
Como alguien que estudia y trabaja temas como la violencia, el daño social y la cárcel, me siento interpelada cada que se hace mediático un caso que pone al descubierto de manera paralela los vicios del sistema de justicia y las emociones individuales y colectivas de la ciudadanía. Los encuentros entre el sistema de justicia y las emociones de la sociedad no son un fenómeno reciente. ¿Cuántas personas no han sido condenadas al exilio, quemadas en la hoguera, ahorcadas, encarceladas o deportadas porque una sociedad llena de una emotividad irracional (porque también hay emotividades racionales) “obligó” a una autoridad a hacerlo? Lo nuevo es que con las redes sociales miles o millones de personas pueden hacer público lo que piensan, sienten, desean y exigen al mismo tiempo que miles o millones pueden leerlas.
Esas mismas plataformas son las que nos hacen testigos visuales de las acciones que, en su condición de delitos, ponen a las personas a disposición del Estado, la ley y las prácticas y hábitos que sostienen el sistema de justicia. Una vez que el Estado se pronuncia, por medio de sus órganos judiciales, vienen 24 horas de mensajes, publicaciones, pleitos e insultos públicos. Algunas personas celebran el punitivismo estatal; otras hacen valoraciones contrafactuales con base en los videos del acusado que refuerzan la idea de que, con esa resolución, el Estado salvó a la población de tener un monstruo o loco en la calle; otras más utilizan antiguas publicaciones de la persona acusada para reprimir cualquier indicio de reconocimiento mutuo con el villano de la historia. La catarsis griega se manifiesta.
Entre un Estado de derecho y uno de control mediático
En México, el Estado ha fortalecido una postura punitiva como estrategia de seguridad. Es decir, ha hecho del castigo su principal herramienta para administrar la conducta humana y controlar a la población, aumenta las penas con más años de cárcel y con figuras jurídicas como la prisión preventiva oficiosa, promueve un discurso punitivista que pretende disuadir a las personas de cometer delitos y usa la crisis de violencia para hacer promesas de campaña respaldadas por el poder que le confiere a los gobernantes el uso del derecho penal. Todo ello acompañado de un nulo interés por entender y atender los factores estructurales que promueven conductas o acciones que nos dañan socialmente.
En este contexto es casi imposible que el derecho penal contribuya a la construcción de sociedades más justas o pacíficas. La imposición del castigo penitenciario, lejos de formar una mejor ciudadanía, debilita las relaciones humanas, divide, segrega y empobrece a la población, refuerza la idea de que hay vidas que valen y otras que no. Sobre todo: oculta las malas prácticas de la administración pública, las acciones opresoras de grupos con capacidades exorbitantes de poder, las carencias y amenazas en que viven muchas personas en condiciones de exclusión y marginalidad social.
En medio de esta realidad compleja, se ofrece como garantía la presencia de un supuesto Estado de derecho que nos advierte de los alcances y límites de la actuación estatal, que nos permite saber qué podría suceder o los riesgos ante determinadas circunstancias políticas o sociales y, más importante aún, de qué forma la ciudadanía puede protegerse de injusticias y arbitrariedades cometidas por el mismo Estado. Sin embargo, la realidad es que más que un Estado de derecho vivimos en un Estado de control mediático.
Aquí no sólo está en juego la corrupción y omisión del Estado de derecho, sino también la libertad de expresión, de identidad e ideológica. Lo que sucede en las redes sociales sucede en la vida real, no importa si eres una persona de la vida pública o no. Cada cosa o causa que dices, compartes, muestras, defiendes –la entiendas o no, creas en ella o no– afirmas, niegas, se materializa públicamente, y se convierte en una prueba de alguna conducta o acción que aún no realizas: es evidencia para un evento futuro.
Las redes sociales nos moldean frente a los demás como seres unidimensionales, estáticos, lineales y literales. No obstante, esas mismas redes permiten la proliferación de ficciones, mitos y experimentos narrativos en donde las personas se inventan vidas que no tienen, lenguajes y personajes que les garantizan popularidad o, incluso, una forma de ingreso monetario. Las personas en las redes capitalizan la literatura y sus recursos creativos para convertirse en personajes públicos que legitiman opiniones, posturas, prejuicios, estereotipos y conductas. En este escenario, a la conducta delictiva la constituyen uno o varios tipos de daño pero también la percepción o juicio moral de los espectadores, no de las personas involucradas. Por su parte, la psicología criminal también ha contribuido a capitalizar las identidades ficcionadas en un mundo digital y virtual, pues ha creado y fortalecido un amplio mercado en la industria del podcast, las series de plataforma y las redes sociales para convencernos, de forma entretenida, que cualquier persona puede tener una mente criminal. Y eso nos incluye también a ti y a mí.
El dolor, el duelo y la pérdida como realidad social
Quizá la experiencia más difícil de asimilar al relacionarnos profesional o activamente con la violencia social es atestiguar tantas formas de dolor y de duelo: perder a un familiar por una negligencia de cualquier tipo, un acto delictivo, un accidente que pudo evitarse si las personas hubieran respetado las normas viales, una enfermedad que pudo ser curada. Enfrentar y reconocer los abusos que personas adultas cometen sobre niñas, niños y adolescentes en sus familias, en las escuelas y otros espacios. Experimentar la ausencia, el duelo o la pérdida ambigua[1] del ser querido que desapareció y que lleva a la gente a vivir en una profunda desesperanza y desasosiego marcados por la incertidumbre e impotencia de vivir en un país en estado catatónico por tanta sangre derramada. El dolor es colectivo y generalizado y, desde ahí, también se juzga moral y colectivamente a quienes dañan y son expuestos en los medios.
Algo que distingue a las conductas delictivas de otras que pueden generar daño es que todas son prevenibles. El daño o maltrato que un hombre ejerce sobre una mujer de forma deliberada es una conducta prevenible si reconocemos que vivimos en una sociedad donde los hombres han sido educados bajo preceptos y nociones de masculinidad que los autoriza afectiva, emocional y socialmente a hacer eso, tal como atestiguamos mediáticamente con el reciente caso de Rodolfo “Fofo” Márquez.
En este tipo de masculinidad se entreteje la acción corporal con la acción social en una misma realidad donde conviven normas sociales y jurídicas que son contradictorias. Por un lado, un hombre puede sentirse o saberse socialmente autorizado para actuar de una forma determinada con o contra las mujeres y, por el otro, enfrenta la amenaza de un sistema penal que lo castiga si actúa de esa forma. La principal amenaza para estas masculinidades, sin embargo, consiste en que la acción corporal también es acción afectiva y emocional que al llevarse a la acción social puede transgredir la dignidad y el respeto por la vida. Prevenir en este escenario implica disolver esa contradicción normativa, no con más castigo penal sino mediante la configuración sociocultural de otros tipos de masculinidades cuyas formas y maneras de interactuar y convivir afectiva y socialmente con otras personas no estén pautadas por la violencia o la generación de daño.
Hamlet y el reconocimiento del dolor colectivo
La crisis de identidad de Hamlet tiene lugar a partir de una traición. Conforme avanza la obra, afectos como la venganza, ira y el dolor por la pérdida de aquellos a quienes más ama inundan y se apoderan del ambiente y su porvenir. Hamlet, dolido y en duelo, acepta la contienda que lo lleva a asesinar y a su propia muerte. En ese instante tiene lugar la tragedia—en tanto que podría haberse prevenido— que se consuma con los personajes envenenados y asesinados en el escenario. Lo que equivale, en el Estado de control mediático, a la muerte social que conlleva la vida en prisión. Si algo nos enseña Hamlet es que las relaciones humanas pueden ser el origen de la desgracia de una familia o de comunidades y grupos enteros.
Si bien ninguna conducta delictiva que dañe a una persona debe minimizarse, todas tienen explicación y, por ello, son prevenibles. El problema es que la vida y la realidad social, al igual que la de Hamlet, está constituida por relaciones entre personas que encarnan prejuicios, afectos y emociones que conllevan fácilmente a actos de discriminación, agresión, traición, violencia, exclusión, marginación. Acciones que fortalecen la idea de que hay vidas que valen y vidas que no. Quizá si Hamlet hubiera encontrado algún tipo de reconocimiento mutuo en su tío, en su madre, en sus traidores y en un pueblo dolido y deseoso de venganza por la traición, hubiera hecho las cosas de otra forma y reinado por muchos años, envejecido. Con esa sabiduría que se alcanza con la disolución del yo que conlleva el reconocimiento de que nuestra vida es finita. Sin embargo, “el resto es silencio”.
Claudia Alarcón
Investigadora asociada en el Centro de Investigaciones y Estudios de Género, CIEG-UNAM.
[1] Así define Pauline Boss al estado de ambigüedad que experimenta una persona frente a la pérdida de un ser querido que ha sido privado de libertad o desaparecido. Conlleva un estado de incertidumbre marcado por un dolor profundo y aniquilante por no saber si se le volverá a ver, o si vive o muere.
En los 1980, los mensajes que recibíamos del ambiente (medios de cominicación, amigos etc) sobre los usos de la violencia es que no se deben golpear mujeres ni a personas más débiles. Se nos animaba soportar el dolor y no mostrar los sentimientos. Por supuesto había canciones como «la martina» pero sólo haste hace pocos años me enteré de su existencia. Los castigos corporales se aceptaban en algunos contextos pero la violencia doméstica no era bien vista, pero se consideraba parte del ámbito privado de cada familia.
En el libro de «psicología del mexicano» se dan diferentes perfiles de opinión sobre ese tiempo.