El último boleto del Metro

Desde hace tres días la noticia comenzó a circular: el 29 de enero saldría a la venta en las taquillas de las Líneas 2 y 3 el último tiraje del boleto magnético del Sistema de Transporte Colectivo Metro (Metro, a secas, para quienes saben lo que es sudar, llorar y dolerse por tener que usarlo cada día para llegar a la escuela, el trabajo o la casa).

El día prometido llegó. Este lunes la ciudad se desperezó como acostumbra: con furia, ruido, tráfico, y agregó una temperatura mínima de siete grados centígrados a las seis de la mañana. A esta hora ya andan por las calles quienes deben presentarse sin retraso en una oficina, en un salón de clases o en un comercio informal o ambulante. Los microbuses circulan con las luces apagadas, pero adentro se distinguen las siluetas sentadas o de pie que van a ganarse la vida o a forjarse un futuro. En el paradero de Tasqueña, cercano a la Central de Autobuses del Sur, apenas comienzan a saltar las primeras gotas de aceite en las que sumergen distintas versiones de alimentos hechos con masa de maíz.

El pasillo que lleva a la entrada principal del Metro aún no huele a pan recién calentado en el horno de microondas ni a café instantáneo ni a chetos de queso a granel. Las personas, sin importar su estatura o edad, van aprisa.

Al entrar a la estación, a mano izquierda, están las máquinas de recarga y compra de la Tarjeta de Movilidad Integrada, que producen sonidos similares a los de un videojuego; a cada acción le corresponde uno al que es difícil asignarle una onomatopeya. Quienes no están familiarizados con la Tarjeta de Movilidad Integrada deben saber que es una forma de pago electrónico creada por la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México. Es válida en el Metro, el Metrobús, el Tren Ligero, el Trolebús, los camiones RTP y de la Red de Corredores, el Cablebús y la Ecobici. Tiene un costo de 15 pesos y se le deben agregar mínimo otros 5 pesos para cubrir un viaje en Metro; el Metrobús requiere 6 pesos; para el Trolebús hay que considerar entre 4 y 7 pesos más; en el caso del Tren Ligero son 3 pesos extra; en el Cablebús se deben sumar 7 pesos. El servicio ordinario del RTP cuesta 2 pesos; el expreso, 4 pesos; y el Ecobús, 5 pesos. El pasaje en la Red de Corredores cuesta 8 pesos. En la Ecobici se pagan desde 118 pesos por un día hasta 521 pesos por un año.

Se pensaría que las extensas filas de un lunes por la mañana aumentarían hoy debido a los entusiastas que quisieran comprar uno o varios boletos conmemorativos. No fue así en Tasqueña: dos mujeres que atendían las taquillas tenían minutos muertos entre la llegada de un usuario y otro. Sí hubo quien pidió una tira de cinco boletos, pero no se detuvo a admirarlos porque no quería perder el tren que estaba a punto de salir.

En General Anaya, una mujer de 50 años, de apellido Calderón, recuerda que desde pequeña ha viajado en Metro. Está sentada en una de las bancas del andén y trata de protegerse un poco del aire frío de la mañana. Tiene un bolso negro reposando en sus piernas, del que saca un tubo para maquillarse el rostro. Por ahora, su trabajo la obliga a tomar distintas líneas a la semana. Al preguntarle si no va a echar de menos el boleto magnético dice que para ella las dos formas de pago “son funcionales” porque tienen el mismo precio. Además, ya se acostumbró a las máquinas de recarga. Entre los objetos que guarda en su casa hay dos boletos: uno color rosa y otro de un aniversario que ahora no viene a su memoria.

Mari Paz, de 52 años, espera a alguien en la entrada de la misma estación. Hasta ahora no sabía que el boleto de papel va a desaparecer. Antes, cuando iba a trabajar, los usaba diario; después compró una Tarjeta de Movilidad “porque es más práctica” y se acostumbró a recargarla en la ventanilla. Su colección de boletos comenzó “desde que eran rositas”; pero dice que ahora no le llama la atención comprar este último diseño, con un tiraje de 14 millones.

Fotografía: Kathya Millares

En una de las taquillas hay un mensaje que advierte: “Tarjetas agotadas”. Alguien pide: “Me recarga cincuenta y me da un boleto”. Otras personas intentan recargar su tarjeta en las máquinas, al final ceden y pasan a la ventanilla. El personal de vigilancia pegó en uno de los torniquetes una hoja blanca en la que se lee: “Rompa su boleto y tírelo. Gracias”.

Minutos más tarde, Rafael Tovar, de 69 años, está esperando en el lado del andén que va hacia Cuatro Caminos. Trata de acomodarse el cubrebocas negro para no sentir el frío en la nariz. Diario aborda el metro aquí y se baja “en el Toreo”. Él, a diferencia de Mari Paz, sí sabía que hoy comenzaron a circular los últimos boletos del Metro. Su hija fue la encargada de comprar algunos “para guardarlos como souvenir”. De esta manera va a ampliar su colección de ediciones conmemorativas. Aunque siente un poco de nostalgia ante la desaparición de este objeto, agradece que habrá menos gasto de papel. El señor Tovar tiene la tarjeta del Inapam que le permite el acceso gratuito al Metro, pero aun así considera que la Tarjeta de Movilidad es útil para otras personas que toman distintas rutas de transporte.

Graciela García, de 56 años, está un poco inquieta porque aún no pasa otro tren y lleva más de cinco minutos esperando. Ella empieza su viaje aquí, en Ermita, y se baja en Hidalgo. También sabe que ya no habrá más boletos; sin embargo, no va a conservar uno de la última edición. Compró la Tarjeta de Movilidad desde sus inicios; se le hace más práctica que el boleto porque así evita las filas largas y la pérdida de tiempo. Sólo espera que después no vayan a cambiar las tarjetas.

Fabiola López lleva dieciocho años trabajando en las taquillas del Metro. Hoy está en la estación Portales. La desaparición del boleto le provoca nostalgia porque ha pasado mucho tiempo manejándolo, vendiéndolo a los usuarios. Este momento lo ve como un cambio total hacia la tecnología, hacia lo digitalizado. Pese a que diario está en contacto con el boleto, no ha guardado ni uno; esta vez comprará una tira para conservar el recuerdo.

Christian González, de 40 años, entra a la estación Nativitas y en la taquilla compra cinco boletos conmemorativos. Sube las escaleras y pasa por los torniquetes. Uno todavía acepta boletos. A veces viaja de Nativitas a Normal y luego toma una combi. Otros días va de Constitución a Bellas Artes. No es la primera vez que se apresura a obtener un ejemplar de aniversario: tiene los de la UNAM, el Poli y Pemex. Pero son sólo eso, recuerdos. Desde hace “muchos años” se cambió a la tarjeta “porque es más práctica y no estás cargando boletos que se mojaban o se rompían”. Resalta también que ahora se evita las filas de recarga, pues “con la aplicación es más fácil: la pegas al celular y listo”. Christian lamenta que con el boleto también van a desaparecer las bromas que suscita. “A veces, cuando viajaba en auto con alguien, me decía: ‘Toma, te doy un boleto del Metro para que vayas más cómodo; es más rápido’”.

Rosa Lilia tiene 39 años y lleva nueve trabajando en una taquilla. Este lunes cubre el primer turno en Villa de Cortés. Saber que ya no se venderán boletos la hace pensar en la desaparición de algo tradicional: “Es el peaje con el que empezó con el Metro”. “La tecnología nos alcanzó y hay que adaptarnos”. Según su experiencia, todavía hay un alto porcentaje de personas que prefieren usar el boleto; entre ellas, estudiantes y turistas. “La tarjeta se les bloquea, jala más dinero o se les pierde”. Espera que la gente se adapte a este modo de pago porque así no se gasta tanto papel. De una cosa se arrepiente: no haber guardado algunos boletos de aniversario. “Nunca pensé que se iban a acabar. Ahora sí me voy a llevar unos”.

Jazmín, de 37 años, se formó menos de un minuto en la fila de la ventanilla para comprar “boletos de los nuevos” porque se los encargó su marido. Diario viaja desde Viaducto hasta Mixiuhca. Ella se olvidó de los boletos desde antes de que desaparezcan porque “usar la tarjeta es más fácil: puedes pagar el Trole o el Metrobús”.

Ilustración: José María Martínez

Virginia tiene 33 años y todos los días recorre esta línea: Viaducto-Hidalgo. Hoy compró boletos porque se le olvidó recargar la Tarjeta de Movilidad. Desde hace siete años se dio cuenta de que es más fácil usar ese tipo de pago: “Puedo recargar en la máquina o en la aplicación a cualquier hora y traigo más entradas”. Va a conservar dos de los boletos que acaba de comprar para que acompañen a los que tiene del aniversario del SAT, institución donde trabaja.

Jafet es un joven de 22 años que está a cargo de un puesto de dulces adentro de la estación Chabacano. Ignoraba que el boleto magnético va a desaparecer y se muestra a favor de la tarjeta electrónica. Igual que otros usuarios destaca que es más fácil de usar y es más práctica porque se evita filas lentas. Sin embargo, entre usar el Metro y su automóvil, prefiere viajar diario en éste.

Hubo un tiempo en el que Rafael Morales era usuario habitual del Metro. Ahora, a sus 69 años, sólo lo aborda de vez en cuando para ir de compras. Hasta hace unos minutos no sabía que el boleto desaparecerá. En el andén de la estación San Antonio Abad recuerda que fue una de las primeras personas que viajaron cuando se inauguró este transporte en 1969. Desde aquel día comenzó su colección de boletos; aunque sus intereses después se expandieron hacia los carritos o las monedas. La demora del tren le desespera y considera tomar un microbús para llegar a la Merced. “Ya no estoy para esto; mi tiempo lo marco yo”. Al final, logra entrar al vagón.

Miriam, de 43 años, es otra de las pasajeras que ha hecho varios intentos por subirse a un vagón en San Antonio Abad. “No somos tan hábiles. Bueno, al menos yo no lo soy”, dice al ver cómo otras mujeres se empujan entre ellas para permitir que cierren las puertas. Hoy modificó un poco su ruta, pero viaja de lunes a viernes de General Anaya al Zócalo. Hace tiempo se compró la Tarjeta de Movilidad; cuando se le olvida, recurre a los boletos. Hay una razón muy personal por la que lamenta que desaparezcan: “Soy muy olvidadiza y de este modo nos están quitando la otra alternativa. Me parece que así culmina la digitalización de los cobros. Además, yo no sé usar la aplicación para recargar la tarjeta”. Como alguien que aprecia estos objetos de papel, no perderá la oportunidad de comprar unos; por nostalgia, porque son los últimos.

No es novedad decir que el descenso en Pino Suárez se logra con codazos y empujones; eso sí, no debe faltar el acostumbrado “disculpe” que muchas veces no evita el enojo de alguien. Mientras esta lucha sucede en los vagones, Alejandra se toma con calma la vida a sus 31 años. Está sentada en una esquina, en uno de los extremos del andén. “Estoy esperando que no haya tanta gente”. Debe llegar a su trabajo en Coyoacán, pero tiene tiempo de sobra. Su entusiasmo por coleccionar los boletos la llevó a completar la serie que salió hace como dos años, que se imprimió en distintos colores: amarillo, rosa, naranja, rojo, azul, verde, morado, violeta, gris. “Los compré porque pensé que ya no iba a haber boletos y así resultó. Se vuelven un objeto único”. Pese a que Alejandra valora tanto los boletos, su vida laboral la obligó a migrar a la tarjeta. “Como me pagan al mes, tengo que recargar [en un solo momento] lo que voy a ocupar en esos días. Así que uso tres tarjetas porque en una no puedo tener todo el crédito que necesito para mis viajes”. Hay que considerar que la recarga máxima es de $99 pesos y que el límite de saldo es $120 pesos. Despedirse de los boletos la pone melancólica: “Es algo que existía desde mi infancia. Me hace recordar que ya crecí, que pasa el tiempo”.

En las taquillas de la estación Zócalo, cercanas a la Catedral, se anuncia: “No hay tarjetas”, y se pide a las personas pagar con cambio. Al lado está el Módulo de Información STC, con un letrero informativo: “Tu tarjeta MI es más que un plástico, es tu medio de acceso al Metro y a todos los transportes de la Red Movilidad Integrada de la Ciudad de México. ¡Cuídala! Evita maltratarla, romperla o perderla”. Y un mensaje desconcertante: “Debido al desabasto de chips electrónicos a nivel mundial, podría presentarse insuficiencia de tarjetas”.

Alejandro tiene 36 años y vigila una de las entradas de tal estación. No perdió la oportunidad de comprar boletos conmemorativos: “Porque es la última edición y sólo tengo otra de hace años”. Le parece que este cambio va en camino de “una nueva era”. “Todo se actualiza, todo va a ser digital”.

Ilustración: José María Martínez

En el angosto andén de Allende, José Luis García, de 67 años, manipula la pantalla de su celular. Está esperando a una persona. El recorrido diario hacia su trabajo lo resume así: Gómez Farías-Pino Suárez-Allende. Usa el Metro desde que era estudiante, unos cuarenta años atrás. Festeja la tradición del boleto: “Era bonita y se veían bien cuando cambiaban el logo”. Pero también toma en cuenta “una cuestión ecológica”: prefiere la tarjeta porque “no se usa celulosa”. De guardar boletos, ni hablar: “No colecciono porque me estorbarían”.

Adriana Martínez tiene diez años trabajando en las taquillas del Metro de esta Ciudad. Hoy está en una de Bellas Artes. A sus 43 años siente un poco de nostalgia porque no habrá más boletos. “Todo va cambiando; todo tiene un principio y un fin. Es como decir adiós a lo antiguo”. Dice que esta mañana ha sido especial: “Desde temprano han venido a preguntar por los boletos. Se llevan dos, tres o hasta diez. Una jovencita regresó por más”. Le preocupa que las personas que vienen de visita o de provincia ahora van a tener que comprar la tarjeta, que ya no van a tener otra opción para pagar su entrada. En el tiempo que lleva trabajando en este transporte no tuvo interés por conservar boletos especiales. “No los coleccioné; nunca me decidí y ahora menos. Pero éste sí lo voy a guardar”. De pronto, recordó que sí hay un boleto que compró. El del TRI, porque le gusta el rock en español.

En el Módulo de Información de Hidalgo, la persona encargada relata que los usuarios han ido a preguntar por los boletos. “A nosotros nada más nos dijeron que iban a quitar los boletos y que hoy empezaban a vender los últimos. Pero no nos aclararon en dónde ni por cuánto tiempo. Como no tenemos más información, las personas se enojan”.

En las oficinas del STCM, ubicadas afuera del Metro Juárez, tampoco hubo una persona que pudiera dar una entrevista para dar más información sobre el último boleto del Metro y el cambio total a la Tarjeta de Movilidad. Al menos eso indicaron en la Dirección de Medios. La promesa de comunicarse a lo largo del día no se ha cumplido.

Después de este desvío en la ruta, el recorrido por la Línea Azul continúa. En una de las taquillas de Revolución tampoco hay tarjetas. Carmen Hernández tiene 52 años y está esperando en el andén a sus amigas, que no sabe si se van a tardar. Viaja en Metro una o dos veces a la semana. Sin duda, prefiere la tarjeta electrónica. “Es más fácil usarla. Cuando ando a las carreras, sólo la recargo”. Pero también debe considerar otros detalles al usarla: “A veces la recargo en la máquina y a veces en la taquilla, donde haya menos gente. También depende de cuánto dinero traiga porque la máquina no te da cambio”. El boleto le recuerda a su juventud, “cuando compraba grandes tiras porque era más barato”.

Karla tiene 24 años y viaja todos los días desde Cuatro Caminos hasta Constitución de 1917. Ahora está en Colegio Militar. Hace como un año compró su Tarjeta de Movilidad porque “es más práctica, es más fácil pasar y se reduce la contaminación”. Pero el fin de los boletos le provoca tristeza y nostalgia. Sus favoritos son el del Colegio de Bachilleres porque estudió en uno y el del Pride.

María Teresa Guzmán está parada en la entrada norte de la estación Popotla. Tiene 45 años y se dedica a la venta de dulces. Cuatro días a la semana viaja en el Metro para entregar sus productos a los clientes. Eso la hace comprar al menos seis boletos. No se ha acostumbrado a la tarjeta porque le cuesta trabajo leer de cerca; usa unos lentes especiales. “A veces, cuando paso la tarjeta por la máquina, empieza a hacer un ruido y me imagino que algo anda mal. Tengo que sacar mis lentes para leer si falta saldo o qué pasó. Mejor me retiro para no estorbar”. Por la mañana recibió un encargo muy peculiar de sus clientes: le pidieron que les comprara tiras completas de los boletos rojos, que simulan el primer tiraje que sacaron a la venta. Ahora, que los tiene guardados en su bolso, comprende que quieren coleccionarlos. Ha decidido que va a conservar el blanco del 50 aniversario del Metro que iba a usar en el viaje de regreso y que se va a comprar unos de la última edición.

Eva tiene 22 años y usa las estaciones del Metro como punto de entrega de las mercancías que vende. Espera en la estación Cuitláhuac. Sin titubear, contesta que para ella la mejor opción de pago del transporte es la tarjeta. “Es más fácil y práctica. Además, no se generan residuos”. No se enteró de que ya no habrá boletos, pero considera que es algo bueno. “[Con los boletos] es mucha basura la que se genera”.

José tiene 65 años y vende celulares en la estación Tacuba. Todos los días viaja desde El Rosario para llegar aquí. Tiene una gran colección de boletos del Metro. Aún conserva uno de los Abonos que se usaron en los años ochenta. “Era una tablilla larga para el camión y el Metro. Te duraba quince días”. Si acaso, le faltarán tres o cuatro ediciones de aniversario. “Me faltan porque me operaron y no pude conseguirlos”. Ha intentado comprarlos en internet, pero no los ha encontrado. Hace tiempo tuvo la intención de donar sus boletos al Metro. “quería que estuvieran exhibidos como en un museo, pero no vi que tuvieran algo así”. La mudanza hacia la tarjeta electrónica le parece que es muy apresurada. “Todo lo que era tradicional desaparece por esta modernidad. Todo va a ser por puro teléfono. Se van a extrañar aquellos tiempos donde todo era manual. Los cambios son buenos, pero deben ser planeados”. Reconoce que era necesario cambiar los torniquetes de acceso, pero no está muy convencido de que usar sólo la tarjeta sea práctico. “Las personas con tarjetas del Inapam o las que todavía usan el boleto dependen de que el policía les deje entrar. Si él se mueve por cualquier circunstancia, se tienen que esperar hasta que regrese”.

Alejandra López está de visita en la ciudad. Tiene 57 años y vive en Hidalgo. Ni una sola vez ha usado el boleto del Metro, pero tampoco ha comprado una Tarjeta de Movilidad. Siempre viaja acompañada en este transporte y es la otra persona la que tiene la tarjeta; en este caso, su concuña. Pero si le dan a escoger, ésta se le hace más difícil de usar. “Prefiero el boleto porque se mete y lo agarra la máquina”. Así explica su experiencia en la estación Panteones.

Arturo López trabaja desde hace 33 años en el Metro. Hoy está encargado de una de las taquillas de la estación Cuatro Caminos. Con la franqueza de sus 60 años, dice: “Siento que está mal que quiten el boleto. Aquí viene mucha gente del Estado de México que sólo viaja una vez al mes o que vive al día —como los obreros, los albañiles o los estudiantes— y la tarjeta es cara para ellos”. Además, “las tarjetas fallan. En esta estación, al menos dos veces por semana, fallan las computadoras”. Asegura que el boleto es más práctico. “La tarjeta se les bloquea o la máquina se traga sus monedas y vienen aquí a que lo arreglemos. Nosotros no somos técnicos”. Después de vender tantos años el boleto, “toda una vida haciéndolo”, ha visto cómo las personas y sus propios compañeros los coleccionan. “Es el símbolo del Metro; lo primero que haces al entrar es comprar un boleto”.

 

Kathya Millares
Editora en nexos

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Publicado en: Economía, Tecnología