El virus de la antipolítica

Un virus acompaña al Covid-19 en su expansión imparable por el planeta, el de la antipolítica. El primer ejemplo en China, paradigma de un modelo tecnocrático desarrollista que busca desactivar cualquier atisbo de movilización. Es un modelo cuyos éxitos legitiman a las autoridades chinas en el interior, pero que también tiene una dimensión externa, una suerte de softpower que apoya el ascenso de China a gran potencia mundial. Uno de los primeros ejemplos lo tuvimos en las imágenes, que se propagaron rápidamente, de la eficacia con la que las autoridades y los técnicos chinos construían un hospital para tratar la epidemia en Wuhan. En una demostración de poderío, en tan sólo 10 días se levantó y puso en funcionamiento un centro que recibió el adecuado nombre de Volcán. En el resto del mundo sólo cabía admirar la eficacia y capacidad ejecutiva del estado chino. Semanas después llegaron las ofertas de ayuda China a España e Italia para superar la crisis sanitaria. Nueve enviados de la Cruz Roja china llegaron a Milán y criticaron la falta de disciplina de la sociedad y las autoridades italianas para aplicar las medidas de cuarentena. En Pekín deben estar saboreando una dulce venganza, ofreciendo lecciones a los occidentales.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

Y sin embargo, el modelo tecnocrático desarrollista encierra muchas sombras. En primer lugar, como ha señalado Reporteros sin Fronteras, en la expansión original de la epidemia pudo haberse producido una falla informativa. Las autoridades chinas censuraron o acallaron las voces que hablaban del contagio del virus, en lo que es una práctica habitual de las autocracias. La falla informativa llevó a tomar medidas más tarde de lo necesario. Pero en segundo lugar, el problema pudiera ser más profundo y permanente. El modelo desarrollista chino, el control de expertos empeñados en la búsqueda obsesiva del crecimiento económico no es más que una variante particularmente agresiva de las formas de relacionarnos con el medio ambiente a la que nos conducen nuestros patrones de producción y consumo. Esa obsesión con el desarrollo económico tiene costes ecológicos evidentes y también pudieran contribuir a las pandemias. Como ha señalado el biólogo Fernando Valladares, los ataques a la biodiversidad y el calentamiento global son factores que facilitan la transferencia de los virus desde especies animales a la humana.

El virus de la antipolítica no procede sólo de China. Ya se ha instalado en Europa. Se refleja, quizá en su parte más benigna, en la atención reservada a los expertos, médicos, biólogos y epidemiólogos. Sin duda hay que escucharlos. Pero no hay que olvidar que la toma de decisiones es un asunto político y debe estar sometido al debate público. Por cierto, también la ciencia. Algunos comentaristas en Europa están señalando con zozobra que los desacuerdos entre los científicos generan inquietud en los ciudadanos y que lo mejor sería que desde los especialistas se hiciese llegar un mensaje unívoco a la población. Sin embargo, quizás no haya mejor educación para la ciudadanía que transmitir la idea de la incertidumbre, ni tampoco mejor escudo contra las llamadas fake news. Hay que subrayar, no obstante, que debate y desacuerdo científico no equivale a aceptar como válida cualquier afirmación, como las extravagancias sin fundamento con las que nos sorprenden Trump o Bolsonaro.

Más peligrosa que la atención a los científicos, otra forma de antipolítica se extiende. Grandes empresas, clubes de fútbol, cadenas hoteleras y deportistas millonarios están ofreciendo donaciones en España y otros países de Europa para ayudar a la compra de material sanitario. Hace unos días comenzó a circular un mensaje de WhatsApp en España en el que se aplaudían estas donaciones y se criticaba que los políticos (y también algunos artistas e intelectuales de izquierda) no hubiesen hecho lo mismo. Este tipo de afirmaciones ya ha comenzado a extenderse en algunos medios de comunicación. Las donaciones de particulares coinciden con la información sobre el desabastecimiento, la saturación de las unidades de cuidado intensivo, la falta de personal sanitario, que ha tirado por el suelo uno de los mitos más persistentes de las últimas décadas, propagado por políticos y medios por igual: tenemos en España el mejor sistema sanitario del mundo, nos repetían sin descanso, aunque nunca aclaraban en qué datos basaban tal afirmación.

El mensaje es muy peligroso. Los millonarios que donan nos salvan de la pandemia, los políticos son un lastre. Pero encontrar entre la lista de donantes alguno condenado en el pasado por fraude fiscal debiera hacernos reflexionar. Lo que necesitamos es un debate político sobre el sistema sanitario y el sistema fiscal que queremos. La escasa (por no decir nula) solidaridad de los hospitales y clínicas privadas en los últimos días tendría que hacernos pensar que reducir el papel de lo público en la salud es peligroso. Por cierto, que el problema no es sólo español o del sur de Europa. En Suecia, paradigma del estado del bienestar (por buenas razones), diversas reformas introducidas a partir de la década de 1980 en el campo de la salud pública que buscaban incrementar la eficiencia, reducir los costes y lo que se ha denominado “planificación orientada a las necesidades” han sembrado dudas sobre la capacidad del país para responder a la pandemia.

El deterioro de los servicios de salud pública nos debiera llevar también a un debate político sobre la fiscalidad. La solución para combatir las pandemias es un sistema sanitario y de investigación suficientemente financiados, no las donaciones filantrópicas. Esto implica combatir con firmeza el fraude y la evasión, pero también plantearnos de nuevo cuánto hay que contribuir y quién debe contribuir. Estas preguntas adquirirán urgencia cuando como resultado de las medidas para atajar la crisis sanitaria se dispare aún más el nivel de endeudamiento de los estados. ¿Cómo va a pagarse esa deuda? ¿A quién se le van a exigir esfuerzos especiales? ¿A los mismos que en 2008-2010? Estas cuestiones no deben dejarse meramente en manos de los técnicos. Plantearlas es en sí un acto político. Si no lo hacemos, los antipolíticos están ya entre nosotros deseosos de saltar al centro del escenario a la primera oportunidad que se les presente.

 

José Antonio Sánchez Román
Profesor de Historia Global de la Universidad Complutense de Madrid.

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Publicado en: Internacional, Política, Salud