Una de las pocas cosas que nos diferencia de otros animales es la capacidad de sentir empatía. Es decir, ponernos en los zapatos del otro y desde ahí comprender su realidad, preocupaciones e, incluso, su dolor. Por eso sorprende que los datos recién publicados por el Inegi sobre homicidio doloso en la Ciudad de México no hayan provocado —todavía— el escándalo mayúsculo que debiera ser.
De fondo, hay muchas razones legales, éticas, morales, jurídicas y hasta políticas para preocuparse —bastante— de lo que, entre líneas, informó el Inegi hace apenas unos días. Sin decirlo textualmente, la hipótesis que dicho Instituto nos deja a los mal pensados es que, por alguna razón (aún) desconocida, las autoridades de la CDMX son, en apariencia, cada vez menos capaces de dar a saber las causas específicas por las que mueren —o son asesinadas— las personas en la capital del país.
Este fenómeno es muy extraño y preocupante. De hecho, yendo a contracorriente de lo que pasa en las ciudades más desarrolladas del mundo (e inclusive, de lo que sucede en casi todas las entidades del país), en donde se tiene mayor capacidad de entender las razones del homicidio, parece que las autoridades de la CDMX han retrocedido. Esto es: han dilapidado los avances y, de hecho, van en sentido contrario. En otras palabras: a pesar de la aparente reducción sustancial en homicidios dolosos en la CDMX, cada vez sabemos menos sobre cómo mueren las personas en la capital del país. Esto es algo inexplicable. Peor aún, parece que nadie se había preguntado antes por qué está ocurriendo este fenómeno y por qué esto no es —aún— un escándalo de mayores dimensiones.

El tema se ha analizado y debatido poco en medios. Además de un post en la red X que inició este debate, sobresalen dos o tres aportaciones al tema. Un ejemplo es el artículo de Carlos Pérez Ricart y Vanessa Romero publicado en nexos. En síntesis, estos autores muestran un par de estadísticas (que en términos generales ya se conocían), advierten que aún hay mucho por hacer, y concluyen que el incremento en el porcentaje de defunciones por causa indeterminada se debe probablemente a retos procedimentales.
Las hipótesis que aventuran Pérez Ricart y Romero son lo más cercano que tenemos a una respuesta más o menos oficialista. En un segundo artículo de Romero, en el medio oficialista Sentido Común, se insiste en la hipótesis de los problemas procedimentales fundamentada en una anécdota, que la gran anomalía en los datos de la Ciudad de México no es prueba de maquillaje de cifras y en la instalación de una mesa de trabajo para revisar las estadísticas de defunciones por causa indeterminada.
Aunque interesante, la hipótesis que brindan Pérez Ricart y Romero es sólo eso: una posible explicación. Una en la que se apela a la fe, sin demasiado sustento (principalmente anécdotas) y difícilmente puede acreditar una diferencia tan grande respecto a otras entidades. Además, el texto tiene un área de oportunidad adicional muy seria, pues deja como pendiente ofrecer una respuesta a la pregunta clave que inicia toda esta discusión: ¿por qué, si la seguridad y justicia de la CDMX es modelo a nivel mundial, las autoridades de la capital son cada vez más incapaces de hacer lo que antes ya hacíamos? ¿Qué nos pasó? ¿En dónde y por qué perdimos el rumbo?
Seamos serios: no hay un escenario muy optimista que pueda sugerirse al respecto.
Por otro lado, un segundo ejercicio —ciertamente más elaborado— es el que proporcionan Quetzali Ramírez y Andrés Ruiz, también en nexos. En síntesis, estos autores muestran con claridad que el registro de homicidios dolosos disminuyó a la par que crecieron las cifras de pérdida de la vida por causa indeterminada.
De esta forma, aunque utilizaron los datos de las carpetas de investigación (y no las cifras del Inegi), sus resultados constatan lo que es visible a partir de un análisis exploratorio de los datos reportados por el Inegi. Esto es, que como se observa en la Figura 1, en la medida que crecen las defunciones por causas indeterminadas, curiosamente disminuyen los homicidios dolosos. Es evidente que este fenómeno bidireccional no tiene una explicación técnica que pueda darnos tranquilidad sobre la calidad y veracidad de los datos que arrojan las autoridades de la CDMX.
Figura 1: Homicidios vs. Eventos de Intención No Determinada en la CDMX

Fuente: Elaboración propia con datos del Inegi
Aunque Ramírez y Ruiz son muy cautelosos al afirmar que no existe evidencia de manipulación de datos por parte de las autoridades de la Ciudad de México, tampoco se atreven a desmentir frontalmente dicha posibilidad. Esto es natural. Desde un punto de vista académico y científico, es más certero —y estadísticamente válido— señalar que hay algo extraño en los datos que, por el contrario, describir con claridad a qué nos referimos cuando hablamos de ese fenómeno extraño.
Es un fenómeno con muchas implicaciones obvias. Por un lado, es cierto que no hay una prueba estadística que permita comprobar, con veracidad absoluta, que se maquillan los datos. Tampoco hay una prueba estadística, por más elaborados y astutos que sean los autores, de que eso extraño que arrojan los datos se trata de un error involuntario. Por otro lado, sería ilógico esperar una foto, un oficio, un video o una evidencia por escrito donde se observe a algún funcionario de la CDMX manipulando los datos. Con todo ello, y a pesar de lo cuidadoso que resulta el análisis de Ramírez y Ruiz, las reflexiones que nos dejan sólo incrementan la sospecha.
Uno podría suponer entonces otra posible hipótesis: que este error —quizá involuntario— se trata de un fenómeno nacional. Es decir, que la presunta falla observada por parte de las autoridades de la CDMX se está replicando en todo el país. ¿Qué nos dicen los datos? Observemos la Figura 2 para probar empíricamente esta hipótesis.
Figura 2: Diagrama de violín – Porcentaje de defunciones con causa indeterminada

Fuente: Elaboración propia con datos del Inegi
Los datos son contundentes. Como se observa en la Figura2, y de hecho también en la Figura 3, la evidencia estadística sugiere que la CDMX es un outlier. En otras palabras: una serie de observaciones empíricas fuera de lo estadísticamente esperado si la dispersión fuera homogénea y aleatoria.
Figura 3: Diagrama de caja y bigotes.
Porcentaje de defunciones con causa indeterminada

Fuente: Elaboración propia con datos del Inegi
En términos más coloquiales, visibles en la Figura 4: el fenómeno observado en la CDMX no se observa en el resto del país. Los datos sugieren que la evidente reducción en la calidad de los datos de la CDMX va en sentido contrario al incremento en la calidad de los datos de las entidades del resto del país que han mejorado notoriamente.
Figura 4: Defunciones con intención no determinada y homicidios

Fuente: Elaboración propia con datos del Inegi
Rechazar de forma absoluta esta hipótesis —que apuntaría a que todas las entidades han empeorado por igual— nos preocupa mucho. Es evidente que algo extraño —por decirlo de alguna forma— está ocurriendo en la CDMX. De fondo, parece inexplicable la gran diferencia en la manera en que se viene registrando el homicidio en la CDMX con respecto al resto del país. Y eso no es todo. También parece que hay una relación inversa entre los homicidios y las defunciones indeterminadas que amerita una revisión más estricta de todos los datos.
Una hipótesis adicional que intentamos probar es que este fenómeno observado en la CDMX no es nuevo y que, por el contrario, fue una “herencia” de pasadas administraciones. En otras palabras, que todo esto que hemos estudiado se trata de una herencia perniciosa que simplemente la administración central de la CDMX, el forense, y la Fiscalía de la CDMX no pudieron mejorar.
Sin embargo, no hay datos para señalar que dicha hipótesis es verdadera. De hecho, todo lo contrario.
Si bien es cierto que el crecimiento de los casos de defunciones no determinadas ya había ocurrido (marginalmente) antes de 2018, es también cierto que durante la administración de la Jefatura de la CDMX, con Claudia Sheinbaum a la cabeza y Ernestina Godoy al frente de la Fiscalía, el alza se vuelve aún más evidente.
Al igual que otros autores, tampoco podemos asegurar que se miente y se maquillan intencionalmente estos datos. Sin embargo, la pregunta sigue pendiente. Es simple, pero dolorosamente no podemos responderla. Entonces: ¿de qué muere la gente en la Ciudad de México? Por humanidad, ética y responsabilidad pública, una auditoría honesta, técnica, y objetiva se vuelve una tarea urgente e impostergable.
David Pérez Esparza
Doctor en Ciencias Aplicadas a la Seguridad por la University College London (UCL). Fue titular del Centro Nacional de Información (2019-2023). Actualmente, es Presidente de PropuestaMx, e Investigador Asociado del LAC-Jill Dando Institute of Security and Crime Science, de UCL, en Reino Unido.
Andrés Sumano Rodríguez
Doctor en Política Pública por el Tecnológico de Monterrey. Catedrático Conahcyt en El Colegio de la Frontera Norte y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel 1)