Con motivo del 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín, recogimos un extracto de «Nueva crónica berlinesa» de José María Perez Gay, texto en el que el autor narra su visita a Berlín unos meses después de la caída del muro. La crónica completa fue publicada en la Revista Nexos en el mes de abril de 1990.
Para muchos, el nueve de noviembre empezó el sabotaje de la vida cotidiana. Amantes apasionados vieron que sus secretos se derrumbaban como se derrumbaron los bloques de concreto de la Puerta de Brandenburgo. Durante muchos años, los enamorados agradecieron la existencia del Muro protector que impedía a sus novias en Berlín oriental trasladarse al otro lado y descubrir
que su amor era, a la vez, un padre cariñoso de dos hijos. El empleado bancario, circunspecto y diligente, quien parecía no haber roto jamás un plato ocultó, durante dos décadas, su agitado corazón de amante. A partir del nueve de noviembre de 1989, muchos departamentos de Berlín occidental están llenos de anhelos impacientes, estremecidos temores e inquietudes febriles y hay todavía quienes imaginan en su insomnio, tal vez con razón, la escena más temida: -¿Perdón, señora, vive aquí mi papá?, pregunta un niño de cinco o seis años a la dueña de la casa.
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Al día siguiente, entré a Berlín oriental por el punto de control Checkpoint Charlie. Eran las siete de la noche, tenía una cita en el café del Gran Hotel. Berlín oriental entristece a quienes caminan por sus calles y avenidas.
Unter den Linden, la arteria principal de Europa en los años veinte, tiene un leve tono de amargura y de nostalgia por una época supuestamente más atractiva y un mundo antes de la barbarie. Es una lástima que, durante los últimos cuarenta años, el Ayuntamiento no haya alumbrado bien las calles, porque la noche convierte a Berlín oriental en una ciudad dormida en el pasado, asediada por fantasmas fugitivos: una isla de sombras y de ecos. A lo largo de la avenida Unter den Linden, Berlín conserva recuerdos para sobrevivientes y su arquitectura es un repertorio de la ideología dominante: en el jardín de la embajada soviética hay un busto descomunal de Lenin en piedra blanca, tres calles más arriba una librería El libro soviético, en el Oranienburger Strasse, a espaldas de la plaza Marx-Engels, uno encuentra en los aparadores de las tiendas divisas revolucionarias que, supongo, sólo entienden los clientes filósofos: No es la conciencia lo que determina el ser, sino el ser lo que determina la conciencia.
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Regresé en un taxi a Berlín occidental. El taxista, un hombre de unos sesenta años, hablaba en un dialecto casi impenetrable. Durante el recorrido, se quejó de la arrogancia de los berlineses occidentales; en Berlín occidental, su automóvil despertaba agresiones incontrolables. Los taxis en Berlín oriental son los Trabant, autos soviéticos, desastres ecológicos muy parecidos a los camiones de la Ruta 100 en la Ciudad de México.
Nadie en su sano juicio puede comparar a los Trabant con los taxis Mercedes Benz occidentales. La civilización automotriz no permite que circulen por sus avenidas estos dinosaurios del periodo pleistoceno, que contaminan el aire de Berlín occidental.
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A un lado de la plaza Potsdam, el Muro de Berlín se encuentra casi derruido. Aquí cayeron varios bloques de cemento armado -me dice el policía de guardia-, se derrumbó una caseta de vigilancia y retiraron a una jauría de mastines. Aquí levantaron tres cruces de madera en el asfalto. En la última, estaba escrito: Adela Rohmoser: 17 de enero de 1956 – 9 de julio de 1987. Mientras el policía me narraba el último conato de fuga, pensé que a Adela Rohmoser le hicieron falta dos años para salvarse. La imaginé inconforme a lo largo de toda su vida, rebelde a todos los errores contemporáneos, adversa a la indolencia y el miedo. Este ya no es, quizá, el Berlín de Adela Rohmoser, pero en lo que haya aquí de esperanza, queda una ráfaga de su ser destrozado una noche de mala memoria.
Ahora, en Berlín, hay otros fugitivos: los que huyen del pasado, pero temen al porvenir. Son todos los que abandonaron el mundo de la utopía socialista, los que huyeron, después del derrumbe, de todos los proyectos de felicidad que un sistema de gobierno hoy liquidado imaginó en sus mejores días.
José María Pérez Gay. Escritor y diplomático mexicano.
que su amor era, a la vez, un padre cariñoso de dos hijos. El empleado bancario, circunspecto y diligente, quien parecía no haber roto jamás un plato ocultó, durante dos décadas, su agitado corazón de amante. A partir del nueve de noviembre de 1989, muchos departamentos de Berlín occidental están llenos de anhelos impacientes, estremecidos temores e inquietudes febriles y hay todavía quienes imaginan en su insomnio, tal vez con razón, la escena más temida: -¿Perdón, señora, vive aquí mi papá?, pregunta un niño de cinco o seis años a la dueña de la casa.
Este artículo no tiene desperdicio.
Me conmueve, me llena de tristeza y a la vez me describe una realidad que vivía sus últimos días.
Yo visité Berlín por primera vez el año 2000 y se habían dado ya muchos cambios y estaban en proceso muchísimos más.
Este y Oeste lucían muy diferentes, distantes uno del otro, sin embargo el interés general era visitar los rumbos más maltratados y reprimidos por más de 40 años.
Los edificios estilo «ruso» aparecían por todos lados al igual que los enormes y burdos monumentos similares a los del IMSS de los años 50s.
La Puerta de Barndemburgo estaba en reparación e imposible de ser apreciada; rodeamos Pariser Platz y cruzamos de Unter den Linden hacia el oeste por la avenida 17 de junio, y la diferencia aún era como cruzar el Río Bravo de un Laredo a otro.
Hoy, Berlín luce esplendorosa, especialmente la zona Mitte en donde el gobierno unificado derribó los bodrios construidos por los rusos para alzar de nuevo los estilos tradicionales de la mejor época alemana.
La Universidad Humboldt, la isla de los museos, la Catedral de Berlín, Babelplatz, Gendarmenmarkt etc. Toda esa hermosa zona, que una vez fue el ombligo de Europa, está volviendo a recuperar su esplendor.