Si López Obrador ha querido emular a Lázaro Cárdenas, tal como él mismo ha sugerido, su intento ha resultado tan poco creíble que su gobierno tuvo que recurrir a una falsa nacionalización del litio para evocar al cardenismo. Con todo, su gobierno, igual que los que le precedieron, ha temido cambiar la ley minera de Carlos Salinas de Gortari. Mientras tanto, la pandemia de covid-19 y la continuidad de la crisis de violencia muestran la debilidad de su gobierno.
Si Narendra Modi ha querido contrapuntear la herencia histórica de Jawaharlal Nehru e Indira Gandhi mediante una movilización de la forma de subjetivación del populismo, y si bien su cruzada nacionalista y religiosa ha resultado muy popular, el líder de la India ha caído en cuenta de que su proyecto es irrealizable. Una gran transformación de la economía, el empleo, la infraestructura, el campo y la ciudadanía requiere de algo más que una alta estima en las encuestas y una base social labrada mediante subsidios y transferencias monetarias. Modi aprendió esta lección amarga al enfrentarse a las protestas de millones de indios y a la dificultad para avanzar su agenda, retos infranqueables que han expuesto la incoherencia de su intento de representar a toda la nación y que él, por tanto, ha desestimado como antinacionales.
Algo equivalente podría decirse de Bolsonaro, el kirchnerismo en su momento actual y, desde luego, del delirio de Trump, que pretendía fusionar en el presente las presuntas grandezas de los padres fundadores y los Estados Unidos de la posguerra. Todos estos líderes querrían ser populistas (es decir: formar un sujeto político audaz a partir de las promesas incumplidas de la democracia) pero ninguno lo ha logrado.
Con todo, y si bien el poder de los nuevos autoritarismos es más restringido que el de regímenes anteriores —cosa que, junto con la debilidad del Estado, les impide alcanzar sus metas— estos fenómenos políticos han conseguido altas tasas de aprobación en las encuestas, al menos temporalmente, así como triunfos electorales. Los mexicanos a quienes sondean los encuestadores evalúan mal al gobierno de López Obrador en todas las áreas, pero lo aprueban a él personalmente, lo que le permite a su partido seguir ganando elecciones. Por su parte, Trump, ha sido imbatible en las encuestas de votantes republicanos al acercarse la elección de noviembre. El atractivo de estos líderes, entonces, radica en la añoranza de épocas pasadas; su impotencia, en lo mismo. Como diría Fernando Escalante: la realidad es el principal contrapeso de sus afanes.
***
El arco histórico del populismo corre en paralelo al de la democracia moderna. Por ello, afirmar que la era del populismo ha terminado supone una de dos cosas: que quienes hemos sostenido esa tesis estamos equivocados, o que la era de la democracia moderna también ha llegado a su fin. Lo natural es suponer que estamos equivocados. Sin embargo, después de reflexionar, me inclino por la segunda opción, aunque demostrarlo implicaría una minuciosa indagación histórica y teórica. Dibujo aquí la idea sólo en su forma más gruesa.
Quienes reflexionamos sobre la época que nos tocó atestiguar tendemos a sobrevalorar el presente. De allí que nuestra tendencia a afirmar que ciertos eventos contemporáneos representan el fin de un proceso secular —por ejemplo: una forma de régimen político— resulta para muchos desproporcionada. Pero no sería extraño que un régimen político haya caído ante nuestros ojos sin que lográramos ver que eso estaba sucediendo. Eso ya pasó antes. En el siglo XVIII, la monarquía conservaba sus aires de eternidad, cosa que cambió en el espacio de unos cuantos años. Soy incapaz de decirlo mejor que Guy Hermet:
En nuestros días, el recurso a las virtudes ciudadanas y republicanas se parece un poco a los cultos que se rendían en otros tiempos y lugares a dioses desaparecidos o a talismanes de poderes agotados en los que ya sólo se empeñaban en creer los sacerdotes o los brujos que habían quedado abandonados a su suerte. En tales circunstancias, ¿puede ser suficiente para devolverle el vigor a la democracia y prolongarla todavía una cantidad apreciable de décadas, ponerle un simple parche político orientado en un enfoque cada vez más populista? A pesar de la dificultad del salto fuera de nuestra comodidad mental al que obliga esta anticipación, ¿no hay que admitir más bien que se acerca su final, como un orden político que acaba y está listo para ceder el puesto al «nuevo régimen» del que ya se bosquejan trazos?1
Algo parecido sucedió en la segunda mitad del siglo XIX. Para entonces, en general, el gobierno representativo ya era visto como un avance, incluso si la democracia apenas empezaba a considerarse una forma política aceptable en Estados Unidos y Francia. En esos años, la emergencia de partidos políticos de masas parecía una creciente amenaza contra el parlamentarismo. Los partidos o facciones se antojaban obstáculos a la representación, pues invadían la autonomía de los representantes.2 De este modo, si bien ya era un hecho consumado que la modalidad del gobierno representativo existente en aquel tiempo era democrática y partidista, los sacerdotes y brujos de la representatividad advertían del riesgo de la muerte de sus dioses. El cambio de época había pasado de noche para quienes temían la llegada del “gobierno de partidos”.
Lo mismo sucede hoy en día. La era de la democracia moderna ha terminado, pero los brujos y sacerdotes de esa diosa muerta —las corrientes dominantes de la ciencia política— se empeñan en afirmar que aún vive; que tiene arreglo y por lo tanto futuro. Al hacerlo, disuelven el contenido del concepto de democracia entre adjetivos y propuestas cada vez menos democráticas (democracia participativa, democracia deliberativa, democracia ciudadana, etcétera). Aquí hay que aclarar que el fin de la democracia moderna no implica el fin del gobierno representativo, sino su mutación. Al menos por ahora.
De nuevo: el gobierno representativo existió por siglos antes de que adoptara su modalidad democrática moderna. En las monarquías, incluso en las absolutas, el principio de consentimiento era importante para decidir sobre asuntos tales como los impuestos. Este principio, que implicaba delegar decisiones cotidianas, fue también fundamental en las repúblicas medievales de la Liga Hanseática y Barcelona. Entre los siglos XVIII y XIX, sin embargo, el gobierno representativo y la democracia eran considerados como antitéticos. El primero implicaba seleccionar a unas pocas personas para el ejercicio del poder; personas que, por necesidad, tenían que contar con recursos para hacer campaña. Por eso, a lo largo de buena parte de la historia, el método electivo asociado a la representación fue visto como propio de regímenes oligárquicos muy distintos a la democracia, que es, al fin y al cabo, una forma de gobierno donde el pueblo es soberano, y donde todos los miembros de la comunidad política pueden, en teoría, participar por igual en las decisiones. Con todo, el devenir de la historia pronto provocó que la democracia se injertara en el gobierno representativo, tal como propuso Thomas Paine a finales del siglo XVIII.
La democracia moderna, entonces, se asentó sobre la credibilidad del principio de la soberanía del pueblo. Hay quien piensa que se trató, desde el inicio, de un engaño.3 La estratagema, si es que eso fue, tuvo tal éxito que ni siquiera los politólogos “elitistas” pudieron convencer a las élites de nombrar “poliarquía” a la nueva forma política. En todo caso, si la democracia resultó creíble para múltiples sociedades como una forma moderna de gobierno representativo, fue porque en ella confluyeron muchos procesos sociales, materiales y simbólicos. Hubo, para empezar, un proceso acelerado de formación de Estados nacionales, que llevó a que comunidades diversas se convirtieran en unidades políticas y legales reconocidas dentro de un orden mundial. El desarrollo del capitalismo industrial también jugó un papel: comportó, por un lado, el fortalecimiento del Estado y, por otro, la formación de clases sociales que se expresaron en sindicatos y partidos políticos. Otro factor fue el surgimiento de medios de comunicación masiva que dieron lugar a una gran conversación pública: desde distintos lugares, con distintos bagajes, todos podían ver, escuchar o leer más o menos lo mismo.
Estos factores hicieron posible que surgiera un cuerpo político que, siendo demasiado grande, tenía que valerse de representantes. En dicha representación podrían participar todos, o por lo menos la mayoría, integrada tanto por trabajadores como por capitalistas. Cada sector de la sociedad tendría sus propias formas de involucrarse, casi siempre a través de partidos políticos. De este modo, los votos podían traducirse en la opinión del pueblo en general, ya fuera que este se inclinara hacia la derecha o la izquierda; opinión que, además, quedaba reflejada en el espejo de los medios de comunicación. La supremacía del Estado en el territorio nacional ya era clara, lo que hacía posible que las acciones de un gobierno electo por la mayoría fueran interpretadas como el ejercicio de la soberanía popular. La democracia, en ese entonces, era posible y creíble.
Al mismo tiempo, empero, cabía la posibilidad de que, en realidad, no todos pudieran participar en la representación; de que los dados estuvieran cargados contra los trabajadores —tantas veces víctimas de los sindicatos de protección patronal— y más aún contra aquellos que ni siquiera podían sindicalizarse. Existía, también, la posibilidad de que los medios de comunicación no fueran un espejo de la comunidad política, sino de los intereses de sus dueños, y que así la opinión pública fuera en realidad la opinión de los amos del público. En otras palabras: existía (y esa condición existe siempre) la posibilidad de que surgiera un reclamo popular de que quienes habían sido electos por el voto habían traicionado sus promesas. Es en ese reclamo que yace la posibilidad de que aparezca el pueblo a través de una escenificación en la calle, exigiendo la soberanía que le corresponde, y que los oligarcas habrían usurpado. En toda democracia representativa moderna, entonces, late la posibilidad de la subjetivación populista.
La palabra “escenificación” implica, a la vez, teatro, drama y visibilidad. Ya que, en los Estados-nación contemporáneos, resulta imposible que todos los integrantes del pueblo sean visibles a la vez o actúen en concierto, el pueblo necesita de avatares que lo representen. Una de las formas en las que esto puede suceder es la escenificación: concentraciones masivas o marchas y desfiles en los que participan representantes de las diversas partes del pueblo. En la época del “populismo clásico”, este teatro político sólo podía valerse de las piezas del rompecabezas del siglo XX, en cuyas marchas populistas solían participar contingentes de organizaciones de trabajadores, comerciantes, campesinos, mujeres, juventudes y otros colectivos que formaban parte de las voces de la sociedad.
La situación es hoy distinta. La etapa neoliberal del capitalismo trajo consigo una baja en la tasa de sindicalización en todo el mundo;4 los discursos de clase han cedido su lugar a otros identitarios; los partidos políticos han atravesado una larga crisis que los ha llevado a perder militancia, así como a carecer de vida orgánica y de vinculación con diversos sectores sociales; la formación de Estados nacionales ha dado varios pasos hacia atrás; la capacidad del Estado para controlar los factores del desarrollo ha disminuido (de ahí la impotencia de personajes como Erdogan y Modi); y el espacio de los medios de comunicación no es ya un anfiteatro común, sino que se ha disuelto en una multiplicidad de micropúblicos que reafirman sus certezas de nicho en foros como las redes sociales, y que con facilidad pueden llegar a desconocerse entre sí. Es cada vez más difícil forzar que una discusión (por ejemplo, electoral) se vuelva central en los medios de comunicación. De tal manera, han desaparecido las condiciones que dotaban de credibilidad al maridaje del gobierno representativo y el principio democrático de soberanía popular. A falta de sus condiciones históricas de posibilidad, entonces, la época democrática ha terminado.
***
Esta última idea ofrece una explicación más robusta de aquello que los politólogos han concebido como la “crisis de la democracia” o la “recesión democrática”, que consiste en el “declive y vulnerabilidad al que han llegado los países de la región después de una década de deterioro continuo y sistemático de la democracia”;5 decadencia que se refleja “en el bajo apoyo que tiene la democracia, el aumento de la indiferencia al tipo de régimen, la preferencia y actitudes a favor del autoritarismo, el desplome del desempeño de los gobiernos y de la imagen de los partidos políticos”.6
El término “recesión”, tomado de la economía, resulta impertinente para hablar del estado actual de la democracia moderna, pues supone que el conjunto de relaciones sociales que hemos etiquetado como “democracia” es tan eterno y cíclico como el conjunto de aquellas que llamamos “economía”. No es así: mientras que la producción, necesaria para la supervivencia de la humanidad, es permanente incluso si las formas históricas de la economía política comienzan y terminan, la forma democrática de la política moderna es un fenómeno temporal, contingente y, en ese sentido, casi momentáneo en comparación con el capitalismo. Nada sugiere que, después de la decadencia de una forma de gobierno, vendrá una fase de recuperación, como sucede en los ciclos económicos.7 Es importante destacar este punto, pues la difusión del término “recesión democrática” muestra la ceguera ideológica de la ciencia política contemporánea, incapaz de ver más allá de la teoría “elitista” de la democracia.
Los tránsitos entre épocas políticas no son siempre estruendosos, aunque pueden tomar forma simbólica en estruendos particulares (un regicidio, una derrota electoral, una victoria militar). Esto se debe, entre otras cosas, a que es difícil despojar a las palabras políticas de los atributos positivos que han adquirido durante decenios o incluso siglos. Cuando se evoca lo real, la realeza, la majestad, lo majestuoso, estas palabras sugieren un halo positivo de elegancia, refinamiento, grandeza y poder, que se alterna con sus reversos de frivolidad, dispendio y abuso. Lo mismo sucede cuando se habla de una república, o de un gesto o un rasgo republicano. Cuando las palabras de la política pierden su función (me remito aquí al pragmatismo de William James), resulta imposible atribuirles de forma artificial un significado negativo. En su lugar, estas palabras terminan almacenadas en una vitrina histórica en la que lucen sus virtudes, y en donde quedan disponibles para su uso en discursos grandilocuentes, incluso si han perdido toda relevancia práctica.
Hoy en día, por ejemplo, existen monarquías constitucionales que muchos consideran un objeto de anticuario o un adorno pintoresco de gobiernos que son, en realidad, democracias modernas. Hay regímenes políticos que se reivindican monárquicos a la vez que democráticos, como el de España. En la vitrina de los regímenes muertos, entonces, estaría la palabra monarquía y sus virtudes reales. Lo mismo sucede con la palabra república, que, aunque conserva vigencia para los estudiosos, ha caído en desuso en el discurso público y ha sido disuelta, en los hechos, en una serie de atributos positivos: división y control de poderes, gobierno electivo y no hereditario, etcétera. Lo que quiero sugerir es que en esa vitrina está también ya listo el lugar de la democracia de los modernos. Nuestra tarea, entonces, consiste en imaginar nuevas formas de gobierno representativo: una política que nos permita reformular la idea de soberanía popular, pero sobre las bases materiales del presente. La alternativa es rendirnos frente a quienes, queriendo ser populistas, no consiguen ser otra cosa que autoritarios.
Gibrán Ramírez Reyes
Ensayista político. Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México e investigador visitante de la Universidad Autónoma de Sinaloa.
1 “El nuevo régimen del que debían surgir más tarde nuestras democracias ya estaba allí, desde antes de la Revolución de 1789, pero la mayoría de los franceses y los europeos en general no querían darse cuenta”. Hermet, G. El invierno de la democracia. Auge y decadencia del gobierno del pueblo. Los libros del Lince, Barcelona, 2008, pp.175 y 176.
2 Manin, B. Los principios del gobierno representativo, Alianza, Madrid, 1998, p. 237.
3 Véase: “Acerca (de la democracia en América del Norte)”, en: Marcos, P. Diccionario de la democracia: Diccionario clásico y literario de la democracia antigua y moderna, Volumen I, Palibrio, Bloomington, 2012 pp. 101 y ss.
4 Vachon, T.; Wallace, M.; y Hyde, A. “Union decline in a neoliberal age: Globalization, financialization, European integration, and union density in 18 affluent democracies”. En: Socius, Vol. 2, 2016.
5 García-Sayán, D. “Latinoamérica: ¿de qué democracia estamos hablando?”. El País, 4 de agosto de 2023.
6 Latinobarómetro. “Informe 2023: La recesión democrática de América Latina.” Santiago de Chile, 21 de julio de 2023.
7 Sólo la teoría clásica disertó sobre los ciclos históricos de la política, que tendrían una lógica muy distinta a la de los ciclos económicos (y no existiría tal cosa como una recesión). Véase: “Ciclos (políticos de la historia)”. En: Marcos, ob cit, pp.324 y ss.