Gobierno autoritario en régimen democrático
(un recuento crepuscular)

Al contrario de otras experiencias en América Latina durante los años ochenta y noventa, la transición democrática mexicana no fue un retorno, sino una construcción lenta. Antes de los últimos años del siglo XX, nunca habíamos experimentado un régimen estable en el que se desplegara el guión típico de la democracia o la poliarquía: elecciones libres y limpias, organizaciones políticas competitivas implantadas en el territorio nacional, ejercicio efectivo de las libertades de expresión y de organización, división de poderes, alternancia en todos los niveles de gobierno y, en general, un contexto en el que las reglas del juego fueron pactadas y aceptadas por las principales fuerzas políticas del país. De esa suerte en 1997 el partido otrora hegemónico perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y la izquierda llegó a gobernar la capital del país. Tres años después se verificó la primera alternancia en la Presidencia de la República, en orden, con legalidad y en paz.

Vale la pena este pequeño recordatorio porque tales eventos nunca habían ocurrido en México sin que el país se despeñase en la violencia política, los golpes de Estado o la guerra civil. Es por eso que la presente investigación parte de una firme valoración histórica del significado de la transición democrática en México y de su contenido civilizatorio.

Aún más, la democracia llegó a México en un momento de grandes cambios y mutaciones en casi todos los órdenes de la vida social, económica y cultural. Estos cambios casi siempre significaron una amplificación de las desigualdades y un desacomodo o desgarramiento de su sociedad, de su demografía, su economía y su imbricación con Estados Unidos, así como niveles de violencia social y estatal que no tienen precedente en más de un siglo.

Así pues, la democracia mexicana nació desafiada desde varios flancos:

1. Su instalación coincidió con un largo periodo de escaso crecimiento económico, muy cercano al estancamiento secular, cuya reproducción dependía (y sigue dependiendo) de los bajos ingresos, sin resolver la pobreza de decenas de millones.

2. Coincidió, también, con un boom delincuencial y violento cuya expresión más cruenta es el homicidio doloso, que desde el año 2007 nos mantiene en una crisis de seguridad permanente.

3. Había, del mismo modo, un creciente envilecimiento de la vida pública por casos de corrupción, a veces inverosímiles por su dimensión e impunidad, que disminuyeron el prestigio social de los principales actores de la novel democracia: políticos, empresarios, partidos, legisladores, gobernadores y presidentes de la república.

Pueden enumerarse otras afluentes y fuerzas que han rodeado y minado el funcionamiento de la democracia mexicana y que han impedido su reconocimiento como una adquisición social y política valiosa en sí misma y necesaria para la convivencia en el país. La historia de la democracia mexicana es en buena medida la historia de esos desafíos; no obstante, a partir de 2018 se agrega todo un capítulo que oscurece las sombras sobre ella. Y es que ahora la democracia también es socavada y quebrantada por el poder mismo, desde la Presidencia de la República y su coalición mayoritaria; es decir, es desafiada por los actores, principales beneficiarios del propio sistema democrático. Este reto desde dentro constituye un cuarto factor de desafío demasiado importante, demasiado central como para no ser colocado durante los años de pandemia, como el principal problema de la democracia en México: el autoritarismo populista.

Ilustración: José María Martínez
Ilustración: José María Martínez

La demanda por populismo

“La democracia no es algo que pueda darse por sentado como trasfondo de todas las demás noticias.
La democracia en sí misma, es el primer plano y la historia principal”.
Timothy Snyder

El malestar de grandes sectores de la sociedad mexicana tiene una larga data. Durante todo el siglo XXI, después de una breve primavera inaugural, la valoración social de la democracia descendió ya no a niveles de desafección o desencanto, sino a un plano de frustración e irritación difícil de encontrar en algún otro territorio de América Latina. En la Gráfica 1, confeccionada con los datos históricos del Latinobarómetro, es posible reconocer el último cuarto de siglo en el que, consistentemente, nuestro país muestra un menor aprecio por su vida democrática, en franco contraste con el resto del subcontinente y lo que es más, ha vuelto a crecer la propensión social por el regreso de un gobierno autoritario.1 Ese apoyo declarado se duplicó en el curso de tan sólo dos años.

La cifra es preocupante también por el otro lado: el 43 % de la población respalda cabalmente la democracia. Si observamos la misma línea en el tiempo, en 2002 el respaldo mexicano a la democracia alcanzaba 63 %. Alguna vez nuestro país destacaba en ese rubro, pero hoy está muy lejos del 74 % de respaldo que exhibe Uruguay o del 67 % que se verifica en Costa Rica. No obstante, el fenómeno más perturbador se halla en el dato correlativo: al desencanto con las instituciones democráticas corresponde una mayor aceptación del autoritarismo.

Gráfica 1: apoyo a la democracia y al autoritarismo en América Latina

Fuente: elaboración propia con datos de Latinobarómetro

Así pues, la expansión del autoritarismo no es causa sino más bien la consecuencia de un largo periodo de decepción. En México, como en el resto del mundo, esta desilusión comenzó en el primer lustro del siglo XXI, pero su expansión, la que envolvió a nuestra sociedad, parece haber ocurrido en el sexenio de Enrique Peña Nieto, con sus escándalos de corrupción y con la onda de choque desmoralizante que representó la matanza de Ayotzinapa. El humor social que se incubó entonces no ha hecho más que ensombrecer y atrapar a más y más sectores de la sociedad mexicana.

Hemos dicho que esa condición en nuestra vida social tiene varios nutrientes, pero lo que importa señalar aquí es que su efecto en la formación de la opinión pública fue capitalizado durante 2018 por la coalición multiforme de Andrés Manuel López Obrador.2 En ese año, las condiciones sociales eran propicias para el mensaje del populismo, un fenómeno que nos acabó de emparentar con el mismo patrón sociopolítico vivido en muchas otras democracias del orbe. El resultado ha sido un periodo que Freedom House bautizó primero como “recesión democrática” y luego, como la era de las “democracias sitiadas”.

Hasta ahora Donald Trump, expresidente de Estados Unidos, había sido la cúspide más visible del fenómeno. Pero el ascenso de representantes, gobernantes, partidos, movimientos y líderes cuya agenda práctica pasa por el desdén y el desmantelamiento democrático no ha dejado de crecer, lo mismo en Europa que en Asia y por supuesto en América Latina.3 El rosario de dirigentes contemporáneos propensos a evadir la Constitución —y violentar las leyes, saltarse procedimientos, anular las instituciones independientes, suscitar permanentemente la polarización política, además de a eternizarse en el cargo— es bien conocido: Víktor Orbán en Hungría, Recep T. Erdogan en Turquía, Kaczynski en Polonia, Jair Bolsonaro en Brasil, Rodrigo Duterte en Filipinas, Boris Johnson en Gran Bretaña, Narendra Modi en la India, Nayib Bukele en El Salvador, por no hablar de la Rusia de Vladimir Putin.

La profusión de estos líderes nos informa de un deslizamiento universal no solamente en su forma, no solamente porque ocurren en un mismo período histórico, sino también porque responden a causas similares. ¿Será esta oleada la principal herida que nos heredó aquella gran crisis financiera detonada el 15 de septiembre de 2008?4 Una herida que hizo saltar por los aires a la globalización financiera, causó retrocesos económicos en todo el planeta, puso en marcha un nuevo ciclo de empobrecimiento, debilitó estructuras estatales de protección y, en definitiva, puso en cuestión las premisas de eso que conocemos como modelo neoliberal.

En lo que toca a México, la de 2008 fue la tercera gran crisis en una generación: la de los mexicanos que entraron al mercado de trabajo en los ochenta y que ahora constituyen una enorme fuerza laboral envejecida y sin pensiones. El ajuste estructural de esos años (la llamada “década de plomo”), la “crisis del tequila” a mitad de los noventa y la gran crisis financiera de 2008 forman un continuo de pauperización, retrocesos y desgracias personales para toda una generación.

El ingreso per cápita da cuenta de uno de nuestros mayores fracasos sociales. No ha podido superar su techo histórico durante todo el siglo XXI, y la pandemia lo vino a hundir de nueva cuenta. Según proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), el ritmo de crecimiento del PIB por habitante en México durante todo el primer cuarto de este siglo será apenas de 0.2 %. Prácticamente cero. Si no ocurre una nueva recesión, el indicador en 2024 será equivalente al que teníamos en 2013, o sea, 11 años de estancamiento absoluto. Un largo ciclo de “expectativas rotas”, crisis tras crisis, marca la vida de los mexicanos contemporáneos.5

Gráfica 2: PIB per cápita en México, 2000-2024

Fuente: estimaciones de Conapo, población a inicio de año y serie retropolada del Inegi

Es preciso recapitular esa circunstancia por la magnitud del malestar que produjo. El capitalismo global había inflado una inmensa burbuja inmobiliaria merced a la ingeniería financiera de los bancos internacionales, los cuales actuaban sin molestas regulaciones, pues éstas habían sido derogadas precisamente en el momento en que eran más necesarias. En esa crisis el mundo atestiguó que los bancos e instituciones de crédito habían prestado toneladas de dinero a quienes no podrían pagar. Esto se demostró fotográficamente el 18 de septiembre de 2008, cuando 550 000 millones de dólares fueron retirados en sólo dos horas en Estados Unidos.6

Lo que vino después fue un colosal desorden económico y financiero sólo comparable con la Gran Depresión de 1929, cuyas repercusiones serían las más perniciosas desde hacía ochenta años. Las consecuencias económicas fueron ampliamente discutidas y evaluadas durante la década pasada. Pero su peor secuela, tal vez, no se halle en la economía sino en la política.7 En una investigación temprana sobre el conjunto de países de América Latina, Máximo Quitral Rojas concluye: “La crisis internacional que se cristalizó en 2008 comprometió la curva ascendente de las democracias latinoamericanas que por varios años habían tenido un alza… los países con un mayor peso económico y demográfico, como Brasil, Argentina o México, obtienen cifras realmente pesimistas [y exhiben] una caída en su calidad democrática”.8 De forma similar, y con una mirada en las antípodas ideológicas, una ponencia presentada en 2017 por el fondo de inversión Bridgewater contabilizó el crecimiento del voto “populista” en países democráticos luego de la crisis financiera:

Gráfica 3: Voto populilsta en el mundo desarrollado

Fuente: Bridgewater

En 2010 los partidos extremistas —antiinmigrantes, antipolítica, antipartido y antiélites— recibían el 7 % de la votación en las naciones de occidente. Para 2017 esa masa rozaba ya el 35 %. Los investigadores de Bridgewater agregaban que “ese exponencial incremento sólo se había observado durante las décadas de 1920 y 1930”, con su pico exultante en 1939: el 40 % del voto.

¿Quiere esto decir que las grandes recesiones económicas provocan tal malestar que termina minando las bases de la democracia? No es aconsejable establecer una causalidad mecánica y determinista, pero el nexo parece real y su sombra ha sembrado una interrogante vital para cientos de millones de personas: la certeza o la intuición de que ellos y sus hijos ya no podrán vivir mejor, de que no habrá prosperidad, de que el estancamiento se convertirá en nuestra condición existencial.9

Así, la crisis financiera incubó a escala mundial un descontento en el que quienes se ven ajenos, excluidos o ninguneados por la etapa “cosmopolita” cobran venganza contra un statu quo indiferente y votan en su contra. De esa manera surge, aquí y allá, la demanda por populismo. El sentimiento de abandono, enredado con el malestar previo (a veces incubado durante décadas), así como con la ansiedad y el miedo al futuro, la falta de trabajo, los salarios bajos y la falta de esperanza de ascenso social, acabaron conformando un clima social empeñado en encontrar líderes fuertes que ofrezcan protección ante la inclemencia de una época sin alma.10

La decepción continua

“¿Cuántas vidas truncas, cuantas bancarrotas y cuántas frustraciones
puede soportar su democracia, señor?”
Sinclair Lewis

Llegamos así al tema crucial: ¿por qué votamos por personas que sabemos no respetarán los procedimientos que hicieron posible su propio triunfo? Los votantes tienen buenas razones para repudiar y castigar a lo que consideran el statu quo indolente. Como lo muestra un estudio de la Universidad de Princeton, los electorados del siglo XXI parecen agotados después de haber tenido o la paciencia de votar por opción tras opción durante las elecciones de entre siglos.11 Votaron por el partido “A”, luego por el partido “B”, también dieron oportunidad al “C”, pero ninguno resolvió los problemas esenciales. Y cuando se agotan las alternativas disponibles, demandan populismo.12

Puede que la mayoría de las democracias estén en esa situación: el voto por el outsider —el populista, el demagogo o el protofascista: personajes colocados fuera de los parámetros institucionales, proclives a la violación de las leyes o incapacitados para gobernar— se explica por la “continua decepción”: haber aceptado un statu quo más o menos democrático y, sin embargo, comprobar con los años, gobiernos y legislaturas que, vótese por quien se vote, la calidad de vida y la expectativa de mejorarla se reduce, en medio de la indiferencia, los escándalos, fracasos sociales graves y corrupción.

El punto es éste: la decepción recurrente transforma a los votantes. El compromiso con la democracia y sus instituciones subsiste sólo si también subsiste una cierta expectativa vital. Esto no ocurrió en gran parte del planeta y mucho menos en México. Al fracaso de la utopía extrema que quiso instaurar a la “sociedad de mercado”, sucede el descrédito de la democracia y la llegada de opciones que deliberadamente se colocan en el límite del sistema de partidos y de sus reglas.13 Como apunta Pierre Rosanvallon, el frenesí neoliberal no buscaba sólo una economía de mercado (regulable, sujeta a normas, equilibrada por las instituciones públicas, en muchos sentido deseable), sino también instalar la “sociedad de mercado”, una versión tan delirante como la “expropiación de los medios de producción” comunista.

Como en el mundo, está ocurriendo lo que las élites mexicanas descreyeron durante mucho tiempo: sencillamente, eso no podía pasar aquí.

Las reglas de la convivencia pluralista pierden valor si de lo que se trata es de reforzar una red de seguridades vitales y elementales. Es entonces que la recesión económica se convierte en una recesión democrática. Los ciudadanos sufragan en un mundo perturbado, alterado por circunstancias y fuerzas más allá de su propia comprensión, a las que sin embargo intuyen. Después de años de indiferencia, distancia, maltrato, elitismo y corrupción, los votantes creen tener claro quiénes son culpables. La democracia, entonces, adquiere un reto inmenso: debe ser capaz de metabolizar el malestar y soportar la conmoción de líderes y gobiernos que llegaron al poder porque existe esa democracia, pero que no están dispuestos a condescender con sus minucias procedimentales. Creo que el nuevo autoritarismo mexicano se comprende sólo si miramos el telón de fondo del mundo y de esos años previos, porque de muchas maneras nos habían anunciado ya nuestro presente político.

Hacia el gigantismo presidencial

“La democracia es un concepto abstracto cuando lo tienes,
pero se vuelve real cuando comienzas a perderlo”.
Ece Temelkuran

La ciencia política contemporánea ofrece ya un vasto arsenal de estudios, análisis y comparaciones que ayudan a reconocer la naturaleza del fenómeno que nos envuelve. Fue Nancy Bermeo en un artículo fundador la que invitó a identificar los procesos que erosionan las democracias, proponiendo una tipología histórica en la que reconoce cinco formas bajo las cuales la democracia perece:14

1. Golpe de estado militar “clásico”.

2. Autogolpe: suspensión del Poder Legislativo y otros contrapesos.

3. Golpe de estado “promisorio”: se autoproclama como restauración de la legalidad perdida y de carácter provisional.

4. Manipulación electoral o fraude abierto.

5. Gigantismo presidencial: desmantelamiento paulatino del orden democrático en favor de la hipercentralización de atribuciones.

Este no es el lugar para ofrecer un análisis del método y la batería conceptual de Bermeo, pero es crucial detenerse en la categoría cinco, pues resulta la variedad autoritaria dominante en nuestra época, al menos desde 2005.

El impacto de esta metamorfosis en el largo plazo, a decir de Freedom House: “Se ha vuelto lo suficientemente amplio como para que lo sientan quienes viven bajo las dictaduras más crueles, pero también para los ciudadanos en democracias de larga data. Casi el 75 % de la población mundial vivía en un país que se enfrentó al deterioro el año pasado (2020). El declive en curso, a través de la erosión, ha hecho surgir un complejo de inferioridad en las democracias”. En palabras de Bermeo:

Las ciencias sociales se han centrado principalmente en casos claros de colapso democrático, prestando muy poca atención a los cambios de régimen incrementales, que colorean la historia de muchos países. La investigación sobre regímenes “híbridos” ha sido un paso adelante, pero necesitamos saber más acerca de cómo se produce el retroceso hacia la hibridación. Centrarse en la erosión democrática requerirá que más académicos vean que la democracia es un “collage” de instituciones, elaborado y recreado por diferentes actores en diferentes momentos. Se ensambla pieza por pieza y se puede desmontar de la misma manera.

Otro estudio señero y robusto —pues rastrea los colapsos o retrocesos de la democracia desde comienzo del siglo XX— advierte que los fenómenos de autocratización mantenían un ritmo, con desenlace incierto en diez casos de entre 75 democracias, y que en dieciocho de estos procesos los países habían caído en autocracia para 2017.15 México ha entrado con toda claridad a ese tipo de proceso a partir de 2018. No se trata de un golpe que se traduzca en la quiebra de la democracia, sino un zigzag incremental. Si bien la experiencia africana nos informa de la producción actualísima de derrumbes dramáticos, en lo que va del siglo XXI lo más frecuente es que las democracias “se erosionen en lugar de hacerse añicos”, en palabras de Bermeo.

Tal es lo que sucede con el “gigantismo presidencial”, protagonizado por el Ejecutivo mismo, con un ritmo generalmente pausado pero sostenido. El retroceso ocurre cuando los ejecutivos electos —con diversas razones o excusas— debilitan los controles a su propio poder “pieza por pieza”. Realizan modificaciones legales e institucionales —a través de cauces asimismo legales— que tienden a concentrar atribuciones en la presidencia o en algún sector central del gobierno (típicamente en las fuerzas armadas). Su prioridad es mantener una estrategia permanente de acoso a la oposición, echando mano de decretos y cambios en el poder legislativo y judicial. La característica definitoria del gigantismo presidencial es que los retrocesos se votan (por ejemplo, jibarizado a las instituciones de rendición de cuentas, restándoles autonomía y recursos) y se deciden “legalmente” en enredados procesos legislativos.

Esta secuencia típica tiene como corolario crítico el desmantelamiento de los sistemas electorales que lo preceden y merced a los cuales los líderes populistas arribaron democráticamente al poder. Esto constituye, en palabras de Ece Temelkuran, “la aporía populista”: demoler a un sistema —tan confiable— que permitió su propio triunfo.

Este patrón y este comportamiento está sucediendo en México. Es posible reconocerlo con la simple recolección de las decisiones del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y si somos capaces de captar su trayectoria política. En palabras del historiador Cristopher Clark: “A menudo se debe proceder por la vía del esclarecimiento del cómo, posponiendo la respuesta del porqué, siempre compleja y a veces inaccesible”.16 Es decir, antes de intentar responder por qué AMLO actúa como lo hace, resulta más útil analíticamente atender las acciones y los hechos tal y como se desarrollan, el conjunto de iniciativas, así como su ritmo y el discurso que las acompaña. A continuación una lista o demostrativa del desmantelamiento (backsliding) que se escenifica ante nuestros ojos:

1. La seguridad pública pasa a ser dirigida por el Ejército. La Guardia Nacional queda subordinada a su mando. Se desintegra a la policía federal.

2. Militarización de los sistemas esenciales (aeropuertos, puertos, aduanas, infraestructura vital, etcétera), los cuales quedan a cargo de las Fuerzas Armadas.

3. Violación directa al tope constitucional de 8 % de sobrerepresentación del partido oficial en 2018. México vivió así tres años legislando con una mayoría abiertamente inconstitucional.

4. Intento de prolongar el mandato de un gobernador electo por el doble del tiempo para el que fue votado (Baja California).

5. Cancelación de los padrones institucionales para los programas sociales y, correlativamente, construcción de un nuevo padrón sin transparencia alguna, levantado antes de tomar posesión como gobierno, por personas que no eran funcionarios públicos. El reparto de dinero en efectivo se vuelve la política social a través de ese padrón.

6. Abrupta cancelación de la construcción del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México mediante una consulta sin reglas, realizada sólo en algunos estados del país, sin intervención de las instituciones electorales y cuya consecuencia fue la indemnización por 100 000 millones de pesos por una obra de infraestructura que se consideraba la más importante de América Latina.

7. El reparto nacional de una “Cartilla moral”, convertida en documento oficial, a través de actores no estatales (iglesias evangélicas).

8. Nombramiento ilegal de la Comisionada Nacional de los Derechos Humanos. La institución del ombudsman queda subordinada al presidente de la República.

9. Asfixia a la autonomía de la Comisión Reguladora de Energía.

10. Violación al procedimiento de designación de jueces y funcionarios que habían sido formalmente rechazados en el Poder Legislativo.

11. Cancelación de distintos programas sociales (como las estancias infantiles) en contra de las recomendaciones y estudios de las autoridades que evalúan la política social en México.

12. La destrucción del Seguro Popular, institución de salud que atendía enfermedades catastróficas entre la población más pobre, sin que la sustituyera ninguna otra estructura.

13. Traslado, sin fundamento legal, de la política migratoria hacía la Secretaría de Relaciones Exteriores.

14. Militarización de la política migratoria, ahora a cargo de la Guardia Nacional.

15. Gobierno en revisión constitucional. Las principales leyes promovidas por el presidente —ley de austeridad republicana, ley orgánica de la administración pública, ley de la guardia nacional, etcétera— están impugnadas por un cúmulo de amparos de toda índole.

16. Creación de una figura no prevista en ley —los superdelegados— cuyas funciones supervisan y traslapan las facultades constitucionales de los gobernadores democráticamente electos.

17. Creación de una nueva agencia federal de salud (Insabi) sin ley orgánica, normatividad ni estructura funcional.

18. Intento de injerencia en el funcionamiento de la Suprema Corte (prolongar el mandato del actual presidente) en contradicción con la letra de la Constitución.

19. Destrucción de fideicomisos (para la investigación científica, para atención de desastres naturales, para la cultura y las artes, etcétera) y su absorción dentro del gasto del Ejecutivo.

20. Acoso permanente desde la Presidencia misma contra las autoridades electorales en busca de su remoción y captura.

21. Persecución a la comunidad científica y académica del país, lo que incluye denuncias penales contra 31 de sus miembros.

22. Acoso a las instituciones de investigación científica y a la principal universidad del país (UNAM).

23. Persecución judicial a personajes opositores. Destaca el juicio penal en contra de Ricardo Anaya, principal candidato rival de López Obrador en 2018, con base en “declaraciones” de un implicado confeso.

El recuento del desmantelamiento o de la destrucción institucional es en realidad más grande, pero este cuadro capta el momento político en el que se encuentra nuestro país.17 No estamos hablando de la capacidad político-administrativa de este gobierno ni de los resultados de sus políticas concretas (gestión de la pandemia, política ambiental, política social, política del crecimiento económico, política de seguridad, etcétera).18 Lo que señalamos aquí, es la cualidad, su índole propiamente política. En pocas palabras, su talante autoritario.19

Nuevo autoritarismo mexicano

“El populista —de derechas o de izquierdas— es quien da respuesta simples a problemas complejos.
Y como los problemas no se resuelven así, buscan e inventan a los culpables de la no solución”.
Felipe González

El lopezobradorismo no es un proyecto o un programa, sino una serie de medidas contingentes implementadas sobre la marcha. Es una suma de ingredientes que no necesariamente son coherentes entre sí, ni en lo ideológico ni en lo práctico, ni en la amalgama de sus alianzas políticas, pero que guarda un sentido: se trata del ejercicio de poder de un modo personalista y centralizador. El gabinete de López Obrador no juega un papel relevante, las decisiones principales son dictadas por el presidente en todas las áreas y la vocería es asumida de manera cotidiana y directa por el mismo personaje.

Se trata, en fin, de una versión exacerbada del presidencialismo mexicano, para la cual, la ley, los otros poderes y las instituciones autónomas representan obstáculos a salvar o remover, frente a los altos propósitos de la “justicia”, las “aspiraciones del pueblo” o la “voluntad de la mayoría”.20 El diseño constitucional que divide el poder de forma vertical (Federación, gobiernos locales, municipios) y horizontal (Ejecutivo, Legislativo, Judicial, instituciones de control y rendición de cuentas) ha sido afectado por esa pulsión: la Presidencia debe conducir al conjunto de la nación. Los demás poderes e instituciones son subsidiarios. Colaboración, cooperación o acuerdos son recursos de la democracia prescindibles ante esa voluntad.

El proceso de autocratización en México viene acompañado por una mayoría legislativa dócil y obsecuente (una circunstancia que la democracia mexicana había evitado por veinte años). De esa suerte, ha languidecido una de las instancias más importantes de supervisión al Poder Ejecutivo, transformando frecuentemente al propio Congreso en una cámara de resonancia de los designios presidenciales. La aprobación de leyes o los presupuestos del país “sin que se mueva una coma” dan cuenta de un nivel de subordinación que México había abandonado desde 1997.

Dos legislaturas con mayorías adheridas al partido del presidente han ampliado las atribuciones y la presencia política del Ejecutivo vía reformas a las leyes, e incluso mediante cambios constitucionales. En estos tres años las legislaturas han contribuido a debilitar directamente las instituciones de responsabilidad horizontal, amenazando con desaparecerlas o minando sus recursos presupuestales (Inai, INE, CRE, etcétera).

El lopezobradorismo es también, una magnificación y una reconfiguración del antagonismo político en México. La división política es más intensa que nunca, pero ya no entre derechas o izquierdas, entre identidades partidarias, ni entre disrupción o estabilidad. Como apunta Mariano Sánchez Talanquer, el conflicto se plantea contra una élite privilegiada y el “México profundo”, no un conflicto horizontal, sino vertical entre lo “patricio” y lo “plebeyo”, lo alto y lo bajo de la sociedad.21 El presidente debe aparecer fusionado con los pobres, quienes en el discurso son su principal y casi única prioridad.

No se trata de un antagonismo de clase, sino de los que tienen “privilegios” frente a los “desposeídos”, esquema en el cual, empresarios y clase media automáticamente pertenecen al campo del “privilegio”. El gobierno de López Obrador no se erige para escuchar los reclamos de ese México, no es para esos sectores de la sociedad, como lo planteó explícitamente en la mas acabada autodefinición de su gobierno y de su ideario: “…es necesario aclarar lo que estamos haciendo por el restante 30 % de las familias que se ubican de la clase media alta hasta las personas de mayores ingresos en el país […] Por orden de importancia sostengo que el principal beneficio que estamos dando, con respeto y responsabilidad, a este sector de la población, es el construir la paz y la tranquilidad en México”. En cambio, en sus proclamas —que no en la realidad— la atención de López Obrador y los recursos públicos se sitúan en “este segmento de 25 millones de hogares, equivalente al 70 % de la población, va desde los muy pobres hasta la clase media-media. Para ellos están dirigidas las principales acciones y programas […] Queremos construir la modernidad desde abajo […] La referencia a ese abajo social implica el protagonismo histórico que se han ganado los siempre desposeídos, oprimidos, despojados y discriminados, aquellos que han sido tradicionalmente atropellados por los grandes intereses económicos, ignorados por los medios de información convencionales y privados del ejercicio de sus derechos por el poder político”.22

Y no obstante, esa atención a los más pobres es más retórica que real, como lo muestra la aceleración del empobrecimiento entre 2019 y 2020. En esta administración México alcanzó la mayor cifra de pobres de toda su historia: 55.7 millones de personas, 3.8 millones más que en 2018. De ellas, 2.1 millones cayeron en pobreza extrema.

El cabal fracaso de la política social dirigida a “los de abajo” muestra otras patologías no superadas hasta el tercer año del gobierno de López Obrador. Los recursos de todos los programas sociales constituyen 8 % menos que los de 2015; los instrumentos utilizados durante la pandemia para evitar el empobrecimiento fracasaron, porque no estuvieron dirigidos a la población que entraría en riesgo: los trabajadores activos, los que no podían quedarse en casa y que deben ganarse el sustento “saliendo a trabajar”. Para ellos no hubo programas. Y finalmente, la mitad de los hogares más pobres dejaron de ser subsidiados y alcanzados por los programas de apoyo: el “padrón de bienestar” cambió el rumbo de los subsidios hacia la población menos necesitada.

No obstante tales evidencias, “primero los pobres” sigue siendo el contenido retórico nuclear del lopezobradorismo. Su conflicto se cuantifica e imagina entre una lucha entre el 70 % versus el 30 % de la sociedad. Esta polarización está presente en su diagnóstico y en su visión del presente del país y, por supuesto, en su discurso diario y recurrente: una narrativa en la que periodistas, intelectuales, empresarios, académicos, científicos y clases medias son ajenos e incapaces de comprender su “proyecto”.23

Ahora bien, a pesar de su predilección por el “pueblo” y sus programas de reparto de dinero en efectivo a las clases populares, resulta difícil calificar a López Obrador como el líder de un gobierno de izquierda. El primero de noviembre de 2018, un mes antes de su toma de posesión, el presidente electo afirmó: “Se mantendrán los equilibrios macroeconómicos, no gastaremos más de lo que ingresa, no vamos a endeudar al país, no vamos a aumentar impuestos ni a crear otros nuevos, y vamos a respetar la autonomía plena del Banco de México”. Es decir, México continuará dentro del canon utilizado para garantizar, antes que el crecimiento o la redistribución, “la tranquilidad en los mercados”. Y así fue: a pesar del coma económico autoinducido que exigió la pandemia, el esquema de política lopezobradorista se mantuvo inalterado, por lo que no cabe esperar un resultado distinto al de los años previos.

De modo que los mexicanos viven, en realidad, dentro de una continuidad acelerada de los mismos procesos que ya habían iniciado con Peña Nieto y aun Calderón: crecimiento de la pobreza, auge descontrolado de la violencia criminal, militarización de la seguridad pública y estancamiento económico. Y lo mismo ocurre en otros campos estratégicos, tan variados como la política ambiental, la política migratoria, o la política de ciencia y tecnología, cuyo desprecio, reducción o destrucción no empezaron con López Obrador. Debe decirse que muchos de los problemas que ha tenido que afrontar este gobierno no fueron creados por él, pero es bastante claro que esos desafíos han carecido de políticas de corrección. Más bien, el lopezobradorismo se ha revelado como un gobierno de continuidad en políticas vertebrales.

La dificultad para considerar al gobierno de izquierda, no sólo se halla en su visión económica cuyo numen tutelar es la austeridad. La dificultad también radica en el plano propiamente ideológico. La aversión e incomprensión hacia el movimiento feminista (con toda seguridad, el cambio cultural más sentido, legítimo y moderno que recorre hoy buena parte de la sociedad mexicana) es otro botón de muestra. En cambio vemos una alianza con el movimiento evangélico y frecuentes disertaciones en favor de los valores familiares tradicionales y la purificación de la vida pública. Este discurso resulta muy sintomático de las afinidades ideológicas reales de este gobierno, más allá del propósito político de establecer una conexión anímica directa con las clases populares en busca de su respaldo vertical.24

Así, la vida política mexicana es hoy un espacio fracturado, dividido, sujeto a una estrategia de polarización cotidiana en la que el diálogo, ya no digamos los acuerdos, se ha vuelto inviable. El retroceso democrático es evidente y empieza a ser captado en todas las mediciones: de acuerdo con el Democracy Index de The Economist, la calificación democrática de México bajó de 6.93 puntos en 2010 a 6.07 puntos en 2020; según el Varieties of Democracy Project, pasó de 45.8 % a 41.64 % en el mismo periodo; entre 2017 y 2020, el índice de Freedom House registró un cambio de 62 a 61 puntos; y finalmente, en el mismo periodo, el Instituto para la Democracia y la Asistencia Electoral bajó el punteo del país de 0.61 puntos a 0.55. Se trata de diferentes observatorios, diferentes metodologías y rangos temporales distintos, pero los resultados coinciden: se observa un deterioro en el orden democrático mexicano.

A pesar de este escenario, la democracia mexicana sigue manteniendo sus principales atributos especialmente en dos áreas: la integridad electoral, las reglas de representación en la enorme mayoría de gubernaturas y legislaturas del país, así como la independencia relativa del Poder Judicial. Pero todo eso está hoy bajo acecho. Es la agenda del presidente. Como advierte Gabriel Negretto: “En México los mecanismos de contención autocrática han funcionado hasta ahora, pero es preciso no confiar en su perdurabilidad”.25

El lopezobradorismo constituye un experimento político que apunta a una centralización de facultades, atribuciones y decisiones en el Ejecutivo federal (gigantismo presidencial). Otorga al Ejército el control de los sistemas neurálgicos con los que opera el país. Trata de desplegar la mayor red de beneficiarios para que reciban —de manera directa y bajo el sello personal del presidente— dinero en efectivo. Ha subordinado al Poder Legislativo, suspendiendo sus obligaciones de supervisión y de control. Ha sido capaz de evadir la ley y la Constitución en decisiones cruciales, y propicia de un modo cotidiano la división irreconciliable entre su “movimiento” y los “conservadores”.

El pasaje histórico y político que hemos intentado relatar aquí puede sintetizarse en una frase: gobierno autoritario en régimen democrático. Esto quiere decir que la autocratización no se ha profundizado con la celeridad pretendida desde el gobierno, debido a la presencia y la acción de las piezas de ese “collage” que es el sistema democrático en México, especialmente sus estructuras electorales. Si bien las elecciones, por sí solas, no hacen que el Estado sea democrático, sí ofrecen un vistazo a la fuerza y ​​legitimidad de una democracia. En este tiempo, contra pronóstico, se redujo la mayoría legislativa de la coalición gobernante en la última elección de junio de 2021, configurando un nuevo mapa electoral y regional, hermético al lopezobradorismo especialmente en las zonas metropolitanas. La contención o expansión del autoritarismo en nuestro país sigue siendo una cuestión abierta.

La literatura publicada en este tiempo, especialmente la obra de Nadia Urbinati, es una invitación a perder la inocencia y reconocer que no todos los frutos de la democracia son virtuosos, promisorios o progresistas. La única certeza que brinda es la posibilidad de cambio, el movimiento, el crecimiento o la caída de las mayorías y el reacomodo de los equilibrios políticos una y otra vez. El autoritarismo populista es una sombra que no tiene por qué imponerse: podemos combatir su ambigüedad y la confusión que produce si lo nombramos como lo que es en nuestro caso, una versión monstruosa del presidencialismo; si tenemos el diagnóstico adecuado (los pasos a la autocracia); y si sabemos defender, pieza por pieza, a la democracia realmente existente (no la imaginaria).

Coda: irreductibles de la democracia mexicana

Los siguientes tres años seguirán poniendo a prueba a la democracia mexicana. Las arenas críticas de esa resistencia son variadas. En lo inmediato, alcanzo a ver estas cinco:

1. Reordenar y replantear el contenido de los presupuestos públicos para 2022, 2023 y 2024 hacia el estímulo económico en un sentido expansivo, federalista y a favor de los servicios públicos, especialmente la salud, para lograr un fortalecimiento decidido de las políticas públicas contra la pandemia, así como educación e infraestructura física con alto impacto en el crecimiento general.

2. Reforzar las medidas que permitan clarificar la división de poderes. La revisión de los términos de relación entre estos poderes es un examen necesario para el arbitraje y la impartición de justicia en México.

3. Defender la existencia y el trabajo del conjunto de las instituciones autónomas tal y como las contempla la Constitución. Ellas no son sólo la expresión de control del poder, sino de la especialización técnica y profesional para la operación del Estado.

4. De la misma manera, la deliberación y la conversación pública no pueden estar sujetas a la violencia de los “otros datos” que con frecuencia esgrime el presidente. Las “instituciones de la verdad” y las agencias y organismos que por ley deben producir información regular, objetiva e imparcial son absolutamente críticas.

5. De manera muy especial: preservar la independencia y los términos constitucionales en los que se desempeña el Instituto Nacional Electoral, la institución en donde coagula el funcionamiento abierto, legal, pacífico y pluralista del país.

Creo que en esa lista y en estos años se concentra la agenda de aquellas y aquellos que quieren defender un territorio político libre y abierto; creo que allí está la agenda de quienes quieren —queremos— evitar un desenlace crepuscular de la democracia en México.

 

Ricardo Becerra
Economista, periodista y analista económico y político. Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática

Agradezco los apuntes y comentarios críticos de José Woldenberg.

Este ensayo fue publicado originalmente por la Fundación Friedrich Ebert.


1 Lo que puede confirmar la sagaz observación de Anne Applebaum: “Los modernos regímenes autoritarios generan su propio público. No son sólo una nueva élite que se presenta alternativa, sino una creciente corriente social que no se reconoce en los mecanismos ni los valores de las democracias creadas en estos años”. Applebaum, A. El ocaso de la democracia: la seducción del autoritarismo. México, Debate 2021.

2 Woldenberg, J. La democracia como problema (un ensayo). México, Colegio de México y Universidad Nacional Autónoma de México, 2015.

3 África cuenta una historia peor: frustradas sus transiciones, muchos países del continente han terminado ya no con la instalación de autoritarismos, sino de dictaduras militares sin más. En 2021 cuatro países africanos sucumbieron a golpes de estado más o menos clásicos: Sudán, Malí, Guinea-Conakry y Chad.

4 El “historiador de los ejemplos”, el que mejor documentó la crisis del 29 y sus secuelas, Charles Kindlenberger, hacía una observación crepuscular: “La gran crisis financiera (del 29), mostró irreconciliablemente la línea entre el interés público y el interés privado. La supremacía de este, supuso, siempre, la crisis de la democracia en Norteamérica. La crisis económica es antes que nada, la crisis del orden democrático de América.” Véase: Kindlenberg, C. La crisis económica 1929-1939. Madrid, Caitan Swing, 2009.

5 Véase: Becerra, R.(coordinador). Informe sobre la democracia mexicana en una época de expectativas rotas. México, Instituto de Estudios para la Transición Democrática. 2018.

6 Krugman, P. ¡Detengamos esta crisis ya! México, Crítica, 2012.

7 Un diagnóstico ampliamente discutido tras la crisis fue este:“El sistema capitalista y la democracia están actualmente afectados, por lo menos, por cinco problemas que empeoran… descenso del crecimiento, oligarquía, liquidación de la esfera pública, corrupción y anarquía internacional. Lo que se puede esperar, si nos atenemos al historial reciente, es un periodo largo y doloroso de decadencia acumulativa: de fricciones en los sistemas políticos cada vez más intensas, fragilidad e incertidumbre en una escala de desmoronamiento global como la década de 1930”. Streek, W. ¿Cómo terminará el capitalismo? Ensayos sobre un sistema en decadencia. Madrid, Traficantes de sueños, 2017.

8 Quitral Rojas, M. “La crisis mundial y la democracia en América Latina 2008-2010”. En: Revista Internacional de Investigación en Ciencias Sociales, vol. 9, Buenos Aires, diciembre 2013.

9 España y Grecia son un retrato de esta circunstancia. Casos emblemáticos de democracias nuevas y avances económicos notables, fueron interrumpidos por la crisis de 2008. La aparición de partidos populistas (Podemos, Vox y Syriza) fue potente y casi inmediata.

10 En México, luego de la crisis financiera y sus secuelas, los datos oficiales confirmaban la trayectoria de la fractura social: “Entre 2008 y 2013, las remuneraciones salariales a nivel nacional disminuyeron en promedio 7800 pesos y los costos laborales que cubren los establecimientos en forma de remuneraciones bajaron 5.9 %. Los mexicanos que trabajaban estaban percibiendo menos dinero que hacía cinco y que hacía veintitrés años” (gráfica dos). Véase también: IETD. Retrato de un país desfigurado, México, 2015.

11 Pop-Eleches, G. Throwing Out the Bums: Protest Voting and Unorthodox Parties after Communism.” En: World Politics 62, n.2 (2010). El título mismo resulta elocuente: “Desechando a los incompetentes: voto de protesta por partidos heterodoxos, después del comunismo”. Véase también Sánchez Talanquer, M. “La desfiguración de la representación política: populismo y bonapartismo en el siglo XXI”. En: Configuraciones, 48-49, IETD. México, 2019.

12 La hegemonía política, ideológica e institucional de las recetas económicas ortodoxas y conservadoras a nivel mundial se expresó en todos los partidos, de derechas, centro o de izquierdas, por lo que acabó siendo indiferente e insustancial el voto. Los “gobiernos de cartel” dominaban la escena. Véase: Mair, P. Gobernando el vacío, Madrid, Alianza, 2015.

13 Rosanvallon, P. El capitalismo utópico (historia de la idea de mercado), Buenos Aires, Claves, 2006.

14 Bermeo, N. “On Democratic Backsliding”. En: Journal of Democracy, volume 27, núm. 1, Johns Hopkins University Press. 2016.

15 Lührman, A y Linberg, S. “Una tercera ola de autocratización está aquí ¿Qué hay de nuevo en ella?”. En: Configuraciones, núm. 48-49, México, 2019.

16 Clark, C. Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014, p. 27.

17 Un inventario puntual puede leerse en “Destrucciones 2018-2020”. En: nexos, núm. 523, México, Julio 2021.

18 Un esfuerzo multidisciplinar por analizar el contenido de la gestión gubernamental de López Obrador en sus principales líneas de acción, se encuentra en Becerra, R y Woldenberg, J (coordinadores). Balance temprano, desde la izquierda democrática, México, Grano de Sal, 2020.

19 José Woldenberg ha documentado el proceso y las principales decisiones de la administración de López obrador, en dos libros: En defensa de la democracia, 2019, y Contra el autoritarismo, 2021, ambos de Ediciones Cal y Arena.

20 Son varias las ocasiones en las que el presidente López Obrador ha actuado y se ha expresado así: “La ley es para las mujeres y para los hombres, no los hombres y las mujeres para la ley. La justicia está por encima de todo, la justicia. Si hay que optar entre la ley y la justicia, no lo piensen mucho, decidan en favor de la justicia”. Por supuesto, “lo justo” es definido por él.

21 Véase: Sánchez Talanquer, M. “La recesión democrática como un problema de estatalidad”. En: Informe del Desarrollo en México. Coordenadas para el debate del desarrollo. PUED-UNAM, 2021. Véase también: Ostiguy, P. “Exceso, representación y fronteras cruzables: ‘institucionalidad sucia’, o la aporía del populismo en el poder”. En: Posdata 19, n.º 2, 2014.

22 Se trata del discurso de anuncio para la reapertura, luego del confinamiento provocado por la pandemia. El documento discute el origen y la caracterización de la crisis económica (no crisis pandémica sino “crisis del modelo neoliberal”; una justificación de las inexorables medidas de austeridad decretadas previamente y un rechazo a las propuestas contracíclicas, de estímulo económico y apoyo público para proteger las fuentes de ingreso y de empleo, que se estaban perdiendo a un ritmo acelerado. López Obrador, A. M. “La nueva política económica en los tiempos del coronavirus”, 15 de mayo del 2020. Véase Provencio, E. “La reapertura ante la pandemia: un año después”, México Social, 14 de mayo del 2021.

23 En este sentido México se ha ajustado a la “teoría del retroceso” que ocurre mediante tres mecanismos causales: los efectos de la polarización; control y sumisión de la legislatura y el frecuente abuso de poder, que divide y distorsiona la vida política. Véase Haggard, S y Kaufman, R. “The Anatomy of Democratic Backsliding”: En: Journal of Democracy, Vol. 32, 4 de octubre del 2021.

24 Sanchez Talanquer, M. “Política personalista y neoliberalismo desde la izquierda”. En: Balance Temprano, ibid.

25 Negretto, G. “La erosión democrática en México” En: nexos, núm. 525, septiembre de 2021.

26 Urbinati, N. Yo, el pueblo: cómo el populismo transforma la democracia, México, INE-Grano de sal, 2020.

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Publicado en: Política

Un comentario en “Gobierno autoritario en régimen democrático
(un recuento crepuscular)

  1. ?Y porqué se cometió el error histórico del obradorismo? Por los horrores del período democrático: El legislativo paralizando todo. La locura de la "guerra contra el narcotráfico". La corrupción campeante. Y por cierto. ?son esos problemas estructurales? Con individuos de todas las corrientes políticas como los que tuvimos y tenemos, ni la estructura más perfecta va a aguntar. Hay un problema que hemos soslaydo: la cualidad PERSONAL de los actores de poder.

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