Este es un llamado de extrema urgencia: toca a los filósofos desenredar la maraña de emociones, pensamientos encontrados, desesperanza y silencios atroces que alimentan un fenómeno que rompió el orden global, y nuestra historia. No sé cómo se podría tratar y, en algún momento, resolver el problema ético que significa la hecatombe en Gaza. Con esto quiero preguntar algo en apariencia sencillo: ¿cómo juzgar cada intención, momento, muerte, decisión, cada desenlace entre el 7 de octubre y el día de hoy? Cuando escribo juzgar propongo discernir entre el bien y el mal de manera axiológica, es decir, haciendo uso de valores. Me temo que ese conglomerado que llamamos ciencias sociales está fuera del juego. Creo que la disciplina histórica es rehén del historiador fabulista, el que busca no las complejidades y antinomias de la experiencia sino, al contrario, moralejas, recomendaciones para habitar de manera cómoda la historia, como si de eso se tratara. Mi desasosiego aumenta al reconocer que el juicio está adosado, imbricado, mimetizado en toda narración y explicación histórica, pero, y esto es crucial, sin que tengamos control de su desempeño: con frecuencia, el juicio nos controla, nos somete.

En Gaza mi perplejidad deriva de una operación intelectual que considero espuria, corrupta en esencia: vincular causalidades (un asunto de método delicadísimo, de por sí) y juicios éticos. Esta fórmula es sencilla, persuasiva, didáctica: el hecho A (execrable, criminal, terrorista, islámico, árabe, resentido) creó la respuesta B (excesiva, bárbara, estatal, organizada, pero respuesta al fin). El asunto subordina de manera total a B en A. Sin A no habría B. Sin A (mal originario), B (mal subordinado, dependiente, condicionado) no tendrá que explicarse.
Hacer del genocidio en Gaza (B) un acto reflejo de los ataques criminales de octubre de 2023 (A) es una operación no sólo perversa para el mundo, sino que está llena de consecuencias gnoseológicas para el quehacer de los historiadores. Una manera más o menos sencilla de despachar el asunto es recordar aquella vieja consigna de Marc Bloch: es una confusión mayúscula atribuir a una genealogía virtudes explicativas. El antecedente cronológico de un hecho (A) y las potencialidades de sus desarrollos sucesivos no agotan, ni siquiera prefiguran, un desenlace (B). Razonar de esta manera, equívoca, sería tanto como suponer que los actores, los sujetos, hombres y mujeres, no tienen margen de libertad alguna para decidir o reaccionar. Entra en escena Isaiah Berlin: el principio fundamental de la libertad descansa en la disyuntiva de hacer o no hacer frente a una circunstancia, un acontecimiento que nos reclama; y cuando se opta por hacer con frecuencia hay más de una posibilidad en ese hacer.
No nos engañemos: lo que informa el constructo A-entonces-B no es que la respuesta del gobierno de Israel a la incursión de Hamás fuese inevitable. Informa lo contrario: el infierno genocida en Gaza no es consecuencia lógica de nada, sino la secuela de una decisión en un campo, es decir, un ámbito en el que las cosas son posibles porque son pensables: hacer o no hacer (y, en todo caso, el contenido de esa decisión). La simpleza de los razonamientos de causa y efecto desdibuja, desconfigura la riqueza de la realidad humana, incluso —o sobre todo— las de sus alternativas éticas. Un modelo de causa y efecto en la explicación histórica suele ser una reducción al absurdo de una realidad siempre más compleja y diversa. Aquí se hace entendible la propuesta de las constelaciones de Walter Benjamin: una concatenación de elementos, separados o cercanos entre sí según lo dicte algún criterio objetivo, pero disponibles como elementos que convergen en una explicación que no responde a una secuencia lineal de tiempo e impulso. Narrar históricamente nunca ha sido sencillo.
Hay una forma corrupta de entender Israel y Gaza: pretender que hay un solo juicio que engloba la incursión criminal de Hamás el 7 de octubre y la respuesta energúmena del gobierno de Israel. Un único juicio es una operación improbable, éticamente. Evitemos la soberbia de un juicio abarcador, resumido, sintético porque la reunión narrativa de circunstancias, sangre y dolor (que debe asentarse además en una voluntad de pretensiones omnicomprensivas) busca representar un todo en donde imperan patrones diferenciados, historias vecinas que se intersecan en cada momento, pero no devienen una sola. Nuestra obligación es mantenerlas diferenciadas, aisladas por decirlo de algún modo. De no proceder así, y al mezclar a discreción violencia armada contra civiles, homicidio y genocidio, hacemos descender un manto de identidad sobre los crímenes innumerables. Si algo faltara, dicha aproximación nada aporta a comprender la urgencia de lo que ocurre; los rasgos en principio identificables de la incursión de Hamás y la réplica del gobierno israelí desaparecen, fundidas en el magma de la pura imagen, incontestable, didáctica, esclarecedora, pero que, en el fondo, es causa de todas nuestras confusiones. La imagen mata.
Mi propuesta es sencilla, pero a saber si es adecuada en sus términos técnicos y lógicos: el 7 de octubre de 2023 requiere un juicio singular, autónomo; otro juicio, singular y autónomo, requiere la respuesta del gobierno de Israel en Gaza.
Ariel Rodríguez Kuri
Académico en El Colegio de México