Je chie dans la Seine: protesta y Juegos Olímpicos

Por siglos, los franceses han asombrado al mundo con su manera de protestar: desde la decapitación de los borbones en el siglo XVIII y las barricadas revolucionarias inmortalizadas por Víctor Hugo, hasta las heroicas manifestaciones estudiantiles de mayo de 1968 y el movimiento de los Gilets jaunes que paralizó al país entero hace un par años. La protesta es parte fundamental de la historia del pueblo francés, que sigue, hasta nuestros días, dando cátedra sobre cómo condenar, oponerse y resistir a la autoridad. Por eso no es extraño que la organización de los Juegos Olímpicos París 2024 despertara el combativo espíritu galo.

Ilustración: David Peón

A sabiendas de la potencial impopularidad de los Juegos Olímpicos entre sus ciudadanos, el gobierno francés planteó una justa austera, bajo el lema “los juegos financian los juegos”, en la que se privilegiara aprovechar los recintos icónicos de París en vez de construir nueva infraestructura deportiva. El costo original estimado de las Olimpiadas de París 2024 era de 4380 millones de euros, de los cuales se preveía que el 100 % del financiamiento de los Juegos Olímpicos proviniera de patrocinadores privados y tan sólo el 4 % del financiamiento de los Juegos Paralímpicos se cubriera por fondos públicos. Sin embargo, a pesar del optimista pronóstico inicial y del resuelto compromiso con la perspectiva de aprovechamiento, el costo de la justa olímpica rondaba, para inicios de mayo, los 9000 millones de euros. Cifra que, si bien supera con creces el estimado original, representa menos de la mitad del costo promedio de organizar la justa olímpica.

A pesar del planteamiento frugal, la nada despreciable mesura en el gasto y de las precauciones de comunicación política del gobierno francés, la resistencia a los Juegos Olímpicos no tardó en aflorar. Es notable, sin embargo, el contraste entre la previsibilidad del malestar y la provocativa originalidad de la protesta que se planteó para desahogarlo. A raíz del anuncio de que Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, nadaría en el río Sena junto con Emmanuel Macron, el presidente de Francia, para probar que el agua del río estuviera lo suficientemente limpia para que las competencias olímpicas de triatlón y nado en aguas abiertas se llevaran a cabo ahí, se originó un peculiar llamado en redes sociales.

El 22 de mayo surgió el hashtag #JeChieDansLaSeine (me cago en el Sena) mediante el cual se exhortaba a los inconformes a defecar masivamente en el Río Sena en la antesala de la baignade de Hidalgo y Macron. El hashtag adquirió tanta popularidad que incluso se creó una página oficial para difundir los pormenores de la inusual convocatoria, cuyo lema reza “porque después de meternos en la mierda, les toca a ellos bañarse en la nuestra” (“parceque après nous avoir mis dans la merde c’est à eux de se baigner dans notre merde”). Esta consigna, tan elocuente como vengativa, corona una cuenta regresiva hasta el 23 de junio, día en que estaba previsto que se llevara a cabo la acción colectiva. La página también cuenta con una función en la que se exhortaba a los manifestantes a calcular “cuándo deben actuar para que su ‘regalo’ llegue” a las autoridades al introducir las coordenadas del lugar desde donde planearan evacuar.

Según el autoproclamado portavoz anónimo del movimiento y gestor del sitio web, el objetivo de la protesta era sabotear el desplante simbólico mediante el cual Hidalgo y Macron pretendían hacer gala de la inversión histórica para lograr que los nadadores pudieran volver, después de un siglo, a las aguas del Sena, debido a que pintaba de cuerpo entero las inauditas prioridades del gobierno francés. La protesta buscaba denunciar el hecho de que el gobierno francés prefiriera invertir esa cantidad de recursos en un capricho olímpico en vez de atender los graves problemas sociales que aquejan al país pues, hasta mediados de junio, el gobierno francés había gastado más de 1400 millones de euros para hacer al Sena apto para nadar. A pesar de lo cual, dicho sea de paso, las pruebas mostraban para ese momento niveles todavía alarmantes de bacterias, algunos de ellos tres veces superiores a los límites permitidos por las federaciones olímpicas de triatlón y natación en aguas abiertas, así como presencia de E. Coli y enterococos.

El 19 de junio, Anne Hidalgo anunció que posponía su zambullida para el 17 de julio so pretexto de las elecciones legislativas anticipadas que se llevaron a cabo el 30 de junio y el 7 de julio. El anuncio frustró de momento lo que parecía una convocatoria exitosa que llevaría a una concurrencia masiva de parisinos que buscaban excretar su cólera contra el gobierno de la alcaldesa. A escasos días de la muy esperada baignade se intensifican las interrogantes. ¿Logrará la convocatoria mantener su brío inicial a pesar del retraso? ¿Conseguirán los party poopers frustrar las ambiciones olímpicas del gobierno parisino? ¿Qué nos dice el terrorismo fecal sobre la manera de protestar de los franceses y de la interlocución entre ciudadanos y autoridad?

La respuesta a estas preguntas se encuentra al analizar lo que Charles Tilly denominó repertorio de política contenciosa. Según Tilly, los actores sociales aprenden un número limitado de actos para hacer reivindicaciones, las cuales, en conjunto, conforman el repertorio de protesta1. Dependiendo del contexto temporal y geográfico, las actuaciones pueden ir desde la publicación de caricaturas políticas satíricas y la firma de peticiones hasta el boicot, el terrorismo o incluso las insurrecciones armadas. La política contenciosa pública, la que llevan a cabo movimientos sociales, suele caracterizarse por tener un repertorio fuerte, lo que implica que el conjunto aprendido de actuaciones es limitado, regular y estable. Los repertorios, argumenta Tilly, suelen cambiar paulatinamente, aunque de forma continua, de manera que los actores sociales se limitan a reproducir los guiones existentes, a los cuales no hacen más que modificaciones menores. Las innovaciones radicales en los repertorios, sin embargo, se producen en la medida que cambian las estructuras de oportunidad política, las cuales determinan las interacciones entre ciudadanos y gobierno, tanto al establecer los códigos en los que se llevan a cabo las peticiones, cuanto al determinar las consecuencias de desviarse de ellos.

De concretarse el affaire je chie dans la Seine, presenciaremos una innovación sin precedentes en el repertorio contemporáneo de política contenciosa parisina. Sin embargo, esta novedad sería inexplicable bajo las premisas de Tilly. Si, por ejemplo, el gobierno de París hubiera reducido la multa por orinar en la vía pública (que sería la infracción tipificada más cercana) a menos de 135 euros, que es la sanción actual, entonces tendría sentido que los manifestantes hubieran optado por innovar. Otra posible explicación sería que el gobierno parisino hubiera intensificado la vigilancia y represión, de modo que recurrir a los libretos tradicionales del repertorio se tornara más riesgoso y los manifestantes se vieran obligados a buscar nuevas maneras de expresar sus demandas. Sin embargo, los argumentos de facilitación y represión no parecen estar detrás de este particular adelanto en el repertorio.

Las implicaciones del affaire chier dans la Seine para el repertorio parisino de política contenciosa demuestra los límites del argumento estructuralista de Tilly y, a su vez, confirma la distinción fundamental entre innovaciones en Estados autoritarios y en Estados democráticos. De manera algo simple se puede argumentar que los Estados democráticos, donde la protesta se permite legalmente y la represión es moderada, lograr la mayor publicidad posible para involucrar a la opinión pública se ha convertido en el quid de las movilizaciones sociales. Según Mancur Olson, dicho propósito se consigue con mayor facilidad mediante protestas que logren ofender a una parte significativa del público al que buscan atraer, pues terminan por convertirse en “noticias de entretenimiento”.2 De modo que, para lograr eficacia las protestas deben ser tan elocuentes para el oído político como grotescas para la vista o la razón. La creciente necesidad de notoriedad pública ha llevado al agotamiento del repertorio tradicional y se ha configurado, en consecuencia, como un motor de innovación en la política contenciosa contemporánea en las democracias.

Los agricultores franceses son quizá los más adeptos tanto a generar publicidad, cuanto a utilizar tácticas simbólicas capaces de adaptarse, por lo que se han constituido como el sector francés más exitoso en captar la atención del ojo público. Tan sólo en los noventa, los granjeros franceses contribuyeron con innovaciones radicales al repertorio francés de protesta como llevar un tractor a París y arar el Campo Marte frente a la Torre Eiffel en oposición contra la imposición de una medida que los obligaba a dejar un barbecho durante la temporada de siembra (1988). Otras controversiales actuaciones de este vanguardista e ingenioso sector son: arrojar veinte toneladas de pescado crudo frente a la sede de la UE en Bruselas (1990), lanzar ovejas vivas contra la policía (1990), colocar una vaca muerta delante de las oficinas agrícolas (1991) y llevar el desayuno a la cama a todos los diputados antes de una votación sobre la reforma agraria de la Unión Europea (1992). Además, cabe destacar, que fueron los granjeros quienes introdujeron el elemento escatológico a la protesta francesa al arrojar estiércol de cerdo sobre los papeles de las oficinas gubernamentales (1993), así como en las puertas de los diputados tras el acuerdo agrícola entre la Unión Europea y Estados Unidos (1993).3

A escasos días del inicio de los Juegos Olímpicos, el mundo permanece en vilo ante la posibilidad de que se concrete tan grotesca iniciativa. Pase lo que pase, el affaire chier dans la Seine ya logró captar la atención internacional y encender las alarmas en el Palais de l’Élysée sin siquiera llevarse a cabo todavía, por lo que puede considerarse una protesta exitosa. La batalla entre el mal visto espíritu olímpico del gobierno francés y el combativo espíritu del pueblo galo está próximo a concluir y el mundo no deja de observar con mórbida curiosidad.

 

Mariana Braojos
 Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México

Agradezco a Alejandro Escalante y a Ángela Barnuevo por su invaluable ayuda en la realización de este ensayo.


1 Tilly, Charles, Contentious Performances, Cambridge University Press, 2008.

2 Olson, Mancur, Power and prosperity, Basic Books, New York, 2000.

3 Ronald A. Francisco, Collective Action. Theory and Empirical Evidence, Springer, 2010, p. 50.

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Publicado en: Internacional, Política