Jóvenes, lo religioso y lo político

En el debate público de los últimos años sobre jóvenes y religión han prevalecido ciertas miradas reduccionistas. Desde las instituciones religiosas, en su mayoría católicas y cristianas, suele hablarse sobre el alejamiento de la juventud. Las voces más hiperbólicas de este sector suelen referirse a una pérdida de valores, sino es que a una crisis moral juvenil. Una lectura generalizada sobre jóvenes y religión en debates públicos, en parte apoyada por resultados de algunas encuestas internacionales, es que las juventudes en las sociedades contemporáneas, incluida la mexicana, son ahora menos religiosas.

Los debates recientes sobre la triada jóvenes, religión y política tampoco ha estado exenta de perspectivas reduccionistas. En algunos medios de comunicación, la atención hacia esta triada suele centrarse en el activismo conservador de los llamados grupos juveniles provida o a favor de la familia tradicional. Desde las organizaciones políticas, y desde una parte de la academia, hay un interés focalizado por medir la participación de jóvenes en asociaciones religiosas, a la par de su activismo en otros tipos de asociación civil.

Las complejas relaciones entre juventud y religión no se agotan en los casos de alejamiento de las instituciones religiosas, ni en los hallazgos cuantitativos sobre la “menor religiosidad” de la población juvenil. De la misma forma, las intricadas conexiones entre la juventud, la religión y la política, no se agotan en los casos de grupos provida, ni en la medición de índices de participación juvenil en organizaciones civil-religiosas.

(Multi)adscripciones religiosas y espiritualidades

Según el Censo de Población y Vivienda realizado por el Inegi en el año 2020, la población estimada de jóvenes en México, aquellos cuya edad oscila entre los 15 y los 29 años, es de poco más de 31 millones de personas, casi el 25 % de la población total en el país. Dentro de este conjunto, casi el 76.5 % de las y los jóvenes se autoadscriben a la iglesia católica, y alrededor del 9 % se autoadscribe a alguna de las religiones protestantes históricas (bautista, metodista, presbiteriana, entre otras), o bien, a alguna de las iglesias evangélicas o (neo)pentecostales activas a lo largo del país. Este no es el panorama completo de afiliaciones religiosas a nivel nacional.

Dentro de ese conjunto de poco más de 31 millones de jóvenes, casi el 2 %, o poco más de 600 000 jóvenes, pertenecen a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones) o a los Testigos de Jehová. Poco más de 12 000 personas jóvenes en el país forman parte de la comunidad judía y casi 1 600 a la comunidad musulmana. Si lo anterior ya amplia el panorama, tampoco pueden dejar de considerarse las casi 13 000 personas jóvenes que, según el censo, se autoafilian a religiones de raíces afro; las más de 8 600 personas que se suscriben a religiones de raíces étnicas; las casi 8 500 personas que se asocian a la práctica de cultos populares; las 7 500 personas que se afilian a prácticas y creencias espiritualistas; las casi 6 300 personas que se autoadscriben a denominaciones religiosas de origen oriental; y, por último, las poco más de 3 400 personas jóvenes que se identifican con la corriente New Age y las llamadas escuelas esotéricas.

El censo del 2020 también recoge otros datos importantes relacionados con adscripciones religiosas. A diferencia del censo del 2010 cuyos resultados sólo incluyeron la categoría única “sin religión”, los resultados del censo del 2020 registran a la población que no se adhiere a ninguna religión, asi como a quienes se describen como ateos o agnósticos y a creyentes sin adscripción religiosa. En estos rubros la población juvenil del país también muestra números relevantes. Mientras que casi el 8.8 % de las personas jóvenes , es decir, casi 2 millones 740 000, reportan no estar afiliados a ninguna religión, alrededor del 0.9 % de la población juvenil del país se describe como atea o agnóstica. Por otro lado, el 2.5 %, es decir casi 794 000 se describen como creyentes sin adscripción religiosa.

Un breve paréntesis, los datos de la encuesta de Latinobarómetro del año 2023 sugieren un panorama algo distinto en estas categorías: entre la población de 15 a 25 años en México, el 14.2 % no se adscribiría a ninguna religión; el 3.4 % se consideraría ateo; y, por otro lado, hasta un 7.7 % sería creyente sin tener una adscripción. Es preciso señalar que, aunque estos datos son un tanto más recientes, la muestra sobre la que se obtuvieron es apenas de un total de 232 personas jóvenes encuestadas en el país.

Ahora bien, los datos del censo del Inegi del 2020 agrupados bajo la categoría “ateo/agnóstico” son inexactos porque no distinguen entre las personas que no creen en la existencia de Dios y aquellas que ni afirman ni niegan la existencia de Dios. La categoría "creyente sin adscripción religiosa" también es imprecisa porque no especifica el tipo de creencias que las y los jóvenes tienen. No obstante, estos datos censales reflejan, aunque sea superficialmente, realidades sobre juventudes y religiones complejas e innegables. En otras palabras: sugieren que una proporción considerable de la población joven es indiferente a las religiones institucionalizadas; pero también que no identificarse con una religión no significa dejar de creer en Dios o en una idea equivalente; y, de forma similar, que se puede creer en algo religioso, o en sentido religioso-espiritual, sin pertenecer a una religión establecida. Lo que voces desde la sociología de la religión, desde hace más de tres décadas, reconocían como “creer sin pertenecer”.

Los datos del censo también sugieren una pregunta ineludible: ¿Entre los más de 26 millones de jóvenes que se afilian a alguna de las religiones abrahámicas en el país, acaso no habría jóvenes que además creen o practican religiones de origen oriental, de raíces étnicas, raíces afro, espiritualistas, de la corriente New Age u otros sistemas de creencias similares? Los resultados publicados de la Encuesta Nacional sobre Creencias y Prácticas Religiosas en México realizada en 2016 no incluyen resultados diferenciados por grupos de edad, pero sus hallazgos sobre “creencias trascendentales” nos dan pistas importantes para responder esta pregunta. Por ejemplo, poco más de la mitad de la muestra total a nivel nacional respondió que sí cree en la “reencarnación” y, lo más importante, la encuesta también reporta que 56.9 % de este subconjunto de creyentes corresponde a personas católicas, 36 % corresponde a evangélicas y 30.8 %, a personas “sin religión”.

Esto dirige la mirada hacia el sincretismo religioso, fenómeno presente en sociedades latinoamericanas desde los periodos precolombino y colonial. Pero también nos abre una ventana al presente y a las complejas sensibilidades religioso-espirituales que algunos y algunas jóvenes experimentan en diferentes formas y grados. En este sentido pueden considerarse los casos reportados de personas jóvenes que, estando afiliadas a una religión establecida, construyen formas hasta cierto punto individuales para experimentar sentimientos religiosos y creencias espirituales en sus vidas diarias, por medio de recursos como la música o las redes sociales, o incluso a través de sus propias emocionalidades y sensaciones corporales.[1]

Poblaciones jóvenes, lo religioso y lo político

Si las relaciones entre juventudes y el campo de lo religioso no pueden reducirse a estadísticas censales de afiliación religiosa, las múltiples relaciones que pueden haber entre las poblaciones jóvenes y las dimensiones tanto de lo religioso como de lo político, resultan todavía más complejas. Estas relaciones incluyen casos de jóvenes religiosos a favor de la prohibición del aborto y la participación de jóvenes en asociaciones asistenciales o civiles religiosas, pero la multiplicidad y complejidad de las relaciones no se agotan en estas dos realidades.

Como sugieren estudios recientes en el caso de población juvenil religiosamente activa en la Ciudad de México y el debate de los derechos sexuales y reproductivos, es preciso identificar al menos dos complejidades. Primero, que las opiniones de este tipo de población juvenil hacia cuestiones como leyes sobre el aborto, el matrimonio homosexual y la adopción homoparental, pueden incluir posicionamientos “en contra”, pero también un espectro de posturas de aceptación, de aprobación y desaprobación simultáneas, así como una diversidad de matices valorativos. Segundo, las experiencias concretas de estos sectores juveniles con el terreno de lo religioso, pueden tener un papel tanto negativo o desaprobatorio, como positivo o aprobatorio en la conformación de sus opiniones acerca de las leyes sobre el aborto, matrimonio homosexual y adopción homoparental.

En una línea paralela, sobre la cuestión especifica de la puesta en práctica de los derechos sexuales y reproductivos, en el caso de entornos rurales en el sur del territorio nacional, se ha identificado cómo la participación en grupos juveniles organizados por el aparato institucional de la religión mayoritaria del país, ha tenido una cierta función formativa en el desarrollo del sentido de autonomía, autoestima y capacidad de expresión entre mujeres jóvenes, que se enfrentan al reto del reconocimiento y apropiación de sus derechos sexuales y reproductivos.

Los estudios especializados también han explorado otras dimensiones del amplio campo de lo político. Acerca de la dimensión del género y el caso particular de comunidades religioso-espirituales alternativas, por ejemplo, se han documentado casos de “círculos” conformados por mujeres de edades variables, incluidas jóvenes, en donde se lleva a cabo un entrelazamiento de perspectivas feministas con discursos y practicas espirituales resignificadas, haciendo surgir una forma de feminismo místico de vivencia colectiva.

Si consideramos el espacio público como otra dimensión de lo político, también son significativas las observaciones sobre las dinámicas de uso y apropiación simbólica de espacios públicos (parques, jardines) y semi-públicos (bares, comercios) por parte de grupos de jóvenes evangélicos en el entorno urbano[2]. Sobre la cuestión específica del gobierno, las ideologías y las alas juveniles de partidos políticos, son también relevantes las miradas que plantean cómo el imaginario de lo que significa gobierno y la actividad de gobernar, para una parte de esos sectores juveniles de identidad profesional genuinamente secular, aparece permeada por el discurso de “ayuda al prójimo” de origen cristiano.

Los debates sobre jóvenes y religión en sociedades como la mexicana son imprescindibles, y serán más útiles en tanto se sigan incorporando perspectivas que atiendan tanto el plano de las religiones institucionalizadas como el plano de lo religioso en sentido amplio. Los debates sobre la triada jóvenes, religión y política no pueden dejar de atender los conservadurismos religiosos juveniles, pero al mismo tiempo tienen que estar abiertos al espectro heterogéneo de relaciones entre las diferentes poblaciones juveniles del país, el horizonte vasto de lo religioso y las múltiples dimensiones de lo político. Sólo alejados de reduccionismos y lecturas estereotipadas estaremos en la posibilidad de explicar y comprender, con mayor profundidad, nuestras complejas sociedades actuales.

Édgar Zavala Pelayo

Profesor-investigador en el Centro de Estudios Sociológicos, en El Colegio de México.

[1] Anel V. Salas ““Siento que Dios habla a través de mí”. Rodrigo, un joven católico en Guadalajara.” En Nahayeilli Juárez Huet, Renée de la Torre, Cristina Gutiérrez (coords.) De la religiosidad vivida a la religiosidad bisagra. Experiencias de lo sagrado en el México contemporáneo (129-148). Ciudad de México: CIESAS, 2023. Carlos S. Ibarra, ““Para mí ser cristiano ya es un estilo de vida”. Un joven evangélico-pentecostal de Tijuana”. En Nahayeilli Juárez Huet, Renée de la Torre, Cristina Gutiérrez (coords.) De la religiosidad vivida a la religiosidad bisagra (349-368).

[2] Ariel Corpus. “Los espacios de interacción de los jóvenes evangélicos en la Ciudad de México”. En Jahel López, Marcela Meneses (coords). Jóvenes y espacio público (189-200). Ciudad de México: UNAM, 2018.