Hacia una nueva Siria: la reconstrucción tras la guerra civil

Ilustración: Estelí Meza

Del 7 al 8 de diciembre de 2024, fuerzas rebeldes sirias —pertenecientes en su mayoría a la organización paramilitar islamista Hayʼat Tahrir al-Sham (HTS), a coaliciones de grupos drusos y seculares, y al Ejército Nacional Sirio (SNA) apoyado por Turquía— realizaron una serie de operaciones militares que llevaron a la caída de Homs, una ciudad estratégica con el control del mayor punto de paso entre Damasco y la costa alauita del Mediterráneo, donde se ubican muchas de las instalaciones militares rusas y una población históricamente leal al régimen. La posterior toma de la capital y la huída del presidente de Siria, Bashar Al Assad —cuyo derrocamiento era el principal objetivo de las fuerzas rebeldes desde 2011—, ha abierto un nuevo capítulo para la historia del país. Con un reciente acuerdo a principios de marzo entre las fuerzas rebeldes restantes y el nuevo gobierno, parece que la anhelada estabilidad siria está cada vez más cerca.

La caída de Assad, su escape a Rusia, la organización de un gobierno de transición, la relativa moderación del discurso rebelde —en especial de las organizaciones con históricos lazos al Estado Islámico y Al-Qaeda—, y su promoción de la unidad parece ponerle un punto final a la guerra civil que consumió a Siria por más de trece años. Quedan todavía demasiados pendientes como para declarar estabilidad en el país pero la reacción interna parece indicar una visión más optimista del futuro.

A comparación del júbilo que se observa en las calles sirias, en las largas filas en los puntos de entrada desde Turquía y Líbano, y en las ciudades del resto del mundo con presencia de refugiados sirios, la respuesta de la prensa internacional se ha forzado en matizar el desenlace dada la abierta hostilidad con la que se comenzó a tratar al régimen de Assad hace una década.

Desde al menos 2017, la existencia de un estado represor en Siria pareció volverse mucho más cómodo para la comunidad internacionalque la revolución para destituirlo. A pesar de los muy documentados crímenes de lesa humanidad, los centros de detención y tortura, y la crisis de refugiados más grande desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Assad se volvió un elemento inconveniente pero ignorable para los gobiernos occidentales y de la región. Incluso Arabia Saudita, el primer gobierno árabe en condenar la respuesta de Assad a los levantamientos y en declarar su apoyo a la oposición —a pesar de la hostilidad saudí hacia cualquier cosa relacionada con la Primavera Árabe—, desde 2021 tuvo acercamientos diplomáticos con el gobierno sirio, lo que llevó a una relativa normalización de relaciones entre los dos países durante 2023.

El inicio de la contraofensiva —con la toma de Aleppo a finales de noviembre de 2024— coincidió con la retirada de apoyo militar y económico de parte de Rusia e Irán al régimen y reinició una conflagración que la comunidad internacional consideraba estancada al menos desde 2021. Para salvar su gobierno durante los últimos momentos, Assad ofreció cortar toda relación con Irán y Hezbolá —el grupo terrorista libanés— a cambio de que los gobiernos occidentales apaciguaran la avanzada, al mismo tiempo que azuzaba los miedos de lo que sucedería con las minorías cristianas en caso que prevalecieran las fuerzas rebeldes. El conflicto congelado proveyó un espejismo de estabilidad pues parecía ser el status quo preferido en un Medio Oriente cada vez más conflictivo.

La caída del régimen baazista finaliza uno de los conflictos con mayores repercusiones no sólo para el Medio Oriente actual, sino también para la configuración del escenario internacional. La guerra civil en Siria definió la relación del resto del mundo hacia el Medio Oriente para la década de 2010. Dentro del paraguas de la guerra está el surgimiento y caída del Estado Islámico, la primera instancia de una guerra proxy a gran escala entre Estados Unidos y Rusia durante el siglo XXI, y el atrincheramiento del conflicto entre Irán e Israel. No obstante, sorprende el olvido a varias partes de la historia del conflicto en las retrospectivas: la brutalidad del régimen de Assad alrededor de los levantamientos, la magnitud de la crisis de refugiados así como sus implicaciones para el resurgimiento de la xenofobia y los movimientos nacionalistas en Occidente, y la supervivencia de las regiones administrativas autónomas de mayoría kurda en el norte y este sirio.

La familia Al Assad ha estado al frente de Siria desde 1970 por un golpe que estableció un Estado de emergencia que continuó hasta su caída. Tras la muerte del patriarca Hafez Al Assad, su hijo Bashar fue nombrado presidente en julio del 2000; llegó al poder como un reformador neoliberal. La familia Al Assad ha sido —junto con el líder iraquí derrocado por Estados Unidos, Saddam Hussein— el ejemplo más relevante del baazismo, una ideología nacionalista árabe de corte secular. Aunque surgió dentro del panarabismo y socialismo, el baazismo de los Assad se caracterizó por ser de corte militar, sectario y personalista, convirtiendo a Siria en un país de partido único bajo un férreo control totalitario.

La censura a disidentes, la situación económica precaria, y el autoritarismo de Assad eran una constante previo al inicio de las primeras protestas pacíficas. Aún así, la percepción del resto del mundo sobre Siria era la de una cierta estabilidad a pesar de sus notorias faltas a los derechos humanos y políticos. Después de los levantamientos en varios países de Medio Oriente y el norte de África entre finales de 2010 y principios de 2011 —conocidos como la Primavera Árabe—, el encarcelamiento de varios estudiantes disidentes en Daraa fue el catalizador para transformar ese malestar generalizado en un verdadero movimiento opositor. De la misma forma que en otros países de la región, las redes sociales y el registro, por medio de ellas, de las atrocidades del régimen fue determinante para generalizar el descontento. A la extensión de las protestas, el gobierno de Assad respondió con la mayor brutalidad vista hasta ese momento, lo que provocó la condena de la mayor parte de la comunidad internacional. Para julio de 2011, ya se habían organizado las primeras resistencias armadas organizadas por desertores del ejército sirio, y para finales de ese año ya había decenas de grupos paramilitares enfrentados con el gobierno.

La represión del régimen se justificó bajo la excusa de buscar la “contención de la violencia sectaria”. En Siria, la mayoría de la población es parte de la corriente suní del Islam, con otros grupos considerables de drusos, cristianos y chiítas. Aunque menor en proporción, la secta de corte chiíta alauí siempre ha tenido conexiones importantes con el régimen de la familia Assad y muchos de sus miembros se han beneficiado por las políticas sectarias del baazismo. La represión, según Assad, tenía el objetivo de frustrar a los elementos yihadistas que buscaban iniciar un conflicto religioso por medio de un cambio de régimen. Aunque para algunas fuerzas rebeldes el componente sectario no fuera menor, la escala de movilización de la población siria en contra del gobierno no se puede explicar sólo por divisiones religiosas, pues el movimiento opositor era étnica y religiosamente diverso. Sin el agotamiento autoritario del régimen, y aún si hubiera una provocación del extranjero para fomentar el sectarismo, la guerra civil no habría adquirido el tenor cruento que tuvo.

Para mediados de 2012, muchas de las protestas de la Primavera Árabe en otros países habían reducido su intensidad, mientras que en Siria escalaron a una conflagración abierta en tres niveles distintos: una revolución en contra del autoritarismo, una confrontación interreligiosa, y un conflicto geopolítico con importancia global que involucraba a las grandes potencias de la región y el mundo.

Por ejemplo, antes del inicio de la guerra, Siria era de gran importancia para Irán a pesar de sus diferencias ideológicas y religiosas; el primero es un gobierno ostensiblemente secular, y el segundo, una teocracia chiíta. Siria, de forma estratégica, le proveía a Irán un paso seguro hacia Hezbolá. Al encrudecerse el conflicto, miembros de la Guardia Revolucionaria iraní y militantes de Hezbolá combatieron de la mano del ejército sirio. Rusia, por su parte, ha sido un aliado clave de los Assad incluso cuando existía la Unión Soviética. Desde el fortalecimiento de las fuerzas rebeldes, Rusia ha proveído apoyo aéreo al ejército sirio, además de ayuda financiera y militar en la lucha contra la oposición y en el combate al Estado Islámico.

A mediados de la década pasada, las fuerzas rebeldes y el ejército llegaron a un empate técnico mientras Rusia, Irán y Estados Unidos medían cuánto involucramiento debían de tener en lo que cada vez más parecía una guerra de desgaste.

La pérdida de control territorial del gobierno, y la necesidad de muchos rebeldes de financiamiento y estrategia militar anticipó la entrada de los grupos armados islamistas a la contienda, en particular del Estado Islámico, que para 2014 se había vuelto un segundo frente tanto para el gobierno como para algunas fuerzas rebeldes. Los objetivos globales del Estado Islámico —establecer un califato que demanda la obediencia política, militar y religiosa de musulmanes a través del mundo— y su operación transfronteriza entre Siria e Irak, empujaron al involucramiento más directo de las potencias globales, sobre todo Estados Unidos.

La administración de Barack Obama condenó la represión del gobierno de Assad sin involucrarse directamente en el conflicto, algo que terminó siendo inevitable dada la brutalidad y globalidad del terrorismo del Estado Islámico. La coordinación de las potencias se complejizó, ya que ahora no sólo Rusia y Estados Unidos estaban entrometidos en lados opuestos del conflicto sirio, sino que también tenían que maniobrar una crisis internacional más: el Euromaidán en Ucrania.

La perspectiva de Estados Unidos en el combate al Estado Islámico continuó con Donald Trump.. La indecisa política exterior de Trump hacia Assad, en primer lugar, buscó coordinar una salida negociada, para luego, después del reinicio de los ataques con armas químicas a la población civil, intentar asesinarlo —una orden detenida por el Departamento de Estado—. Al final, Trump decidió retirar a la mayor parte de las tropas estadunidenses que todavía combatían al Estado Islámico. Fue una decisión que enfrentó a la administración con la mayoría del establishment de política exterior estadunidense, ya que significaba abandonar a sus aliados más grandes en la lucha contra el Estado Islámico, los kurdos sirios e iraquíes.

La histórica lucha del pueblo kurdo por establecer su propio Estado se remonta al final de la Primera Guerra Mundial y a la disolución del Imperio Otomano. En los años posteriores, en plena época del fervor nacionalista del Medio Oriente, por los accidentes geopolíticos que sucedieron bajo la administración occidental de la región, los kurdos no obtuvieron su propio Estado-nación y fueron sometidos a múltiples políticas de limpieza étnica. Hoy en día el territorio que se denominaría Kurdistán abarca Turquía, Siria, Irak e Irán y alberga cerca de treinta millones de kurdos. En muchas de estas zonas, los kurdos han desarrollado diversos sistemas de organización política y administración territorial transnacional paralelos a sus Estados sede.

De manera paradójica, el recrudecimiento de la guerra en Siria y el surgimiento del Estado Islámico, representaron una de las mayores oportunidades para la autodeterminación del pueblo kurdo. Con la confusión provocada por la conflagración, los sistemas de organización kurdos establecieron una administración autónoma en el norte y este de Siria conocida como Rojava. Tras la decadencia del Estado Islámico en Siria, en particular después de su derrota en Raqqa a manos de las Unidades de Protección Popular (YPG) —las fuerzas paramilitares de Rojava—, los kurdos sirios lograron el desarrollo de un Estado de facto. Este enclave político ha preservado su independencia a lo largo de la guerra, estableciendo un sistema secular reconocido por observadoresinternacionales por sus avances en democracia, pluralismo y respeto a los derechos humanos.

Turquía, en especial la administración de Recep Tayip Erdôgan, veía con preocupación la coordinación de Estados Unidos con las YPG. Y es que Rojava mantiene todavía una relación íntima con el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), y varios otros partidos políticos turcos de izquierda de mayoría kurda que abocan desde la autonomía de los kurdos turcos, hasta la independencia. Con la retirada estadounidense de Siria, el ejército turco ha realizado varias incursiones dentro de Rojava, logrando conquistar una zona previamente administrada por los kurdos. Esta frontera entre Turquía y Siria fue el escenario principal de la guerra de 2020 a noviembre de 2024.

Mientras persiste la preocupación de diversas agencias, medios y organizaciones internacionales que la guerra en Siria evolucione a un estado similar a la desorganización y lucha por control entre diversas facciones que le sucedió a las Primaveras Árabes en Libia y Yemen, el costo de la guerra siria ya ha superado por mucho a la mayoría de los conflictos recientes de la región. Se estima que por encima de treinta mil personas fueron asesinadas sólo en el centro de detención del gobierno Sednaya, más del doble de víctimas que provocó la segunda guerra civil libia de 2014 a 2020. Las estimaciones conservadoras sitúan el número de muertos total de la guerra arriba del medio millón de personas. Para 2022, se calculaba que la diáspora siria por la guerra había ascendido a más de seis millones de personas, la mayoría situándose en Turquía, Jordania, Líbano y Egipto. Alrededor de la misma cantidad son desplazados internos. Hoy en día en Líbano, uno de cada cuatro habitantes es un refugiado sirio.

La crisis migratoria se desbocó alrededor de 2015, cuando el flujo de refugiados sirios hacia Europa se combinó con otras crisis en África del Norte, el África Subsahariana y el resto del Medio Oriente que forzaron a millones de personas a migrar. Imágenes paradigmáticas de este tiempo fueron los barcos de migrantes cruzando el Mediterráneo hacia Italia y los Balcanes, navíos que zozobraban causando la muerte de quienes iban a bordo.

Al inicio, la respuesta de la Unión Europea estuvo basada en el Reglamento de Dublín, que determina la asignación de respuesta al asilo a los países europeos donde por primera vez se tramitó la aplicación. Sin embargo, este documento tensó las instituciones migratorias de países de tránsito como Hungría o las islas griegas. La inefectiva coordinación a nivel europeo y trasnacional para manejar la crisis, las recientes crisis financieras en la eurozona, la exacerbación del racismo y xenofobia, casos aislados de crímenes cometidos por la población migrante, los ataques terroristas de París de noviembre de 2015, y la preocupación por la “pérdida” de valores europeos, fueron la receta perfecta para el alza del populismo de derecha y movimientos ultranacionalistas en Europa. El mejor ejemplo de esto fue el crecimiento en popularidad de la teoría de conspiración supremacista blanca del Gran Reemplazo, la idea que el influjo de migrantes y refugiados a Europa y América del Norte está siendo orquestado para reemplazar cultural y demográficamente a la población blanca.

Para 2016, el tema migratorio era una de las mayores causas de movilización política para el continente europeo y el aumento del euroescepticismo. Ese mismo año comenzó la implementación de controles fronterizos en Europa central y la coordinación con el gobierno turco, el principal país de paso para los refugiados sirios, por negociaciones y concesiones diplomáticas y económicas.

Pero en Estados Unidos la crisis de refugiados también desempeñó un papel relevante durante la elección de 2016. Ya como presidente, una de las primeras políticas controversiales que implementó Trump fue la suspensión de los programas para admitir refugiados a Estados Unidos y limitar severamente la entrada de personas de países de mayoría musulmana, entre ellos Siria.

El pasado 11 de marzo de 2025, el gobierno firmó un acuerdo histórico con las fuerzas de Rojava, que lograron preservar su autonomía aún con ataques frontales baazistas, turcos y de otros grupos rebeldes. El que sus unidades de defensa hayan sido las principales responsables de la derrota del Estado Islámico y que controlen la zona más rica en petróleo del territorio sirio también parece haberles dado una ventaja en las negociaciones frente al nuevo gobierno. El acuerdo establece que todas las instituciones civiles de las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) que controlan Rojava serán asimiladas al nuevo Estado sirio, mientras todavía permanece la incertidumbre de si esto significa que pararán las incursiones turcas dentro del territorio de Rojava. Igual queda pendiente si el federalismo y pluralismo que abocan las SDF se verá manifestado en toda Siria, idealmente en una nueva constitución.

Al mismo tiempo, incidentes de violencia en la costa del Mediterráneo, en ocasiones liderados por fuerzas leales a Assad o por los remanentes islamistas que se les oponen, han incrementado la preocupación de que la minoría alauí, favorecida bajo el baazismo, sufra repercusiones bajo la nueva organización social siria. El gobierno ha pedido paciencia en el proceso de reconciliación mientras muchos de los altos funcionarios de Assad se encuentran en proceso de juicio, y con muchos de los elementos rasos del ejército baazista siendo invitados a entregar sus armas en un nuevo acuerdo de amnistía.

Una de las grandes preguntas a las que tendrá que enfrentarse el siguiente gobierno sirio es el retorno y repatriación de los refugiados. Todas las propiedades de las personas que abandonaron Siria durante la guerra fueron expropiadas por el gobierno de Assad, si no es que antes fueron destruidas por el conflicto. El proceso de repatriación, además de largo, burocrático, tras ciertos esfuerzos de reconstrucción política y económica, puede que nunca termine en su totalidad. De menor impacto humanitario será la reconstrucción de muchos de los sitios arqueológicos y patrimonios culturales que fueron destruidos durante el conflicto, como la ciudad antigua de Aleppo y Palmira.

La complejidad para Siria podría venir aún tras la completa pacificación de su territorio, ya que la mayoría de sus instituciones deberán reconstruirse desde cero. Muchas zonas bajo control rebelde lograron la reconstrucción de sus sistemas educativos y de salubridad durante los últimos años del conflicto, pero a expensas de una enorme dependencia económica turca. Rojava igual dependía del apoyo financiero estadunidense. El desempleo en algunas regiones llega a arriba del 90 %, mientras que muchas de las actividades económicas menos ligadas al conflicto se encuentran detenidas. El renacer del Estado sirio parece condicionado a la destrucción de la estructura económica y política baazista dependiente del autoritarismo. No sorprende entonces que el foco actual del gobierno sea en la construcción de instituciones y en su moderación ideológica para favorecer la cooperación con el resto de la comunidad internacional.

Aún con las guerra en Yemen y el conflicto detenido en Libia, el fin de la guerra en Siria parece ponerle punto final a la Primavera y al Invierno Árabe, al escenario político creado a partir de 2010, y a uno de los regímenes más brutales del siglo XXI. El contexto internacional actual es uno moldeado por la guerra civil, cuyo desenlace con la destitución de Assad es una buena noticia. Como se ve en las fronteras de Siria desde Líbano y Turquía, ahora muchos de los refugiados pueden volver a casa.

Sergio Audelo

Internacionalista por el ITAM. Guionista, productor y apasionado del sonido

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Publicado en: Internacional, Política