Parte del valor y mérito de un sistema político surge del balance que consiga entre la legitimidad que otorgan las decisiones tomadas por mayoría y la deferencia o consideración que se tenga hacia las minorías. Uno de los aportes más importantes de las democracias modernas consiste, precisamente, en prohibir que los que ganan, ganen todo —y que los que pierden, pierdan todo. En un estado liberal importa mucho cómo se trata a los que pierden.
Este equilibrio cobra aún mayor relevancia en contextos de gran polarización, en donde el concepto de enemigo desplaza la idea de oposición y alternativa política. Por esta razón, en la actualidad son de especial relevancia las reglas que protegen y otorgan facultades a las minorías. En este sentido, el filibuster, una regla en el proceso legislativo del Senado estadunidense, se ha convertido en una de las tradiciones y estratégias más polémicas en la política de Estados Unidos.

En la película de 1939 Mr. Smith va a Washington, James Stewart interpreta a un joven idealista e ingenuo que, por esta última característica, es invitado a ocupar una vacante en el Senado. Al descubrir una trama de corrupción, denuncia la situación con un discurso maratónico hasta caer desmayado por el agotamiento. Con este personaje, Stewart inmortalizó la idea del senador como héroe solitario y una idea del Senado como recinto en donde los argumentos y el debate prevalecen frente a nimiedades de coyuntura política.
Desde el siglo XVIII, los estadunidenses diseñaron el Senado como un contrapeso a la Cámara de Representantes, una institución percibida por algunos como impulsiva y peligrosa. Los constituyentes, influenciados por la historia de Roma, incorporan la idea de la cámara alta como la institucionalización de la pausa, la cautela y la prudencia como valores políticos. No se trataba de un órgano representativo de voluntad popular, sino de un freno ante la naturaleza poco reflexiva de una institución más cercana al pueblo y señalada como cámara “baja” también en su acepción peyorativa; James Madison sostuvo que el Senado era una “barrera necesaria” contra los “caprichos y pasiones” que caracterizaban a los representantes. Hasta la fecha, en el Senado cada estado cuenta con dos votos independientemente de la población, siguiendo una lógica de representación geográfica, mas no democrática. La trascendencia de estas ideas incluso se refleja en el diseño arquitectónico de algunos congresos. En Brasil, por ejemplo, el edificio del Senado se construyó como cúpula en representación de la reflexión aislada, mientras que la cámara baja tiene un diseño convexo para representar apertura y pluralidad.
El Senado estadunidense define el filibuster como “un término informal para cualquier intento de bloquear o aplazar una iniciativa de ley a través de un debate extendido”. En el proceso legislativo del Senado existen dos votaciones distintas: una primera para dar por terminado algún debate, y una segunda para aprobar o rechazar una iniciativa de ley. La votación para cerrar el debate requiere de una mayoría calificada de 60 de los 100 votos, mientras que la votación para aprobar una ley únicamente requiere una mayoría absoluta de 50. El filibuster consiste en bloquear el funcionamiento del Senado, extendiendo el debate indefinidamente cuando no se cuenta con la mayoría de 60 votos.
El filibuster surge en 1805, cuando el entonces vicepresidente Aaron Burr elimina las reglas para dar por terminado los debates. No pasó mucho tiempo para que los senadores se percataran de que, sin una regla para cerrar los debates, las propuestas de la oposición podían ser fácilmente bloqueadas.1 En 1917, durante la Primera Guerra Mundial, el bloque Republicano en el senado, bajo la reticencia del involucramiento de Estados Unidos en la guerra, bloqueó una iniciativa del presidente Woodrow Wilson para armar a las embarcaciones mercantes como protección frente a los submarinos alemanes. Como reacción, el presidente presionó al Senado para que se adoptara una regla para prevenir “que un pequeño grupo de malintencionados que sólo representan su propia opinión” se apoderara de la legislatura. De esta forma surge la regla para establecer una votación de dos terceras partes para dar por terminados los debates.
Durante el siglo XX, principalmente a partir de los años cincuenta, el uso del filibuster aumentó exponencialmente, convirtiéndose en una herramienta eficaz para bloquear legislación a favor de los derechos civiles y políticos. Los senadores de los estados del sur formaron una minoría disciplinada que frenó iniciativas como la Ley de Derechos Civiles de 1964 a favor de la protección del derecho al voto y la prohibición de la discriminación racial. La tendencia de abusos generó suficiente presión para que en 1975 se modificara la regla, disminuyendo la mayoría calificada a los 60 votos que se requieren hasta la fecha.
En el año 2013, ante el constante bloqueo de nombramientos de funcionarios en el gobierno de Barack Obama, los demócratas lograron modificar el filibuster para la ratificación de algunos funcionarios. En sus memorias, Obama sostiene que: “Habiendo ganado unas elecciones con un margen abrumador y con el apoyo de la mayoría parlamentaria más grande en muchos años, no podía cambiar el nombre de una oficina de correos, mucho menos aprobar un paquete de estímulo fiscal sin antes conseguir algunos votos Republicanos. [El filibuster] resultó ser una migraña política crónica durante mi presidencia”.2 Cuatro años después, y siguiendo la ley del talión, los republicanos bajo el liderazgo de Mitch McConnell eliminan el filibuster para la confirmación de candidatos a ministros de la Suprema Corte, lo que posteriormente permitió a Donald Trump nombrar cuatro jueces conservadores durante su presidencia.
Los defensores del filibuster sostienen que la regla protege los derechos de las minorías y promueve el bipartidismo. En la polémica actual, incluso legisladores del partido Demócrata se han opuesto tajantemente a su eliminación; por ejemplo, el senador Joe Manchin ha defendido que el filibuster “está diseñado para que las minorías puedan aportar” al proceso político y que, utilizado correctamente, es una figura diseñada para promover el consenso. Es decir, el problema no es la regla, sino su abuso; la perversión de su objetivo original como herramienta de negociación. Por su parte, los detractores recurren a los antecedentes como arma de la política segregacionista —Obama lo ha descrito como “una reliquia de las Leyes Jim Crow”— y sostienen que existe una diferencia entre involucrar a la minoría y darle demasiada injerencia. Adicionalmente, sobran ejemplos del uso del filibuster junto con la burla y el desprecio. El récord lo obtuvo el senador Strom Thurmond de Carolina del Sur con un discurso de más 24 horas para bloquear la Ley de Derechos Civiles de 1957. El segundo lugar lo tiene el senador Alfonso D’Amato con 23 horas, leyendo la guía telefónica. En 1935 el senador Huey Long habló por más de 15 horas contra las leyes del New Deal compartiendo sus recetas favoritas de cocina. Y en insultos más recientes, en 2013 Ted Cruz leyó un libro para niños de Dr. Seuss para frenar las iniciativas de salud pública del presidente Obama.
Sin embargo, el gran obstáculo para modificar esta regla radica en que ambos partidos políticos son conscientes de que su eliminación es un arma de doble filo porque la condición de mayoría o minoría es contingente: generalmente el partido en el gobierno ha perdido la mayoría en el Congreso en elecciones intermedias. Las mayorías de hoy pueden ser las minorías de mañana.
La escritora española Irene Vallejo ha insistido en la necesidad de recurrir a la historia para pensar mejor los debates políticos actuales: “La reflexión política que arranca en el mundo clásico es una extraordinaria formación para seguir pensando en el mundo en el que nos movemos, sus conflictos y sus problemas”. Las obstrucciones legislativas se remontan hasta tiempos de la República Romana cuando Catón el Joven, líder de los optimates —el grupo aristocrático en el Senado—, utilizó estas maniobras para obstaculizar el ascenso político de sus enemigos. En aquel entonces, la República Romana no contaba con una burocracia suficiente para encargarse de la recolección de impuestos en las distintas provincias, por lo que esta competencia se subastaba al mejor postor con la recompensa de establecer libremente los intereses. En el año 60 a. C., debido a un periodo de guerras, los recolectores privados, apoyados por Craso —el hombre más rico de Roma—, demandaron una renegociación de los contratos. Catón se opuso tajantemente a tal medida y amenazó con cerrar el Senado para lograr su objetivo; los recolectores cedieron y, al darse cuenta de que la estrategia había funcionado, Catón no tardó en volver a utilizarla. Posteriormente, el general Pompeyo prometió a sus tropas un reparto de tierras como recompensa por las guerras, pero los optimates, con gran repudio a cualquier política de redistribución agraria y preocupados por la popularidad que esto le otorgaría a Pompeyo, volvieron a paralizar el Senado. Finalmente, Catón se enfrenta a Julio César cuando a su retorno de las guerras en la península Ibérica, César solicita al Senado permiso para realizar una celebración por los triunfos bélicos y, simultáneamente, competir por la posición de cónsul. Debido a que existía una prohibición para celebrar los dos procesos de forma paralela, Catón vuelve a bloquear el Senado.
La férrea oposición de los optimates funcionó como incentivo para la formación del primer triunvirato bajo la amenaza de un enemigo común. La obstrucción legislativa logró unir la fortuna de Craso con los veteranos de Pompeyo y la astucia política de César; quienes utilizaron la inacción del Senado para justificar reformas aún más radicales: con la intransigencia de los optimates como nueva bandera política, los veteranos obtuvieron sus tierras, los socios recolectores de Craso obtuvieron nuevos contratos y César obtuvo los poderes para gobernar en las Galias.
El primer triunvirato relegó y despreció al Senado durante la siguiente década. La historia de Catón enseña sobre los peligros de abusar de las excepciones. Los optimates se convirtieron en una minoría que obtenía cada vez más poder en un congreso que importaba cada vez menos.
Emiliano Polo Anaya
Estudiante de Asuntos Exteriores en The Fletcher School
1 Obama, B. A Promised Land, vol. 1, Crown, 2020, p. 243.
2 Ibid., p. 244.