El problema no es el pádel, son los padelistas

Definido como un deporte de pelota y raqueta que se juega, por lo general, en parejas dentro de una pista rodeada de cuatro paredes, el pádel combina elementos del tenis y el squash para no exigir demasiado en lo físico ni tampoco en lo técnico; una especie de limbo deportivo que bien podría pasar desapercibido como un rápido esparcimiento competitivo.

Los orígenes de esta peculiar actividad ponen en evidencia su carácter desenfadado y su profuso atractivo social. De entrada, el solo hecho de que el pádel tenga denominación de origen mexicana ya resulta algo simpático, por decir lo menos.

JL

Acostumbrados a las histriónicas representaciones entre rudos y técnicos que conlleva la lucha libre, lo vernáculo de la charrería y el anacronismo del juego de pelota, que en tan sólo unas décadas un deporte inventado en México haya alcanzado fama mundial y esté experimentando un crecimiento sin precedentes para nada es cosa menor.

La historia de cómo surge el pádel se remonta a la ciudad de Acapulco, Guerrero —Las Brisas, para hacer más refinados. Corrían finales de los sesenta del siglo pasado, y un millonario de apellido Corcuera, cansado de los placeres mundanos y los estímulos triviales, tiene la magnífica idea de erigir un muro opuesto a la pared de su cancha privada de frontón para evitar que las pelotas cruzaran al terreno del vecino, e inventa un nuevo juego que resulta toda una epifanía, ya que dicho individuo no solo concibe un deporte hecho a su medida sino que también fragua un inusual pasatiempo para aquellos que por estar ganando tanto dinero todo el día, con dificultad tienen tiempo para trabajar.

De esa manera, el millonario mexicano invita a sus amigos millonarios extranjeros a divertirse con su juguete de propia manufactura. Empresarios, príncipes y nobles llegan al puerto en la costa del Pacífico para cazar patos por la mañana y jugar pádel por la tarde. Ante el vacío existencial que emerge después de asesinar inocentes animalitos plumíferos, nada mejor que una contienda con palas de madera, fácil de ejecutar y que no implique mucho esfuerzo.

Así, los primeros países en recibir con entusiasmo al pádel fueron España y Argentina, donde esta actividad dejó de ser algo excepcional para convertirse en tendencia.  Cuando renombradas figuras del ámbito político, empresarial y deportivo se aficionaron al mismo durante los años noventa, quedó clarísimo que no había vuelta atrás; la organización de torneos con cuantiosas bolsas, el establecimiento de clubs y federaciones, así como las más de 22,000 pistas de pádel que hoy existen tan sólo en territorio español, dejan constancia de las dimensiones del monstruo concebido bajo el sol acapulqueño.

Es ridículo que algo tan improvisado y exclusivo haya dado pie a un fenómeno mundial que congrega una comunidad de más de 25 millones de personas que juegan pádel a lo largo de más de 110 países; pero así son los inventos mexicanos, nunca nadie espero nada de la ensalada César, el televisor a color, los nachos, la tinta indeleble o la salida lavolpiana…, y miren hasta dónde han llegado hoy en día.

Pero volvamos al país de origen del pádel: más allá de que resulte curioso que este deporte haya tenido mayor resonancia en el extranjero que en México, no deja de ser sintomático que incluso hasta con nuestros propios artificios e invenciones la impuntualidad y la desconfianza sean el principal motor para desbocarnos sin medida a su práctica excesiva.

No fue sino hasta que la pandemia de covid-19 en el año 2020 detonó muchas de las certezas establecidas hasta ese instante en la vida cotidiana de los mexicanos. Cada individuo se aferró de donde pudo para transitar por una letárgica zona que denominaron “nueva normalidad”. Entre el tedio y la obligación por no desfallecer, algunos descubrieron que la cuarentena era el mejor momento para tomar una decisión vital y cambiar por completo el rumbo de las cosas. Así, hubo algunos que decidieron separarse de sus parejas, otros que huyeron al campo o que invirtieron todos sus ahorros en criptomonedas y unos cuantos más que sencillamente empezaron a jugar pádel.

En un país en el que el deporte con mayor arraigo social es ver deporte televisado desde la comodidad del hogar y en compañía de una sabrosa botana; donde más del 70% de su población tiene sobrepeso y las enfermedades cardiovasculares acortan cada año la esperanza de vida, no cabe duda de que ver en tiempo real el florecimiento del pádel en este entorno resulta prácticamente un milagro; un oasis de actividad física en medio de un desierto de granos de azúcar.

Sin embargo, la mesura y el equilibrio aristotélico nunca han sido una característica de nuestra nación. Como si el tiempo perdido tuviera que recuperarse, en cuestión de meses, el pádel despertó las pasiones de toda una generación de treintañeros y cuarentones que se encargaron de ponerlo de moda y llevarlo a extremos insospechados.

Tolerando a quienes no tienen talento ni la suficiente condición física para practicar algún deporte tradicional y sirviendo como justificación para evadir las crisis de mediana edad, el emergente boom de padelistas mexicanos oscila entre la pretensión de un estatus social ficticio y la excusa por sortear la monótona rutina.

Mientras algunos afirman que “los casados odian tanto estar en su casa que tuvieron que inventar el pádel”, otros aseveran que “aunque el pádel es al tenis, lo que el sóftbol es al béisbol, lo más importante es embriagarse con los amigos después de jugar”. Si Javier Marías decía que el fútbol es la “recuperación semanal de la infancia”, en México el pádel podría ser la recuperación semanal de la adolescencia, un revival de la época preparatoriana.

Cuando los mexicanos descubrieron que las rodillas no son un factor determinante para poder jugar pádel, esta entretenida actividad se encargó de forjar vínculos nunca vistos y provocó inesperadas adicciones que han desfondado por completo su escasa esencia deportiva y terminan evocando, más bien, el espíritu incontinente y acomodaticio de su acaudalado fundador.

Así como se suele decir que el problema no fue Marx sino los marxistas, quizá valga la pena hacer la misma analogía respecto al pádel. Tal parece que el hueco que hace años fue ocupado por los runners, después por los ciclistas y luego por los trepacerros, hoy está siendo colmado por los padelistas. No por nada esta moda también implica odiar a sus jugadores.

El comportamiento sectario y soberbio de quienes con fervor se comprometen con esta actividad resultará justificado cuando, en unos años, exista toda una generación de padelistas de alto rendimiento, una selección nacional sub-70 lista para conquistar todos los campeonatos y las medallas de oro que no hemos alcanzado como nación en las últimas décadas.

Mientras llega la gloria, habrá que alegrarse porque finalmente miles de mexicanos que no acostumbraban ejercitarse lo están haciendo, así sea por fantoches o pusilánimes. Al fin y al cabo, queman grasa y previenen enfermedades cardíacas. Ya quisiera uno tener tiempo para eso y no estar escribiendo este texto.

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor de Derecho Constitucional en El Colegio de México

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Publicado en: Deportes

6 comentarios en “El problema no es el pádel, son los padelistas

  1. Jajajaja jajajaja
    Un genio!
    Descripción exacta y puntual de lo que es un pseudo deporte, es más, en poco tiempo se va a jugar en "andaderas"!🤣😂

  2. Leí con curiosidad este artículo. Un SNI escribiendo de un tema cotidiano y trivial termina siendo un artículo para pasar el rato y acotar el stress cotidiano.

    Saludos poeta García Madero!!!

  3. Excelente contecto sr. Yo he jugado al padel por 34 años y tiene mucha razón en lo que dice usted señor, para nosotros los mayores lo hacemos para divertirnos un poco y tomarnos unas cervezas, pero también es muy cierto que este deporte está alcanzando un bum en el mundo,y a nivel profesional ni que hablar,ya no lo para nada y pronto será olímpico.

  4. Estimado Juan Jesús. Jugué tenis por varios años, nunca con mucho más éxitos que ser eliminado en las primeras rondas de torneos juveniles. También je corrido por años, ambos, de forma muy distinta, me dieron tecnica, gusto por el deporte, condición física y una cierta concentración mental.
    El pádel, en niveles intermedios a avanzados, requiere también de técnica, estrategia y condición. Sin embargo, a diferencia del tenis, es más sencillo de jugar para principiantes. Además que no se requieren lo altos costos de un club de tenis y genera una buena camaradería, más basada en el juego que en algunos que van por la cerveza.
    En resumen, creo es más de celebrar que el pádel se presente como una opción para muchas personas y que su existencia tenga un efecto mayormente positivo. Todos tenemos tiempo para lo que nos importa/gusta, hasta los escritores en Nexos, si un día quieren ir por una reta ¡serán bienvenidos!

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