El Teletón: el discurso de la impotencia

TELETON

Ya llegó el Teletón 2014. Como sucede desde 1997, la gran empresa de medios Televisa, a través de la Fundación Teletón, llama a la solidaridad de los mexicanos con el fin de recaudar la mayor cantidad posible de dinero para apoyar a las personas con discapacidad que no cuentan con los medios económicos para solventar las atenciones médicas y/o psicológicas que requieren.

Es ya una costumbre utilizar esta campaña para hacer gala de capacidad analítica. Hay quien se queja, con poco fundamento, de la mala calidad de la atención brindada en los Centros de Rehabilitación Infantil Teletón (los connotados CRITs). Pese a que en mi familia no hay personas con discapacidad, he visitado un par de estos centros por diversas circunstancias, y me consta que la calidad y la diversidad de atenciones que en ellos se ofrece, así como las instalaciones que para tal fin han sido dispuestas, son satisfactorias e incluso, excelentes.

Hay también quien afirma que la atención a las personas con discapacidad se ha convertido en un monopolio privado, en una argucia mediática para deducir impuestos y en un fenómeno perverso que denota la renuncia del Estado a cumplir con sus obligaciones. En eso hay algo de verdad. Es discutible que haya algo perverso en la deducibilidad de impuestos, si con ello se garantiza que cierta parte de las contribuciones de las empresas se dediquen a una causa noble. El problema de fondo yace en el hecho mismo de hacer de la atención a las personas con discapacidad eso: una causa.

Las causas a menudo surgen ahí donde las relaciones sociales se han disuelto o no se han agrupado de forma tal que los problemas encuentren una solución satisfactoria mediante la acción colectiva institucionalizada, constante y regulada jurídicamente. No obstante, lo que llama la atención de la causa del Teletón es que no es un producto de la anomia, del descuido o de la falta de capacidades institucionales. El asistencialismo –privado— que nutre esta campaña nace de la debilidad que tiene en nuestra sociedad la relación básica entre derechos y obligaciones.

Diríase, con toda razón, que el correlato del derecho ciudadano es una obligación estatal. De hecho, es difícil pensar en otra dicotomía que describa mejor la raison de être del Estado. Por ello, una de las críticas mejor fundamentadas en torno al Teletón es que la caridad no debe suplantar la obligación que tiene el Estado con todas y cada una de las personas, toda vez que un derecho no puede existir si alguien no está obligado a hacerlo valer. Aún si la asistencia brindada de forma privada compitiese con la atención pública en alcance, calidad o resultados, la consecuencia sería la misma. El daño es mayor si esta suplantación no cubre la demanda de servicios y, peor aún, si se canalizan recursos públicos a un operador privado, como sucede con el Teletón.

Ya en otros espacios de opinión se ha tocado el tema del mal uso que algunos gobiernos estatales están haciendo de los recursos públicos al no sólo donar, sino destinar partidas presupuestarias al Teletón. El debate en torno a este problema se robusteció a raíz de la recomendación que hiciera el Comité de los Derechos de las Personas con Discapacidad de la Organización de las Naciones Unidas (CRPD por sus siglas en inglés) al Estado mexicano el 3 de octubre de este año. En el texto publicado por dicho comité (descargable aquí) se lee, en la observación número 17, una preocupación que se divide en dos temas: por un lado, que buena parte de los recursos públicos destinados a la atención de personas con discapacidad sean administrados por una entidad privada (Fundación Teletón); por otro lado, que la campaña per se “promueve estereotipos de las personas con discapacidad como sujetos de caridad”.

El debate y las opiniones vertidas en torno a este tema se han concentrado, precisamente, en la primera mitad de esta observación, dejando en la mayoría de los casos como mera mención la representación de las personas con discapacidad como un grupo indefenso en perenne necesidad de socorro. Ciertamente, para fines prácticos y de política pública, es más fructífero concentrarse en el tema del uso de recursos públicos; no obstante, la médula del problema yace precisamente en el segundo tema.  

La lógica implícita en el debate público es que la “teletonización” de la atención de las personas con discapacidad puede causar la destrucción del vínculo derecho-obligación. Creo que es adecuado afirmar que es exactamente lo opuesto. El Teletón –y el estereotipo de las personas con discapacidad que promueve— es tan sólo un síntoma más de un fenómeno de descomposición social que ha minado los lazos de solidaridad entre distintos grupos sociales, y cuyas manifestaciones son visibles a varias escalas, siendo su consecuencia última la disolución de derechos/obligaciones.

Este fenómeno de descomposición se origina en los esfuerzos de las “elites” mexicanas por mantener un statu quo que les ha permitido reafirmarse no solamente en términos económicos, sino también, y principalmente, en términos sociales. Una de las formas más sutiles y a la vez más dañinas de mantener este estado de cosas es mediante la difusión de un discurso de la impotencia, el cual aniquila en el imaginario colectivo la agencia de aquellos grupos que no forman parte de la elite. Este discurso tiene una función dual: por un lado, reafirma la idea de que hay quienes son totalmente incapaces de sostenerse o brindarse atención por sí mismos y que, por ello, es necesario asistirlos, darles limosna. Este discurso, al ser interiorizado por los grupos sociales en desventaja, se convierte en la forma más barata y delicada de reducir el número de personas y familias que competirán por hacerse de recursos para llevar vidas dignas. Si la mitad de la población que se encuentra en situación de pobreza en México, por ejemplo, se asume como impotente, poco hará por salir de dicha condición. Por el contrario, y como acertadamente señalara Oscar Lewis en su célebre obra La cultura de la pobreza, lo pobres viven al día sin la expectativa o esperanza que su situación va a cambiar. Claramente, esta cultura es totalmente funcional para las elites. Por otro lado, este discurso posiciona a las elites como sujetos moralmente superiores. Vaya: ¿quién podría objetar moralmente el deseo de ayudar a quien lo necesita? Nadie con un modesto asomo de humanidad.

Georg Simmel, un sociólogo y filósofo alemán de principios del siglo XX, decía que la asistencia a los pobres tenía la función de proporcionarles lo suficiente para evitar manifestaciones extremas de este fenómeno que pudieran amenazar la lógica del sistema, pero no tanto como para remediar su condición –como lo exige un derecho. Ese es, finalmente, el peligro más grande de convertir un derecho en una caridad.

No se equivoque el lector: no pretendo establecer un paralelismo entre pobreza y discapacidad, aun cuando son condiciones que desgraciadamente se refuerzan mutuamente. Mi punto es que, precisamente, el Teletón y su constante reproducción de estereotipos de invalidez, incapacidad, e impotencia es, al mismo tiempo, una declaración de clase y una forma más de impostar en la sociedad mexicana la idea de que hay dos clases de personas, los que pueden y los que no, y que los primeros no tienen deber alguno con los segundos. Si no hay derechos, no hay obligaciones.

Antonio Villalpando Acuña es sociólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco y estudiante de la Facultad de Economía de la UNAM.

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Publicado en: Política, Salud
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13 comentarios en “El Teletón: el discurso de la impotencia

  1. Muy interesante el artículo. Yo creo que habría que agregar el tema de la «monopolización de la caridad» que por momentos parece adquirir el Teletón y la falta de transparencia en el manejo de los recursos que recibe en donación.

  2. Buen análisis Armando! Efectivamente, en el fondo de la crítica al Teletón está el reemplazo del derecho por el llamado a una supuesta solidaridad que no es más que una forma lloriquerante de esquilmar al pueblo. Las instituciones obligadas a cumplir con los derechos de las personas con discapacidad, dejan en manos privadas un negocio que les reditúa grandes ganancias, de todo tipo, pero sobre todo, económicas.
    Es deprimente cómo se expone mediáticamente la vulnerabilidad de las personas con discapacidad para «alcanzar la meta de recaudación». Entre las personas que aparecen en la pantalla y, las personas que te muestran una pierna mutilada en la entrada del metro para que les dinero, no hay mucha diferencia. Un saludo!

  3. Y el teletón es solo un ejemplo de una parte de los discapacitados. Hay muchos más sub-grupos olvidados precisamente por un Estado que no asume su papel de garante de una vida digna para sus ciudadanos, pienso por ejemplo en los niños de la calle, los que padecen deficiencias mentales, los ancianos, los migrantes, los huérfanos de la guerra del narcotráfico, los que padecen trastornos alimenticios, etc., etc. En donde está la ausencia, por deber y derecho del Estado mexicano.

    1. Muy de acuerdo contigo, pero, eso seria socialismo..o no? En MEXICO odiamos el socialismo: preferimos a la derecha conservadora….

  4. Difícilmente se puede ser más claro que el propio autor: el problema es que por medio de iniciativas como el Teletón se convierten derechos en asuntos de caridad. Se despolitiza (se vuelve un tema del orden privado, individual) un asunto que es público. Lo grave –y aquí creo que está lo más interesante y novedoso del texto de Villalpando para nuestra conversación pública– son las consecuencias que tienen estas prácticas en el mantenimiento del statu quo: desmoralizar a quienes reciben la caridad al reducirlos a un estado de impotencia y, al mismo tiempo, reforzar la posición de los otros como una élite magnánima (eso sí, que nadie les hable de pagar impuestos). Resulta curioso que se mencione la idea de «ciudadanizar» como el trasfondo del Teletón porque considero que es más bien lo contrario: el discurso detrás de estas iniciativas representa lo contrario a la idea de «ciudadanía».
    Preguntas que surgen después de leer este texto: ¿qué hay del asistencialismo público? ¿Reproduce estos mismos estereotipos? ¿Cómo es posible hacer una crítica de ese tipo de política social sin caer en el juego de quienes –desde una posición de privilegio y con una mentalidad estamental– desean erradicarla?
    Saludos.

    1. Muchas gracias por tu acertado comentario César,

      Creo que has usado una palabra que describe perfectamente el fondo de mi crítica: ESTAMENTAL. Claramente, la caridad es una descarga moral -la culpa burguesa, dirían unos- entre estamentos, de dos grupos sociales definidos por la desigualdad y diametralmente opuestos; los derechos, por su parte, remiten a una sociedad de iguales. Me quedo con «eso sí, que nadie les hable de pagar impuestos». (y)

      Saludos,

      A.

      1. Creo que debemos empezar por cambiar la Ley de Instituciones de Asistencia Privada para el Distrito Federal, ya que en su Artículo 5 dice «Las obras CARITATIVAS practicadas por una persona física o moral exclusivamente con fondos propios no estarán sujetas a la presente Ley.» Desde ese momento ya se habla de caridad, no de derechos.

  5. [el Teletón es …] una declaración de clase y una forma más de impostar en la sociedad mexicana la idea de que hay dos clases de personas, los que pueden y los que no (hasta aquí estoy de acuerdo) … y que los primeros no tienen deber alguno con los segundos (aquí me parece que, en todo caso, sólo moral). Si no hay derechos, no hay obligaciones (las obligaciones –en tanto exigibles y justiciables- en relación con los derechos de las y los connacionales sólo competen al Estado). No son “los primeros” (los que pueden) los que tienen deber con los segundos (los que no pueden). Es el Estado (y sólo) el que tiene las obligaciones que derivan de los derechos, incluso para obligar a los privados a ciertos cumplimientos, como la accesibilidad, por ejemplo.

    Me parece que, en particular en esta frase, pero en general en el análisis, se “mezcla”: “tener necesidad” con “tener derechos”. La necesidad, en el caso de las personas con discapacidad, NO viene (o no necesariamente) de la carencia, de la indefensión, de la impotencia, etc., (aunque de acuerdo que así lo presenta Teletón) sino de un asunto de Igualdad y de Justicia (Justicia social). El statu quo implica una “injusticia social inmerecida” para las personas con discapacidad: entornos y cultura que son excluyentes y discriminatorias de ellas; la Igualdad de hecho (dar un trato diferente a las y los que de hecho son diferentes) es un derecho, que materializa el Principio de Derechos Humanos de la Igualdad de Oportunidades. No se pide ni limosna, ni dádivas, ni tampoco satisfacción de necesidades por incapacidad de cumplirlas de las personsas con discapacidad mismas. Nuestro derecho es, y sólo (aunque ese “sólo” es muy amplio), a que existan o se generen las condiciones para un ejercicio de derechos en igualdad de condiciones y de oportunidades con el resto de las personas.

    1. Gracias por tu comentario Teresa,

      Sí, de hecho fue mi intención jugar con las fronteras entre los conceptos al final de mi opinión (difuminarlas), precisamente en refuerzo de la idea de que hay una descomposición que subyace a las categorías concretas elite-Estado, derecho-caridad. Concuerdo totalmente contigo; no es un asunto de «tocarse el corazón», es un asunto de derechos que a todos nos asisten.

      Saludos cordiales.

      A.

  6. Si partes de que todo acto de solidaridad es por caridad y por lo tanto limosna, pues sí, es cuestionable. Si en cambio lo ves como una forma natural de empatía que los seres humanos sensibles expresan, es otra historia. Todo gesto de ayuda empática es loable sin demérito del ayudado ni admiración de quien ayuda, independientemente de su condición económica. Mucha de la gente que ayuda a las instituciones de asistencia privada son de escasos o limitados recursos. Que eso le levante la canasta al gobierno y fomente su irresponsabilidad, es cierto, pero ni modo primero está la gente y su necesidad de recibir ayuda de calidad en forma rápida y oportuna. Muchas veces escuchamos el discurso de ciudadanizar muchas cosas ante la incapacidad, ineficiencia, burocratismo o corrupción de los gobiernos. Bueno el Teletón es una forma de ciudadanizar un problema que afecta a un enorme grupo de personas. Afortunadamente seguirá adelante este proyecto a pesar de que haya gente que no sepa o quiera ayudar a nadie.

    1. Con todo respeto a tu opinión. Siento qué no se partió de ese punto que mencionas, y nunca el autor invitó a no donar. El problema que siento menciona el autor, es la comodidad con la que el gobierno se ha olvidado de sus responsabilidades gracias a esta «causa noble» Teletón. Por otra parte, el problema sociológico que existe, la pobreza. Hay mucha gente dispuesta ayuda, a expensas de su condición económica. Siento que el problema esta en como se manejan las cosas en el Teletón, los medios y las formas, el circo. Snn duda ayudar a gente con capacidades especiales es y seguirá siendo responsabilidad de todos como mexicanos, ya que el gobierno no tiene la capacidad, o no quiere asumir la responsabilidad, de ayudarlos. Solo una opinión. Un saludo!

    2. Estimado Armando:

      Gracias por tu comentario. Concuerdo contigo en que la «ciudadanización» de algunas acciones promueve o es síntoma de una sociedad participativa y solidaria, lo que a mi parecer es una situación ideal totalmente deseable. No obstante, debe existir una garantía táctica para que todas las personas, no sólo aquellas con discapacidad, tengan acceso a satisfactores relacionados con sus derechos. Por mucha buena voluntad que exista en el mundo, esta no es una garantía; por ello es que existen las leyes, y en consecuencia, un Estado que debe hacerlas cumplir. El Estado no es una I.A.P.; funciona con dinero que tú, yo y todos aportamos, de modo que es a quien nuestra exigencia debe ir dirigida. El punto de mi opinión, que me parece extraviaste, es que el reemplazo de un derecho por un acto de buena voluntad encierra un discurso perverso que forma parte de una anulación sistemática de la solidaridad, esa que defiendes y que yo, al igual que tú, desearía ver más a menudo, pero encauzada a través de la ley para que todas las personas gocen de la garantía del ejercicio pleno de sus derechos, no sólo aquellas que tengan la suerte de encontrarse gente buena como tú o como yo.

      Saludos cordiales.

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