La elección presidencial en Estados Unidos tiene de todo: el intento de homicidio de un candidato (Donald Trump); la insurrección de un partido en contra de un presidente (Joe Biden); los escándalos involucrando animales muertos de un tercer contendiente (Robert Kennedy Jr.); y por supuesto, memes de sofás (JD Vance) y reflexiones filosóficas sobre cocos (Kamala Harris). Todavía faltan más de dos meses para el día de la elección, lapso en el que se tienen contemplados dos debates entre los principales candidatos (Trump y Harris). Ante esta obra de teatro del absurdo, es natural la confusión de la audiencia para entender qué está pasando. No obstante, hasta la obra de teatro más disparatada (sin ánimo de bromear sobre balas perdidas) esconde un mensaje. ¿Cuál es el significado de la actual elección presidencial en Estados Unidos?
En los últimos años, se ha vuelto costumbre obligada entre líderes políticos y de opinión calificar la elección presidencial estadunidense del momento como “la más importante de nuestras vidas”. Por un lado, simpatizantes del Partido Demócrata argumentan que el triunfo del candidato Donald Trump representaría el fin de la democracia estadunidense (de por sí ya bastante imperfecta). Por otro lado, los adeptos del Partido Republicano señalan que la continuación de los demócratas en la Presidencia significará “el fin de Estados Unidos”. Un eufemismo que encapsula su oposición al ingreso de aún más migrantes, el avance de políticas a favor de grupos vulnerables como las mujeres, gente no blanca y la comunidad LGBT+.
Ecos del pasado
Según una frase frecuentemente atribuida (aunque no definitivamente) a Mark Twain, “La historia no se repite, pero sí rima”. La comparación histórica más popular hasta el momento es con la elección presidencial de 1968. Un annus horribilis para el Partido Demócrata. El entonces presidente demócrata Lyndon B. Johnson decidió no reelegirse ante el creciente involucramiento militar de Estados Unidos en el sureste de Asia. Su vicepresidente, Hubert Humphrey, asumió entonces la candidatura durante la convención del partido en Chicago, en medio de protestas contra la Guerra de Vietnam. Mientras tanto, el candidato del Partido Republicano —Richard Nixon— condujo una campaña que prometió restablecer la ley y el orden en el país, así como darle un fin honorable a la “Guerra de Johnson” en Vietnam. Tras haber sufrido derrotas electorales en años anteriores, la victoria presidencial de Nixon representó su regreso triunfal a la política.
Hay ecos evidentes de 1968 en 2024. El ahora presidente demócrata Joe Biden no pudo reelegirse debido a su avanzada edad e impopularidad, incluyendo el rechazo a cómo ha manejado la guerra en Gaza. Su vicepresidenta, Kamala Harris, es ahora la candidata del Partido Demócrata y aceptó la nominación en la convención del partido en Chicago —en medio de protestas contra el apoyo estadunidense a Israel. Al mismo tiempo, el candidato del Partido Republicano, Donald Trump, lidera una campaña basada en un mensaje de “ley y orden”, a la vez que promete poner fin a los conflictos en Gaza y Ucrania.
Sin embargo, aunque la elección presidencial en Estados Unidos se asemeje a campañas anteriores, tiene elementos únicos que deben entenderse en sus propios términos; diferencias que quizá representan lecciones aprendidas. Para empezar, en esta elección, los líderes del Partido Demócrata fueron los que obligaron a Biden a retirarse de la contienda ante el temor de que su impopularidad afectase a otros candidatos demócratas en sus elecciones para el Congreso. En cambio, el presidente Johnson decidió no reelegirse por cuenta propia. Aunque Biden no aprendió la lección de 1968, parece que el resto de su partido sí: un presidente impopular no debería imponer su candidatura.
Otra diferencia es que Trump no es Nixon. En 1968, Nixon condujo una campaña disciplinada que aprovechó el descontento relacionado con la Guerra de Vietnam. Por ahora, Trump se ha caracterizado por su estilo improvisado que —aunque suscita simpatías entre sectores del electorado— en ocasiones lo mete en aprietos. Además, Trump no se ha declarado como un candidato evidentemente a favor de la paz, pues en el caso de la guerra en Gaza, sus simpatías, al igual que las de Biden, se inclinan más (aunque no incondicionalmente) hacia Israel. Esto le da a Harris la posibilidad de ser la candidata más crítica de Israel, y con ello volverse favorita entre el electorado más joven. Algo que el candidato demócrata Hubert Humphrey logró también en 1968, tras distanciarse de Johnson al criticar la Guerra de Vietnam.
A pesar de las lecciones aprendidas, los lectores más atentos podrán argumentar que quien terminó ganando en 1968 fue el candidato del Partido Republicano. En efecto, ni que Johnson se retirara de la contienda, ni la política pacifista del entonces candidato demócrata fueron suficientes para derrotar a Nixon. De esto se deriva una tercera lección de 1968: los votantes indecisos necesarios para triunfar están en el centro. Nixon logró ganarse a este sector clave del electorado al que bautizó la “mayoría silenciosa”, al definirse como el candidato del sentido común y del regreso a la paz y el orden.

La batalla por definir a Harris
Por ello, el tema más importante de la elección presidencial en Estados Unidos es la pregunta que actualmente se está haciendo el sector moderado —y más apolítico— del electorado estadunidense (y del resto del mundo): ¿quién es Kamala Harris? La respuesta a esta pregunta puede definir la elección, cosa que ambos partidos han entendido bien. La campaña de Trump sabe que la mejor manera de atacar a Harris es definiéndola como una candidata muy a la izquierda del votante promedio. Consciente de esto, la campaña de Harris ha procurado presentar a la actual vicepresidenta como moderada y sensata.
Los republicanos han buscado definir a Harris como una política de extrema izquierda por haber apoyado medidas poco populares entre votantes moderados. En particular, por su oposición a la detención de migrantes indocumentados durante su tiempo como senadora de California y por no haber cumplido con su encargo como vicepresidenta de atender las causas subyacentes de la migración, un tema prioritario para el electorado en su conjunto, incluyendo grupos indecisos.
En respuesta, Harris ha retirado su apoyo a políticas de izquierda que anteriormente había adoptado, como la protección a la figura de asilo para refugiados; la prohibición a la extracción de combustibles fósiles mediante fracking; y la cobertura universal de servicios de salud. No obstante, ha expresado su apoyo a medidas ampliamente populares como promover más deducciones de impuestos a familias con menores de edad; la exención del cobro de impuestos a trabajadores que reciben propinas y, por supuesto, la protección del aborto en todo el país.
Por ahora, la campaña de Harris ha recuperado las simpatías de los grupos que forman la base electoral del Partido Demócrata: jóvenes y grupos no blancos, como hispanos y afrodescendientes, que tenían opiniones poco favorables de Biden. Sin embargo, aún necesita ganarse el apoyo de una porción significativa, mas no mayoritaria, de los votantes moderados e indecisos, sobre todo de los hombres blancos sin educación universitaria. Hasta el momento la campaña de Harris parece haber aprendido la lección de 1968 —en comparación a Trump, la actual vicepresidenta se percibe como más moderada.
Esto no quiere decir que Harris ya tiene la elección ganada. Al igual que en 1968, la elección presidencial de 2024 también ha dado lecciones. Quizá la más importante sea siempre esperar lo inesperado. Aunque el atentado contra Trump le dio un aire de invencibilidad a su campaña, en cuestión de días el retiro de Biden y el ascenso de Harris lograron revertir la situación y poner a Trump y su campaña a la defensiva. En los dos meses que quedan aún pueden pasar muchas cosas. La segunda lección es que los debates presidenciales importan. El pésimo desempeño de Biden en su debate contra Trump fue la señal de alarma que desencadenó la revuelta de su partido en su contra. Harris y Trump ya acordaron verse las caras en dos debates, que representan la mejor oportunidad de definir la candidatura de Harris y asegurar el apoyo de votantes moderados e indecisos.
¿Qué significa la elección presidencial de Estados Unidos para México?
Si prescindimos de su valor en términos de entretenimiento (memes, debates e intentos de homicidio), esta elección es de obvio interés para México por el grado de interconexión en términos económicos, políticos y demográficos con el vecino del norte. Por ello, los resultados del 5 de noviembre afectarán de manera significativa a México. Importa si es Harris o Trump quien ocupe la Casa Blanca; basta con imaginar qué tan distinto habría manejado la pandemia una hipotética presidenta Hillary Clinton. Aunque siempre habrá roces en la relación bilateral, sin un presidente Trump es difícil imaginar a Estados Unidos amenazando con imponer aranceles a menos que México reduzca los flujos migratorios hacia el norte.
A pesar de las diferencias entre Trump y Harris, los partidos Republicano y Demócrata coinciden en un par de ámbitos de evidente riesgo para México. En primer lugar, representantes de ambos partidos han abandonado políticas a favor del libre comercio en apoyo a medidas más proteccionistas debido a la popularidad que tienen entre el electorado de estados clave para la elección presidencial: Wisconsin, Michigan y Pensilvania. En segundo lugar, legisladores moderados del Partido Demócrata han decidido apoyar políticas migratorias más restrictivas, comúnmente asociadas al Partido Republicano, ante la percepción del electorado estadunidense de que hace falta reducir los flujos migratorios.
Incluso si Trump pierde la elección, las causas estructurales que lo fomentaron seguirán presentes. La xenofobia, con su marcado acento antimexicano, continuará ejerciendo su influencia sobre el electorado de ideología conservadora e independiente y, por lo tanto, entre políticos del Partido Republicano e incluso algunos moderados del Partido Demócrata.
Así, México debe estar listo para defender sus intereses nacionales, sin importar quién gane las elecciones del 5 de noviembre. Los dos temas más urgentes son el comercio y la migración. Lo primero en la agenda será la revisión del Tratado México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC), que, aunque oficialmente agendada para 2026, ya está en marcha para fines prácticos.
En segundo lugar, el gobierno mexicano debe redoblar esfuerzos con Estados Unidos para regular los flujos migratorios regionales, que muy probablemente continuarán e incluso podrían incrementar por la continuación del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela. Se tiene la percepción (quizá errónea) de que una presidencia encabezada por Harris podría ser menos restrictiva en términos de control fronterizo, pero hay que estar preparados para el caso contrario.
El gobierno mexicano necesita profundizar sus alianzas con representantes del sector privado de Estados Unidos para que promocionen los beneficios de continuar e incluso incrementar los intercambios comerciales con México, sobre todo ante los esfuerzos para desvincular la economía estadunidense de China (nearshoring). También valdría la pena promover los éxitos de la reforma laboral mexicana de 2019 y los resultados de los mecanismos de protección laboral del T-MEC entre los sindicatos y legisladores estadunidenses.
¿Una elección realmente histórica?
Pero el lector atento podría preguntarse: ¿será esta la contienda electoral estadunidense más importante de nuestras vidas? Aunque el atentado contra Trump fue ciertamente dramático, no fue inaudito. En el siglo veinte, el segregacionista George Wallace recibió un disparo que lo dejó paralizado de la cintura para abajo durante su tercera candidatura presidencial en 1972. En 1912, Theodore Roosevelt, al igual que Trump, estaba intentando volver a la presidencia cuando recibió un disparo, pero prosiguió con su evento de campaña.
La decisión del presidente Biden de retirarse de la contienda es definitivamente inusitada. El caso más similar es cuando el presidente Johnson optó por suspender su campaña de reelección en marzo de 1968. No obstante, Biden ya era el virtual candidato del Partido Demócrata y decidió retirarse a poco más de 100 días antes de la elección. Este hecho es ciertamente inaudito y merecerá un análisis comprensivo conforme haya más información disponible sobre el proceso de decisión de Biden.
Otro elemento histórico es la candidatura de Harris. Aunque la primera mujer afrodescendiente en contender por la presidencia de Estados Unidos por parte de uno de los principales partidos políticos fue Shirley Chisholm en 1972, Harris es ciertamente la primera candidata afrodescendiente en conseguir la nominación de uno de los grandes partidos. Si llegase a triunfar, sería además la primera mujer en asumir la Presidencia de Estados Unidos.
Así pues, ciertos elementos de la actual contienda electoral en Estados Unidos son ya históricos. Si lograra merecerse aún más este calificativo dependería de lo que suceda de aquí al día de la elección y, por supuesto, de cuáles sean los resultados. Ojalá sí sea una elección histórica, pero no por más casos de violencia política sino por buenas razones.
Gerardo Méndez Gutiérrez
Internacionalista por El Colegio de México. Cursa la maestría en políticas públicas en la Universidad de Michigan.
Me llama la atención que no mencionara el asesinato de Robert Kennedy en junio de 1968, ni el asesinato de Martin Luther King en Abril de 1968.
Además de Venezuela, habrá que vigilar que el aumento de la pobreza en Argentina desde el 45% al 55% en los meses que lleva Milei, podría llevar a un éxodo argentino que se sumaría al venezolano y al ecuatoriano.