Del 10 al 18 de agosto representé a México como delegada en el foro juvenil del G20 en Río de Janeiro. El Y20 —nombre oficial de la cumbre— es uno de los foros más influyentes para la juventud dentro del ámbito multilateral; su objetivo es reunir a personas jóvenes de todos los países miembros e invitados para crear un comunicado con recomendaciones de políticas públicas. La presidencia brasileña determinó que en la cumbre nos concentraríamos en cinco temas: cambio climático, transición energética y desarrollo sustentable; reforma al sistema de gobernanza global; diversidad e inclusión; futuro del trabajo; combate al hambre, pobreza y desigualdad. En noviembre estas propuestas serán analizadas y discutidas por los líderes del G20 y se integrarán en su comunicado final.

Cada Estado miembro del G20 recibe una invitación formal para enviar una delegación juvenil. En el caso de México, la SRE, el Imjuve, y otras instituciones gubernamentales convocan cada año para participar en un concurso de dos etapas que consiste en un ensayo y entrevistas en inglés. Al final del concurso se eligen cinco delegados que representan a la juventud de México en distintos ámbitos. Este año los delegados seleccionados fueron David Santiago Mayoral, Pavel Alejandro Martínez Nieto, Ana Valeria Becerril, Nahely Suasnavar, y yo. El gobierno mexicano apoya a su delegación con capacitaciones sobre representación juvenil y con recursos para el vuelo hacia la cumbre; los otros gastos son cubiertos por el gobierno de Brasil. En el proceso, los delegados tenemos total libertad para representar a la juventud y no es necesario impulsar las mismas políticas que el gobierno de México.
Llegar a la cumbre se sintió como un sueño. Las negociaciones comenzaron meses antes de su inicio, así que los primeros días estuvieron llenos de encuentros en donde personas que nunca había visto antes ya se sentían como amigos. Bromeamos sobre cosas que sucedieron en la virtualidad y hablamos de los temas que más nos preocupaba negociar en los días por venir, ya que se decidió que todo lo polémico se platicaría hasta la cumbre presencial. Conversamos sobre nuestros países y nos reímos de las concepciones erróneas que teníamos sobre otras culturas. Antes de comenzar a negociar de manera formal, el gobierno de Brasil nos llevó a algunas actividades culturales y a muchas ceremonias de inauguración. Visitamos el Corcovado, el Museo del Mañana, Copacabana y eventos en los que convivimos con la juventud brasileña para intercambiar puntos de vista. Esto último parecía un ejercicio de política doméstica que utilizaba la cumbre internacional como instrumento para legitimar al gobierno en turno. Aun así, todas las conversaciones fueron enriquecedoras.
Lo más interesante de la experiencia fue el proceso de negociación del comunicado. Cuando llegamos a Río ya teníamos una idea clara de qué queríamos acordar. Durante varios meses nos reunimos en línea a las 5 am de México —el horario más conveniente para el resto de países— y creamos una agenda que refleja nuestras prioridades en cambio climático. El primer reto fue concentrarnos en las mismas cosas. A pesar de que los países del G20 representan a las veinte economías más importantes del mundo y 85 % del PIB mundial, las diferencias entre las prioridades y preocupaciones de los Estados hacía que parecieran diferentes planetas negociando. En el caso de las negociaciones de cambio climático —donde yo trabajé— algunos delegados se preocupaban porque mencionar los objetivos de desarrollo sostenible haría que el comunicado perdiera credibilidad dentro de sus países debido al rechazo de la extrema derecha hacia ellos, mientras que otros proponían integrar programas dirigidos a combatir la ansiedad climática a los programas de salud mental de cada uno de los países. El reto fue compaginar realidades tan distintas en diez rubros, para después discutir y afinar los detalles de manera presencial.
Asumí que las horas de negociación previas harían que el proceso presencial fuera sencillo y rápido. No fue el caso. Unas horas después de comenzar, muchos delegados mencionaron que ellos estaban representando a su gobierno, no a la juventud y así introdujeron todas sus líneas rojas para el comunicado. En diplomacia, las líneas rojas son temas fundamentales sobre los que un país no está dispuesto a ceder ni negociar y son tan importantes que su mención haría que no firme ningún comunicado o acuerdo. La falta de firma de algún país en la cumbre haría que ésta se considere un fracaso. No tendría legitimidad ni sería considerada por los Sherpas del G20 para su comunicado.
Frente a las líneas rojas no hay mucho que hacer. Los temas que lo son se descartan casi de inmediato y la perspectiva se va a aquello sobre lo que sí se puede construir. Esto impidió que en el comunicado se hablara de la eliminación gradual de combustibles fósiles (fossil fuel phase out) y de la creación de una taxonomía de energías limpias que incluyera la nuclear. Aunque en otros foros, como la COP, estos sí son temas que se discuten por los mismos países que los rechazaron en la cumbre, escuchar las declaraciones en contra se sintió como presenciar una fotografía de los grandes retos en el ámbito multilateral de alto nivel.
Hubo temas controversiales que no eran necesariamente líneas rojas: en los distintos tracks se escucharon debates sobre la mención de Palestina, los derechos de la población LGBT y el reconocimiento de la responsabilidad del Norte Global hacia el Sur Global. En las negociaciones, parecía que un grupo particular de delegados compartía la misma visión sobre estos temas y presionaban a otros delegados para que su propuesta fuera la que se integrara. Tardé un poco en descifrar el patrón: las intervenciones y uso de palabras de algunos países no eran cuestiones aleatorias, pero era difícil explicar por qué. Días después muchas delegaciones nos enteramos de que los delegados representando a los países del G7 y la Unión Europea tenían reuniones exclusivas e informales en las que acordaban sus prioridades y se apoyaban en las negociaciones para lograrlas. Ningún otro grupo de afinidad internacional, como Brics o Mikta, construyó una coalición de ese tipo. Esto ponía en desventaja a muchos países con agendas importantes, pero poco populares en el Norte Global. Me pregunto si a nivel gubernamental es el mismo caso.
Al final, acomodando palabras y algunas notas al pie, se integraron todos los temas difíciles. Después de las negociaciones por track, los encargados de la delegación nos reunimos para acordar la introducción del comunicado y propuestas cross-cutting. La reunión fue en un espacio más grande, con más pantallas y más representantes brasileños. La emoción de terminar el comunicado se mezclaba con el cansancio de los días previos y la falta de sueño. Quizá esta mezcla de emociones nos permitió acordar las propuestas de forma rápida y proponer cambios puntuales a la introducción. A las 4 de ese día parecía que teníamos un comunicado. Horas más tarde la ceremonia de clausura comenzó, la gente aplaudía y todos nos empezábamos a despedir.
A mitad de la ceremonia llegó un mensaje de WhatsApp al grupo de los encargados de delegación. Un país acusaba a otro de eliminar palabras en una propuesta para avanzar sus intereses y amenazaba con no firmar si el error no se corregía. Era difícil entender qué había pasado. ¿Quién eliminó palabras en una propuesta y por qué? ¿En verdad estaba en peligro el comunicado? A pesar de que horas antes llegamos a un acuerdo, la metodología brasileña no solicitó nuestras firmas así que técnicamente todo estaba en el aire y alterar un comunicado que se construyó por medio del consenso es una ofensa grave para todos los delegados que participaron.
La mitad de los delegados perdimos interés en la ceremonia de clausura y nos concentramos en lo que estaba pasando. Aunque el plan era asistir a una fiesta después de la ceremonia, los encargados de delegación y los delegados que discutimos esa propuesta nos quedamos en el sitio de negociación para arreglar el problema. El tiempo era escaso porque muchas personas volaban de vuelta a su país ese mismo día en la noche y el enojo de algunos delegados hacía difícil encontrar consenso. El problema con la propuesta alterada era que hablaba de la necesidad de proveer ayuda humanitaria a algunos países que pasaban por una guerra o conflicto civil. En la propuesta se mencionaban sólo a países de África y Medio Oriente, pero un país miembro del G20 era cercano a uno de esos conflictos e iba contra sus intereses que se hablara de ayuda humanitaria en ese contexto.
En realidad no hay claridad sobre lo que pasó con la propuesta y su alteración. Algunos delegados sostienen que fue el país geopolíticamente involucrado el que decidió, unilateralmente, borrar la mención del país que les preocupaba. Otros señalaban que fue más bien un error de la metodología, porque esa propuesta —aunque no era cross-cutting— debía discutirse en la reunión de los encargados de la delegación. Como no se discutió, eliminar una palabra no era el problema, sino que jamás se había llegado a un consenso sobre esa propuesta. Señalaban que en realidad no fue alterada, a pesar de que había interés en incluir a un país más.
Con el reloj encima, cansancio y tensiones elevadas pasamos horas tratando de arreglar el problema. Algunos países proponían suprimir la propuesta por completo, otros que se mantuviera sin el país controversial y otros que se incluyeran todos los países deseados. Hubo más amenazas de no firmar el comunicado de las que puedo recordar. Pero al final se decidió mantener la propuesta sin el país eliminado e integrar una nota que señalara las dificultades para decidir qué países mencionar. Este acuerdo se dio en un camión a las 12 am con todos los encargados de delegación que seguían en el país.
El comunicado final se firmó hace unos días y se publicó en la página oficial del G20. Ahora se espera que los Sherpas y jefes de Estado lo lean y tomen en cuenta las propuestas de la juventud para crear acuerdos a nivel gubernamental. No deja de sorprender cómo es que un foro pensado para incluir a la juventud sin tanta presión de grupos de interés, preocupaciones electorales y enemistades geopolíticas termina integrando todo ello en el proceso de negociación. La experiencia me deja con una profunda admiración por los diplomáticos profesionales que se encargan de negociar comunicados de esta naturaleza de manera cotidiana. Entiendo más cómo es que la simple voluntad no es suficiente para hacer un cambio y que frente a un mundo de intereses el cambio debe ser gradual, a veces minúsculo y en ocasiones sólo expresado en una nota al pie. Me siento agradecida con la SRE y el Injuve por todo el apoyo para la delegación mexicana y emocionada por ver alguna de nuestras propuestas discutida por los Sherpas o jefes de Estado.
María José Padilla Soberón
Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México