
Andrés el Chico salió de su casa a bordo de una Suburban. A diferencia de su padre, Andrés el Grande, prefiere vehículos que hagan honor a su posición política, y no un viejo y austero Tsuru. Pero lo que en verdad lo distingue de su progenitor no es el modelo del auto, sino ese pequeño detalle de no confiar en el cuidado del pueblo y recorrer, siempre flanqueado por una escolta, las tranquilas avenidas de la Ciudad de la Esperanza.
Ese día, Andy —como lo llama con afecto la corte de la presidencia legítima— tenía la mirada perdida en el vaivén de la ciudad que piensa que le pertenece por anticipado. Entre semáforo y glorieta, parafraseó una reflexión que no entendió bien de algún viejo profesor de la Facultad de Ciencias Políticas: “la mejor forma de preservar al régimen es mediante la herencia”. Por desgracia, aunque su padre le legó la estructura entera de Morena, Andy ha tropezado con resistencias tanto dentro como fuera del partido. Hay incluso quienes, en un gesto de insólita osadía, se atreven a negarle lo que por derecho moral e histórico le corresponde: el poder.
“Yo me llamo Andrés Manuel. No José, ni Gonzalo, ¡Andrés Manuel!”, se repitió una y otra vez, como si el eco de su nombre pudiera disipar las dudas del mundo y asegurar la obediencia. Desde la cuna, todo estaba claro: él era el heredero. “José es tranquilo, a Gonzalo no le interesa nada, pero Andy es un cabrón”, solía decir el padre, con ese tono entre orgullo y advertencia, cuando le preguntaban por sus hijos mayores.
El príncipe —porque así se sentía, aunque sin cetro ni trono— había imaginado más de una vez su reino. Sin embargo, los días recientes no auguraban coronación alguna. En Durango, pese a haber operado personalmente la elección, el pueblo no respondió con el fervor que se esperaba ni los números le favorecieron. En Veracruz, donde optó por hacerse a un lado en un gesto que llamó “estrategia”, todo salió mal. Luisa Alcalde, ansiosa por congraciarse con la presidenta, se negó a abrirle las puertas de Morena a los Yunes. Él, magnánimo, les sugirió que se fueran al Partido del Trabajo, pero los expanistas se entusiasmaron de más: el PT terminó ganando más municipios que Morena. “¡Les dije que se midieran, pero no me hacen caso!”, refunfuñó Andy, entre la incredulidad y el fastidio de quien empieza a sospechar —sin querer admitirlo— que el oficio político no se hereda.
El príncipe leyó por encima una ficha mediocre que algún asesor mal pagado hizo con ayuda de ChatGPT y luego la rompió. Aunque la poca calidad del trabajo era evidente, los números oficiales mostraban que la estrategia de organización fue un error, y que las alianzas con los que alguna vez fueron la “mafia del poder” no surtían el mismo efecto en su propia causa que con la de su progenitor. Pero eso no le importaba. El verdadero problema era que su padre no le dejó ese timbre épico con el que resonaban sus gestas en las plazas y en la historia. Su apellido, a fin de cuentas, era López, no Obrador. Y López, pensaba Andy con cierta amargura, es tan corriente que hasta el tío Adán Augusto lo lleva. “Por eso nadie me respeta”, se dijo. “Necesito que me asocien con mi papá, con su gobierno, con su carisma. No me pueden decir Andy, me tienen que llamar Andrés Manuel… el continuador de la Cuarta Transformación de la vida pública de México”.
Según se dice, cuando no se cuenta con el respaldo del pueblo para gobernar, lo mínimo indispensable es asegurar la lealtad de la nueva nobleza: esos personajes que deben su posición política al histórico gobernante. En México, el único que cuenta con el apoyo del pueblo es Andrés el Grande. Los demás dependen de que la estructura del poder funcione. Ricardo Monreal lo comprende con la sabiduría de un viejo cortesano, de esos que conocen las sombras del palacio mejor que la plaza pública. “Él sí entiende la naturaleza del poder”, pensó Andy con afecto, casi con ternura, al recordar cómo lo ha abrazado más de una vez, pese al desprecio constante que su padre ha mostrado hacia él. En esos gestos, Andy creía ver no sólo complicidad, sino el reconocimiento que tanto anhelaba.
Pero la presidenta… ¡ah, la presidenta! Esa sí que no entiende. “Si no fuera por mi papá, seguiría en su cubículo de la UNAM, corrigiendo trabajos de segundo semestre”, meditó Andy, herido en lo más profundo de su dignidad. “¿Cómo se atreve a no tomarme las llamadas? ¿Cómo osa hablar directamente con mi padre, que ya debería estar en la Chingada, lejos de estos enredos?”.
Andy decidió apoyar a Lenia Batres para que fuera presidenta de la Suprema Corte de Justicia, pero a la presidenta no le simpatiza esa familia que presume tener nombres de rebeldes y comunistas mientras viven como ricos. Por eso, mientras dejó a Martí Batres afuera de Gobernación con la CNTE mentándole la madre, cambió los acordeones para que Hugo Aguilar Ortiz venciera en la elección a Lenia: ¡el nuevo Benemérito de las Américas!
“Pero eso no lo pudo hacer porque sí, cuando quiso quitar a Zoé no la dejó mi papá. Esto debió hacerlo con su permiso”, pensó Andy. “Viejo cabrón, nomás no suelta el poder. Encima salió a decir que teníamos a la mejor presidenta del mundo. ¡Aunque admite que el Tren Maya sí afectó el ecosistema!”. Días atrás, el gobierno que encabeza Claudia Sheinbaum reconoció públicamente varias fallas de la administración de Andrés el Grande, como el censo de personas desaparecidas o el desabasto de medicinas.
Para Andy, aquello era inaceptable. Pero no podía ser una afrenta contra su padre, era contra él, para manchar el legado que le pertenece, un desquite por no saludarla el otro día en un mitin sin importancia. Ya alguna vez se habían gritoneado. Pero el príncipe sabía tranquilizarse. Después de todo, él era el único homónimo de su padre; no había escapatoria posible: tarde o temprano “tendrá que elegirme a mí, impulsarme a mí, continuar en mí su legado”. La presidenta es apenas un paréntesis en la historia del poder familiar.
“Más vale ser temido que amado”, solía repetir Andrés el Grande, evocando una de las pocas clases a las que asistió en la UNAM, allá por los setenta. “El pueblo es ingrato, voluble; sólo es fiel por miedo o por dinero”, reflexionó Andy, masticando la sentencia con la gravedad de quien ha empezado a perder la paciencia. “¡Necesitan temerme! ¡Sólo así van a respetarme!”, murmuró mientras cerraba con firmeza la puerta de la Suburban, camino al estudio de grabación, como si al hacerlo también sellara la posibilidad de que lo sigan viendo como un personaje menor.
“Dejaré en claro que los resultados de la elección no fueron mi culpa”, se repitió mientras avanzaba con seguridad. En el fondo, no le inquietaba que el CEN de Morena estuviera repleto de peleles y fifís, ni que el padre de sus amigos, Rubén Rocha, tuviera a Sinaloa sumido en la violencia. Tampoco los negocios inconfesables de la elección de 2021, ni el uso de prestanombres en empresas que contrató el IMSS Bienestar o el Tren Maya. A diferencia de su padre, que teatralizaba la austeridad, a Andy le gustaba la buena vida y presumirla. Y con razón, pensaba: “Me la merezco, después de tanto sufrimiento”.
Lo que le preocupaba era otra cosa. “¡Nadie me dice Andrés Manuel! ¡Todos me dicen Andy para negarme lo que me corresponde!”, pensó con furia, mientras saludaba a los presentes con una sonrisa que, aunque ensayada, dejaba entrever la impaciencia del heredero.
Pero había llegado el momento de dar un golpe sobre la mesa. Era la hora de dejar claro su lugar en el mundo, no con discursos vacilantes ni gestos prestados, sino con una frase contundente, casi histórica. Si la plaza encumbró a su padre, él se dejaría elevar por la audiencia fiel de su podcast —esa masa invisible pero devota de la Moreniza—. Bastaba con decirlo tal como lo había ensayado frente al espejo, una y otra vez, con pausa dramática y mirada solemne: “Mi más grande orgullo es llamarme como el mejor presidente que ha tenido este país”. “Llegó el momento de dejar de ser Andy y convertirme, por fin, en Andrés Manuel. El continuador. El respetado”, pensó el príncipe, sentado con la espalda recta y las manos entrelazadas, mientras en la cabina resonaba la cuenta regresiva: tres, dos, uno…
Hugo Garciamarín
Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente