Esta sí es Cuba

Mi padre jamás guardó rencor al gobierno de Fidel Castro por aquella vaca que se le desnucó al caer por un barranco del río Guamá, en la occidental provincia de Pinar del Río, y cuyo esqueleto quemaron dos policías para evitar que el viejo sacara algo de la carne pegada a los huesos y la llevara a casa.

Ilustración: Raquel Moreno

Pero mi padre habría sido feliz hoy con la gran noticia en Cuba: por primera vez en 62 años el gobierno permite que los campesinos sean legalmente propietarios de sus vacas, y las puedan vender o comer, siempre y cuando le donen obligatoriamente la mitad de la carne al Estado.

Sin embargo, mi padre está muerto y nunca pudo ser dueño de sus vacas. Tenía que inscribirlas en la policía cuando nacían, y avisarle a la policía cuando morían para que recibiera el acta de defunción que probara que no la había vendido o se la había comido. El Código Penal condenaba con 25 años de cárcel a quien matara una res, comprara o vendiera su carne.

A veces se le podían sacar unos filetes a la vaca muerta antes de informar a la policía, ya que los matarifes clandestinos sólo les cortan y se llevan los cuartos traseros, porque es imposible andar por ahí con un costal de bisteces en un país donde el 0.5 % de la población forma parte de la policía política. Y están también la policía nacional y los comités populares de la defensa de la revolución, que funcionan en cada cuadra.

Eso hizo mi padre con aquella vaca desnucada: le quiso sacar unas lascas de carne, pero antes regaló el rabo a un indigente que vivía debajo del puente del río. El indigente salió a la carretera con la cola de res en la mano y dos policías lo detuvieron. Enseguida fueron donde mi padre. Lo obligaron a desollar la res. Tomaron la carne y luego rociaron la osamenta con gasolina. Quemaron los huesos para que mi padre no pudiera quedarse ni con una hilacha del animal.

La verdad es que los agentes no siempre mandaban incinerar el esqueleto de los animales. Por lo general pedían a los criadores sepultarlo. Un ardid generoso: los policías sabían que en los huesos quedaban adheridas hebras de carne que los criadores aprovechaban para llevarse a casa. Pero aquella vez los dos policías fueron al carro patrullero, uno metió una manguera dentro del tanque de la gasolina y extrajo un galón, con el que regó la osamenta, prendió un fósforo y le dio candela. Los dos policías se quedaron a observar hasta que los huesos parecían trozos de carbón.

Mi padre lo aceptó sin chistar. Y hasta habría festejado si los policías se lo ordenaban. Porque el comunismo cubano te obliga a aplaudir, como si fueras un mono de cuerda con platillos en las manos; y a asentir con la cabeza, como si, en lugar de vértebras cervicales, tuvieras bisagras en la nuca.

Esa sí es Cuba.

 

Rubén Cortés

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Publicado en: Política

Un comentario en “Esta sí es Cuba

  1. Las locuras de la dictadura Castrista que parecen mentiras por exageradas, y luego el asombro por los niveles a los que llegó el régimen de Castro.

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