La controvertida política exterior de Jair Bolsonaro en tiempos de pandemia

Brasil es uno de los países más afectados por el COVID-19, en parte debido a la desastrosa gestión de la pandemia del gobierno del presidente Jair Bolsonaro. Si bien la situación doméstica llama la atención en México, con la multiplicación de editoriales expresando preocupación y críticas, muy poco se ha debatido la actuación brasileña a nivel internacional en este momento de crisis sanitaria. Sin embargo, es un tema de interés para México, que actualmente preside la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe (CELAC) y que llegará al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en enero de 2021.

Además de dañar la imagen de su país a nivel global, las ideas y actuaciones de Bolsonaro y su equipo repercuten directamente en la inserción brasileña en el mundo en el contexto del COVID-19. Observamos una ideologización a ultranza de la política exterior, paradójicamente en nombre de la lucha contra las ideologías dominantes en el orden liberal internacional (liberalismo político, progresismo, izquierda, incluso comunismo según el canciller brasileño). De la misma manera que a nivel interno, los grupos que influyen en la diplomacia bolsonarista defienden intereses diversos y difíciles de conciliar. Destacan tres fuerzas principales: los militares con una visión nacionalista pragmática, el sector del agro-business y los neoliberales apegados a la apertura económica, y, por último, la nebulosa red conservadora influida por las principales iglesias evangélicas que operan en Brasil.

Ilustración: Víctor Solís

Este último núcleo está compuesto por los hijos del presidente y por el ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo, que tiene como mentor ideológico a Olavo de Carvalho, símbolo del pensamiento conservador anti-izquierda en Brasil. Cabe mencionar que el canciller no tiene el respeto del cuerpo diplomático, por no haber alcanzado los niveles tradicionalmente requeridos para llegar a la cabeza del ministerio. Además, sus declaraciones suelen generar tensiones dentro de la coalición, como las que hizo sobre China; en cualquier caso, tiene la confianza del clan Bolsonaro.

Desafortunadamente para el futuro de la cooperación internacional, los asuntos multilaterales se quedaron en el portafolio del ministro Araújo, quien está impulsando un cambio significativo de las posiciones brasileñas, en perjuicio de los asuntos sociales y de los derechos humanos. La crisis del COVID-19 vino amplificar esta tendencia. La estrategia de las actuales autoridades brasileñas no es retirarse del juego colectivo, sino más bien romper el consenso para provocar una redefinición de las reglas normativas que rigen el sistema internacional.

Este objetivo quedó claro en el discurso de Ernesto Araújo durante la reciente Asamblea Mundial de la Organización Mundial de la Salud (OMS). En general, el canciller se refiere de manera recurrente al “globalismo” para denunciar el papel de restricción que tendrían las instituciones internacionales para la soberanía de los Estados. Esto, a pesar de que la OMS es una entidad intergubernamental, es decir, no tiene ningún poder de imposición sobre sus partes, como queda claro en la gestión de la pandemia actual.

La estrategia diplomática del gobierno brasileño ante la crisis sanitaria tiene dos ejes principales. Por un lado, aprovecha la oportunidad para criticar la ideología liberal defendida por las organizaciones internacionales en favor de la promoción de posturas conservadoras. Por ejemplo, si bien Brasil copatrocinó la resolución de la Asamblea Mundial de la OMS sobre la cooperación en la lucha contra el COVID-19, el ministerio posteriormente pidió desvincular a su país de un párrafo que hace referencia a la salud sexual y reproductiva, en línea directa con los intereses de las iglesias evangélicas y de otro país clave para la diplomacia bolsonarista: los Estados Unidos. Además, el 22 de abril, el canciller publicó en su cuenta de Twitter lo siguiente: “No basta el Coronavirus, también tenemos que enfrentar el Comunavirus”, en referencia a una publicación de Slavoj Žižek, antes de añadir que transferir poderes de los estados a la OMS, es “un primer paso en la construcción de la solidaridad comunista planetaria”. Lo que puso de manifiesto su obsesión por la lucha contra la izquierda, según esquemas más adecuados de la Guerra Fría que del panorama internacional actual.

Por otro lado, en un momento de difícil coordinación entre los gobiernos del mundo, el brasileño adopta posturas de obstrucción. Se negó a apoyar un texto propuesto por México, copatrocinado por 178 países, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, aunque se unió al consenso para que se aprobara el 20 de abril como la Resolución 74/274, titulada “Cooperación internacional para garantizar el acceso mundial a los medicamentos, vacunas y equipo médico para hacer frente al COVID-19”. Asimismo, en junio, Brasil no se adhirió a una iniciativa de coordinación para evitar las fake news, firmada por 132 países.

¿Cuál es la finalidad de esta estrategia? Como ya he mencionado, se trata de consentir a un pilar importante de la coalición en el poder, pero no únicamente. También forma parte de un alineamiento automático respecto a las posiciones de la administración de Donald Trump. De hecho, representantes estadounidenses están en contacto permanente con sus contrapartes brasileñas para asesorarlas; básicamente, dictarles cómo deben actuar. El ejemplo estelar de esta tendencia radica en la amenaza de retiro de la OMS, emitida por Bolsonaro el 5 de junio. Sus justificaciones replican las del presidente estadounidense: la OMS se desempeñó mal ante la pandemia y, además, está sometida a la República Popular China. Otro objetivo es encontrar un chivo expiatorio para desviar la responsabilidad de la mala gestión de la crisis (Bolsonaro está aún más empeñado que Trump en negar la relevancia global de la pandemia). Sin embargo, al contrario de Estados Unidos, Brasil recibe más de la OMS de lo que le aporta. Mediante su sede regional, la Organización Panamericana de Salud (OPS), la OMS ayuda a Brasil en la compra de material médico, la investigación sobre enfermedades y la implementación del programa “Más Médicos” con Cuba (un programa que el equipo de Bolsonaro ha reactivado con toda discreción).

¿Da resultados esta estrategia? Es difícil responder esta pregunta a corto plazo, pero los primeros indicios no son alentadores. La administración de Donald Trump no parece responder con un trato especial a la devoción del gobierno brasileño; por ejemplo, ha aplicado las mismas medidas unilaterales que hacia otros países, como la restricción de vuelos o el bloqueo de insumos médicos. La apuesta de Bolsonaro y su núcleo ideológico parece arriesgada, dado que Brasil se queda entre una minoría inestable en términos políticos de gobiernos conservadores a nivel internacional. ¿Qué pasará si Joe Biden gana la elección presidencial estadounidense en noviembre?

A nivel regional, las actuaciones brasileñas son también fuentes de críticas y, a veces, de desprecio, como en el caso de Argentina. Los vecinos de Brasil se quejan del riesgo que implica para ellos la falta de medidas de contención del COVID-19. Reproches que la diplomacia brasileña no puede contrarrestar, ya que rechaza el diálogo regional, como lo hizo ante la mano tendida por México desde la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe (CELAC). Además, la estrategia brasileña está llena de contradicciones, lo cual la hace poco predecible y poco creíble para sus socios internacionales. Así, las críticas hacia China, reiteradas por el tercer hijo del presidente, quien se refirió al “virus chino” retomando la expresión de Trump, conviven con la recepción de donaciones de material médico por parte de Beijing.

Para concluir, la política exterior brasileña actual cumple con la promesa electoral de Bolsonaro de romper con las visiones promovidas por el Partido de los Trabajadores (PT). A nivel multilateral, éstas se alinearon en gran parte con el trabajo iniciado durante el segundo mandato del presidente Fernando Henrique Cardoso (1999-2002). En el sector de la salud a nivel global, Brasil desempeñó un papel determinante en la ruptura de las patentes en la lucha contra el VIH-Sida a finales de los años noventa, lideró la negociación del Convenio Marco de la OMS para el Control del Tabaco firmado en 2003 y acogió en Rio la Conferencia Mundial sobre los determinantes sociales de la salud en 2011. Es en nombre de esta labor en favor de la ampliación de la definición de la salud y del acceso a sus servicios que México invitó a Brasil a copatrocinar la Resolución 74/274 de la Asamblea General.

En un momento de falta de liderazgo a nivel internacional, Brasil no está aprovechando la oportunidad. Los desacuerdos ideológicos caracterizan la evolución de cualquier política exterior. Lo que más preocupa es que las autoridades actuales van a contracorriente de las posturas del Brasil democrático que antecedió al gobierno de Bolsonaro. Expresado de otro modo, la erosión de la democracia en Brasil también se refleja en su política exterior.

 

Élodie Brun
Profesora-investigadora del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.

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Publicado en: Internacional