El uso de analogías médicas es una práctica recurrente en el mundo del urbanismo. Caracterizar un edificio como foco de infección sirve frecuentemente para justificar su demolición, y afirmar que un barrio está enfermo permite poner en la mesa el desplazamiento de sus vecinos. Si un problema urbano es catalogado como una “enfermedad”, es porque pronto alguien propondrá un “tratamiento”.
Quizá la popularidad de estas analogías tiene que ver con que los especialistas sienten un llamado natural a diagnosticar. Finalmente, lo que tradicionalmente venden es conocimiento técnico para resolver problemas prácticos. Alguien llega al despacho del especialista con una vena tapada o con una calle congestionada, y lo que busca es una solución, muchas veces de manera urgente. El paciente, ya sea un ser humano o una ciudad, tiende a confiar en el especialista. Literalmente, se pone en sus manos.
El problema radica en que quienes abusan de estas analogías olvidan que la medicina y el urbanismo tienen tanto de ciencia como de arte. Las señales que comunica el paciente son complejas y frecuentemente contradictorias, y los tratamientos disponibles nunca están exentos de efectos secundarios que pueden valorarse de manera distinta por los involucrados. Por ello, cuando un urbanista recomienda una “indispensable intervención quirúrgica”, es buena práctica hacer preguntas y buscar una segunda opinión.
Para ilustrar el punto, quiero referirme al artículo “La Ciudad, la Izquierda y la Supervía” de Gabriel Quadri, publicado en el Número 148 de la Revista Letras Libres. Dice el autor:
«El proyecto de la llamada Supervía (o Autopista Urbana) puede interpretarse como una indispensable intervención quirúrgica sobre el territorio del Distrito Federal. Es el único recurso aceptable para aliviar una abultada hernia que se estrangula dolorosamente día con día al poniente de la ciudad, en Magdalena Contreras, Álvaro Obregón y Cuajimalpa, cuya población se ha quintuplicado desde 1970. Santa Fe (compartida entre las dos últimas delegaciones) es su tejido neurálgico, que induce como neoplasia urbana un crecimiento explosivo de vivienda media y alta en sí misma, y en sus zonas adyacentes de Las Águilas y Tarango».
Una hernia es, según el diccionario, una “protrusión o salida de parte de un órgano, como el intestino, de la estructura anatómica que normalmente la fija”. Si interpreto bien la analogía de Quadri, el problema es que muchos de los desarrollos inmobiliarios que se levantaron en esta zona durante las últimas décadas debieron ubicarse en otras partes de la ciudad, donde ya existía infraestructura. En lugar de invertir en la Delegación Cuauhtémoc (que ha perdido la mitad de su población desde 1950), se mudaron al poniente, transformando a la zona de Santa Fe en una “neoplasia urbana” (que resulta ser una forma elegante de decir “tumor”).
Según lo escrito por Quadri, el agente que detonó la hernia y el tumor fue AMLO, quien como Jefe de Gobierno:
«Ordenó que la aldf cambiara las regulaciones de uso del suelo, aumentó las densidades permitidas y abrió la puerta a su urbanización. Los terrenos se permutaron entonces de manera opaca por una victoria electoral a la vista, que sería obtenida con el segundo piso al periférico y puentes que integrarían a Santa Fe con la ciudad. La victoria electoral no llegó, tampoco los puentes desahogaron la hernia».
Dada la claridad del diagnóstico, sorprende que el tratamiento propuesto no intente corregir las causas de la anormalidad. Si los puentes de AMLO no lograron desahogar la hernia ni integrar Santa Fe a la Ciudad, ¿por qué repetir la estrategia apostándole a la Supervía? ¿No tendría más sentido pronunciarse a favor de un reajuste a las regulaciones de uso del suelo, de una disminución a las densidades permitidas y de un cierre a las puertas de nuevas urbanizaciones en Santa Fe?
Quadri subestima esa posibilidad, evitando hablar de la necesidad de contener o al menos reducir la explosión inmobiliaria en el Poniente. Aparentemente considera que esa lucha es inútil: que la hernia seguirá creciendo y el corazón de la ciudad se seguirá vaciando. Por eso nos propone resignarnos, poniendo sobre la mesa un tratamiento diseñado solo para administrar el dolor, aunque sea de forma temporal. Según él, no hay alternativa:
«¿Qué hacer con la hernia? ¿Dejar que se estrangule y gangrene, y que los corporativos vuelvan cabizbajos a la ciudad –como ya está sucediendo? Aunque esto podría ser cínicamente asumido como posibilidad, como política sería suicida, y su costo astronómico; haría, durante un tiempo largo, más cruel el viacrucis para los trabajadores de Santa Fe. La Supervía es entonces una intervención (bypass terapéutico) realista e impostergable».
No entiendo que tiene de cínico o de suicida apostarle al regreso de los corporativos a la ciudad. El propio Quadri reconoce que ya están regresando, sin mediar intervención del gobierno. El costo, en todo caso, recae sobre quienes levantaron edificios en una zona de mala conectividad, asumiendo que la infraestructura pública haría viables sus inversiones. Sus inquilinos pueden mudarse con relativa facilidad y rentar en otros lugares, o al menos exigir un decremento en sus rentas hasta un nivel que compense los dolores de cabeza del tráfico. Finalmente, en ningún lugar del mundo tiene sentido pagar rentas altas por una calidad de vida baja en una mala ubicación. Los empleados llegan malhumorados y las juntas empiezan tarde.
Dadas las condiciones actuales en Santa Fe, el mercado encuentra sus propios equilibrios: Los corporativos regresan, quizá no tan cabizbajos, a los nuevos edificios en Reforma, donde ya hay metro, metrobús y bicicletas, vialidades y banquetas. Podríamos encuestar a los trabajadores de las empresas que ya se han mudado. Son los grandes ganadores.
En cambio, la estrategia del “bypass terápeutico” pretende mantener artificialmente con vida una zona que de otra manera no sería viable ni deseable a los niveles de densidad que pretenden los desarrolladores. La Supervía terapéutica que aplaude Quadri reduce los costos y aumenta las plusvalías de quienes escogen ubicarse allá, y al hacerlo engaña a la ciudad completa, haciéndole creer que su hernia no es una anormalidad. Si bien genera comodidad en el corto plazo, no cambia los incentivos actuales, que invitan a los capitalinos a establecerse en lugares cada vez más lejanos.
Construir la Supervía es como estirar el vientre alrededor de la hernia, en lugar de tratar de mantener el intestino dentro del cuerpo. Siempre habrá algún argumento médico que valide esta opción, ¿pero dónde termina la hernia que estamos dispuestos a tolerar? ¿En la Prepa Ibero de La Marquesa?
Es difícil discutir con un especialista, sobre todo si afirma que no existe alternativa al tratamiento que recomienda. Lamentablemente, hay urbanistas demasiado cómodos en el pedestal técnico, que aprovechan sus credenciales para dictaminar en lugar de discutir. Pueden decretar, como hace Quadri en su texto, que “los argumentos catastróficos esgrimidos por los opositores no pueden tomarse en serio”, que quienes están en contra pretenden sumarse “al sabotaje en un mezquino cálculo de suma cero” y que las consecuencias ambientales del proyecto que defienden son “microscópicas, perfectamente mitigables”.
Sin embargo hay que hacerlo. A diferencia de un organismo, en una ciudad coexiste una pluralidad de intereses y una multiplicidad de maneras de entender los problemas. Si algo ha aprendido la disciplina, es que el conocimiento técnico es insuficiente para legitimar un mega-proyecto urbano y que la deliberación pública es indispensable para llegar a buenas decisiones.
Además, existen opiniones fundadas contra la Supervía. No son pocos los urbanistas y ambientalistas que piensan que a pesar de la cuota, la obra generará tráfico inducido, y que a pesar del confinamiento, detonará más desarrollo urbano en las zonas aledañas. Estas hipótesis no son necedades, sino reflejo de debates vivos en la disciplina.
Por ejemplo, Duranton y Turner (2008, pdf) concluyen en su análisis que aumentar la capacidad de las difícilmente reduce la congestión. Cervero (2002) sostiene que “no hay duda de que las inversiones en vialidades detonan incrementos al tráfico, y que estos incrementos reducen hasta cierto punto los beneficios en los tiempos de viaje.” Y Baum-Snow (2007, pdf) sostiene que las autopistas urbanas contribuyen a la suburbanización, estimando que su construcción detona pérdidas de alrededor del 18% de la población de las áreas centrales de las ciudades.
La discusión no se queda en lo teórico. La Manifestación de Impacto Ambiental de este proyecto ha sido severamente cuestionada. Entre otras cosas, concluye que la Supervía resultará en «una reducción de 71,124.4 toneladas de CO2 por año». Sin embargo un estudio comisionado por el ITDP, una de las autoridades mundiales en transporte sustentable, llega a estimaciones diametralmente opuestas. Según este estudio, los cuatro tramos de la AU (Supervía, San Antonio-Toreo, San Jerónimo-Muyuguarda, y salida a Cuernavaca) incrementarán las emisiones de carbono en la ciudad hasta en 478,000 toneladas anuales.
Independientemente de quien tenga razón, el punto es que hay material para un debate serio. Los cuestionamientos a la Supervía no necesariamente parten de lo que Quadri llama “nuestra izquierda vernácula”, ni están enmarcados en el pleito de AMLO contra Ebrard, ni mucho menos intentan un sabotaje. Existen argumentos razonables que contraponer a los de los promotores de la obra. Muchas de sus aseveraciones pretenden erigirse como postulados inatacables, cuando en realidad están mediados por una larga lista de condicionantes, y enmarcados en un esquema que protege al inversionista y traslada el riesgo a la ciudad.
Por ejemplo, Quadri sostiene que la Supervía ahorrará a los usuarios de transporte público “hasta un 80% de los tiempos de traslado”, y que “es posible” que el fenómeno de tráfico inducido “se minimice” gracias al cobro del peaje. ¿Pero por qué es el ciudadano y no el concesionario quien corre con el riesgo de que estos cálculos estén equivocados? Dice Quadri que “el precio de la cuota se ajustará flexiblemente a la demanda para lograr su utilización eficiente”. ¿Pero si es tan flexible, por qué el Título de Concesión (pdf) establece que los ajustes a la tarifa por incrementos al tráfico serán opcionales en lugar de automáticos? ¿Y por qué es el concesionario, quien se preocupa por maximizar su utilidad, y no un organismo técnico e independiente el encargado de promover el ajuste?
Quadri está seguro de que el confinamiento de la vialidad “impedirá la urbanización de áreas adyacentes”. Sin embargo mantiene un importante silencio sobre el efecto inmobiliario de la obra en sus extremos, y no considera que el Título de Concesión prevé un mecanismo para incorporar “tramos adicionales o derivaciones” al proyecto. Afirma que “el único impacto permanente será puntual y asociado a las columnas de los viaductos”, pero no considera que el concesionario queda prácticamente exento de responder en caso contrario. ¿Quién paga si en el mediano plazo encontramos afectaciones urbanas o ambientales notables?
Dice Quadri que “gracias a la inversión privada, el gobierno de la ciudad podrá seguir destinando recursos públicos al Metro y al Metrobús”. No veo en que forma fortalece este argumento a la Supervía. La ciudad obtendrá solo el 1% de los ingresos del peaje, que según los montos considerados en el “Plan Económico Financiero” (vean al final de este pdf), representan solo entre $4 y $15 millones de pesos anuales en los primeros 10 años de la concesión. Es decir, será apenas suficiente para financiar un kilómetro de Metrobús al año.
Además, la iniciativa privada ya está invirtiendo en el transporte público de la ciudad, bajo esquemas mucho más atractivos para el Gobierno: Ahí está ADO en la Línea 3 del Metrobús, Comursa en la terminal multimodal de El Rosario, Bancomer en el CETRAM Chapultepec y CAF en el tren suburbano. Si en verdad son necesarios más recursos, siempre está la posibilidad de cobrar peaje por acceder al Segundo Piso del Periférico, un activo que ya es propiedad del Gobierno y cuya construcción ya se pagó. Todas estas opciones tienen sus asegunes… pero ¿de dónde sacan que la ciudad necesita hacer la Supervía para financiar al transporte urbano del resto de la ciudad?
Y si como dice Quadri, “la Supervía no debe soslayar ni posponer la decisión de otro enlace vial subterráneo a Santa Fe con Metrobús o con una extensión de la línea uno del Metro”, ¿cuál es la justificación de iniciar con la Supervía?
Aún sin considerar el lamentable trato dispensado a los vecinos de las áreas afectadas, las preguntas sobre la pertinencia de la Supervía son muchas. Por todas ellas, no sorprende que la Supervía continúe teniendo dificultades para legitimarse. A pesar de lo escrito por sus apologistas, no ha sido la solidez del argumento sino la lógica del “va porque va” la que ha mantenido a flote el proyecto.
En efecto, el poniente de la Ciudad padece de un terrible problema urbano, semejante a una hernia o un tumor, detonado por malas decisiones de nuestros gobiernos. Pero mientras los médicos defienden sus diagnósticos y los cirujanos afilan sus bisturíes, bien haríamos los ciudadanos en buscar una segunda opinión.
No vaya a ser que los expertos se equivoquen de nuevo.
Onésimo Flores. Candidato a Doctor en Planeación Urbana.


¿planeación urbana?…
esperemos que si funcione, porque además de ‘supervía’ por los rumbos de Santa Fé, están esos segundos pisos y viaductos elevados que están a medias…, y que cuando empezaron a vender los ‘tag’ en el Edo Mex, lo hacían por ficha y con ‘n’ requisitos, ahora la ofrecen a medio periférico ¿¿??
se pasan…
LA CENTRALIZACION SIGUE PESANDO Y SEGUIRA POR LA INERCIA IMPARABLE DE CRECIMIENTO URBANO DEL AREA METROPOLITANA. AHORA EL DESPLAZAMIENTO EN LA CIUDAD SERA DIFERENCIADO POR SU NIVEL ECONOMICO. GRAN LOGRO DE LA IZQUIERDA QUE BUSCA LA IGUALDAD. EL METRO PARA LOS MAS JODIDOS, EL METROBUS PARA LOS MEDIOS ASI COMO EL TRANSITO EN CALLES SATURADAS, Y LOS MEDIOS ALTOS Y ALTOS LOS LAS VIAS DE PAGA, RAPIDAS Y SEGURAS. MAGNIFICO.
Muy interesante. Me han hecho pensar en un asunto que daba por dado. Gracias.
Extraordinario, Onésimo. Felicidades.
Indudablemente Gabriel Quadri pertenece a otra generación.
Suscribe nuestra idea de dejar que «Santa Fe se estrangule y que los dueños paguen el costo con el abatimiento en el valor de sus propiedades», pero reconoce que «el mundo ferozmente real que nos abruma, sería, insisto, suicida». Así que en lugar de actuar conforme sus ideales y principios, sucube volviéndose contratista de las inmobiliarias como COPRI que desarrolla Santa Fé (http://www.sigea.com.mx/galeria_imagenes.htm#ATCO1). Un progmático «Si no puedes contra ellos, úneteles» (al fin, ¡pagan bien!).
En cambio, Onésimo, Salvador Medina, Andrés Lajous y otros tantos ciudadanos, pensamos que podemos cambiar las políticas urbanas y ambientales del Gobierno y el comportamiento de las empresas, para que viendo por sus intereses, entiendan también el interés colectivo de la Ciudad.
Comenzaré por hacer énfasis en la nula participación ciudadana y la falta de discusión académica previos a la supervía. Recalcar que este proyecto tiene innumerables defectos y también tiene algunas virtudes, tales como: el beneficioso cierre del peine compuesto por avenida Las Torres, Las Águilas, Desierto de los Leones y Avenida Toluca; así como la reconexión del norponiente con el surponiente de la ciudad lo que beneficiaría no solamente a Santa Fe sino a las zonas aledañas a las avenidas mencionadas y a aquellos que viniendo por la carretera de Cuernavaca pretendan llegar a Toluca y Querétaro. Es pues un trazo urbano beneficioso y desde esta perspectiva una ruta inexistente y necesaria. También es de señalar que es un proyecto que contempla como nunca antes, un sinnúmero de estrategias de mitigación dirigidas revertir el impacto ambiental de la obra situada en una zona ya de por sí deteriorada, contaminada, invadida y desbastada (ya en este momento varios twiteros #noalasupervia me odiarán).
Luego de aceptar las posibles ventajas del proyecto de la supervía, centremos en lo verdaderamente grave. Entre sus grandes desventajas se encuentra que el posible beneficio sea tan sólo la punta de lanza para explotación inmobiliaria de zonas de valor ecológico (km montaña arriba). No hay hasta el momento argumento que demuestre lo contrario, argumento que nos lleve a pensar que la Supervía sea un proyecto dirigido la solución del problema actual, si en cambio hay indicios irrefutables que nos llevan a pensar en la Supervía como medio para seguir alimentando la dichosa neoplasia urbana (Santa Fe), y es claro que este es el verdadero negocio detrás de la supervía. No debemos olvidar que el objetivo es mejorar las condiciones de lo ya construido, de los habitantes de las zonas aledañas a las avenidas ya mencionadas, porque de no ser así tendría un efecto negativo con consecuencias graves como: tejido gangrenado, necrosado, o canceroso; con la posibilidad de metástasis. Lo que, abandonando las ridículas analogías médicas, significa: la ruptura del tejido social y las consecuencias urbanas que esto representa. Es por eso que un proyecto de estas características debiera ir acompañado de un ALTO tajante e inmediato en la construcción de cualquier indole en toda esta zona, incluyendo la autoconstrucción, pero sobretodo nuevos desarrollos inmobiliarios en Santa Fe, cosa que no se ha planteado. Una “supervía” así planteada ya no suena tan súper para los oídos de ningún inversionista, ya que no sería una autopista urbana de peaje que alimentará sus bolsillos, sino una avenida de tránsito local con transporte público que responda a escala de ciudad (metro-metrobus). La supervía, es pues, una buena idea de conexión con un buen trazo y con implicaciones ingenieriles muy interesantes, pero proyectada para el transporte equivocado. A fin de cuentas todo proyecto tiene un límite de parches, y la supervía no podría soportar otro parche más y menos este.
Es también importante señalar que este pésimo resultado tiene su origen en el propio nacimiento del proyecto. Que podemos esperar si la supervía nació en la cuna de las grandes compañías de especulación inmobiliaria y construcción masiva, que saben mucho de ingeniería, pero que nada saben de movilidad, ni de participación ciudadana y mucho menos están inmersos en la discusión académica de estos temas. En este caso como en muchos otros (linea 12, segundos pisos) el gobierno permitió que la esfera económica, sin siquiera la venia de la esfera social y sin la debida discusión académica, intentará resolver la ciudad por su cuenta. Y esto es, por demás imposible. Pero lo que cae de lleno en el territorio de la incongruencia es el hecho de que esta administración se haya comprometido mediante la firma de la “Carta del Derecho a la Ciudad”, que estipula como proceso indispensable de proyección, la participación ciudadana, tanto en proyectos de impacto local como aquellos de impacto a escala de ciudad, como es el caso.
Por todo lo anterior, podemos decir que torpemente el GDF ha intentado mantener una doble cara. Por un lado, apoyando proyectos de movilidad de cierta calidad como el metrobus y la ecobici, y proyectos de espacio público que de manera indirecta apoyan positivamente al sector inmobiliario de pequeña escala como: la rehabilitación de Regina, Madero, Plaza de la República y varios bajopuentes, calles y plazas así como la promoción de leyes que agilizan los trámites de propiedad y de cambios de usos de suelo en delegaciones centrales y trámites de propiedad que promueven una ciudad más compacta y menos ávida de territorio; así como el GDF da la cara progresista promovida esencialmente por la SEDUVI que aún no logran incluir de lleno el diseño participativo. También alimenta con una actitud esquizofrénica y bipolar una cara muy distinta que vemos al descubierto en los grandes espejismos viales e incluso en los circos disfrazados de estadios, que privatizan espacios públicos dejando bienes comunes en manos de empresarios mafiosos que proyectan la ciudad con una calculadora en la mano y que en definitiva no entienden ni están dispuestos a abrirse a la participación ciudadana y la discusión académica de los proyectos urbanos. Dos caras con que no podemos aceptar en una misma moneda, porque la ciudad no es un volado y no nos vamos a sacrificar todos los ciudadanos del D.F. para que Ebrard sea presidente y no quede Peña Nieto, una cosa es una cosa y otra cosa es ….
Y “En efecto, el poniente de la Ciudad padece de un terrible problema urbano, semejante a una hernia o un tumor, detonado por malas decisiones de nuestros gobiernos. Pero mientras los médicos defienden sus diagnósticos y los cirujanos afilan sus bisturíes, bien haríamos los ciudadanos” no sé si buscar una segunda opinión pero si una opinión condensada con antelación, una primera opinión que resulte de la discusión horizontal entre los sectores económico, político y social; con planteamientos académicos diversos.
Seamos sensatos y humildes para reforzar nuestra lucha por el derecho a la ciudad y recordemos que no hay posturas blancas o negras con respecto a planteamientos urbanos, menos aún posturas en escala de grises; lo cierto es que toda postura tiene ventajas y desventajas, cuando son más las desventajas podemos corregir nuestra postura, pero hay un punto donde el exceso de correcciones nos sitúa de manera natural en una postura distinta a la inicial. Lo que deja en claro el proyecto de la supervía es que pide a gritos ser otro proyecto muy distinto, no opuesto, sencillamente un proyecto que no es la supervía que hoy nos quieren vender.
Este posicionamiento es personal y no representa a ninguna institución o colectivo. Tampoco intenta ser una postura en contra de aquellos que luchan por detener la supervía, y por el contrario es una perspectiva diferente que intenta humildemente enriquecer el debate y la lucha. Y hago esta aparentemente inútil aclaración por la susceptibilidad que han demostrado ciertos grupos a posturas mínimamente distintas a la suya, hasta el límite de la descalificación. No hagamos de este un debate paranoico y personal, sino ciudadano y abierto.
Y repito: ciudadano es aquél que hace ciudad y yo sigo apoyando a #wikiciudad y a otras muchas expresiones de la Acción Urbana.
Qué buena respuesta! Está mejor que el artículo original. Ojalá todos los articulistas tuvieran tan buenos comentaristas y fueran así de respondones y analíticos.
Pobre Quadri. Lo hiciste pedazos. Felicidades.
Gracias a Onésimo Flores por esta reflexión seria y elegante. La ciudad merece un debate de altura como el que inaugura Onésimo. Muy a mi pesar, estoy de acuerdo con él en el canon; no, en los imperativos de lo cotidiano. Me parecería genial dejar que Santa Fe se estrangule y que los dueños paguen el costo con el abatimiento en el valor de sus propiedades. Lo suscribo, pero temo que en el mundo ferozmente real que nos abruma, sería, insisto, suicida. Además, impondríamos un sufrimiento excesivo a los trabajadores. Es verdad que mi posición es subóptima: no creo que sea factible regular e impedir el crecimiento urbano hacia el poniente. Considero más viable promover la densificación de la ciudad central (edificios altos de vivienda y oficinas, en casi todas partes) como contrapeso, y dejar que el mercado inmobiliario, y las preferencias de gente educada y sensata, nos ayuden. También nos va a ayudar que se eliminen los subsidios a la gasolina. La Supervía, así, es sólo el bypass terapéutico que va aliviar el viacrusis de decenas de miles de personas…. por el momento.
Gabriel Quadri,
El debate tiene mucho tiempo de inaugurado, con discusiones de distinta índole y medios. Este mismo blog de la redacción de Nexos ha publicado otra reflexión al respecto sobre la Supervía Poniente y que este no será una solución de movilidad real
https://redaccion.nexos.com.mx/?p=2415
Por otra parte, promover y permitir la construcción de la supervía para aliviar el problema por corto tiempo, y mencionar que no es factible controlar el crecimiento hacia el poniente de la Ciudad de México, es sólo confirmar lo que se ha argumentado en contra de esta vialidad. Sólo promoverá un mayor crecimiento de la población de poniente de la Ciudad de México, haciendo obsoleta esta infraestructura en pocos años y generando mayor tráfico y contaminación (tráfico inducido).