“La primera presidenta de México”, una frase que muchas de nosotras difícilmente imaginamos escuchar, es hoy la nota principal de los diarios nacionales e internacionales, pero, sobre todo, es la primera página de una nueva era en la historia de México. Una victoria que deriva en gran medida de la dedicación y el esfuerzo de muchas mujeres que desde diversas trincheras han cuestionado las construcciones culturales pasadas y actuales que por siglos hicieron impensable una “mujer presidenta” en México. Sin duda es una ocasión para celebrar, pero especialmente para reflexionar con perspectiva y prospectiva. ¿Cuál es el factor determinante capaz de transformar la forma en fondo, la superficialidad en sustancia?

La esperanza de muchas mujeres es real. Hasta hoy México conocía una sola forma de hacer política. Sin importar el color o la ideología, la realidad es que desde los orígenes de este país, las estructuras de poder que dominan la esfera de lo público han sido hegemónicas y han dejado fuera al “Otro”. Y me atrevo a afirmar que “lo femenino” es la primera categoría que tradicionalmente fue relegada de la construcción de ideas y de valores en nuestro país. Lo femenino no ha tenido un dibujo claro dentro de las estructuras y sistemas que dominan la vida política y social de México, pues hasta hoy han reflejado exclusivamente los intereses y valores del grupo dominante.
Que una “Otra” sea hoy nuestra líder alberga la esperanza más radical de que se gobierne con un enfoque que reconozca y valore la pluralidad, la diferencia y la multiplicidad sin subordinarlas a una única verdad o principio unificador, como ha sido el sello del patriarcado. Este enfoque se basa en colocar al prójimo o al diferente en el centro de la ética, y en consecuencia de las decisiones políticas. En hacer política desde la vulnerabilidad y la humanidad del diferente, y siempre desde la responsabilidad hacia el prójimo. En entender que el prójimo somos todos.
¿Cuál es y dónde está ese secreto del éxito para este momento histórico? Desde estos ojos, esa gran diferencia sólo puede venir de un gobierno fundamentado en la hospitalidad incondicional, es decir, un gobierno de apertura radical al “otro”. Esto implica que quienes gobiernan deben estar siempre dispuestos a trabajar por el “otro” y reconozcan que la identidad colectiva está siempre en proceso y nunca completa o cerrada. El éxito está en lograr una política de hospitalidad que no busque asimilar al otro, sino que le permita ser. Para ello, la presidenta debe abrazar su feminidad y permitirse gobernar desde y para las mujeres de este país.
Gobernar como mujer sin buscar asimilarse a la tradición de gobernabilidad masculina, caracterizada por el ego y el individualismo, abre la posibilidad de cambiar la visión de un gobierno en colectivo. Una nueva clase política que escuche y ejerza el poder en colectivo, que represente a todos sin importar sus diferencias, no a pesar de ellas.
Mucho se ha hablado de una transformación, pero lo que verdaderamente se necesita es una revolución. No una de armas y fuerza (al estilo masculino), sino de pensamiento colectivo y constructivo desde la estrategia (femenina). Una revolución que considere como prioridad tener un gobierno justo y no corrupto. Un gobierno que sirva al “Otro”, a la colectividad, y no a sus propios intereses. En el que se diseñen y ejecuten políticas públicas con un interés verdadero por promover la dignidad y los derechos de quien es diferente a uno.
Felicitaciones y mis mejores deseos para su mandato como presidenta de México. De verdad anhelo que demuestre el poder de cambio que se genera al abrazar una política de la hospitalidad y al reconocer la complejidad de la diversidad del pensamiento y la experiencia humana. Esto sería verdaderamente una transformación: lograr un gobierno honesto y ético.
Adriana Greaves Muñoz
Abogada. Cofundadora de TOJIL-Estrategia contra la impunidad. Coordinadora de la comisión anticorrupción de la Barra Mexicana de Abogados.
Bueno, Elba Esther Gordillo fue muy influyente en su época.